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Marichuy: Sobre “El amor eterno”.

La próxima vez que alguien le hable del amor eterno, recuerde que, como diría James Bond, solo la muerte y los diamantes son eternos… salvo que pretenda una eternidad como la de esta fantasía amatoria del escritor mexicano René Avilés Fabila.

Amor eterno

Alicia dijo que lo amaba como a nadie. Hicieron el amor con una infinita y suave dulzura, con tiernas caricias. Pero aquella era la última ocasión que estaban juntos. Ella partía al día siguiente. Al concluir, Alicia habló: No puedo dejarte aquí, tienes que venir conmigo. Es lo que más deseo en el mundo y sé que tu también lo quieres. ¿Cómo iré contigo?, preguntó emocionado el amante. Ya lo sabrás, repuso la mujer. Fue hasta el maletín y extrajo un bisturí; con la habilidad de un cirujano fue cortando cada uno de los miembros de su compañero. Cuando hubo terminado, lo colocó cuidadosamente dentro de su equipaje. De este modo, Alicia regresó a su patria. Para fortuna suya no revisaron sus maletas. Al llegar a casa, con impaciencia, sacó las partes de su amado y las cosió. Una vez completo, le dijo: ahora sí ya estamos juntos para siempre, nada podrá separarnos, y lo besó con todo el amor que le era posible.

Todo el amor [1970-1995]. Amor eterno René Avilés Fabila. Ed. Aldus, México 1998, pág. 208

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Lucrecia Maldonado: Cómo se llamaba ese país

de repente todo parece tan claro y al mismo tiempo hay tanta sombra en todas partes

de repente como que ya se acaba el dolor y sin embargo duele tanto que uno ni siquiera puede mantenerse en pie

de repente uno se olvida de todo pero vienen esas caras tristes los niños llorando agarrados a las perneras del pantalón no te vayas papi y de tales pero fui yo alguna vez el papi de alguien cuándo cómo dónde y con quién

de repente uno se ve otra vez llegando alucinado y obnubilado buscando con los ojos perdidos y perdido uno también oyendo un idioma que dijeron que era el propio pero que con ese maldito acento nadie lo entiende

de repente uno sabe que nadie nos espera en ninguna parte y sin embargo sigue buscando con los ojos alelados aleteantes de sombras viejas la cara conocida que tal vez no nos identificó entre la multitud

de repente dos y tres días en que no se sabe qué mismo irá a pasar

de repente uno pregunta y nadie contesta porque nadie sabe nada

de repente el peso del equipaje que terminamos botando por ahí porque nos sobrepasa las fuerzas el olor de la ropa sucia que ya no podemos recambiar la plata que ya se acabó en llamadas y búsquedas inútiles y el miedo de salir a la calle y de que alguien nos meta en algún lugar del que ya jamás podremos salir

de repente la vergüenza

de repente el hambre

de repente también la soledad en esta maraña de caras que poco a poco se van volviendo conocidas aunque no hablemos con nadie aunque simplemente sea la costumbre de dormir en estas sillas duras o en este suelo frío con olor a desinfectante de repente una voz que nos pregunta qué nos pasa y no hay palabras ni lágrimas ni ninguna respuesta porque no nos pasa nada o simplemente de golpe nos pasa todo lo que nos ha podido pasar en un solo minuto

de repente una moneda desconocida en la mano que no hemos extendido para eso

de repente un bocadillo un poco de refresco algo y esa gratitud que también es ignominia y humillación y ganas de morirse pero después de comer recién al tercer día de no y de repente el ruido de otro avión que sale de otro avión que llega nadie sabe para qué

de repente una figura de mujer nos vuelve a encender brevemente el deseo pero ya no hay fuerzas ni siquiera para eso

de repente aquellos papeles que casi no podíamos firmar con el obstinado temblor de las manos con los ojos empañados y la expectativa atenazando la garganta sin poder evitar mirar la sonrisa satisfecha del prestamista

de repente las deudas de repente los niños de repente la primera prostituta barata y maloliente de repente la escuela de repente la voz de la mamá que nos dice desde la ventana que ya está la comida de repente una calle y la pelota de trapo que alguna vez pateamos

de repente la sensación de estar comenzando otra vez a volar de volver a los llorosos abrazos de la despedida de volver a la cuna caliente de volver al hueco profundo y oscuro del abrazo mayor y de no acordarse ni saber de qué color eran los ojos de la madre ni quién mismo es uno ni cómo se llamaba ese país

*****

Los perros de la División Anti Drogas del aeropuerto olisquearon un par de veces el cuerpo tendido en el ángulo del suelo y la pared. Cuando uno de ellos quiso mordisquear una mano, el guardia se lo impidió halando de la traílla y preguntó al barrendero negro:

–¿Cuándo parece que fue?

El barrendero se encogió de hombros:

–No sé. Yo volví de vacaciones recién esta mañana. Tal vez no había comido desde que me fui –se quitó la gorra y pasó el dorso de la mano por los ojos amarillentos–. Pobre.

La gente comenzó a amontonarse alrededor. Alguien quiso tomarle el pulso, alguna cosa. El guardia lo detuvo:

–No, déjelo. Si quiere ser útil, mejor vaya a buscar a un comisario. Solamente él puede levantar el cadáver.

Fuente:

http://www.servicioskoinonia.org/cuentoscortos/articulo.php?num=010

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Marichuy: Sobre las enseñanzas de “Las Memorias de Adriano”

Mi afición por la lectura data de mi infancia y como buena autodidacta, nunca seguí ningún tipo de orden en mis lecturas; viéndolo en retrospectiva no sabría decir si esto fue bueno o no. Es más, ni siquiera me lo habría cuestionado de no ser por algo leído en los Cuadernos de Notas de Las Memorias de Adriano, donde Marguertite Yourcenar apunta que hay libros a los que uno no debe atreverse hasta haber cumplido los 40 años. Esta reflexión la hace recordando lo joven que era cuando elaboró la primera versión de ese libro, entre los 20 y los 25 años y que más tarde destruiría completamente.

Dice la autora belga sobre su acercamiento a la vida y obra del emperador Adriano Augusto:

“En todo caso, yo era demasiado joven. Hay libros a los que no hay que atreverse hasta no haber cumplido los cuarenta años. Se corre el riesgo, antes de haber alcanzado esa edad, de desconocer la existencia de grandes fronteras naturales que separan, de persona a persona, de siglo a siglo, la infinita variedad de los seres; o por el contrario, de dar demasiada importancia a las simples divisiones administrativas, a los puestos de aduana, o a las garitas de de los guardias. Me hicieron falta esos años para aprender a calcular exactamente las distancias entre el emperador y yo.”*


Leo esto y pienso que la esencia de su reflexión, va mucho más allá de la escritura. Bien podría aplicarse a la política, el arte de gobernar, a la vida misma. ¿Será que alguno de nuestros eminentes políticos haya leído alguna vez Las Memorias de Adriano?

* Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano. Cuadernos de Notas. Ed. Sudamericana, Barcelona 1999, pág. 297

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Marychuy: Sobre “El general en su laberinto”

En días recientes, Felipe Calderón afirmaba (o ¿se ufanaba?) que los rumores/dudas en torno a su permanencia como Presidente de la República… le tenían sin cuidado, sellando su afirmación con un retador ¿Qué no termino?

Dejando a un lado ironías y suspicacias respecto del trasfondo rumorístico, las declaraciones presidenciales me trajeron a la memoria las últimas líneas de “El general en su laberinto” de Gabriel García Márquez, escena donde un Simón Bolívar disminuido física y anímicamente, se mira a si mismo terminando su vida… solo y lejos, muy lejos de sus días de gloria.

Examinó el aposento con la clarividencia de sus vísperas, y por primera vez vio la verdad: la última cama prestada, el tocador de lástima, cuyo turbio espejo de paciencia no lo volverá a repetir, el aguamanil de porcelana descharchada con el agua y la toalla y el jabón para otras manos, la prisa sin corazón del reloj octogonal desbocado hacia la cita ineluctable del 17 de diciembre a la una y siete minutos de su tarde final. Entonces cruzó los brazos contra el pecho y empezó a oír las voces radiantes de los esclavos cantando la salve de las seis en los trapiches, y vio por la ventana el diamante de Venus en el cielo que se iba para siempre, las nieves eternas, la enredadera nueva cuyas campánulas amarillas no vería florecer el sábado siguiente en la casa cerrada por el duelo, los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse”

El general en su laberinto, Gabriel García Márquez; México, Ed. Diana,1989

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Hermann Bellinghausen: Regreso de África

Se dice “África” con demasiada ligereza. Para Occidente significa el espacio mítico de la aventura y la desgracia. El lugar de sus esclavos, los hambrientos, los desterrados, los masacrados, los “salvajes” e incomprensibles pueblos negros.

Su norte arábico es menos “africano” en la imaginación europea. Y la América “negra”, de “tercera raíz”, aparece como una suerte de África salvada de serlo, aún en Detroit o las favelas de Río de Janeiro. Desconocido como la misma Luna, es de los cinco continentes el máximo lugar común: obviedades infundadas y mentiras profundas.

Su guía de forasteros literaria sigue siendo El corazón de las tinieblas (1899), de Joseph Conrad, no sólo porque es una gran obra, sino porque transmite los miedos, las crueldades y la culpa de las miradas de Occidente sobre ese espacio saqueado y condenado una y otra vez, sin que el saqueo ni la condena concluyan de una buena vez.

El erial sigue creciendo. Sus pobladores huyen hacia la Europa que los colonizó, y ésta les declara una nueva guerra (antimigratoria) y levanta muros legales y campos de confinamiento.

Dos libros de signo muy distinto profundizan en el África de las pesadillas occidentales modernas, pero desde dentro, y le dan sentido. Medio siglo después de las independencias nacionales, el mal del África subsahariana es que no pertenece a sus pobladores, cuyas vidas no pertenecen a ellos ni a nadie. Se nace fácil y se muere fácil. Guerra, enfermedad, hambre, sed.

Ébano, de Ryzard Kapuscinski (1998. Anagrama, 2000), y Mara y Dann, de Doris Lesssing (1999. Ediciones B, 2005), son dos obras monumentales.

La primera, una decantada crónica del pasado medio siglo de revoluciones y guerras civiles, el testimonio “duro” de un reportero improbablemente polaco (¿como Conrad?), que viajó el continente durante varias décadas prefigurando lo que hoy sería Robert Fisk para el mundo árabe.

Fue menos erudito, pero tuvo mayor densidad literaria. En tanto, la novela de Lessing es ficción en el sentido más extremo. Sucede en un confuso futuro sin contacto con nuestro presente, fracturado y distante, nunca sabemos por cuántos años o siglos.

Anterior al sida, al ébola, a los transgénicos y al calentamiento global, Ébano ya retrata el páramo poseuropeo, la lucha cotidiana y bestial por un mendrugo, un vaso de agua, un poco de sombra, un día más con vida.

Mara y Dann sucede después de todos esos desastres, cuando Europa, cubierta de hielo, ya no existe ni en la memoria. Queda el sur, un inmenso desierto donde la gente de todas las razas (otras razas, las de después del fin del mundo) siguen intentando vivir un día más y alcanzar el norte en un peregrinaje sin fin.

Los hermanos Mara y Dann huyen del ocaso de su pueblo y de su casta en el sur de “Ífrik”. Ponen la voluntad por encima del sufrimiento a través de penurias terribles y frágiles momentos de bonanza. Una bildungsroman sometida a la peor intemperie on the road.

Kapuscinski reporteó el continente más de 30 años. Lessing, nacida en Irán, vivió en Zimbawe los primeros 30 años de su vida, y trae al África clavada en la conciencia, como todo británico de bien.

Aquél describe un mundo olvidado por el mundo. Ésta imagina uno que olvidó lo que hoy sabe la civilización: sin tecnología ni historia, sin ninguna clave científica. No se trata de autores africanos negros (tipo Ben Okri o Amos Toutola), ni siquiera blancos (Nadine Gordimer, André Brink). Kapuscinski y Lessing tan sólo dejaron su corazón allá.

Contemplan esa “humanidad sobrante” que hoy sobrepuebla el planeta de slums descrito por Mike Davis. Por ejemplo, Kinshasa, capital congolesa. Nueve millones de habitantes, 95 por ciento sin salario, con ingresos promedio de 100 dólares al año. No hay carros, ni dinero. Dos terceras partes de la gente es desnutrida; una de cada cinco, VIH positiva. No hay servicios de salud. Y los niños se han convertido en brujos para sobrevivir. Todo, en medio de permanentes guerras civiles y con los vecinos, bajo un gobierno de ladrones y asesinos. “Un país naturalmente rico, artificialmente empobrecido.” (Planet of Slums, Verso, 2006).

Así, Ébano y Mara y Dann, tan distintos en todo, dejan la inquietante sensación de ser el mismo libro por otros medios. Advertencias contra un cierto futuro, más allá de África.

http://www.jornada.unam.mx/2008/09/01/index.php?section=opinion&article=a13a1cul

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Maksim Gorki: El Khan y su Hijo

Por aquel tiempo reinaba en Crimea el khan Masolaima al-Asvab, el cual tenía un hijo llamado Tolaik Algalla…»

De este modo comenzó a relatar una leyenda antigua -rica en recuerdos como las que suelen transmitirse en aquella península- un tártaro pobre y ciego, que se apoyaba en el pardo tronco de un árbol. Algunos tártaros -con túnicas de color claro y gorras bordadas de oro- estaban sentados en torno al mendigo sobre las blancas piedras, últimos restos del palacio del khan, destruido por el tiempo. El sol iba, lentamente, hacia su ocaso, sus purpúreos rayos despedían chispas de oro a través del follaje que circundaba las ruinas sobre las piedras cubiertas de hiedra y musgo. Susurraba suavemente la brisa entre las sombras de los viejos plátanos, como si recorriesen el aire unos susurrantes arroyos.

La voz del mendigo era apagada y temblorosa. Su faz parecía de piedra y las pupilas de sus inmóviles ojos nada expresaban; su serena inmovilidad armonizaba muy bien con el semblante marmóreo. Una tras otras se iban deslizando las palabras refiriendo hechos, aprendidos de memoria probablemente, al atento auditorio, y rememorando el panorama conmovedor de tiempos ya idos.

«El khan era anciano, pero en su harén tenía numerosas mujeres que lo amaban por su vigor y sus caricias cariñosas y dulces, aunque apasionadas. Las mujeres aman siempre al hombre que es cariñoso, a pesar de que tenga el cabello blanco y el rostro surcado de arrugas. La belleza está en la fuerza y en la nobleza; no en una tez lozana, ni en el sonrosado color de las mejillas -siguió diciendo el ciego.

Todas las mujeres del harén amaban al anciano khan; él, a su vez, las quería a todas, pero, en especial, amaba a una prisionera, hija de un cosaco de las estepas del Dniéper. En el harén había más de trescientas mujeres de diferentes países; todas eran bellas como las flores en primavera; todas consentidas y mimadas. Por orden del khan les solían preparar manjares exquisitos en extraordinaria abundancia y les estaba permitido tocar toda una serie de instrumentos musicales y entregarse al voluptuoso placer de la danza.

El khan, sin embargo, prodigaba más caricias a la prisionera, a la hija del cosaco, su favorita, y con frecuencia solía llevarla a una torre desde cuyos ventanales se dominaba la inmensidad del mar y se podían admirar pintorescos montes y valles. Allí servían de un modo espléndido a la hija del cosaco, dedicándole los máximos cuidados; la colmaban de las mayores delicadezas, la alimentaban con sumo refinamiento y la obsequiaban con bordados de oro, ricas telas, piedras preciosas, aves exóticas y desconocidas, y buena música. Y el khan le prodigaba dulces caricias de enamorado.

Días enteros dedicaba el khan a la joven, descansando en la torre de las agotadoras tareas de la vida, y seguro, además, de que su hijo no comprometería el honor del reino. Algalla recorría como un lobo hambriento las estepas rusas y volvía de éstas trayendo siempre un rico botín y hermosas mujeres. Retornaba glorioso, dejando tras de sí, como prueba de su valor y de su fuerza, cadáveres ensangrentados y pueblos enteros destruidos totalmente.

Una vez, al regresar el hijo del khan de una de sus hazañas, se dispusieron grandes fiestas en su honor. Invitaron a todos los príncipes tártaros y organizaron diversos juegos. Con el fin de demostrar la habilidad en el manejo de las armas, se dispararon flechas a los ojos de los prisioneros. Bebieron mucho por la gloria del valeroso Algalla, terror de los enemigos y defensor del reino. El anciano khan sentíase orgulloso de su hijo. Se deleitaba al verlo tan valiente y al tener la certeza de que, cuando él abandonase el mundo, dejaría a su pueblo en manos seguras.

Complacido y deseando probar a su hijo el afecto que le tenía, cuando estaban en pleno banquete y delante de todos los invitados, alzó la copa y dijo:

-Algalla, eres un buen hijo. ¡Gloria a Alá y bendito sea el nombre de su profeta!

Todos los reunidos, haciendo un estentóreo eco con sus voces, glorificaron el nombre del profeta.

El anciano khan prosiguió:

-Alá es grande. Ha hecho renacer mi juventud en la persona de mi hijo, estando yo aún con vida. Mis ojos de anciano advierten que cuando el sol deje de alumbrar para mí y los gusanos devoren mi corazón, mi vida se prolongará en mi hijo… ¡Alá es grande y Mahoma es su profeta…! Tengo un buen hijo; su mano es segura, valeroso su corazón y grande su inteligencia. Algalla, ¿qué quieres que te regale tu padre? Pídeme lo que quieras y te lo concederé.

Tolaik Algalla se levantó y antes de que se hubiese desvanecido el eco de la voz del anciano, avanzó hacia él -con los ojos fosforescentes como el mar en mitad de la noche y brillantes como los de un águila de las montañas- manifestando:

-Padre y soberano: entrégame la prisionera rusa.

Por un breve instante, el khan guardó silencio. Fue para reprimir el estremecimiento de su corazón. Luego respondió en voz alta y firme:

-Cuando acabe el banquete, será tuya.

El semblante de Algalla se encendió y sus ojos de águila brillaron a causa de la inmensa alegría. Se irguió y dijo al khan:

-Padre, comprendo el valor del obsequio que me has hecho. Lo comprendo perfectamente. Soy tu esclavo; ten mi sangre gota a gota y minuto a minuto. Estoy decidido a morir veinte veces por ti.

-No deseo nada -repuso el anciano, inclinando sobre el pecho su blanca cabeza, coronada por tantos años de victoriosas luchas.

Concluido el banquete, padre e hijo salieron juntos y silenciosos del palacio, y se encaminaron al harén.

La noche era oscura; no se veía la luna ni las estrellas por entre las nubes que cubrían el cielo a manera de ancho tapiz.

El khan y su hijo anduvieron durante un largo rato en silencio y rodeados de la más sombría oscuridad. De repente, el khan rompió el silencio, diciendo:

-Día a día se va extinguiendo mi vida. Cada vez late mi corazón más débilmente y el ardor de mi pecho disminuye poco a poco. El único calor, el único consuelo de mi vida, son las apasionadas caricias de esta mujer. Tolaik, coge cien de mis mujeres, cógelas todas si quieres, pero déjame a la prisionera rusa. ¿Te es verdaderamente indispensable? Dímelo en verdad, hijo mío.

Algalla guardó silencio y lanzó un suspiro.

-¿Qué tiempo de vida me queda? Acaso estén contados los días que he de permanecer en la tierra. Y esa mujer, esa mujer que me conoce, que me ama y que alegra el crepúsculo de mi vida, es el último placer, el último goce de mi vida. Si ella me falta, ¿quién me amará? ¿Qué mujer dará su amor a este pobre viejo? De todas mis mujeres, ninguna desde luego, ¡Algalla!

El hijo de khan continuaba callado.

-¿Cómo podré vivir sabiendo que tú la abrazas? Tolaik, las barreras de la sangre desaparecen ante la mujer; no hay padre, ni hijo, todos sólo somos hombres, hijo mío. Mis últimos días serán muy amargos. Mejor hubiera sido que se abrieran todas mis antiguas heridas, convirtiendo mi cuerpo en una úlcera; que se hubieran enconado, que sangrasen… Sí; mejor hubiera sido todo esto, Tolaik, que sobrevivir esta noche tan horrible para mí…

Tampoco ahora quebró el silencio Algalla. El khan y su hijo llegaron a las puertas del harén. Se detuvieron y permanecieron allí, los dos silenciosos, y con la cabeza inclinada sobre el pecho, durante gran rato. En torno a ellos giraban las espesas sombras de la noche. Sobre sus cabezas cruzaban las nubes por el espacio, y el viento, al azotar las hojas de los árboles, hacía llegar a sus oídos el eco triste de lúgubres canciones.

-Padre, hace ya mucho que la amo -dijo Algalla en voz muy baja.

-Lo sé; mas ella no te ama a ti -respondió el khan.

-Al pensar en ella, se desgarra mi corazón.

-¿Sabes el dolor que tengo en este momento?

De nuevo guardaron silencio ambos. El hijo del khan suspiró.

-Es indudable que el sabio sacerdote ha dicho la verdad; la mujer es siempre perjudicial para el hombre. Si es hermosa, el marido padece los celos del tormento, porque despierta el deseo en los demás hombres; si es fea su esposo sufre al ver la belleza de otras mujeres, y si no es hermosa ni fea, el hombre la embellece con su ilusión. Cuando ésta se desvanece y el hombre comprende que ha vivido engañado, padece por la decepción y por la falta de hermosura de su mujer -dijo por último, Algalla.

-La sabiduría no es un remedio para las penas del alma -balbuceó el khan.

-En tal caso, compadezcámonos uno del otro, padre -respondió Algalla.

El khan levantó la cabeza y miró a su hijo con triste expresión.

-Matémosla -propuso Algalla.

-Te estimas más que a ella o a mí -dijo el anciano serenamente y con aire reflexivo.

Y añadió después:

-No obstante, la amas también.

Se produjo un nuevo silencio.

-Sí, sí, también la amas tú -exclamó el khan, que, por su dolor, parecía haberse convertido en un niño.

-Entonces, ¿qué, la mataremos?

-No te la puedo entregar; me resulta imposible -exclamó el khan.

-Y yo no puedo sufrir más; dámela o arráncame el corazón.

El anciano guardó silencio.

-Arrojémosla al mar desde lo alto de la montaña -propuso otra vez Algalla.

-Arrojémosla al mar desde lo alto de la montaña -repitió el khan como si fuese el eco de su hijo.

Penetraron en el harén, pasaron a la estancia donde dormía la prisionera rusa, tendida sobre un precioso tapiz. Se detuvieron ante la mujer y estuvieron largo rato contemplándola.

Por las mejillas del anciano khan resbalaron gruesas lágrimas que, al deslizarse por la barba plateada brillaron como perlas, mas su hijo, tembloroso a causa de la pasión reprimida, rechinando los dientes y con los ojos despidiendo fulgores despertó con brusquedad a la prisionera. Los ojos de la joven se entreabrieron como dos lirios azules en su sereno semblante rosado. No advirtió la presencia de Algalla, extendió sus brazos hacia el khan, le ofreció sus labios rojos como la flor de un granado y le dijo con suave acento:

-Abrázame, vieja águila.

-Prepárate; tienes que acompañarnos -dijo el anciano en voz baja.

Entonces descubrió la muchacha la presencia del hijo del khan y vio que su vieja águila tenía los ojos humedecidos. Como era inteligente y sagaz, lo comprendió todo.

-Ahora voy; ahora voy. Han decidido que ni de uno ni de otro, ¿no es así? Ésta es la única decisión de los hombres que tienen un corazón firme. Ahora voy -dijo.

Los tres se dirigieron en silencio hacia el mar, por unas estrechas veredas. El viento soplaba con furia.

La joven era delicada y no tardó en cansarse; sin embargo, altanera y orgullosa, no se quejó. El hijo del khan advirtió que la muchacha se iba quedando rezagada y le preguntó con delicado acento:

-¿Tienes miedo?

Los ojos de la prisionera centellearon; miró con desprecio al hijo del khan y, sin decirle ni una palabra, le mostró sus pies ensangrentados.

-Te llevaré -dijo Algalla tendiéndole los brazos.

La muchacha, empero, se abrazó al cuello de su águila. El anciano khan la tomó en sus brazos como si se tratase de una pluma y siguió camino adelante, en tanto que la prisionera apartaba, con gran cuidado, las ramas que hubieran podido molestarle, arañarle el rostro o herirle los ojos. Algalla los seguía por la estrecha senda. Al observar la solicitud de la joven, dijo al khan:

-Déjame ir delante, porque siento deseos de atravesarte con mi puñal.

-Pasa, Algalla. Alá te castigará o te perdonará por esto según sea su voluntad. Yo que soy tu padre, te perdono, pues sé lo que es el amor.

Llegaron al monte; a sus pies se extendía el mar, negro, profundo, inmenso. Las olas entonaban lúgubres cánticos cuando se estrellaban, deshaciéndose, contra las rocas. Aquella escena aterrorizaba el corazón y helaba las entrañas.

-Adiós -dijo el khan, abrazando a la joven.

-Adiós -dijo también Algalla, inclinándose ante ella.

La prisionera contempló un momento el mar, donde las olas cantaban lúgubremente y, retrocediendo, cruzó las manos sobre el pecho y exclamó:

-Échenme al fondo.

El hijo del khan lanzó un profundo gemido y le tendió los brazos, pero el viejo cogió a la muchacha entre los suyos y la abrazó, estrechándola con fuerza contra su pecho. Luego, levantándola por encima de su cabeza, la arrojó desde lo alto de las rocas a las profundidades del mar.

Las olas bramaron de un modo tan salvaje y fúnebre que ninguno de ellos percibió el ruido del cuerpo de la prisionera al caer al agua.

No se oyó ni un grito ni un quejido, ni siquiera un suspiro. El khan se inclinó sobre las rocas y, silencioso, miró hacia el horizonte a través de las tinieblas; en ese punto el mar se confundió con las nubes; las olas chocaban unas contra otras, impulsadas por las ráfagas del viento que también azotaban las barbas del anciano. Algalla, de pie al lado de su padre, ocultaba su rostro entre las manos, silencioso e inmóvil como una estatua.

De este modo permanecieron dos horas. En el espacio seguían cruzando las nubes arrastradas por el viento; eran tan sombrías y lúgubres como los pensamientos del viejo khan, que se encontraba sobre aquella roca que dominaba el mar.

-Vámonos, padre -se atrevió a decir Algalla.

-Aguarda -balbució el khan, que parecía oír algo.

Volvió a pasar mucho tiempo. Las olas seguían bramando y el viento ululaba por entre las rocas y los troncos huecos de los árboles.

-Vamos, padre.

-Aguarda un poco.

Tolaik Algalla repitió varias veces estas dos palabras.

El anciano khan, inmóvil, seguía en el sitio donde acababa de perder la última dicha de su vida. Por último, se puso en pie altivo y frunció el ceño y exclamó:

-Vámonos.

Padre e hijo emprendieron el camino de regreso. Pero, a los pocos pasos, el khan se detuvo y dijo:

-Pero, ¿a qué volver? ¿Adónde ir ahora? ¿Cómo viviré a partir de este momento si esa mujer constituía mi vida? Soy viejo; ninguna mujer me amará ya. El hombre que no es amado, no tiene ningún fin en esta vida.

-Padre, tienes gloria; dispones de riquezas.

-¡Por uno de sus besos lo hubiese dado todo! ¡La gloria y las riquezas! ¡Nada hay en el mundo como el amor de una mujer! ¡El hombre que no tiene el amor de una mujer está muerto; es un mendigo que arrastra una vida triste y mísera! ¡Adiós, Tolaik! ¡Que Alá te bendiga! ¡Que su bendición te acompañe durante toda tu vida!

El anciano khan se volvió en dirección al mar.

-¡Padre! ¡Padre! -exclamó Algalla.

No pudo decirle nada más, pues nada se le puede decir a quien la muerte sonríe.

-¡Déjame!

-Pero Alá…

-Ya lo sabe.

El khan corrió hacia el borde de la roca y se lanzó al abismo. Algalla no lo pudo detener; no tuvo tiempo. Tampoco esta vez se oyó nada; ni un grito, ni un quejido, ni siquiera un suspiro, ni el ruido del cuerpo al caer al agua.

Las olas seguían bramando con fúnebre entonación y el viento seguía entonando sus cánticos salvajes. El hijo del khan permaneció mucho rato mirando al mar. Luego exclamó en voz alta:

-¡Oh, Alá, dame un corazón tan grande y tan firme como el de mi padre!

Algalla se alejó envuelto en las espesas sombras de la noche…»

De este modo murió Masolaima-el-Asvab, khan de Crimea, dejando como heredero a su hijo Tolaik Algalla…

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Guy de Maupassant: Ese cerdo de Morin

-Eso, amigo mío -dije a Labarde-; ¡esas cuatro palabras que acabas de pronunciar, “ese cerdo de Morin”!

-¿Por qué diablos nunca he oído hablar de Morin sin que se le tratase de cerdo?

Labarde, hoy diputado, me miró con ojos de gato asustado.

-Pero ¡cómo! ¿No sabes la historia de Morin? ¿Y tú eres de La Rochelle?

Confesé que no sabía la historia de Morin. Entonces Labarde se frotó las manos de satisfacción, y comenzó su relato.

-Tú has conocido a Morin y recuerdas su gran almacén de mercería en el muelle de La Rochelle, ¿no?

-Sí, perfectamente.

-Pues bien, en mil ochocientos sesenta y dos, o sesenta y tres, Morin fue a pasar quince días a París, un viaje de placer, o de placeres, pero con el pretexto de renovar las existencias de su comercio. Tú sabes lo que es, para un comerciante de provincias, quince días en París. Eso les enciende la sangre. Todas las noches espectáculos, roces de mujeres, una continua excitación anímica. Se vuelven locos. No ven más que bailarinas con vestidos de malla, actrices descotadas, piernas redondas, hombros soberbios, y todo esto casi al alcance de la mano, sin que se atrevan o puedan tocarlo; pues apenas si disfrutan, una o dos veces, de algunos manjares inferiores. Y se van con el corazón conmovido y el alma toda alegre, con unas ansias de besos que aún les cosquillean en los labios. Morin se hallaba en este estado cuando tomó su billete para La Rochelle en el expreso de las ocho cuarenta de la noche, y se paseaba lleno de confusos sentimientos por la gran sala de la estación de Orléans cuando se paró en seco ante una joven mujer que besaba a una anciana señora. Se había levantado el velo y Morin, maravillado, murmuró:

-¡Oh, qué mujer más guapa!

Cuando se despidió de la señora anciana, entró en la sala de espera, y Morin la siguió también; luego subió a un vagón vacío, y Morin la siguió hasta allí. Había pocos viajeros para el expreso. La locomotora silbó y el tren arrancó. Iban solos. Morin se la comía con los ojos. Tendría de diecinueve a veinte años; era rubia, alta y de porte desenvuelto. Se enrolló a las piernas una manta de viaje y se extendió sobre los asientos intentando dormir. Morin se preguntaba:

“¿Quién será?”

Y mil suposiciones y proyectos pasaban por su mente. Se decía:

“Ocurren tantas aventuras en el tren… Tal vez se me presente una a mí. ¿Quién sabe? Ha llegado tan rápidamente esta buena suerte… Quizá me bastaría con ser un poco audaz. ¿No fue Danton quien dijo: ‘Audacia, audacia y siempre audacia?’ Y si no fue Danton, fue Mirabeau; ¡qué más da! Sí, pero yo carezco de audacia; ahí está la dificultad. ¡Oh, si supiese, si pudiese leer el pensamiento de los demás! Apuesto a que pasamos todos los días, sin darnos cuenta, al lado de ocasiones magníficas. Sin embargo, le sería suficiente un gesto para indicarme que no desea otra cosa…”

Entonces se planteó una infinidad de combinaciones que lo conducían al triunfo. Imaginaba una entrada de aspecto caballeresco; pequeños favores que le hacían; una conversación viva, galante, que terminaba con una declaración que a su vez terminaba en… lo que estás pensando. Sin embargo, la noche transcurría y la hermosa joven seguía durmiendo, mientras Morin tramaba su ruina. Amaneció, y muy pronto el primer rayo del sol, un buen rayo luminoso que venía del horizonte, cayó sobre el dulce rostro de la viajera dormida. Se despertó, se sentó, miró el campo, miró a Morin y sonrió. Sonrió como una mujer feliz, con un aire atractivo y alegre. Morin se estremeció de repente. Sin duda esa sonrisa era para él, era una invitación discreta, el indicio soñado que esperaba. Y esa sonrisa quería decir:

“Es usted un estúpido, un necio, un memo; estarse ahí, como un palo, en su asiento desde anoche. ¡Vamos, míreme! ¿No estoy bien? ¡Y usted se queda así toda la noche a solas, con una mujer bonita, sin atreverse a nada, gran tonto!”

Sonreía siempre que la miraba, e incluso comenzaba ya a reír, y Morin perdía la cabeza buscando una palabra de circunstancias, un cumplido, algo, en fin, que decir, fuese lo que fuese. Pero no encontraba nada, nada. Entonces, presa de un audacia de cobardón, pensó: “Bueno, arriesgo todo”; y bruscamente, sin decir ni pío, se dirigió hacia la joven, con las manos tensas y los labios ansiosos, la estrechó entre sus brazos y la besó. Ella, de un brinco se puso en pie, gritando: “¡Socorro!”, llena de terror. Y abrió la ventanilla dando unos chillidos espantosos, y sacó los brazos fuera, loca de miedo, mientras Morin, desesperado y convencido de que se iba a tirar a la vía, la retenía cogiéndola por la falda, y farfullaba:

-¡Señora…, pero, señora!

El tren disminuyó la marcha, y paró. Dos empleados echaron a correr hacia la desesperada joven que cayó en sus brazos, balbuciendo:

-Este hombre me ha querido…, me…

Y se desvaneció. Estaban en la estación de Mauzé. El gendarme de servicio detuvo a Morin. Cuando la víctima de su brutalidad recobró el conocimiento, prestó declaración. La autoridad formalizó su atestado. Y el pobre mercero no pudo regresar a su domicilio hasta la noche, por la tramitación de un juicio por ultraje a las buenas costumbres en un lugar público.

II

-Yo era entonces redactor jefe del Fanal des Charentes, y veía a Morin, todas las noches, en el Café del Comercio. Al día siguiente de su aventura, vino a buscarme, pues no sabía qué hacer. No le oculté mi opinión:

-No eres más que un cerdo. Un caballero no se comporta de esa manera.

Se echó a llorar; su mujer le habla pegado; veía su comercio arruinado, su nombre por el fango, deshonrado, y a sus amigos, indignados, que no lo saludaban ya. Acabó por darme compasión, y llamé a mi colaborador Rivet, un hombre guasón y de buen juicio, para consultarle sobre el caso. Me comprometió para qué fuese a ver al fiscal imperial, que era uno de mis amigos. Le dije a Morin que regresase a su casa, y yo me dirigí a la de ese magistrado. Allí supe que la mujer ultrajada era la señorita Henriette Bonnel, quien acababa de obtener en París su diploma de institutriz y, como no tenía padre, estaba pasando sus vacaciones en casa de sus tíos, unos honrados pequeñoburgueses de Mauzé. Lo que había complicado la situación de Morin era que el tío había presentado una querella contra él. El ministro fiscal estaba dispuesto a echar tierra sobre el asunto, si se retiraba la querella. Y esto era lo que había que conseguir. Volví a casa de Morin. Lo encontré en cama, enfermo de emoción y de pensar. Su esposa, una buena mujer, huesuda y con pelos en la barbilla, lo maltrataba sin descanso. Me condujo a su alcoba, gritándome a la cara:

-¿Viene usted a ver a ese cerdo de Morin? ¡Mírelo, ahí lo tiene!

Y se plantó delante de la cama, con los brazos en jarras. Le expuse la situación, y me suplicó que fuese a ver a la familia de la joven. La misión era delicada; y, sin embargo, acepté. El pobre diablo no cesaba de repetir:

-Te aseguro que ni siquiera la he besado, no, ni siquiera eso. ¡Te lo juro!

-Es igual -le respondí-, no eres más que un cerdo.

Y cogí los mil francos que me dio para emplearlos como juzgase conveniente. Pero como no me aventuraba a entrar solo en la casa de los tíos de la joven, le rogué a Rivet que me acompañara. Aceptó con la condición de que se marcharía inmediatamente, pues tenía, al día siguiente, por la tarde, un asunto urgente en La Rochelle. Y, dos horas más tarde, estábamos llamando a la puerta de una bonita casa de campo. Una hermosa joven vino a abrirnos. Era ella seguramente. Le dije por lo bajo a Rivet:

-¡Caramba, comienzo a comprender a Morin!

El tío, monsieur Tonnelet, era precisamente un abonado al Fanal, un ferviente correligionario político, y nos recibió con los brazos abiertos, nos felicitó, nos estrechó la mano, entusiasmado de tener en su casa a los dos redactores de su periódico. Rivet me dijo al oído:

-Creo que podremos arreglar el asunto de ese cerdo de Morin.

La sobrina se había retirado, y yo abordé la delicada cuestión. Le representé el espectro del escándalo, le hice ver el descrédito inevitable que sufriría la joven después del ruido de semejante asunto, pues nunca se creería que sólo había sido un simple beso. El buen hombre parecía indeciso; pero no podía decidir nada sin su mujer, que volvería demasiado tarde para la reunión. De repente lanzó un grito de triunfo:

-¡Tengo una idea excelente! Se quedan ustedes aquí, en casa. Pueden cenar y acostarse aquí los dos; y cuando regrese mi mujer, espero que nos entendamos.

Rivet se resistía, pero el deseo de resolver el asunto de ese cerdo de Morin lo decidió, y aceptamos la invitación. El tío se levantó lleno de alegría, llamó a su sobrina y nos propuso dar un paseo por su finca, declarando:

-Los asuntos serios para la noche.

Rivet y él se pusieron a charlar de política. Y muy pronto yo me encontré al lado de la joven, a algunos pasos detrás de ellos. ¡Era verdaderamente deliciosa, deliciosa, deliciosa! Con infinitas precauciones, comencé a hablarle de su aventura para intentar ganarme una aliada. Pero parecía que no se hallaba nada confusa, y me escuchaba con el aspecto de una persona que se divierte mucho. Le decía:

-Piense, pues, señorita, en todas las molestias que tendría que soportar. Tendría que comparecer ante el tribunal, afrontar las miradas maliciosas, hablar delante de todo el mundo y contar públicamente esa triste escena del vagón. Bueno, entre nosotros, ¿no hubiese sido mejor no decir nada, hacer volver a su sitio a ese desvergonzado, sin llamar a los empleados, y cambiar simplemente de coche?

Se echó a reír.

-Sí, es verdad lo que dice. Pero ¿qué quiere usted? Tuve miedo, y cuando se tiene miedo, no se razona. Después de hacerme cargo de mi situación, sentí haber gritado; pero ya era demasiado tarde. Además, piense usted que ese imbécil se arrojó sobre mí, sin decir ni una palabra y con una cara de loco furioso. Yo no sabía ni siquiera lo que deseaba de mí.

Me miraba de frente, sin sentirse turbada ni intimidada. Y yo me decía:

“¡Pero si esta chica es una bribona! No me extraña que ese cerdo de Morin se haya equivocado.”

-Vamos, señorita -proseguí bromeando-, confiese usted que es excusable, pues, en fin, no se puede uno hallar frente a una persona tan guapa como usted sin experimentar el deseo absolutamente legítimo de besarla.

Se rió más fuerte aún, enseñando los dientes.

-Entre el deseo y la acción, señor, hay sitio para el respeto.

La frase era original, pero poco clara. Y bruscamente le pregunté:

-Y si yo la besase a usted ahora mismo, ¿qué haría?

Se detuvo para mirarme de arriba abajo y luego dijo tranquilamente:

-¡Oh, usted, no es lo mismo!

Bien sabía yo, ¡pardiez!, que no era lo mismo, pues tenía entonces treinta años y no en balde se me conocía en toda la provincia por el “guapo Labarde”. Pero le pregunté:

-¿Por qué?

Se alzó de hombros y respondió:

-¡Toma, porque usted no es tan estúpido como él!

Y añadió, mirándome de soslayo:

-Ni tan feo.

Antes que pudiese hacer ningún movimiento para evitarlo, le planté un beso en la mejilla. Se apartó hacia un lado, pero ya era demasiado tarde. Y después me dijo:

-¡Vaya! Usted tampoco ha podido contenerse. Pero no lo haga otra vez.

Puse un aspecto sumiso y le dije a media voz:

-¡Oh, señorita, si tengo algún anhelo en mi corazón es el de verme ante un tribunal por la misma causa que Morin!

-¿Y eso por qué? -me preguntó.

La miré al fondo de sus ojos seriamente.

-Porque es usted una de las más bellas criaturas que existen; porque sería para mí un título de honor, una gloria haber querido violentarla. Porque se diría, una vez que la hubiesen visto a usted:

-¡Vaya con Labarde, no coge lo primero que se le presenta, sino que sabe elegirlas!

Y la joven se echó a reír con todas sus ganas.

-¡Es usted un pillo!

Pero no había acabado de pronunciar la palabra pillo cuando ya la tenía entre mis brazos y la besaba ávidamente en todos los sitios donde podía, en los cabellos, en la frente, en los ojos, a veces en la boca, en las mejillas, por toda la cabeza, allí donde descubría, a pesar suyo, un rincón al intentar defender los demás. Por fin, se desembarazó de mí, ruborizada y ofendida.

-Es usted un grosero, señor, y ha conseguido que me arrepienta de haberlo escuchado.

Le cogí la mano, un poco confuso, balbuciendo:

-¡Perdón, perdón, señorita! La he ofendido; he sido brutal. No me tome odio. ¡Si usted supiese…!

Buscaba en vano una excusa. Al cabo de un momento, la joven declaró:

-No tengo nada que saber, señor.

Pero yo había dado con una excusa, y exclamé:

-¡Señorita, estoy enamorado de usted desde hace un año!

Se quedó realmente sorprendida, y no pude por menos de alzar los ojos.

-¡Sí, señorita -proseguí- escúcheme! No conozco a Moría, y me burlo de él; ni me importa que vaya a la cárcel, ni que tenga que pasar ante los tribunales. La vi a usted aquí el año pasado; estaba allá abajo, delante de la verja. Recibí tal impresión al verla, que su imagen no se ha borrado de mi mente desde entonces. No importa que me crea o que no me crea. Es usted adorable. Su recuerdo me obsesionaba, he querido volver a verla, he aprovechado el pretexto de ese estúpido de Morin, y aquí estoy. Las circunstancias han hecho que me haya sobrepasado. ¡Perdóneme, se lo suplico, perdóneme!

Me miraba atisbando la verdad en mis ojos, dispuesta ya a sonreír de nuevo; pero rnurmuró:

-¡Embustero!

Levanté una mano, y con tono sincero, incluso a mí mismo me pareció sincero, exclamé:

-¡Le juro que no miento!

Y dijo, simplemente:

-¡Jum!

Estábamos solos, completamente solos, pues Rivet y el tío habían desaparecido al doblar el paseo entre los árboles de la alameda. Le hice una verdadera declaración, larga, tierna, cogiéndole y besándole los dedos de las manos. Me escuchaba como si fuese algo agradable y nuevo para ella, sin saber qué pensar de todo ello. Acabé por sentirme turbado, por sentir lo que le estaba diciendo; me había puesto pálido, tenía opresión al respirar y todo mi ser temblaba; y suavemente la cogí por el talle. Le hablé muy bajito al oído, entre los rizos de su cabello. Y cayó, enajenada, en tal ensueño, que parecía como si estuviese muerta entre mis brazos. Después cogió mi mano y me la estrechó con fuerza; apreté lentamente su cintura en un abrazo tembloroso que iba siendo cada vez más fuerte; no se movió; rocé ligeramente su mejilla con mí boca y de repente mis labios, sin querer, se encontraron con los suyos. Nos dimos un beso largo, muy largo; y hubiera durado aún mucho más tiempo, si no hubiese oído un “¡jum, jum!” a unos pasos detrás de mí. Se escapó corriendo a través de un macizo. Me volví y divisé a Rivet que venía hacia mí. Se plantó en medio del camino y muy serio, sin reírse, me dijo:

-¿Es así como tú arreglas el asunto de Morin?

Le respondí con fatuidad:

-Amigo, se hace lo que se puede. ¿Has conseguido algo del tío? Yo respondo de la sobrina.

Rivet declaró:

-Yo he tenido menos suerte con el tío.

Lo cogí del brazo y entramos en la casa.

III

-Durante la cena acabé de perder la cabeza. Estaba sentado al lado de ella, y mi mano siempre encontraba la suya bajo el mantel; apretaba mi pie contra el suyo, y nuestras miradas se unían y se confundían en una sola. Al terminar de cenar, salimos en seguida a dar un paseo a la luz de la luna, y le susurré al oído todas las frases cariñosas que se me ocurrieron. La llevaba estrechamente contra mí; la besaba a cada instante, humedeciendo mis labios en los suyos. Delante de nosotros, iban discutiendo el tío y Rivet, cuyas sombras se proyectaban tras de ellos en la arena del camino. Regresamos a casa, y poco después un empleado del telégrafo vino a traernos un telegrama de la tía, en el que anunciaba que no regresaría hasta el día siguiente por la mañana, en el tren de las siete. El tío, entonces, nos dijo:

-Pues bien, Henriette, vete a enseñarle a los señores dónde están sus habitaciones.

Y nos estrechó la mano al darnos las buenas noches, y subimos una escalera conducidos por la sobrina. Nos llevó primero al aposento de Rivet, quien me dijo al oído:

-No hay cuidado de que nos hubiese conducido primero al tuyo.

Después me guió hasta mi cama. En cuanto estuve a solas con ella, la cogí de nuevo entre mis brazos intentando nublar su razón y vencer su resistencia. Pero cuando se sintió a punto de desfallecer, se me escapó. Me deslicé entre las sábanas, muy contrariado, muy sofocado y corrido, sabiendo que no dormiría apenas, y estaba pensando en qué torpeza podía haber cometido, cuando llamaron muy bajito a mi puerta.

-¿Quién está ahí? -pregunté.

-Yo -respondió una voz leve.

Me vestí apresuradamente, abrí y entró.

-Me he olvidado -dijo- de preguntarle lo que toma para desayunar: ¿chocolate, té o café?

La había enlazado impetuosamente, y la devoraba a caricias, balbuciendo:

-Yo tomo…, yo tomo…, yo tomo…

Pero se me escurrió de entre los brazos, me apagó la luz y desapareció. Me dejó solo y furioso en la oscuridad. Me puse a buscar unas cerillas y no las encontré por ninguna parte; por fin, las hallé y salí al corredor, medio loco, con la palmatoria en la mano. ¿Adónde iba? Ya no razonaba; quería encontrarla; la deseaba. Y di algunos pasos sin reflexionar en nada. De pronto, pensé:

“Pero y si me cuelo en la habitación del tío, ¿qué le diría?…”

Y me quedé inmóvil, con el cerebro vacío y el corazón palpitante. Al cabo de unos segundos, se me ocurrió la respuesta: “¡Pardiez! Le diría que andaba buscando la habitación de Rivet para hablar con él de un asunto urgente.” Y me puse a inspeccionar las puertas esforzándome en descubrir la de ella. Pero no sabía cómo orientarme. Al azar, tropecé con una llave y la giré. Abrí, entré… Henriette, sentada en la cama, me estaba mirando, toda azorada. Entonces corrí lentamente el cerrojo, y acercándome de puntillas, le dije:

-He olvidado, señorita, pedirle algo para leer.

Se resistió; pero abrí muy pronto el libro que buscaba. No te diré su título. Era realmente la más maravillosa de las novelas, el más divino de los poemas. Una vez leída la primera página, ya me dejó recorrerlo todo a mi capricho; y deshojé tantos capítulos que nuestras bujías se consumieron hasta el final. Nos teníamos que separar; me despedí de ella, y ganaba ya mi habitación, caminando con mucho tiento para no hacer ruido, cuando una mano brutal me paró y una voz, la de Rivet, me cuchicheó en la punta de la nariz:

-¿Pero no has acabado de arreglar el asunto de ese cerdo de Morin?

A las siete de la mañana, ella misma me llevó una taza de chocolate. No he probado jamás nada parecido. Un chocolate para morirse, suave, fino, perfumado y embriagador, que no podía quitar la boca de los bordes deliciosos de la taza. Apenas la joven acababa de salir, cuando entró Rivet. Parecía que estaba nervioso, irritado, como quien no ha dormido apenas. Me dijo en un tono muy áspero:

-Si sigues así, ya me entiendes, acabarás por echar a perder el asunto de ese cerdo de Morin.

A las ocho, llegó la tía. La discusión fue breve. Aquella buena gente retiraba su querella y yo entregaría quinientos francos para los pobres del pueblo. Entonces nos invitaron a pasar el día con ellos, y organizaríamos un excursión para a visitar las ruinas. Henriette, que estaba detrás de sus tíos, me hacía gestos con la cabeza como diciéndome: “¡Sí, quédese!”, y acepté; pero Rivet se empeñó en marcharse y no lo podíamos hacer desistir de esta idea. Lo llamé aparte, le rogué, le supliqué y nada. Entonces le dije:

-Vamos, amigo Rivet, hazlo aunque sólo sea por mí.

Pero estaba tan desesperado, que me respondió a la cara:

-Ya tengo bastante, ¿entiendes?, con el asunto de ese cerdo de Morin.

Me vi obligado a marchar también. Fue uno de los momentos más duros de mi vida. Yo me hubiese quedado arreglando el asunto de ese cerdo de Morin durante toda mi vida. Nos despedimos con unos enérgicos y mudos apretones de manos, y ya en el vagón le dije a Rivet:

-Tú no eres más que un grosero.

-Amigo mío -me respondió- ya me estás provocando demasiado.

Al llegar ante la puerta de las oficinas de Fanal, divisé una muchedumbre que nos estaba esperando. En cuanto nos vieron, comenzaron a gritar:

-¡Eh! ¿Arreglaron el asunto de ese cerdo de Morin?

Toda La Rochelle estaba revuelta con esta cuestión. Rivet, a quien se le había disipado el mal humor en el camino, a duras penas pudo contener la risa al declarar:

-Sí, está arreglado, gracias a Labarde.

Y nos fuimos a casa de Morin. Estaba tendido en un sillón; le habían puesto unos sinapismos en las piernas y unas compresas de agua fría en la cabeza, y desfallecía de agobio. Tosía sin parar, con una tosecita de agonizante, sin que se supiese dónde había cogido ese catarro. Su mujer lo miraba con ojos de tigre dispuesta a devorarlo. En cuanto nos vio le entró un temblor que le sacudía las muñecas y rodillas. Le dije:

-Eso está arreglado, puerco, pero no lo vuelvas a hacer.

Se levantó muy agitado, me cogió las manos y me las besó como si fuesen las de un príncipe; lloró, estuvo a punto de perder el conocimiento, abrazó a Rivet, y abrazó incluso hasta a madame Morin, quien dándole un empujón, al rechazarlo, lo arrojó de nuevo en su asiento. Pero su emoción había sido demasiado fuerte, y las impresiones recibidas dejaron tales huellas en su espíritu, que ya no se rehizo jamás de aquel golpe. En toda la comarca ya sólo le llamaban “ese cerdo de Morin”, y siempre que oía este epíteto era como si le atravesasen el corazón con una espada. Cuando un golfillo de la calle gritaba: “¡Cerdo!“, volvía la cabeza por instinto. Sus amigos lo acribillaban a bromas de todo género, y le preguntaban cada vez que comían jamón:

-¿Es del tuyo?

Dos años más tarde había muerto. En mil ochocientos setenta y cinco, cuando me presenté a las elecciones, fui a hacer una visita interesada al nuevo notario de Tousserre, monsieur Belloncle, y me recibió una mujer hermosa y opulenta.

-¿No me reconoce usted? -preguntó ella.

Yo balbucí:

-Pues…, no…, señora.

-Henriette Bonnel.

-¡Ah!

Y sentí que me ponía pálido. Me pareció que se alegraba de verme, y me sonreí al mirarla. Cuando me dejó a solas con su marido, éste me cogió las manos tan fuerte, al estrecharlas, que me las magulló.

-¡Cuánto tiempo hace, querido señor, que deseo conocerlo! Mi mujer me ha hablado tanto de usted… Sí, sé… en qué dolorosas circunstancias la conoció usted, y sé también con cuánta delicadeza, tacto y abnegación remató el asunto.

Vaciló, y después pronunció muy bajito, como si hubiese articulado una palabra grosera:

-El asunto de ese cerdo de Morin.

FIN

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