Monthly Archives: July 2013

Alberto Mazor: ¿Europa o Micronesia?

Dentro de muy poco tiempo – bastante más corto del que ellos se imaginaban – los habitantes de los asentamientos judíos en los territorios militarmente ocupados de Cisjordania regresarán a la patria. En otras palabras, al lugar donde finalmente se sentirán en casa.

Será un país hecho según su visión. Un lugar donde la Halajá es la ley, los rabinos sus jueces y los policías sus sirvientes. Un Estado judío propio. Ya no necesitarán el disfraz de «redentores» de la tierra, de «renovadores» de la empresa sionista o de« guardianes» de las fronteras ante posibles amenazas invasoras. Ellos habrán de completar la conquista de Israel.

Por lo tanto, debemos ponernos de pie y quitarnos el sombrero ante esa minoría exiliada que reside en rocosas colinas y en «precarias» viviendas de 200 m2 subvencionadas por nuestros impuestos – mientras jóvenes de todo el país vuelven a manifiestase en las calles para poder alquilar departamentos a precios accesibles -, y que desde su lugar de exilio supo inclinar a todos los gobiernos de Israel desde 1973 a su voluntad, dándole su imagen, determinando sus leyes, sus presupuestos, su política exterior, y restringiendo fundamentalmente la capacidad de acción de sus ciudadanos con el alambre de púas de su fanatismo.

Las reacciones gubernamentales a la reciente decisión de la Unión Europea respecto a los asentamientos, demuestran que Israel sigue avanzando con paso firme hacia un Estado donde la minoría ejerce el control sobre la mayoría, requisito esencial para moverse al ritmo de un grupo dominante y poderoso. Un grupo cuyos miembros pretenden que sus delirantes valores sean considerados como ejes centrales. Un grupo encargado de darle a la nación entera la imagen de un nuevo becerro de oro al cual sirven como sacerdotes.

¿En qué otro país democrático del mundo una minoría del 5% sería capaz de determinar el estilo de vida de 8 millones de ciudadanos?

Los hechos decisivos que llevaron al establecimiento de su idea de Estado pueden rastrearse a lo largo de 40 años de pretextos y excusas. Algunos de ellos aún perviven arrinconados entre el polvo y el olvido, como esas huellas que guían la curiosidad de los arqueólogos políticos; otros aún están frescos y relucientes, tales como la ley del boicot, la ley de la Nakba, la ley de lealtad o el reciente proyecto ley de anexión de Cisjordania presentado al Parlamento, y ya se convirtieron en hábito y norma de conducta, como si a priori no existiera otra vida posible. ¿Qué pusieron en el agua que bebemos en los países de Oriente Medio en los últimos años? ¿También la democracia israelí se está convirtiendo en una «primavera pasajera»?

La mesiánica misión de los asentamientos supo camuflarse diestramente. «Sólo algunas horas más de oración en la Cueva de los Patriarcas», nos decían. «Sólo déjenos limpiar el sitio de la sinagoga en Hebrón; sólo un pequeño y acogedor barrio en Kiryat Arba; sólo un leve aumento en la población que incluya el crecimiento natural; sólo una carretera privada de acceso». Y así, como en un ejercicio militar, el «enemigo» – gobiernos, parlamentarios de centro-izquierda, movimientos por la paz – terminó comprando todos esos cuentos como si se trataran del verdadero plan.

En apariencia, lo único que le interesaba a su dirigencia era «solamente» aumentar su número de «colonos» y el tamaño del área destinada a ellos. Así fue como se las arreglaron para convencer a sus opositores, haciéndolos cautivos de esa creencia, de que la disputa era trivial y que la discusión giraba sólo en torno a la cantidad de viviendas. Porque mientras el eje del asunto fuera la construcción, nadie prestaría atención a la verdadera ocupación que estaban planeando: la conquista total del Estado de Israel.

Ahora ya no les importa quitarse el disfraz. Unas casas más o menos en Ofrá, Elón Moré o Kfar Tapuaj ya no son importantes. De cualquier forma se van a construir. Lo que interesa actualmente es hacer de esa «diáspora israelí» que reside dentro de los límites de la Línea Verde, la patria toda; liberar la nación de los arrogantes intrusos que aún permanecemos en ella. Israel con las fronteras de 1967 debe convertirse en «nuestro Estado satélite».

Hace muchos años atrás podíamos imaginar la respuesta de la gran mayoría de los israelíes si la diáspora judía hubiese pretendido decirle al Gobierno hebreo cómo actuar, qué política seguir y cuáles valores adoptar. Pero los judíos del mundo no se atrevían a inmiscuirse en tales asuntos. En cambio, sentían orgullo de los héroes encargados de la defensa del «único Estado netamente judío y democrático».

Desgraciadamente, los valores de ese Estado ya no se corresponden con los de aquel judaísmo; el sueño de sus pioneros dejó de ser su sueño. De modo que la vieja diáspora judía dio paso a otra nueva: militar y despótica, la que dicta desde no muy lejos, apenas unos pocos kilómetros, pero desde el fondo del abismo, el nuevo orden de prioridades del Estado de Israel.

Esos son los valores que se importan a Israel desde los territorios ocupados, quienes considerados ilegales por toda la comunidad Internacional, reciben el amparo de nuevas leyes. Porque en los asentamientos no importan las resoluciones de la Unión Europea o las del Gobierno de EE.UU, ni siquiera las del Ejecutivo israelí – cualquiera sea – o las de la Corte Suprema hebrea. Tampoco cualquier ley de fidelidad tiene allí relevancia. Somos nosotros, siete millones y medio de ciudadanos israelíes, quienes estamos obligados a jurar lealtad a sus habitantes y no al revés.

En Israel, en estos días, se está respondiendo al verdadero interrogante de los habitantes de los asentamientos: ¿Europa o Micronesia? Y, si es necesario, suicidarse también por su causa.

Tishá be’Av – que conmemoramos ayer – nos recuerda que no sería la primera vez, y que conviene aprender del resultado de las anteriores.

 

Publicado en Israel en Linea

Link original: http://www.israelenlinea.com/magazine-de-semana/articulos/editorial/1689-ipatria-o-muerte.html

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Kasey Edwards: Cómo transmitir el odio al cuerpo

Querida Mamá,

Tenía siete años cuando descubrí que eras gorda, fea y horrible. Hasta ese momento había pensado que eras preciosa -en todos los sentidos-. Recuerdo ojear viejos álbumes de fotos y ver imágenes tuyas en la cubierta de un barco. Tu bañador blanco y sin tirantas parecía tan glamouroso como el de una estrella de cine. Cada vez que tenía la oportunidad sacaba ese bañador oculto en tu cajón de abajo e imaginaba un tiempo en el que yo sería lo suficientemente mayor para llevarlo; en el que sería como tú.

Pero todo eso cambió cuando, una noche, estábamos arregladas para ir a una fiesta y me dijiste: “Mírate, tan delgada, guapa y encantadora. Y mírame a mí, vieja, gorda y horrible.“

Al principio no entendí lo que querías decir.

“No estás gorda”, dije seria e inocentemente, y tú contestaste: “Sí lo estoy, cariño. Siempre he estado gorda; incluso cuando era una niña.”

En los días que siguieron, tuve unas cuantas revelaciones dolorosas que han determinado mi vida.Aprendí que:

1. Debes estar gorda, porque las madres no mienten.
2. Ser gorda es ser fea y horrible.
3. Cuando crezca seré como tú, así que seré gorda, fea y horrible también.

Años más tarde recordé esta conversación y las centenares que la siguieron, y te maldije por sentirte tan poco atractiva, insegura e infravalorada. Porque, como mi primer y más importante modelo de conducta, me enseñaste a pensar lo mismo sobre mí misma.

Con cada mirada a tu reflejo en el espejo, cada nueva dieta milagrosa que iba a cambiar tu vida y cada culpable cucharada de “Oh, en realidad no debería, pero…”, aprendí que las mujeres deben estar delgadas para ser válidas y valoradas. Las chicas deben prescindir de ciertos placeres porque su mayor contribución al mundo es su belleza física.
Como tú, he pasado toda mi vida sintiéndome gorda. ¿Cuándo se convirtió “gorda” en un sentimiento, de todos modos? Y porque creía que estaba gorda, sabía que yo no estaba bien.

Pero ahora que soy mayor y madre, sé que culparte a ti por el odio a mi cuerpo es inútil e injusto. Ahora entiendo que tú también eres producto de un largo y rico linaje de mujeres que fueron educadas para odiarse a sí mismas.

Mira el ejemplo que la abuela fue para ti. A pesar de ser lo que podrías describir como una mujer chic víctima del hambre, hizo dieta cada día de su vida hasta que murió a los 79 años. Solía ponerse maquillaje para salir al buzón, por miedo de que alguien pudiese ver su cara desnuda.

Recuerdo su “compasiva” respuesta cuando anunciaste que Papá te había dejado por otra mujer. Su primer comentario fue: “No entiendo por qué habría de dejarte. Te cuidas, llevas pintalabios. Tienes sobrepeso, pero no mucho.”

Antes de que Papá se fuera, él tampoco te alivió por el tormento de la apariencia de tu cuerpo.

“Dios, Jan”, escuché por casualidad que te decía. “No es tan difícil. La energía que entra frente a la energía que sale. Si quieres perder peso, simplemente tienes que comer menos”.

Esa noche en la cena observé cómo ponías en práctica el remedio para adelgazar “Energía dentro, Energía fuera: Dios, Jan, Simplemente Come Menos” de Papá. Serviste tallarines chinos para cenar (¿recuerdas cómo en los suburbios australianos de los años ochenta una mezcla de carne picada, repollo y salsa de soja se consideraba la cumbre de la alta cocina?). La comida de todo el mundo estaba en un plato grande excepto la tuya. Tú te serviste tus tallarines chinos en un diminuto plato de postre.

Cuando te sentaste delante de esa patética cucharada de carne picada, unas lágrimas silenciosas resbalaron por tu cara. No dije nada. Ni siquiera cuando tus hombros comenzaron a agitarse de angustia. Todos nos comimos la cena en silencio. Nadie te reconfortó. Nadie te dijo que te dejaras de ridiculeces y que cogieras un plato en condiciones. Nadie te dijo que ya eras querida y lo suficientemente buena. Tus logros y tu valía -como profesora de niños con necesidades especiales y como dedicada madre de tres hijos- palidecieron insignificantes comparados con los centímetros que no podías perder de la cintura.

Me rompió el corazón presenciar tu desesperación y siento no haber salido en tu defensa. Ya había aprendido que era tu culpa que fueras gorda. Incluso había oído a Papá describir el perder peso como un proceso “simple” – pero al que tú no te podías enfrentar.  La lección: no te merecías la comida y ciertamente no te merecías ninguna compasión.

Pero estaba equivocada, Mamá. Ahora entiendo lo que es crecer en una sociedad que le dice a las mujeres que su belleza es lo más importante y que al mismo tiempo define un estándar de belleza que  está completamente fuera de nuestro alcance. También conozco el dolor de interiorizar estos mensajes. Nos hemos convertido en nuestras propias carceleras y nos infligimos nuestros propios castigos por fracasar dando la talla. Nadie es tan cruel con nosotras como nosotras mismas.

Pero esta locura tiene que terminar, Mamá. Termina para ti, termina para mí y termina ahora. Nos merecemos algo mejor –mejor que arruinar nuestros días con malos pensamientos sobre nuestro cuerpo, deseando ser de otra manera.

Y ya no es sólo sobre ti y sobre mí. Es también sobre Violet. Tu nieta sólo tiene tres años y no quiero que el odio hacia su cuerpo eche raíces dentro de ella y estrangule su felicidad, su confianza y su potencial. No quiero que Violet crea que su belleza es su valor más importante; que definirá su mérito en el mundo. Cuando Violet nos mira, aprende cómo ser una mujer y necesitamos ser los mejores modelos que podamos. Necesitamos enseñarle con nuestras palabras y nuestras acciones que las mujeres son lo bastante buenas tal y como son. Y para que nos crea, nos lo tenemos que creer nosotras.

Cuanto más mayores nos hacemos, más personas queridas perdemos por accidentes o enfermedades. Su fallecimiento siempre es trágico y demasiado temprano. A veces pienso en lo que esos amigos –y la gente que les quiere- darían por tener más tiempo en un cuerpo sano. Un cuerpo que les permitiera vivir un poco más. El tamaño de los muslos de ese cuerpo o las arrugas en su cara no importarían. Estaría vivo y, por lo tanto, sería perfecto.

Tu cuerpo es perfecto también. Te permite desarmar a una habitación entera con tu sonrisa y contagiar a cualquiera con tus carcajadas. Te da brazos para arropar a Violet y estrujarla hasta que se ríe. Cada momento que pasamos preocupándonos por nuestros “defectos” físicos es un momento desperdiciado, un preciado pedazo de vida que nunca volverá.

Permitámonos honrar y respetar nuestros cuerpos por lo que hacen en lugar de despreciarlos por su apariencia. Centrémonos en llevar una vida activa y saludable, dejemos a nuestro peso caer hasta donde deba, y enterremos nuestro odio al cuerpo en el pasado, adonde pertenece. Cuando miraba aquella foto tuya con el bañador blanco un montón de años atrás, mis inocentes ojos jóvenes veían la verdad. Veían amor incondicional, belleza y sabiduría. Veía a mi Mamá.

Con amor,

Kasey.

 

Autora: Kasey Edwards (@KaseyEdwards). Escritora y columnista.

Traducción: Mines y Eloísa.

Artículo originalmente publicado en: Essential mums

Link: http://www.proyecto-kahlo.com/2013/07/como-transmitir-el-odio-al-cuerpo/

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Marwan Bishara: When Egyptians are right and wrong

In Egypt, a country that is terribly polarised and dangerously tense, facts get in the way.

Each side claims their own truths and denies the legitimacy of others, dismissing them as fanatics or sell-outs. The Egyptian parties are busy demonising each other and in the process are turning the dream of better governance into a nightmare of horror and violence.

Charges and counter-charges of foreign interference and unacceptable methods can go a certain distance even if money, religion, coercion and manipulation have indeed been used. The engine of change in both‘uprisings’ has been peoples’ dissatisfaction with the status quo regardless of whether their expectations were realistic or idealistic.

However, now as the parties turn on each other, we can expect more of the same, and perhaps worse, escalation of tension in the coming days and weeks, unless those who’ve been wrong and insist on being right, behave modestly and wisely.

Disinformation

Since January 25, 2011, when the barriers of fear were torn down and people were empowered to express themselves freely, expressions of pent-up hate and incitement, devoid of any scruples or ethics, have also found their way into the public arena in these uncertain times.

Nowadays, countless rumours, baseless innuendos and propaganda masquerade as news in and outside of Egypt. Almost all developments are being approached, framed and presented according to narrow political and ideological beliefs. That’s not to say that neutrality is realistic or even a necessary condition for clear-headed reflection. But objectivity in terms of presenting the verifiable facts regardless of their consequences, has also been absent from the present discourse in, and frequently about, Egypt.

The demonisation is perhaps the worst part of it all, considering that sooner or later Egyptians from all walks of life and of every generation will need to live in proximity, peace and harmony.

Each camp is retrenching within an imaginative sense of righteousness; each side, including the military, claiming to defend the revolution, always their revolution.

Worse, the old regime’s vocal journalists and media outlets are further confusing the situation by claiming that the June 30 uprising will correct the mistakes of the January 25 revolution in order to return to the days of the Mubarak era.

The Brotherhood’s failures

It’s a verifiable fact that the Muslim Brotherhood didn’t start the revolution, yet became an instrumental and powerful component of the popular uprising against the Mubarak regime.

The Brotherhood, like the other factions of the revolution, rushed toward elections without arriving at a consensus regarding the enshrinement of the revolution’s goals in the state and its constitution. This rendered every idea that could have united the groups as partners, a point of contention in their political battles for power.

And it’s also a fact that the older and better-organised Islamist groups went to win elections, fair and square, against a divided “opposition”. But they could have been able to take on the remnants of the old regime in the bureaucracy, security and the military or so-called “deep state” by adopting an inclusive approach towards the opposition to create a truly, unified national governance.

They did try to appease the military, such as in November 2011 when they showed uncanny indifference to the repression and violence inflicted on the street demonstrators around Tahrir Square and Mohamed Mahmoud Street at the hand of the security forces – which led to the deaths of 40 people, some of whom were shot in the eyes.

And they didn’t show the necessary political maturity, to say nothing of the revolutionary zeal, of supporting a truly inclusive political and constitutional process. Instead, they insisted on imposing a narrow vision on the new Egypt.

The opposition is more of the same

If the January 25 revolution was motivated by the rejection of the Mubarak regime and hopes for a better, free and more prosperous life, the June 30 uprising was driven by a rejection of “Brotherhood rule” and what is perceived as their attempt at hijacking the revolution and imposing their Islamist agenda.

Well, with one important verifiable distinction: the earlier President was a dictator who won ceremonial elections while the latter one did win a free election.

The opposition’s impatience with Morsi, while understandable considering all of the above mentioned factors, shouldn’t have led them into partnership with the generals, informal and temporary as it may be.Their popular movement was putting considerable pressure on the government, and if it had persisted and evolved into nationwide civil disobedience, it could have led to the fall of the government.

Instead, they chose the shorter and perhaps the more expedient way to unseat an elected president: by force. And they remain rather conspicuously quiet as  (former) President Morsi remains in the military’s custody. It’s even stranger that they expect that the Muslim Brotherhood would accept the calls for talks and join a national reconciliation process while president Morsi remains under arrest.

The banality of force

The generals are not innocent in all of this. They look at political issues and see only security problems.

Yes, the Egyptian military proved that at the time of the January 25 uprising it belonged to the state – not the regime – when it sided with the people. The military made the right decision and was celebrated for it.

This time around, however, it sided with one party over another in a rather swift and eerie manner.

Warning against chaos might’ve been justifiable. That defense minister Abdel Fattah al-Sisi urged for reconciliation only a week before threatening the president with a 48-hour ultimatum, after which the military moved in, doesn’t bode well for the future of democracy. The generals were correct to warn against a total breakdown. But defense minister Sisi doesn’t seem to see any irony in telling his officers in a speech that he, a general, was merely a go-between relaying “the peoples” will to an elected President.

While Sisi justifies the rush to interfere on the need to avoid instability and violence, his coup resulted in the very escalation they presumably hoped to avoid – with potentially more to come, alas.

Despite his insistence that he didn’t betray the president, it’s more likely that what appeared to be the hasty unseating of president Morsi, concealed a longer, more deliberate process of ridding the country of Islamist rule, a process that involved destabilising tactics like fuel shortages, etc.

The fact that the generals have not and perhaps do not want to directly take the reins of power doesn’t mean that they are not leading from behind. Indeed, Sisi’s latest speech on Wednesday, calling for nationwide rallies to allow greater military powers, affirms that he’s content to lead from and by the street.

Like all militaries in the world, the role of the Egyptian military is to defend the country and its sovereignty, not to promote democracy. As I emphasised in an earlier analysis, by its very pyramidic structure, a military is an authoritarian institution.

In Egypt, where the military commands vast networks of interests and special privileges, it’s not clear why it would restore the democratic process. The military is more likely to exploit the on-going chaos to maintain its power rather than speed up the restoration of democracy, unless, of course, it comes under great popular pressure.

It’s the responsibility of the country’s political parties that spearheaded the revolution to put their political differences aside to safeguard the revolution’s achievements and carry out its objectives. This requires political maturity and parties placing the revolution and the country’s interests above their own narrow party interests.

Easier said than done? Yes, perhaps. But there is no other way. Even if it takes years and many lives, Egyptians will still need to sit down and figure out their future together.

A new realism

The optimism about a transition to democracy has proved to be wishful thinking as Egyptians take the longer route towards achieving a common vision of the new Egypt – their second republic.

History might be on the side of those who oppose dictatorship and deposed a dictator in favour of “bread, freedom and social justice”.  But while time is of the essence, the future is not tied to an egg timer.

I wrote in The Invisible Arab, that this revolution isn’t a sprint affair. It’s more like a marathon, or indeed, a relay.

“Every surge of democratisation over the last century,” wrote historian Sheri Berman in Foreign Affairs, “ […] has been followed by an undertow, accompanied by widespread questioning of the viability and even desirability of democratic governance in the areas in question.”

The lesson from two centuries of transformation since the French revolution is that dictatorships can be imposed and deposed in far shorter time than it takes to arrive at a constitutional democracy.

One can only hope that instead of repeating the mistakes of their predecessors who took too long to effect positive change, Egyptians learn from the lessons of history.

 

 

Marwan Bishara is the senior political analyst at Al Jazeera.

Original link: http://www.aljazeera.com/indepth/opinion/2013/07/201372573729970475.html

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