Monthly Archives: May 2009

Dick Emanuelsson: Entrevista a Víctor Báez Mosqueira. Los sindicatos en América y la crisis capitalista

Entrevista exclusiva a Víctor Baez Mosqueira, secretario general de la Confederación Sindical de Trabajadores/as de Las Américas (CSA) sobre la crisis actual, las propuestas sindicales y las reacciones empresariales y de los gobiernos en el continente americano.

¿Cómo afecta la actual crisis capitalista los trabajadores, sus economías, sus expectativas para una vida más digna y mejor? ¿Y cual ha sido la reacción y respuesta del movimiento organizado en el continente americano, tanto el Norte como en el Sur?

Son preguntas que el corresponsal Dick Emanuelsson hace en la siguiente entrevista a Víctor Báez, viejo líder sindical de Paraguay que a principio del año asumió la dirección de la continental organización sindical CSA, en representación a 45 millones de afiliados.

¿Qué efectos tiene la crisis en los trabajadores del continente americano, comprendiendo las diferencias norte-sur?

Comparativamente entre los trabajadores de América del Norte y América Latina, podría afirmarse que el impacto ha sido mayor en estos últimos ya que, hasta el tercer trimestre del 2008, en esos países se vivía una época de auge económico, iniciado seis años antes, como resultado de las condiciones mundiales en cuanto a fuerte demanda de exportaciones y la abundancia de capitales. En esos años hubo altas tasas de crecimiento del producto e incluso alguna absorción de informalidad y mejora del poder de compra de los salarios, todo lo cual retrocede ahora nuevamente. Otro aspecto grave ha sido la pérdida de ahorros acumulados por los trabajadores mediante los fondos privados de pensión con el régimen de capitalización individual, colocados en la bolsa, que suman alrededor del 20% en Argentina y México. La caída ha sido de más del 40% en Chile, equivalente a 9 años de ahorro, dado que allí se habían estimulado colocaciones de alto riesgo.

Claro está que la pérdida de puestos de trabajo en EEUU (y Canadá) también es considerable, alcanzando niveles de desempleo que no se observaban desde hace 25 años.

¿Cuál ha sido la reacción de los trabajadores y sus organizaciones?

El sindicalismo de la región cree que la recuperación prometida para dos años es muy optimista. Las medidas de emergencia, incluyendo planes antícíclicos, en América Latina no han tenido la envergadura observada en los países del Norte, lo que en parte tiene que ver con que no han sido necesarios (en cuanto al salvataje de empresas) pero también con que no se dispone generalmente de los recursos necesarios (salvo países como Chile, que construyeron fondos anticíclicos y Brasil), o se duda en utilizar las reservas internacionales (que tienen como principal sentido dar una “señal” de estabilidad al resto del mundo).

En América Latina enfrentamos una permanente falta de disposición empresaria a acordar formulas equilibradas, ya sea mediante el dialogo social tripartito o el bipartito mediante la negociación colectiva.

Los empresarios a la ofensiva

Al respecto, en una reunión tripartita de OIT regional sobre la crisis de la cual donde participó la CSA, junto a otras cuatro afiliadas (CTM México, CGT Argentina, CUT Perú, CGT Colombia) (“Diálogo de Interlocutores Sociales: respondiendo a la crisis: crecimiento, trabajo y estabilidad, Lima, 24 febrero 2009), la declaración empresarial no disimula sus posiciones, que presentan elementos claves:

1. “las medidas en el ámbito crediticio, regulatorio, fiscal y administrativo, deben crear las condiciones para llegar a acuerdos con los trabajadores en la aplicación de mecanismos efectivos que hagan posible la retención de los trabajadores, sin que por ello pueda menoscabarse la supervivencia de las empresas”;

2. las medidas que amortigüen el efecto de la crisis “deben inscribirse claramente en los principios del G-20: economía de libre mercado, respeto del estado de derecho y la propiedad privada… se necesita “libertad de comercio e inversión, y mantenimiento de mercados competitivos”;

3. la crisis como factor coyuntural “no debe suponer desvíos con respecto de cuestiones estructurales: mejora de las condiciones de seguridad jurídica, y de adecuado funcionamiento de las instituciones en sistemas democráticos y fundados en la libertad en todas sus dimensiones”;

4. debe “evitarse el desplazamiento del sector privado por parte de programas masivos de inversión pública en los paquetes de estímulo fiscal”. Esta declaración comienza también la “batalla” empresaria por la utilización interesada del concepto de “empresa sostenible” (resolución de OIT del 2007), en cuanto a que “para mejorar las condiciones de dignidad del trabajo es necesario profundizar en la sustentabilidad de la propia empresa”.

Los empresarios, de esa forma, siguen exigiendo el sacrificio de los trabajadores para superar la crisis, lo cual es inaceptable.

En EEUU, la AFL-CIO ha recibido claros mensajes del presidente electo, en cuanto a que el sindicalismo es “parte de la solución y no de la crisis”, lo que parece anticipar un enfoque de mayor sensibilidad hacia el sector, luego de casi diez años de políticas antisindicales.

Las expectativas son muchos menores en Canadá, donde el primer ministro ha sido explícitamente un seguidor del ex presidente Bush.

Las cumbres internacionales

¿Qué medidas propone CSA para aliviar los golpes económicos y sociales sobre los trabajadores?

CSA ha acompañado los últimos seis meses a la CSI en sus declaraciones ante las dos Cumbres del G-20 (Las organizaciones afiliadas a CSA, y ha efectuado la suya propia, en relación con el contexto propiamente americano (Trinidad Tobago, abril 2009, ante la V Cumbre de las Américas).

CSA asume su responsabilidad como miembro regional de la CSI en cuanto a las propuestas centrales macroglobales para enfrentar la crisis, explorando las “oportunidades” que brinda para avanzar en un nuevo modelo de gobernanza global, y superar la crisis de justicia distributiva que se ha acumulado en los últimos treinta años, por el predominio del enfoque neoconservador y del desarrollo de un capitalismo de hegemonía financiera.

En el documento evaluativo pre-Londres, hemos señalado que “el enfoque de la CSI se detiene poco en la situación de sus regionales, interpretando que la propuesta de cambio a nivel global es una condición básica para resolver los problemas del subdesarrollo, los cuales son reconocidos, en términos de desigualdad entre regiones y países. Ello es comprensible, en el sentido de que una organización global debe concentrarse en las propuestas globales, pero entonces la CSA (así como las otras regionales) tiene el papel de avanzar específicamente en las problemáticas específicas de la región. En este plano, aparecen elementos diferenciados que aportan a la interpretación de la propuesta global de la CSI: por ejemplo, si en los países desarrollados la demanda es por una recuperación de los mayores niveles de igualdad que existían allí en décadas pasadas, esta formulación, en el caso de países con menor desarrollo, debe fijar la mirada en el hecho de que más que un “retorno”, se necesita una “llegada” a una mayor igualdad social.

Se necesita un desarrollo de “nuevo tipo”

Asimismo, en cuanto al papel del Estado, hay que recordar el hecho de que en la periferia éste ha sido, durante el ciclo neoliberal, golpeado por versiones extremas del enfoque de la desregulación y de la meta del “Estado mínimo”. Al respecto, el sindicalismo latinoamericano dispone de un buen esquema estratégico, la Plataforma Laboral para las Américas (PLA), que ya ha sido bastante difundida y apreciada por el sindicalismo europeo. La propuesta estructural de la CSA tiene como eje central la consigna de un desarrollo sostenible, asumiendo el concepto internacionalmente reconocido desde hace veinte años, que destaca tres pilares: el económico, el social y el medioambiental.

Para la CSA se necesita, como condición esencial, un desarrollo de “nuevo tipo”, en que los países de la región avancen hacia economías mas justas y equilibradas en sus componentes internos y externos, que generen más y mejores trabajos, incluyendo niveles remuneratorios justos, complementados por políticas de protección social, que en su conjunto reconozcan las expectativas de las personas ubicadas en los segmentos medio y bajo de ingresos (la “base de la pirámide”), hacia un “consumo de masas”.

El centro está puesto en los problemas recurrentes del subdesarrollo económico de los países de la región, manteniéndose lejana la meta de alcanzar verdaderos procesos de acumulación en el largo plazo, con componentes de autonomía que reduzcan al mínimo el impacto de factores externos, ya sea una crisis financiera o las políticas de las transnacionales.

En el logro de esta economía diferente, juegan muchos factores, como la política fiscal progresiva entre ricos y pobres (y al interior de estos entre los distintos sectores sociales), las políticas estatales que hacen accesibles los bienes públicos para las clases populares, en cuanto a salud, transporte, educación, vivienda y el propio consumo de alimentos, ropa y otros elementos de la vida cotidiana. Estos factores, así como la protección social, retroalimentan el consumo, hacia un círculo virtuoso económico.

Junto al factor interno, se ubica el externo, partiendo del concepto de comercio justo en el multilateralismo, proyectándose hacia el plano de la integración regional, que desde hace casi veinte años es considerada clave por el sindicalismo latinoamericano-caribeño, especialmente entre países cercanos en cuanto a su desarrollo productivo y factores culturales. Por esta vía, se aumentan las interrelaciones comerciales y se juntan fuerzas ante otros bloques y ante los países centrales, permitiendo así su mayor capacidad para imponer sus condiciones en la “selva del mercado”. También se espera que a través de la integración los países miembros alcancen un grado alto de coordinación económica, de forma que los respectivos Estados nacionales se fortalezcan a través de acuerdos.

“Otra dosis de jarabe keynesiano”

¿Qué reacciones ha habido desde los gobiernos?

Las medidas tomadas por el nuevo gobierno norteamericano han sido consideradas por dos de los gurúes globales (Paúl Krugman y Joseph Stiglitz) como moderadas y básicamente equivocadas, por la insistencia en el salvataje de los bancos en problemas. Krugman ha considerado que el actual plan es una “idea zombi”, en el sentido de que las soluciones fáciles son un “muerto que siempre vuelve”, al evaluar que nada está fundamentalmente mal en el sistema bancario. Stiglitz acaba de pedir un Plan B en la reestructuración de los bancos, para eliminar sus aspectos “costosos e injustos” y “otra dosis de jarabe keynesiano”.

Los gobiernos latinoamericanos, por su parte, enfrentan, desde el sector externo, el problema derivado de un menor consumo global y un menor flujo de inversiones y créditos, por el nuevo proteccionismo, dado que el motor de sus economías en estos años, fundamentado en la gran demanda exportadora de commodities, no volverá (excepto parcialmente la originada desde China), y en esa abundancia de recursos externos. Por lo tanto, sus modelos económicos se encuentran en la disyuntiva sobre cómo seguir, siendo que no tienen, en el plano de su mercado interno (y de su mercado ampliado mediante la integración subregional), los equilibrios y potencialidades necesarias, con la actual distribución del ingreso e integración productiva, para repetir el camino de los países hoy adelantados.

Lo perdido en Trinidad y Tobago

Pero para responder en forma definitiva a la pregunta, una ocasión perdida fue la Cumbre de Trinidad y Tobago, donde no hubo documento y donde el borrador del documento que iba a ser firmado ignoraba totalmente la crisis. Esa hubiera sido la oportunidad magnífica para tomar como base los acuerdos del G-20 de Londres e ir mucho más lejos, dado que dicen que tenemos gobiernos progresistas en nuestro continente. Esa fue la oportunidad perdida para dar un golpe de timón a las políticas sociales, económicas, alimentarías y energéticas de la región.

Dick Emanuelsson, reportero sueco en América Latina. En Suecia cubrió el mercado laboral para el diario Norrskensflamman, (fundado 1904 por los mineros en el norte de Suecia), el movimiento sindical y los conflictos laborales sociales como una tarea natural, ya que el periodista fue obrero metalúrgico durante 15 años y activista del movimiento obrero sueco en su juventud.

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Carlos Bonfil: Hijo de… Bush

Cuando en 1995 Oliver Stone ofreció en Nixon, el retrato del presidente más denostado de la historia estadunidense –un hombre mentiroso y hábil, demagogo y agresivo, el villano político favorito de los años 70–, muchos juzgaron el resultado ambiguo e incluso complaciente.

Se le concedía demasiada importancia al personaje, y con su estupenda actuación Anthony Hopkins le confería mayor complejidad sicológica e inteligencia que la que el público estaba dispuesto a reconocerle. Años después, otra caracterización acertada, la de Frank Langella en Frost/Nixon, de Ron Howard, mostró que aquel mandatario poseía, en efecto, una astucia y un magnetismo público nada desdeñables; sin embargo, insuficientes para eludir el juicio histórico que mereció su mandato desastroso.

En Hijo de… Bush (W.), el realizador parece haber abdicado de todo intento por crear un personaje complejo y medianamente interesante. Su propósito es aportar elementos para insistir en la conclusión, ampliamente aceptada, de que el gobierno de George W. Bush fue –a la imagen de su intervención militar en Irak– todo un fiasco. Oliver Stone se aplica a desmenuzar, en una tarea tan ingrata como ociosa, la pequeñez moral de un mandatario que declaró haber oído un llamado celestial para salvar a una nación de pecadores lastimados, en un misterioso plan que haría del mundo un escenario de confrontación entre las fuerzas del bien y algunas naciones pertenecientes a un eje maligno.

Para efectos de una dramatización sin sutilezas, el realizador centra toda su atención en el personaje estelar (su equipo de colaboradores cercanos apenas disienten de él, no muestran autonomía suficiente, no se les atribuyen intenciones o intereses propios, son comparsas deslucidos en la tragicomedia insulsa de un solo hombre, al que escuetamente se identifica por la inicial intermedia de su nombre, W). De él conoceremos, mediante flash-backs rutinarios, sus delirios de grandeza y su espíritu bravucón en sus tiempos de estudiante en Yale, con esa novatada cruel presentada como ensayo virtual de las torturas que el mandatario autorizara en contra de sus enemigos reales o imaginarios, en Abu Ghraib o en Guantánamo; de él sabremos también, por los azarosos vericuetos del sicoanálisis instantáneo, de sus frustraciones juveniles y su rebeldía frente al padre que siempre prefirió a su hermano, y de cómo esta insatisfacción primitiva marca y decide buena parte de un comportamiento que años después linda ya con la paranoia.

Lo que no se permite la cinta de Stone es una visión panorámica y más sustanciosa de lo que fueron los momentos claves de los ocho años de mandato de GWB. Ni una palabra acerca de las elecciones amañadas que lo mantuvieron en el poder, y muy poco de las presiones económicas y las afanosas complicidades de quienes ven en la intervención militar la oportunidad de un buen negocio (de Halliburton a Rumsfeld, pasando por un largo etcétera). Apenas algunas imágenes sobre la repulsa mundial a la aventura bélica, y referencias muy anecdóticas y al borde de la caricatura del involucramiento de otros líderes mundiales en la guerra. Hay, con todo, un énfasis sostenido en el argumento falaz de la existencia de armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein.

En poco tiempo, la atención conferida a un personaje presentado esencialmente anodino y rapaz –depósito de frustraciones y rencores–, desplaza cualquier intento por comprender la realidad política de ocho años de un ejercicio caprichoso y arbitrario del poder supremo.

Si Bush se distingue por su propensión al maniqueísmo moral y a la revancha instintiva, Oliver Stone apenas opera de modo diferente. En este contexto, Josh Brolin (el rencoroso Dan White en Milk, de Gus Van Sant) hace lo posible por no naufragar en la trivialidad interpretativa a que lo orilla el guión freudiano de Stanley Weiser. Al finalizar la película, poco habrá añadido el espectador a su percepción de Bush como un mandatario de inusitada frivolidad política. Tal vez podrá concluir que lo que el cineasta intentó demostrar en las dos horas de Hijo de… Bush, cualquier caricaturista talentoso lo habría resuelto en muy pocos trazos.

Fuente: La Jornada

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Johann Hari: Why is the Labour Party still seduced by Thatcher?

The celebrations of the 30th anniversary of Margaret Thatcher’s ascent to power have had a surreal quality. The moist panegyrics from David Cameron and Boris Johnson – followed by an army of cheering commentators, and a distant, shameful echo from Gordon Brown – have been filled with statements that are the opposite of the truth. Yet there they stand, unchallenged, as the road-map for our future.

The arguments in defence of Margaret Thatcher invariably have three prongs. She made it possible for ordinary British people to “get ahead”, and “aspire” once more. She expanded freedom. And her strip-down-the-state economic model saved Britain – and spread prosperity across the world. Each of these is simply asserted, as if these claims can’t be measured objectively. Just shut up and rejoice!

But your ability to “get ahead” – to rise up the social ladder – isn’t simply a matter of hunches; it can be tested scientifically. And every study has found one thing: social mobility collapsed under Margaret Thatcher. As a massive recent London School of Economics study showed once again, in the 1980s and 1990s we became a country where if you were born rich, you stayed rich, and if you were born poor, you stayed poor.

This shouldn’t have been a surprise. Every country that adopts a low-tax, low-investment model sees the same. The evidence shows only countries that tax the wealthy and use the cash to lift up the rest – like Sweden – consistently achieve the dream of allowing anyone with talent to make it.

So thanks to her policies, a whole generation of poor and lower middle class children remained stuck, unable to achieve their potential. Look at the new generation of rising Tory candidates and MPs and you see this failure of social mobility writ large. They are overwhelmingly the children of the wealthy – educated at the most expensive schools. Everybody else is stuck, unable to get up and out.

While you are entitled to your own opinions, you are not entitled to your own facts. To claim Thatcher boosted aspiration is false – unless you mean merely the aspiration of the rich to become super-rich.

How about Thatcher’s support for freedom? This is a leader who called Nelson Mandela a “terrorist” and vandalised all attempts to place sanctions on Apartheid South Africa, while her husband cheerfully referred to black Africans as “coons”. This is a leader who called the self-described “fascist” General August Pinochet “a great man”, after he toppled an elected leader in a violent coup and rounded up thousands of dissidents to torture to death.

This is a leader who upheld a system of Protestant supremacism in Northern Ireland, while the police there conspired with criminal gangs to murder Catholics. This is a leader who at the height of the Aids crisis criminalised any mention of homosexuality in our schools. Freedom?

What about the idea that her economic model “saved” us? Thatcher wanted to build a “nightwatchman state”, where the government stopped anyone invading the country or your home, but otherwise stood inert and passive. She saw regulation as “red tape”, and boasted of building a “bonfire” of it. And what happened? Her apostles took this to its logical conclusion, building a “shadow” banking system free of all government interference. If she had been right, it would now be the self-regulating engine of the global economy, pulling us all to a better world.

It didn’t quite turn out that way. As John Campbell, her best biographer, has written, the tragedy of Margaret Thatcher is that she sincerely believed rolling back the state would create a generation like her father, a moral, self-reliant grocer. Instead, it created a wave of parasitic, amoral businessmen.

Yet David Cameron’s election song could be the old Honeybus hit “I Can’t Let Maggie Go”. He cheered the ugliest of Thatcher’s policies while they were happening: he even accepted a free holiday jaunt to Apartheid South Africa paid for by one of the most depraved corporations backing the whites-only regime. Today, he says she will be his inspiration in power, as his claims to moderation burn away under the pressure of recession.

But oddly, the party that has found it hardest to get out of Thatcher’s shadow is Labour. They drank so deeply of Thatcherism after the collective trauma of 1992 that they have become tarred with its worst failings.

As Labour now collapses into a mess of fratricidal soundbites, it would do well to pause and remember a slap-in-the-face fact. Contrary to the ahistorical waffle pumped out over the past week, Margaret Thatcher never won over a majority of the British people. At every single election where she was leader, 56 per cent of us voted for parties committed to higher taxes and higher public spending. She won because the centre-left majority was divided and at war with itself – and because of our lousy electoral system.

Over the past year, there have been small hints of what a de-Thatcherized Labour Party could look like – and it’s a world away from both Toryism and the old, hellish Scargillite closed shops. It is simple Scandinavian-style social democracy that marries thriving markets to an interventionist state. It would tax the rich more, both to reduce inequality and to pay for public services. Despite the out-of-touch press shrieking, some 68 per cent of people supported the new 50 per cent top rate of tax on the richest one per cent of Brits.

It would argue for a Keynesian stimulus directed at transforming Britain into a low-carbon economy – the only sane response to a depression and an unravelling climate. And it would put at the forefront of its agenda moves like Harriet Harman’s excellent Equality Bill, which will require local authorities to spend most on the poorest areas, and to put greater equality at the heart of all decisions.

The logic of this legislation fits with the egalitarian, European mindset of the silent liberal majority of British people. If we leave it to the market Thatcher-style, it will take 80 years before women are paid the same wages as men for the same work – and we will all be dead. Who wants to defend that? Who wants to say companies shouldn’t even have to publish their gender gap, as the Bill demands? A long queue has been forming outside TV studios of Tory MPs saying just that. But a recession is the time when we can least afford to waste talent and promote mediocrities just because they are men. We need the best talents in the best positions now.

Yet all this is far too little too late. Brown’s “Green New Deal” is pitifully small, and his ability to sell any policy is limited by his own lousy communication skills and his refusal to decisively cast off the shroud of Thatcher. Even the 50 per cent tax rate was introduced with a nervous, quaking commitment to reverse it once the recession ends. Who will point out that during America’s largest boom – the 1950s – it had a 92 per cent top rate of tax under a Republican President?

And so the window to a better, more social democratic Britain seems to be creaking shut. Gordon Brown stands frozen as his Blearsy-eyed colleagues hiss and snap all around him, protesting at even the tiniest nudges to the left. Why won’t Labour let the Iron Lady rust?

Source: The Independent

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