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Fidel Castro Ruz: La antítesis de la ética

Cuando cientos de intelectuales que proceden de todos los continentes se reúnen en La Habana para participar en una Conferencia Internacional sobre el Equilibrio del Mundo, en torno a la fecha del nacimiento de José Martí, ese día, por extraña casualidad, habló el Presidente de Estados Unidos. En su último discurso al Congreso sobre el Estado de la Unión, utilizando el teleprompter, Bush nos dice más con sus expresiones extraverbales que con las palabras elaboradas por sus asesores.

Si a los tres discursos que mencioné en las palabras dirigidas a los delegados al Encuentro del 29 de enero de 2003 añadimos el que pronunció ayer 28, traducido al español por la CNN _acompañado de cejas levantadas y gestos peculiares_, grabado y transcripto de inmediato por personal calificado, este es el peor de todos por su demagogia, mentiras y ausencia total de ética. Hablo de las palabras que él quizás añadió, del tono en que lo hizo y personalmente observé, que es el material con el cual trabajé.

“Estados Unidos está encabezando la lucha contra la pobreza mundial con sólidos programas educativos y de asistencia humanitaria… Este programa refuerza la democracia, la transparencia y el imperio de la ley en países en desarrollo, y les pido a los miembros de este Congreso que financien plenamente ese importante programa.”

“Estados Unidos está a la vanguardia en la lucha contra el hambre en el mundo. Hoy, más de la mitad de la ayuda alimentaria del mundo proviene de Estados Unidos. Esta noche le pido al Congreso que apoye una propuesta innovadora de prestar ayuda alimentaria al comprar cultivos directamente de los agricultores del mundo en desarrollo, para que podamos desarrollar su agricultura local y romper la hambruna.”

Al principio de este párrafo se está refiriendo a los viejos compromisos adquiridos por Estados Unidos en otros tiempos con la FAO y organismos internacionales, una gota de agua ante las angustiosas necesidades actuales de la humanidad.

“Estados Unidos encabeza la lucha contra las enfermedades. Con su ayuda, estamos trabajando para reducir la mitad del número de muertes relacionadas con la malaria en 15 naciones africanas, y nuestro plan contra el SIDA está tratando a un millón 400 mil personas. Podemos llevarles ayuda a muchos más. Les pido aprobar 30 mil millones más en los próximos 5 años…”

“Estados Unidos es una fuerza de esperanza en el mundo, porque somos un pueblo compasivo…”

“En los últimos 7 años hemos incrementado los fondos para veteranos en más del 95 por ciento… también para atender las necesidades de una nueva guerra… para mejorar el sistema de atención para nuestros guerreros heridos…”

“Les pido que me acompañen para crear nuevos empleos para esposas y esposos de nuestros militares…”

“Confiando en el pueblo, sucesivas generaciones han transformado nuestra frágil y joven democracia en la nación más poderosa de la Tierra… Nuestra libertad estará segura y el estado de nuestra nación permanecerá sólido.”

Todo esto lo afirma tranquilamente, pero desde el inicio de su discurso, en que elude todos los problemas espinosos, va fundamentando piedra sobre piedra las bases de esa supuesta libertad y prosperidad, sin hacer la más mínima referencia a los militares norteamericanos que han muerto o han sido mutilados por la guerra.

Había comenzado el discurso señalando que “la mayoría de los estadounidenses piensa que los impuestos son ya muy altos…” Amenaza al Congreso: “Debe saber que si algún tipo de proyecto de ley que aumente los impuestos llega a mi escritorio, voy a vetarlo.”

“La próxima semana les remitiré un presupuesto que elimina o reduce considerablemente 151 programas despilfarradores o inflados, que ascienden a más de 18 mil millones. El presupuesto que presentaré mantendrá a Estados Unidos camino a superávit en el 2012.”

O se equivocó de cifra, o la recaudación de 18 mil millones no significa nada en un presupuesto que asciende a 2,8 millones de millones.

Lo más importante es distinguir entre el déficit del presupuesto del Estado, que ascendió a 163 mil millones, y el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, que totalizó 811 mil millones en el 2006, y la deuda pública se calcula en 9,1 millones de millones. Su gasto militar se eleva a más del 60 por ciento del total que se invierte en el mundo por ese concepto. La onza troy de oro, hoy día 29 alcanzó el récord de 933 dólares. El desorden es consecuencia de la emisión de dólares sin límite alguno en un país cuya población gasta más de lo que ahorra y en un mundo donde la capacidad adquisitiva de la moneda de Estados Unidos se ha reducido extraordinariamente.

La receta que suele aplicar su gobierno es expresar confianza y seguridad en la economía, bajar las tasas de interés bancario, inyectar más billetes en circulación, profundizar el problema y dilatar las consecuencias.

¿Qué significa en la actualidad el precio del azúcar, que hoy estaba a 12,27 centavos de dólar la libra? A su producción y exportación se dedican hoy decenas de países pobres. Este ejemplo lo menciono solo para ilustrar que Bush deliberadamente lo enreda y lo mezcla todo.

El Presidente de Estados Unidos prosigue así con su paseo olímpico sobre los problemas de un planeta a sus pies.

“Quiero que aprueben reformas de los programas Fanie Mae y Freddie Mac, modernizar la Dirección Federal de la Vivienda y permitir que los propietarios vuelvan a financiar sus hipotecas a través de bonos libres de impuestos…”

“Tenemos un objetivo común: hacer que el cuidado médico sea más accesible a todos los estadounidenses.” Para ello, debemos aumentar las opciones de los consumidores, no el control del gobierno…”

“Debemos confiar en que los estudiantes van a aprender si se les da la oportunidad, y a los padres más poder para exigir más resultados de nuestras escuelas…

“Los estudiantes afroestadounidenses e hispanos han llegado a tener notas máximas… Ahora debemos trabajar juntos para que haya más flexibilidad para los estados y los distritos y reducir el número de estudiantes que dejan la escuela antes de terminar la secundaria…

“Gracias a las becas que ustedes aprobaron, más de 2,600 de los niños más pobres de la capital han encontrado nueva esperanza en una escuela religiosa o privada de otro tipo. Lamentablemente, estas escuelas están desapareciendo a un ritmo alarmante en muchos de los barrios urbanos pobres de Estados Unidos… Por lo tanto, les he pedido su respaldo para un nuevo programa de 300 millones de dólares…

“Dependemos cada vez más de la capacidad de vender productos, cosechas y servicios a todo el mundo. Por lo tanto, queremos terminar con las barreras al comercio y a la inversión. Queremos una Ronda de Doha que tenga éxito, y queremos conseguir un acuerdo este año.

“Quiero agradecer al Congreso haber aprobado el acuerdo con Perú. Y ahora les pido que aprueben los acuerdos con Colombia, Panamá y Corea del Sur.

“Muchos productos de estos países entran aquí sin aranceles; sin embargo, muchos de nuestros productos enfrentan aranceles altos en sus mercados. Debemos emparejar la situación. Ello nos daría acceso a más de 100 millones de clientes y respaldaría buenos trabajos para los mejores trabajadores del mundo: aquellos cuyos productos estén hechos en Estados Unidos.

“Estos acuerdos también promueven los intereses estratégicos de Estados Unidos.

“Nuestra seguridad, nuestra prosperidad, nuestro medio ambiente, requieren reducir nuestra dependencia del petróleo. Busquemos energía a partir del carbón…

“Vamos a crear un fondo internacional de tecnología limpia para reducir y quizás revertir la emisión de gases de efecto invernadero.

“Para seguir siendo competitivos en el futuro, debemos confiar en nuestros científicos y técnicos y darles más poder para que lleguen a los descubrimientos del futuro. Les pido el apoyo federal… para que Estados Unidos siga siendo la nación más dinámica del planeta.”

Siempre apelando al chovinismo, prosigue su vuelo imaginario hacia otros temas:

“Hoy en la costa del Golfo queremos rendir homenaje a la resistencia de los habitantes de esta región; queremos que puedan reconstruirla mejor, más fuerte que antes. Y me place anunciar que vamos a realizar la Cumbre norteamericana de Estados Unidos, México y Canadá en la gran ciudad de Nueva Orleáns.

“Otro reto importante es la inmigración. Estados Unidos necesita asegurar sus fronteras y, con su ayuda, mi gobierno está tomando medidas para hacerlo, incrementando el control en los lugares de trabajo, colocando barreras y nuevas tecnologías para impedir cruces ilegales… Este año pensamos duplicar el número de agentes de la Patrulla Fronteriza.” Se trata de una de las fuentes de empleo bien remunerado que Bush busca.

No desea recordar que a México le fue arrebatado más del 50 por ciento de su territorio en una guerra de conquista, y pretende que nadie recuerde que en el muro de Berlín, durante sus casi 30 años de existencia, murieron menos personas tratando de ingresar al “mundo libre” que los latinoamericanos que están muriendo ya _no menos de 500 cada año_ al tratar de cruzar la frontera en busca de trabajo, sin Ley de Ajuste que los privilegie y estimule, como hacen con los ciudadanos de Cuba. La cifra de inmigrantes ilegales arrestados y devueltos traumáticamente cada año asciende a cientos de miles.

De inmediato, el discurso salta al Medio Oriente, de donde acaba de regresar después de un veni, vidi, vici diplomático.

Después de mencionar el Líbano, Iraq, Afganistán y Pakistán, afirma: “La seguridad de Estados Unidos y la paz del mundo dependen de que propaguemos la esperanza de la libertad en él. En Afganistán, Estados Unidos, nuestros aliados de la OTAN y 15 países asociados están ayudando al pueblo afgano a defender su libertad y a reconstruir su país.”

No menciona en absoluto que eso mismo fue lo que quiso hacer la URSS, al ocupar el país con sus poderosas Fuerzas Armadas, que terminaron derrotadas al chocar con sus costumbres, religión y cultura diferentes, independientemente de que los soviéticos no fueron allí a conquistar materias primas para el gran capital, y de que una organización socialista que nunca hizo daño alguno a Estados Unidos intentó cambiar revolucionariamente el curso de la nación.

De inmediato, Bush salta a Iraq, que no tuvo nada que ver con los atentados del 11 de septiembre de 2001, y fue invadido porque así lo decidió Bush como Presidente de Estados Unidos y sus más cercanos colaboradores, sin que nadie dude en el mundo que el objetivo era ocupar sus yacimientos de petróleo, lo que ha costado a ese pueblo cientos de miles de muertos y millones de desplazados de sus hogares, o se han visto obligados a emigrar.

“El pueblo de Iraq rápidamente se dio cuenta de que algo dramático estaba ocurriendo. Los que temían que Estados Unidos estuviera preparándose para abandonarlos, vieron cómo decenas de miles de soldados llegaban al país, vieron a nuestras fuerzas trasladarse a los vecindarios, desalojar a los terroristas y quedarse para asegurar que el enemigo no regresara… Nuestros soldados y civiles en Iraq están desempeñándose con coraje y distinción, y cuentan con la gratitud de todo el país…

“En el último año, hemos capturado o matado a miles de extremistas en Iraq; nuestros enemigos han sido duramente golpeados, pero no han sido derrotados. Y podemos esperar aún que haya luchas más difíciles.

“El objetivo el año que viene es mantener y edificar sobre los logros del 2007 pasando a la siguiente fase de nuestra estrategia. Las tropas estadounidenses están pasando, de encabezar operaciones, a ser socias de las fuerzas iraquíes y eventualmente a tener una misión de supervisión…

“Esto significa que más de 20 mil de nuestros soldados están regresando.

“Cualquier reducción futura de tropas se basará en las condiciones en Iraq y en las recomendaciones de nuestros comandantes.

“El progreso en las provincias debe ser equiparado con el progreso en Bagdad.

“Todavía falta mucho, pero después de décadas de dictadura y el dolor de violencias sectarias, la reconciliación está echando raíces, y los iraquíes están asumiendo el control de su futuro.

“La misión en Iraq ha sido difícil, pero es un interés vital de Estados Unidos que tengamos éxito.

“También nos enfrentamos a fuerzas extremistas en la Tierra Santa… Los palestinos han elegido a un Presidente que reconoce que hacerle frente al terrorismo es esencial para lograr un Estado donde su pueblo pueda vivir con dignidad y en paz con Israel.”

Bush no dice una palabra de los millones de palestinos despojados de sus tierras o expulsados de ellas, sometidos a un sistema de apartheid.

La fórmula de Bush es conocida: 50 mil millones de dólares en armas para los árabes, procedentes del complejo militar-industrial, y 60 mil millones para Israel en diez años. Se trata de dólares que mantengan un valor real. Alguien paga: cientos de millones de trabajadores produciendo con sus manos mercancías baratas y salarios mínimos, y otros cientos de millones de personas subalimentadas.

Pero no concluye aquí el discurso: “Irán está dándoles fondos y entrenamiento a grupos milicianos en Iraq, apoyando a los terroristas de Hezbollah en el Líbano y respaldando los esfuerzos de Hamas para socavar la paz en la Tierra Santa. Teherán también está desarrollando misiles balísticos de alcance cada vez mayor y continúa desarrollando su capacidad para enriquecer uranio, lo que pudiera servir para crear un arma nuclear.

“Nuestro mensaje a los líderes de Irán es claro: suspendan de forma verificable el enriquecimiento nuclear para poder negociar.

“Estados Unidos le hará frente a los que amenacen a nuestras tropas. Estaremos al lado de nuestros aliados y vamos a defender nuestros intereses vitales en el Golfo.”

No se refiere esto al Golfo de México, sino al Golfo Pérsico en aguas no más lejanas de 12 millas de Irán.

Hay un hecho histórico: en época del Sha, Irán era la potencia mejor armada de la región. Al triunfar la Revolución en ese país, dirigida por el imán Khomeini, Estados Unidos alentó a Iraq y le prestó apoyo para invadirlo. De ahí surgió un conflicto que costó cientos de miles de millones e incontables muertos y mutilados, y que hoy se justifica como algo propio de la guerra fría.

En realidad, no hace falta que otros órganos de divulgación informen sobre el discurso del Presidente de Estados Unidos; hay que dejar que el propio Bush hable. Para un pueblo que sabe leer, escribir y que piensa, nadie puede hacer una crítica más elocuente del imperio que el propio Bush. A título de país aludido, le respondo.

He trabajado duro.

Espero haber escrito con fría imparcialidad.

29 de enero de 2008

Hora: 7:35 p.m.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/01/31/index.php?section=opinion&article=036a2mun

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Carlos Fazio: Miedo y dominación

Las relaciones de Estados Unidos con México y América Latina pasan por una fase de restructuración que tiende hacia la formación de estados autoritarios en la región. A nivel ideológico y represivo, la imposición del sistema de dominación neoliberal de comienzos de los años 90 no significó una ruptura con el modelo anterior. Tras el triunfo de la revolución cubana en 1959, John F. Kennedy utilizó una doble vía para consolidar la hegemonía estadunidense en el área: la Alianza para el Progreso y el militarismo. De la mano de la Doctrina de Seguridad Nacional, Washington y los ejércitos latinoamericanos definieron al “enemigo interno”: el comunista, el tupamaro, el montonero, los “cívicos” de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas y la Liga 23 en México, como encarnación de la “antipatria” y la “subversión atea”. La contrainsurgencia echó mano de la guerra sucia, los escuadrones de la muerte y el paramilitarismo en el campo, y condujo al terrorismo de Estado, con un alto saldo de ejecuciones sumarias extrajudiciales, desapariciones forzadas, torturados, presos políticos y exiliados. También aplicó la guerra de baja intensidad contra la Nicaragua sandinista e invadió Granada y Panamá.

Tras la autodisolución de la Unión Soviética (1989), a la par del neoliberalismo, Washington impulsó la “guerra” a las drogas: el narcotráfico como sustituto del fantasma comunista. El 11 de septiembre de 2001 dio a la administración de Bush la oportunidad para un golpe de Estado técnico en Estados Unidos y la imposición de la Ley Patriótica. Y con el uso de la mentira como arma de guerra invadió Afganistán e Irak. Asimismo, inició la “guerra contra el terrorismo”, como enemigo unificador.

Si la Doctrina de Seguridad Nacional fue un instrumento ideológico-militar apto para contrarrestar los movimientos de liberación nacional en los años 60/70, hoy, tras la larga noche de la dictadura del pensamiento único neoliberal, el imperio, las oligarquías vernáculas y sus administradores cipayos han venido trabajando en la construcción social del miedo y de los nuevos enemigos internos para imponer su modelo de dominación.

Los tres ejes claves para la construcción del miedo y remilitarizar el nuevo Estado autoritario son el terrorismo, incluido el eje del mal, con Cuba y Venezuela a escala regional; el populismo radical (Hugo Chávez, Evo Morales, López Obrador), y el crimen organizado. Mediante esos enemigos míticos, elusivos e impredecibles –que actúan de distractores administrados y potenciados por los medios de difusión masiva como propagandistas de la “razón de Estado”– el sistema busca legitimar el uso de la fuerza y genera de facto un Estado de excepción provisto de nuevas leyes de carácter represivo que recortan las garantías individuales y colectivas.

El nuevo Estado militarizado se presenta como el “salvador” y, según dice Robinson Salazar, con el juego de la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado “encarcela a la sociedad”. Nos vigila. Limita los espacios públicos. Invade la privacidad de la persona. Impone leyes antiterroristas a imagen y semejanza de la Ley Patriótica. Discrimina. Fomenta la delación. El no te metas.

El miedo construye escenarios de riesgos en la subjetividad colectiva y altera la vida cotidiana mediante la angustia, el temor y una sensación de peligro latente. Ante el temor de la sociedad, y como forma de fomentar la fragmentación social y el individualismo, de erosionar la vida comunitaria y la solidaridad, el sistema genera imaginarios de exclusión: guetos, barrios amurallados en fraccionamientos con seguridad privada.

La imposición de un nuevo modelo policial-militar está en función de objetivos económicos que tienden a cristalizar a través de megaproyectos regionales como el Plan Colombia-Iniciativa Andina, el Plan Puebla-Panamá y la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana. Elaborados por el Banco Mundial y el BID, tales proyectos sirven a grandes corporaciones multinacionales. Vienen por el petróleo, el gas natural, el agua de los ríos para generar electricidad, el uranio, la biodiversidad. Buscan generar corredores multinodales para extraer por tierra, mar y aire nuestros recursos e inundar nuestros mercados con sus productos. Tales proyectos se inscriben en lo que John Saxe-Fernández ha llamado la “geopolítica del desalojo”: promueven la contrarreforma agraria y el vaciamiento forzoso de tierras, muchas veces por medio del paramilitarismo y/o empresas de “contratistas privados” compuestas por mercenarios.

En ese contexto se inscriben la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN); el Plan México, símil del Plan Colombia, y la reactivación del Plan Puebla-Panamá, que para este año tiene prevista la interconexión eléctrica del sur-sureste de México con Centroamérica. Eso tiene que ver con Carlos Slim, la Halliburton, Chevron y otras corporaciones de Estados Unidos, pero también con un puñado de empresas españolas que llevan a cabo la reconquista de América: Endesa, Iberdrola, Unión Fenosa, Repsol, entre otras. Lo que conecta con la designación de Juan Camilo Mouriño en Gobernación, con el proyecto calderonista-priísta de privatizar Pemex y la Comisión Federal de Electricidad, con La Parota en Guerrero y el achicamiento del cerco militar y paramilitar en Montes Azules sobre las autonomías zapatistas.

La construcción del miedo y la fabricación de nuevos enemigos –incluida la enésima “guerra” contra el narcotráfico– sirven al gran capital. En función de ello necesitan legitimar la “mano dura” y aterrizar las armas de la Iniciativa Mérida para reprimir al pueblo, que se viene organizando desde debajo de múltiples maneras, acumulando fuerza, elaborando proyectos alternativos. Es porque el pueblo avanza en conciencia y organización que los que mandan necesitan militarizar más al Estado.
* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/01/28/index.php?section=politica&article=020a1pol

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Jorge Majfud: El nombre de América Latina

El componente escencialista de la antigua búsqueda de la identidad como parte de diferentes proyectos nacionalistas -y que ocupó tanto tiempo a intelectuales como Octavio Paz-, no ha desaparecido completamente o se ha transmutado en una relación comercial de signos en lucha, en un nuevo contexto global. Y como siempre la realidad es un subproducto de equívocos de sus propias representaciones.

¿Qué significa “latino”? Por años, el latinoamericano típico -que es otra forma de decir “el latinoamericano estereotípico”- fue representado por el indígena de origen azteca, maya, inca o quechua que conservaba sus tradiciones ancestrales mezclándolas con los ritos católicos. Lo que tenían en común estos pueblos era la lengua castellana y la violencia común de la colonización. Sin embargo, todos, a los ojos europeos, norteamericanos e, incluso, ante sus propios ojos, eran definidos monolíticamente como “latinoamericanos”. A los habitantes de la región del Río de la Plata se los llamaba, por parte de los anglosajones, “los europeos del Sur”.

Si volvemos a la etimología de la palabra latina, veremos una fuerte contradicción en esta identificación anterior: ninguna de las culturas indígenas que encontraron los españoles en el nuevo continente tenían algo de “latino”. Por el contrario, otras regiones más al sur carecían de este componente étnico y cultural. En su casi totalidad, su población y su cultura procedía de Italia, de Francia, de España y de Portugal.

En Valiente mundo nuevo, Carlos Fuentes nos dice: “Lo primero es que somos un continente multirracial y policultural. De ahí que a lo largo de este libro no se emplee la denominación ‘América Latina’, inventada por los franceses en el siglo XIX para incluirse en el conjunto americano, sino la descripción más completa Indo-Afro-Ibero-América. Pero en todo caso, el componente indio y africano está presente, implícito”.

A esta objeción del ensayista mexicano, Koen de Munter responde con la misma piedra, observando que el discurso indigenista ha pasado a ser una moda, siempre y cuando se refiera a la defensa de pequeños grupos, políticamente inofensivos, folklóricos, de forma de olvidar las grandes masas que migran a las ciudades y se mimetizan en una especie de mestizaje obligatorio. Este mestizaje, en países como México, sería sólo la metáfora central de un proyecto nacional, principalmente desde los años noventa. Fuentes que sostiene que afortunadamente fuimos una colonia española y no inglesa, lo que permitió un “mestizaje” en el continente. Pero Koen de Munter entiende este tipo de discurso como parte una demagogia “hispanófila”, de una “ideología del mestizaje” por la cual se soslayan las condiciones inaceptables de la actual realidad latinoamericana. Según el mismo autor, la hispanofilia de estos intelectuales no les permite recordar el racismo colonial de la España que luchó contra moros y judíos al tiempo que se abría camino en el nuevo continente. En resumen, más que mestizaje deberíamos hablar de una “multiple violation”.

Al parecer porque el término propuesto era demasiado largo, Carlos Fuentes se decide por usar “Iberoamérica”, siendo éste, a mi juicio, mucho más restrictivo que el propuesto “interesadamente” por los franceses, ya que se excluye no sólo a las oleadas de inmigración francesa en el Cono Sur y en otras regiones del continente en cuestión, sino a otros inmigrantes aún más numerosos y tan latinos como los pueblos ibéricos, como lo fueron los itálicos. Bastaría con recordar que a finales del siglo XIX el ochenta por ciento de la población de Buenos Aires era italiana, motivo por el cual alguien definió a los argentinos -procediendo con otra generalización- como “italianos que hablan español”.

Por otra parte, la idea de incluir en una sola denominación el componente indígena (“Indo”) junto con el nombre “América” nos sugiere que son dos cosas distintas. Semejante, es la suerte de la pudorosa y “políticamente correcta” referencia racial “afroamericano” para referirse a un norteamericano de piel oscura que tiene tanto de africano como Clint Eastwood o Kim Basinger. Podríamos pensar que los pueblos indígenas son los que más derecho tienen a revindicar la denominación de “americanos”, pero se ha colonizado el término como se colonizó la tierra, el espacio físico y cultural. Incluso cuando hoy en día decimos “americano” nos referimos a una única nacionalidad: la estadounidense. Para el significado de este término, tan importante es la definición de lo que significa como de lo que no significa. Y esta definición de las fronteras semánticas no deriva simplemente de su etimología sino de una disputa semántica en la cual ha vencido la exclusión de aquello que no es estadounidense. Un cubano o un brasileño podrán argumentar fatigosamente sobre las razones por las cuales se les debe llamar a ellos también “americanos”, pero la redefinición de este término no se establece por la voluntad intelectual de algunos sino por la fuerza de una tradición cultural e intercultural. Si bien los primeros criollos que habitaban al sur del río Grande, desde México hasta el Río de la Plata se llamaban a sí mismos “americanos”, luego la fuerza de la geopolítica de Estados Unidos se apropió del término, obligando al resto a usar un adjetivo para diferenciarse.

Es posible, también, que esta simplificación se deba al predominio de la perspectiva del otro: la europea. Europa, como Estados Unidos, no sólo ha sido históricamente egocéntrica y ególatra sino también los pueblos colonizados lo han sido. Pocos en América, sin una carga ideológica importante, han estimado y han estudiado las culturas indígenas tanto como la europea. Es decir, es posible que nuestras definiciones simplificadas y simplificadoras de “América Latina” se deban a la natural confusión que proyecta siempre la mirada del otro: todos los indios son iguales: los mayas, los aztecas, los incas y los guaraníes. Sólo en lo que hoy es México, existía -y existe- un mosaico cultural que sólo nuestra ignorancia confunde y agrupa bajo la palabra “indígena”. Con frecuencia, estas diferencias se resolvían en la guerra o en el sacrificio del otro.

De cualquier forma, aún considerando América Latina como una prolongación de Occidente (como extremo Occidente), sus nombres y sus identidades han estado, principalmente desde mediados del siglo XIX, en función de una negación. En julio de 1946, Jorge Luis Borges observaba, en la revista Sur, este mismo hábito cultural restringido a los argentinos. Los nacionalistas “ignoran, sin embargo, a los argentinos; en la polémica prefieren definirlos en función a algún hecho externo; de los conquistadores españoles (digamos) o de alguna imaginaria tradición católica o del imperialismo sajón”.

Las repúblicas latinoamericanas fueron sucesivos inventos literarios de la elite intelectual del siglo XIX. Definir, prescribir y nombrar no son detalles menores. Pero la realidad también existe y ésta nunca se adaptó del todo a sus definiciones, a pesar de la violencia de la imaginación. La diferencia entre la concepción y la realidad del pueblo muchas veces tuvo el tamaño de centenarias injusticias, exclusiones y violentas revueltas y rebeliones que nunca llegaron a la categoría de revoluciones. Lo representado sigue siendo más débil que su representación.

* Argenpress
* http://www.argenpress.info/nota.asp?num=051363&Parte=0

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José Blanco: Derecho vs derecho

Hace dos semanas escribí en este espacio: “La salida de W Radio de Carmen Aristegui… es una prueba contundente de que en México ubicamos los derechos derivados de la capitalización realizada sobre un bien público por encima del derecho a la libertad de expresión”.

En su última entrega la propia conductora escribió: “El debate se centra en si se puede o debe colocar la llamada libertad de empresa por encima de la libertad de expresión o de las libertades fundamentales de periodistas y ciudadanos. El caso W ha tocado seriamente esa fibra”. Ése es, sin duda, el núcleo de un problema que es a un tiempo jurídico y político.

Mainstream es un anglicismo (literalmente corriente principal) que se usa para referirse al pensamiento o las preferencias aceptadas mayoritariamente por una sociedad. El término ha cobrado fuerte relevancia en los estudios actuales sobre los medios de comunicación de masas, que han adquirido peso decisivo en las creencias y en la formación de opiniones en la sociedad actual.

La mainstream para cierta parcela del pensamiento económico sostiene con razón que el mercado genera resultados subóptimos, en el caso de la producción o generación de un conjunto de determinados bienes. Los economistas suelen llamarlos “fallas del mercado” (por supuesto, no se trata da fallas).

En tales casos es imprescindible la intervención del Estado para ajustar o corregir tales “fallas” y alcanzar un resultado óptimo. Es el caso de los bienes públicos. La salud, o la educación, o la información, o la difusión de las ideas, o la defensa nacional. El mercado no puede resolver estos casos y es preciso que el Estado intervenga con las herramientas que le son propias: las leyes.

Las sociedades contemporáneas están repletas de contradicciones y antagonismos, una inmensa cantidad de las cuales derivan precisamente de la operación del mercado. Sin Estado (o con un Estado abstinente en su papel de mantener unida y en desarrollo a la sociedad) y sin leyes no tendríamos una sociedad, sino una selva en la que los animales mayores y/o más feroces devoran a los animales con atributos de fuerza y de ferocidad menor.

Es claro que el mercado no es el medio ideal para la generación de los bienes públicos. Un bien público es un bien económico cuya naturaleza conlleva dos características básicas: la no rivalidad en su uso o consumo (el uso o consumo por un individuo no reduce la cantidad para otros) y la imposibilidad de aplicar el principio de exclusión de los beneficios (ni por medios físicos ni legales) que el bien público ha de proveer a todos.

El “problema” que entrañan los bienes públicos es que la naturaleza del mercado y los principios que lo rigen no puede valorar adecuadamente tales productos y en el mejor de los casos el mecanismo mercantil proporciona un suministro distinto del que sería eficiente e indispensable para la sociedad como un todo. Por ello es preciso emplear medios de suministro del bien público de que se trate, distintos del mercado, para solventar las dificultades. (Véase Buchanan, James M.: Demanda y oferta de bienes públicos, 1968; Stiglitz, Joseph E.: La economía del sector público, 2003.)

No es extraño que el artículo 19 de la Declaración universal de derechos humanos disponga: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Ésta es la mainstream internacional –desde 1948–, en materia de derechos humanos de opinión y de recibir información y opiniones, por cualquier medio de expresión.

No es extraño tampoco que la Convención americana sobre derechos humanos establezca en su artículo 13, fracción 3ª que “no se puede restringir el derecho de expresión por vías o medios indirectos, tales como el abuso de controles oficiales o particulares de papel para periódicos, de frecuencias radioeléctricas o de enseres y aparatos usados en la difusión de información o por cualesquiera otros medios encaminados a impedir la comunicación y la circulación de ideas y opiniones”.

Las empresas Prisa y Televisa, al cancelar el noticiero Hoy por hoy, han mostrado que la racionalidad empresarial, económica (dicen que tienen números rojos) o política (más bien por aquí parece ir la onda hertziana), produjo una carambola política de 10 mil bandas al manejar o manipular el bien público concesionado –el espacio radioeléctrico y las ondas hertzianas que en él se propagan– y generó una enorme “falla de mercado” y una violación de disposiciones legales vigentes en México.

Puesto que sobre ese bien público esas empresas han realizado una (gigantesca) inversión, tales actores del mercado reclaman derechos que derivan de su propiedad (el capital invertido). Esos derechos han hecho colisión con las disposiciones legales asociadas al bien público que a las empresas les fue concesionado.

Sólo parece haber dos caminos para que el Estado resuelva esta contradicción insoluble en el espacio de las empresas referidas. O bien el Estado les retira la concesión por la violación legal cometida en el uso de un bien público, o bien el Congreso crea un organismo de Estado (no de gobierno), con todas las regulaciones del caso y las limitaciones y acotaciones que necesariamente conllevan los derechos de ser informados y de libertad de expresión. De esta manera el Estado compensa o corrige la “falla de mercado” y la violación de derechos vigentes en este país.

De todos modos, algún tipo de sanción tendrían que recibir las empresas abusivas, por ignorar la responsabilidad que adquirieron al recibir en concesión el bien público que explotan.

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Luis Hernández Navarro: La disputa por la hegemonía cultural iberoamericana

Un pequeño escándalo estalló durante 2003 en el mundo cultural mexicano. La casi desconocida pintora Mónica Roibal ganó un concurso de la Secretaría de Educación Pública (SEP) con una imagen de Emiliano Zapata, en la que el caudillo sureño era representado más como señorito andaluz que como el dirigente de una revolución agraria. La artista resultó ser esposa de Antonio Navalón, representante del poderoso grupo Prisa en México.

Al poco tiempo la comunidad artística se encontró con un nuevo motivo de indignación. Sin ninguna consideración sobre la calidad de su obra, el museo de San Ildefonso expuso generosamente la muestra El corazón sobre el asfalto, de la misma artista. Intermediario comercial ligado a los más sonados escándalos de corrupción política y financiera en España, periodista, amigo e intermediario del juez Baltasar Garzón, cabildero, personaje de la política y las finanzas, Antonio Navalón fue conocido en España con el apodo de El Conseguidor.

La historia no es solamente un ejemplo más de cómo los poderosos consorcios mediáticos influyen en el mundo cultural, definiendo su agenda y promocionando intelectuales y artistas, sino, también, de una tendencia general en las relaciones entre esas empresas y la política, de la que la salida de Carmen Aristegui de W Radio es apenas el último incidente.

Durante la presidencia de Belisario Bentancourt en Colombia, el grupo Prisa contrató al hijo del mandatario de la misma manera en la que ahora empleó al cuñado de Felipe Calderón. El reclutamiento de altos cargos del gobierno español por parte del grupo empresarial está documentado en el libro de Ramón Tijeras Lobbies: cómo funcionan los grupos de presión españoles.

Viajes, becas, premios artísticos o literarios, conferencias y publicaciones se han convertido en formidable instrumento de persuasión hacia las elites intelectuales latinoamericanas. A pesar de que varios países del área tienen poderosas industrias culturales y de entretenimiento (México, Brasil y Venezuela), la aspiración de ser un autor conocido en el conjunto del mundo hispanohablante depende, en mucho, de las redes editoriales, universidades y prensa españolas.

Papel clave en este proyecto de hegemonía cultural es el que desempeña el grupo Prisa, editor de El País. Periódicos, libros, revistas, música, canales de radio y televisión son terreno firme de esta empresa de comunicación. El consorcio posee más de 400 emisoras de radio en España. Tiene derechos o participaciones en seis editoras de libros, entre ellas la poderosa Santillana. Fuera de España es propietaria de diarios, estaciones de radio y revistas en Bolivia. Maneja 87 por ciento de Grupo Latino de Radio, que controla 300 emisoras radiales en Panamá, Chile, Colombia y Costa Rica. Posee, además, 50 por ciento del grupo Radiópolis en México. En América Latina cuenta con jugosos contratos de distribución de libros y todo tipo de material escolar a cargo del erario de varios estados iberoamericanos. Ha disfrutado de numerosos créditos blandos y ganado licitaciones de la partida de Ayuda al Desarrollo del Ministerio de Economía y de la Agencia Española de Desarrollo.

El universo del libro en español está compuesto por tres polos de producción de dimensiones diferentes, América Latina es uno. Ese universo lo constituyen más de 416 millones de seres humanos que consumen textos en esa lengua, localizados en España (41 millones 100 mil habitantes), en los 18 países hispanohablantes de América Latina (344 millones 532 mil personas) y en Estados Unidos (31 millones de hispanohablantes). Un estudio realizado entre 2002 y 2003 en los países del área lingüística (España y Latinoamérica) arroja un total de 107 mil 777 títulos editados en lengua española, de los cuales 59 mil 685 fueron publicados en la península ibérica y 48 mil 092 en los países latinoamericanos, preponderantemente en Argentina (27 por ciento) México (23 por ciento) y Colombia (18 por ciento). España ostenta fuerte actividad exportadora hacia América Latina, tanto por exportación del libro impreso como por la implantación de filiales de editoras españolas en las naciones latinoamericanas (602 millones de euros en 2001). En sentido inverso la exportación es muy débil (6.8 millones de dólares en 2003). Una relación de casi 100 a uno.

Columna vertebral de esta hegemonía semántica fue el recientemente fallecido Jesús Polanco, forjador del grupo Prisa. Parte de su imperio mediático fue construida en América Latina. Durante años fue el principal editor de prensa en lengua española y el único que actuó, simultáneamente, en los mercados de la información general, deportiva y económica. En España dominó hasta tal punto la radio privada, que en varias demarcaciones tenía más emisoras que todos sus competidores juntos.

Logró en tiempos del PSOE el monopolio de facto de la televisión de paga. Fue uno de los principales productores de cine y amo del próspero negocio de libros de texto tanto en España como en América Latina. Hizo los libros de historia para Augusto Pinochet. Sus editoriales de creación abarcan todos los segmentos de la actividad literaria y el pensamiento. Directa o indirectamente controló la actividad discográfica. Fue dueño de cadenas de libros, agencias de publicidad, hoteles, empresas de exportación.

Polanco fue un poder fáctico. Su poliédrica hegemonía sobre las industrias culturales le proporcionó formidable influencia. Fue la versión más cercana al ciudadano Kane que ha tenido el mundo español (Véase: Manuel García Viñó: El País: la cultura como negocio). Una de las claves de su éxito fue que, a pesar de provenir del entorno del franquismo, se quedó con la patente del progresismo. Junto a Felipe González caminó de la mano en el mundo de la política, los negocios y la cultura. Polanco –dice Pedro J. Ramírez, director de El Mundo– no tiene bancos, pero sí tiene banqueros. Sus relaciones con la oligarquía financiera fueron estrechas.

Sus mejores negocios en Latinoamérica fueron hechos con países regidos por dictaduras militares. Instalado en la cumbre del poder mediático, se convirtió en uno de los más grandes mediadores entre el mundo cultural latinoamericano y el español.

Como muestra la no renovación del contrato de Carmen Aristegui en W Radio, a la hora de definir prioridades informativas, para el consorcio empresarial cuestiones como la audiencia tienen una importancia secundaria. Después de todo, sus grandes negocios están en otra parte.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/01/22/index.php?section=opinion&article=019a1pol

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Daniel Campione: Venezuela en perspectiva revolucionaria

La derrota en el referendum sobre la reforma constitucional en Venezuela ha dado lugar a una rica discusión acerca de su evaluación y los modos de resolver la problemática que plantea. En la mayoría de los casos, los interrogantes se dirigen a encontrar el modo de preservar y profundizar las transformaciones sociales a las que han dado lugar los nueve años de gobierno de Chávez en el poder. O lo que es lo mismo, a visualizar cómo afianzar y extender una perspectiva revolucionaria que, a partir del país caribeño, se proyecta sobre nuestro continente.

Al discurrir sobre la derrota se han volcado argumentos explicativos de variado tipo, que van desde críticas al diseño de la campaña hasta fenómenos de corrupción, burocratización e inoperancia al interior del gobierno y de los organismos revolucionarios en general, pasando por la propia concepción y alcance de la reforma constitucional. También han ocupado un lugar importante los alertas sobre la falta de solución a los problemas concretos de la población, como el abastecimiento alimenticio, las carencias en materia de vivienda, la inseguridad, el deterioro de las “misiones”. Y aquí y allá brotaron las advertencias sobre la creación de estratos privilegiados que se enriquecen mientras corean consignas revolucionarias.

Ese conjunto de factores seguramente jugó cada uno su papel, pero creemos que a ellos subyace algo más sustantivo, estructural, cuya comprensión es indispensable para analizar lo transcurrido y apuntar estratégicamente en dirección del futuro: La revolución bolivariana, como otros procesos progresivos latinoamericanos, está atravesada ella misma, su gobierno, su militancia, sus cuadros dirigentes, por la lucha de clases. Ese conflicto se proyecta, sin determinarla por completo, a la coexistencia entre concepciones diferentes, si no opuestas, de construcción política y social, al interior del propio poder “chavista”.

Esto quiere decir que junto con una visión anticapitalista, basada en la iniciativa popular, radical en su concepción de la democracia de abajo hacia arriba, anidan en el proceso revolucionario tendencias proclives a coexistir indefinidamente con el capitalismo (o más pudorosamente economía de mercado) y a mantenerse en los cauces de la democracia representativa tradicional. Y esa diferencia decisiva no cursa por aceptar o no la denominación de socialista para el proceso, o por estar a favor o en contra de determinada nacionalización. Más bien atiende a si se asigna o no un lugar protagónico a las clases populares conscientes y organizadas; si se apunta consecuentemente a una transformación radical de las relaciones sociales. o sólo se aspira a la redistribución de la riqueza, la inclusión social y demás tópicos que, asumiéndolo explícitamente o no, dejan incólume la sustancia de la explotación capitalista.

Han brotado luego del referendum los llamados a la reconciliación, desde la oposición y sectores del oficialismo. La amnistía presidencial que acaba de beneficiar a partícipes del golpe de abril de 2002 y otros atropellos, y algunas declaraciones presidenciales, indican cierta propensión a aceptar ese rumbo desde la cúspide del aparato estatal. Esto podría avanzar hacia su consumación si se busca una política de pactos con los partidos opositores y se procura la alianza con una sedicente “burguesía nacional”.

Habría que entender que la base para “reconciliarse” no puede ser otra que el estancamiento o el retroceso del proceso revolucionario, con la oposición en puja permanente por convertir el parate en reversión total, en desplazamiento del “chavismo” del poder, en retorno a una “normalidad” vaciada en el molde de la Colombia de Uribe o el México de Calderón. En el mejor de los casos quedaría en pie una política exterior moderadamente nacionalista, y cierto rumbo “desarrollista” de la economía. Vale decir, lo compatible con el umbral de tolerancia del núcleo de las clases dominantes y el imperialismo norteamericano para procesos “progresistas” en la región.

Allí está, sin embargo, el camino opuesto, aquél que en lugar de negociaciones o conciliación con gran capital y oposición, se dirija a ampliar la base social en las clases subalternas de la revolución bolivariana. A afianzar la identificación entre el proceso revolucionario, el rumbo estratégico que ha venido marcando el presidente Chávez, y las masas movilizadas y conscientes. Eso requiere la acentuación y extensión de todas aquellas medidas que mejoren el nivel de vida, junto con el compromiso y organización política de las clases populares. Y ello conlleva asumir que, más temprano que tarde, se confrontará con los intereses del gran capital local y extranjero, llegando a un nivel de no retorno, a un punto de definiciones para los que sustentan tomar un cauce “moderado”. Esto no se define a través de una reforma constitucional o de cualquier otra iniciativa legal. Requiere la construcción de poder social desde las clases subalternas, la concentración de una capacidad contrahegemónica que cohesione y consolide el poder popular al mismo tiempo que debilite y en última instancia destruya, al poder de las clases dominantes. Es una batalla económica, política, social y cultural, que no puede emprenderse exitosamente sin una reforma intelectual y moral en el interior del propio “chavismo”. Más temprano que tarde, se debe asumir que la propiedad privada de los principales medios de producción y las instituciones estatales construidas para mantener el poder de las clases populares limitado a la expresión periódica del sufragio, son por igual incompatibles con una transformación social radical.

Está claro que esa confrontación debe sostenerse, en decisiva medida, en organizaciones de base, conscientes y activas, que tengan todo que ganar en la radicalización revolucionaria, que puedan y quieran avanzar en la construcción de un poder político de nuevo tipo, que concluya por destruir las bases del antiguo estado, corroído por viejos y nuevos fenómenos de burocratismo y privilegio. Ellas pueden abrevar en las mejores páginas del proceso revolucionario venezolano, como han sido la exitosa resistencia popular a la tentativa de golpe, o al boicot económico. Y convertir las consignas gubernamentales de revisión, rectificación y reimpulso, lanzadas después del revés electoral, en un vigoroso torrente que desde abajo cohesione y amplíe el campo de los que están decididos a terminar con la explotación, la desigualdad y la injusticia.
Si la revolución venezolana arriba a victorias decisivas, a transformaciones irreversibles, la potencia expansiva de su ejemplo prestaría un envión importante a procesos como el boliviano, el ecuatoriano, y otros que puedan gestarse en el futuro cercano. América Latina vive una oportunidad histórica en cuanto a la posibilidad de encarnar una profunda desmentida al predominio absoluto e indefinido del poder del capital. El lugar que ocupa el trayecto a seguir por Venezuela en esa perspectiva es, a todas luces, decisivo.

* Argenpress
* http://www.argenpress.info/nota.asp?num=051121&Parte=0

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Daniel Campione: Venezuela en perspectiva revolucionaria

La derrota en el referendum sobre la reforma constitucional en Venezuela ha dado lugar a una rica discusión acerca de su evaluación y los modos de resolver la problemática que plantea. En la mayoría de los casos, los interrogantes se dirigen a encontrar el modo de preservar y profundizar las transformaciones sociales a las que han dado lugar los nueve años de gobierno de Chávez en el poder. O lo que es lo mismo, a visualizar cómo afianzar y extender una perspectiva revolucionaria que, a partir del país caribeño, se proyecta sobre nuestro continente.

Al discurrir sobre la derrota se han volcado argumentos explicativos de variado tipo, que van desde críticas al diseño de la campaña hasta fenómenos de corrupción, burocratización e inoperancia al interior del gobierno y de los organismos revolucionarios en general, pasando por la propia concepción y alcance de la reforma constitucional. También han ocupado un lugar importante los alertas sobre la falta de solución a los problemas concretos de la población, como el abastecimiento alimenticio, las carencias en materia de vivienda, la inseguridad, el deterioro de las “misiones”. Y aquí y allá brotaron las advertencias sobre la creación de estratos privilegiados que se enriquecen mientras corean consignas revolucionarias.

Ese conjunto de factores seguramente jugó cada uno su papel, pero creemos que a ellos subyace algo más sustantivo, estructural, cuya comprensión es indispensable para analizar lo transcurrido y apuntar estratégicamente en dirección del futuro: La revolución bolivariana, como otros procesos progresivos latinoamericanos, está atravesada ella misma, su gobierno, su militancia, sus cuadros dirigentes, por la lucha de clases. Ese conflicto se proyecta, sin determinarla por completo, a la coexistencia entre concepciones diferentes, si no opuestas, de construcción política y social, al interior del propio poder “chavista”.

Esto quiere decir que junto con una visión anticapitalista, basada en la iniciativa popular, radical en su concepción de la democracia de abajo hacia arriba, anidan en el proceso revolucionario tendencias proclives a coexistir indefinidamente con el capitalismo (o más pudorosamente economía de mercado) y a mantenerse en los cauces de la democracia representativa tradicional. Y esa diferencia decisiva no cursa por aceptar o no la denominación de socialista para el proceso, o por estar a favor o en contra de determinada nacionalización. Más bien atiende a si se asigna o no un lugar protagónico a las clases populares conscientes y organizadas; si se apunta consecuentemente a una transformación radical de las relaciones sociales. o sólo se aspira a la redistribución de la riqueza, la inclusión social y demás tópicos que, asumiéndolo explícitamente o no, dejan incólume la sustancia de la explotación capitalista.

Han brotado luego del referendum los llamados a la reconciliación, desde la oposición y sectores del oficialismo. La amnistía presidencial que acaba de beneficiar a partícipes del golpe de abril de 2002 y otros atropellos, y algunas declaraciones presidenciales, indican cierta propensión a aceptar ese rumbo desde la cúspide del aparato estatal. Esto podría avanzar hacia su consumación si se busca una política de pactos con los partidos opositores y se procura la alianza con una sedicente “burguesía nacional”.

Habría que entender que la base para “reconciliarse” no puede ser otra que el estancamiento o el retroceso del proceso revolucionario, con la oposición en puja permanente por convertir el parate en reversión total, en desplazamiento del “chavismo” del poder, en retorno a una “normalidad” vaciada en el molde de la Colombia de Uribe o el México de Calderón. En el mejor de los casos quedaría en pie una política exterior moderadamente nacionalista, y cierto rumbo “desarrollista” de la economía. Vale decir, lo compatible con el umbral de tolerancia del núcleo de las clases dominantes y el imperialismo norteamericano para procesos “progresistas” en la región.

Allí está, sin embargo, el camino opuesto, aquél que en lugar de negociaciones o conciliación con gran capital y oposición, se dirija a ampliar la base social en las clases subalternas de la revolución bolivariana. A afianzar la identificación entre el proceso revolucionario, el rumbo estratégico que ha venido marcando el presidente Chávez, y las masas movilizadas y conscientes. Eso requiere la acentuación y extensión de todas aquellas medidas que mejoren el nivel de vida, junto con el compromiso y organización política de las clases populares. Y ello conlleva asumir que, más temprano que tarde, se confrontará con los intereses del gran capital local y extranjero, llegando a un nivel de no retorno, a un punto de definiciones para los que sustentan tomar un cauce “moderado”. Esto no se define a través de una reforma constitucional o de cualquier otra iniciativa legal. Requiere la construcción de poder social desde las clases subalternas, la concentración de una capacidad contrahegemónica que cohesione y consolide el poder popular al mismo tiempo que debilite y en última instancia destruya, al poder de las clases dominantes. Es una batalla económica, política, social y cultural, que no puede emprenderse exitosamente sin una reforma intelectual y moral en el interior del propio “chavismo”. Más temprano que tarde, se debe asumir que la propiedad privada de los principales medios de producción y las instituciones estatales construidas para mantener el poder de las clases populares limitado a la expresión periódica del sufragio, son por igual incompatibles con una transformación social radical.

Está claro que esa confrontación debe sostenerse, en decisiva medida, en organizaciones de base, conscientes y activas, que tengan todo que ganar en la radicalización revolucionaria, que puedan y quieran avanzar en la construcción de un poder político de nuevo tipo, que concluya por destruir las bases del antiguo estado, corroído por viejos y nuevos fenómenos de burocratismo y privilegio. Ellas pueden abrevar en las mejores páginas del proceso revolucionario venezolano, como han sido la exitosa resistencia popular a la tentativa de golpe, o al boicot económico. Y convertir las consignas gubernamentales de revisión, rectificación y reimpulso, lanzadas después del revés electoral, en un vigoroso torrente que desde abajo cohesione y amplíe el campo de los que están decididos a terminar con la explotación, la desigualdad y la injusticia.
Si la revolución venezolana arriba a victorias decisivas, a transformaciones irreversibles, la potencia expansiva de su ejemplo prestaría un envión importante a procesos como el boliviano, el ecuatoriano, y otros que puedan gestarse en el futuro cercano. América Latina vive una oportunidad histórica en cuanto a la posibilidad de encarnar una profunda desmentida al predominio absoluto e indefinido del poder del capital. El lugar que ocupa el trayecto a seguir por Venezuela en esa perspectiva es, a todas luces, decisivo.

* Argenpress
* http://www.argenpress.info/nota.asp?num=051121&Parte=0

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