Carlos Bonfil: Hijo de… Bush

Cuando en 1995 Oliver Stone ofreció en Nixon, el retrato del presidente más denostado de la historia estadunidense –un hombre mentiroso y hábil, demagogo y agresivo, el villano político favorito de los años 70–, muchos juzgaron el resultado ambiguo e incluso complaciente.

Se le concedía demasiada importancia al personaje, y con su estupenda actuación Anthony Hopkins le confería mayor complejidad sicológica e inteligencia que la que el público estaba dispuesto a reconocerle. Años después, otra caracterización acertada, la de Frank Langella en Frost/Nixon, de Ron Howard, mostró que aquel mandatario poseía, en efecto, una astucia y un magnetismo público nada desdeñables; sin embargo, insuficientes para eludir el juicio histórico que mereció su mandato desastroso.

En Hijo de… Bush (W.), el realizador parece haber abdicado de todo intento por crear un personaje complejo y medianamente interesante. Su propósito es aportar elementos para insistir en la conclusión, ampliamente aceptada, de que el gobierno de George W. Bush fue –a la imagen de su intervención militar en Irak– todo un fiasco. Oliver Stone se aplica a desmenuzar, en una tarea tan ingrata como ociosa, la pequeñez moral de un mandatario que declaró haber oído un llamado celestial para salvar a una nación de pecadores lastimados, en un misterioso plan que haría del mundo un escenario de confrontación entre las fuerzas del bien y algunas naciones pertenecientes a un eje maligno.

Para efectos de una dramatización sin sutilezas, el realizador centra toda su atención en el personaje estelar (su equipo de colaboradores cercanos apenas disienten de él, no muestran autonomía suficiente, no se les atribuyen intenciones o intereses propios, son comparsas deslucidos en la tragicomedia insulsa de un solo hombre, al que escuetamente se identifica por la inicial intermedia de su nombre, W). De él conoceremos, mediante flash-backs rutinarios, sus delirios de grandeza y su espíritu bravucón en sus tiempos de estudiante en Yale, con esa novatada cruel presentada como ensayo virtual de las torturas que el mandatario autorizara en contra de sus enemigos reales o imaginarios, en Abu Ghraib o en Guantánamo; de él sabremos también, por los azarosos vericuetos del sicoanálisis instantáneo, de sus frustraciones juveniles y su rebeldía frente al padre que siempre prefirió a su hermano, y de cómo esta insatisfacción primitiva marca y decide buena parte de un comportamiento que años después linda ya con la paranoia.

Lo que no se permite la cinta de Stone es una visión panorámica y más sustanciosa de lo que fueron los momentos claves de los ocho años de mandato de GWB. Ni una palabra acerca de las elecciones amañadas que lo mantuvieron en el poder, y muy poco de las presiones económicas y las afanosas complicidades de quienes ven en la intervención militar la oportunidad de un buen negocio (de Halliburton a Rumsfeld, pasando por un largo etcétera). Apenas algunas imágenes sobre la repulsa mundial a la aventura bélica, y referencias muy anecdóticas y al borde de la caricatura del involucramiento de otros líderes mundiales en la guerra. Hay, con todo, un énfasis sostenido en el argumento falaz de la existencia de armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein.

En poco tiempo, la atención conferida a un personaje presentado esencialmente anodino y rapaz –depósito de frustraciones y rencores–, desplaza cualquier intento por comprender la realidad política de ocho años de un ejercicio caprichoso y arbitrario del poder supremo.

Si Bush se distingue por su propensión al maniqueísmo moral y a la revancha instintiva, Oliver Stone apenas opera de modo diferente. En este contexto, Josh Brolin (el rencoroso Dan White en Milk, de Gus Van Sant) hace lo posible por no naufragar en la trivialidad interpretativa a que lo orilla el guión freudiano de Stanley Weiser. Al finalizar la película, poco habrá añadido el espectador a su percepción de Bush como un mandatario de inusitada frivolidad política. Tal vez podrá concluir que lo que el cineasta intentó demostrar en las dos horas de Hijo de… Bush, cualquier caricaturista talentoso lo habría resuelto en muy pocos trazos.

Fuente: La Jornada

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