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Vilma Fuentes: Leer o no leer, esa es la cuestión

¿Qué significa ser escritor? Sin duda, la más corriente de las respuestas es ser leído. Aquí comienza otro género de dificultades: ¿cómo lograr que lo escrito se reproduzca lo suficiente para que un alguien desconocido, “lector cualquiera maravillado”, escribió Marcel Proust, abra el libro y se ensimisme en sus líneas al extremo de dejar conducir sus pensamientos por ellas al menos durante el tiempo de la lectura?

Ser leído es el sueño del escritor. Una de las metas. Tal vez parezca en desuso este anhelo, pues ahora no se desea tanto ser leído como vender el producto denominado libro, así quien lo compre arroje el libro a un estante entelerañado en un desván –o directamente a un basurero. En la actualidad, después de conseguir un editor, una legión de llamados escritores porque publican una o dos centenas de páginas parece querer, ante todo, ser célebre, ver su imagen y ser visto por los otros, los miles de espectadores, más o menos pasivos, que encienden el aparato televisivo porque no saben qué hacer o porque la tele los deja descansar, no los hace pensar.

Venta y/o celebridad: ¿es eso un escritor? Creo que ni una ni otra se oponen al extraño deseo de ser leído. Las cosas se complican cuando se desean lectores de un futuro donde ya no se existirá, como no sea por esas páginas abiertas y esas líneas descifradas por personas que pensarán necesariamente de otra manera. Si este delirio es ser escritor quedan excluidos entonces los razonables vendedores en búsqueda de la celebridad actual.

Tal vez, al fin de cuentas, el tema central del Quijote. Alonso Quijano va a enloquecer a causa de la ávida y “gulosa” lectura de libros a la moda fabricados por autores que no hacen sino seguirla creyendo así vender. Cada quien jubila con la lectura de las fabulosas aventuras de Quijote y Sancho. Cierto, son irresistibles. Pero el genio del narrador nos disimula, quizás, el verdadero tema de su libro. ¿Cuál es el tema de este libro que todos creen conocer? ¿El número interminable de las catástrofes que sufre el héroe? Reímos. Pero esta risa no es la esencia del libro, la materia. El personaje del Quijote es, primero, presentado como un hombre obsesionado por las novelas de caballería, un lector, una especie de rata de biblioteca, un enfermo del papel impreso, en suma, una suerte de Jorge Luis Borges antes de tiempo. Así, no deberíamos asombrarnos de que Borges, bibliotecario, haya inventado la fantasía de ser el autor del Quijote. No era el autor, era el personaje. Era asimismo doblemente el personaje pues podía reconocerse en el Quijote como en Cervantes. Puesto que el verdadero tema de esta obra, indicado desde el sarcástico prólogo sobre los fabricantes de libros, es el único tema que retuvo la atención de Borges durante su vida: ¿qué es la lectura, la escritura, y cuál es ese territorio que instala su historia y su geografía en un libro? En ese espacio imaginario que no existe y que, sin embargo, en la duda que nos mantiene frente a lo real podría ser el más certero testimonio de la realidad de nuestra existencia: las palabras. Ultima prueba, la tabla de salvación de nuestros sueños, huella garabateada y legible de nuestro paso efímero sobre esta tierra.

La proliferación de libros no es necesariamente un progreso. En los países “desarrollados”, las librerías son desbordadas por la sobreproducción de obras impresas. Un libro se ha vuelto un producto como cualquier otro, una mercancía en venta, lo más rápido posible, según el último grito de la moda. Se habla ahora de “libros kleenex”. ¿En dónde está el progreso? Esta forma de lanzar en el mercado tantos volúmenes puede aparecer como una forma moderna de la censura. Por ahogo a causa de la oleada de libros que se publican. En El ladrón del tiempo (ediciones Mortiz), el autor de esta obra dice que hoy no se necesita prohibir un libro, pues la abundancia se encarga de censurarlo bajo las pilas de volúmenes impresos.

* http://www.jornada.unam.mx/2008/06/16/index.php?section=opinion&article=a13a1cul

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Gustavo Esteva: Comer o comernos

Las reacciones ante la “crisis” alimentaria pueden traer remedios peores que la enfermedad. Piden peras al olmo o encargan al lobo los corderos.

Se dice que calamidades naturales, derivadas del cambio climático, propiciaron la crisis. Pero no hay falta absoluta de alimentos, tras la cosecha más alta de la historia. Igualmente, no puede atribuirse al alza de precios que la mitad de la población del mundo carezca de comida suficiente. Y necesitamos preguntarnos por qué se considera “crisis” que los precios regresen al nivel que tenían hace 10 años.

El caso del arroz ilustra bien lo que ocurre. Japón produjo en 2007 más del que necesita, gracias a fuertes subsidios, pero importó 770 mil toneladas para cumplir una obligación impuesta por la Organización Mundial de Comercio. Mientras sus consumidores pagan hasta cuatro veces el precio internacional, Japón almacena ese arroz, la mitad del cual adquirió en California (cuyo gobierno subsidia la operación), mientras los precios se elevan, Wal-Mart lo raciona y millones de personas no pueden adquirir su principal alimento.

Hasta los años 60, eran “subdesarrollados” los países que exportaban alimentos y materias primas e importaban productos manufacturados. Exigían continuamente que aumentaran los precios de lo que vendían. Hoy exigen lo contrario. Casi todos son importadores netos de alimentos, mientras Estados Unidos, Canadá y Europa los exportan en grandes cantidades.

En 1974, ante algo muy semejante a lo de ahora, el secretario estadunidense de Agricultura Earl Butz anunció que su gobierno emplearía los alimentos como arma política. Por el hambre en el mundo se justificaron abultados subsidios al agronegocio. De nada sirvió que Lappé y Collins demostraran que la ayuda alimentaria agudiza el hambre y Amartya Sen que todos los países que sufrían grandes hambrunas seguían exportando alimentos mientras sus ciudadanos morían de hambre. Se mantuvo el prejuicio: Estados Unidos y Europa deberían mantener restricciones comerciales y subsidios, con el pretexto de combatir el hambre.

En los últimos años aumentó la presión interna y externa para eliminar esas barreras comerciales. India y Brasil encabezaron en Cancún el movimiento que lo exigió como condición para continuar negociaciones comerciales. Bastaron unos meses de campaña para dar un vuelco al clima de la opinión. ¿Quién se atreverá ahora a suprimir esos subsidios? No parece importar que 68 por ciento de ellos, en Estados Unidos, vaya a parar al 10 por ciento de los productores y finalmente a las bolsas de las cuatro corporaciones que controlan 80 por ciento del comercio mundial de alimentos, cuyas ganancias recientes aumentaron casi al ritmo de los precios. Tampoco influye el conocimiento de que los movimientos especulativos de los fondos de inversión, que controlan ya 40 por ciento de los contratos de futuros de la bolsa de Chicago, estimulen el alza de precios de alimentos y petróleo.

En los años 80 Estados Unidos y las instituciones internacionales desalentaron la búsqueda de la autosuficiencia alimentaria en los países “subdesarrollados” y exigieron que desmantelaran sus protecciones. Muchos de ellos las levantan de nuevo, para proteger lo que queda de sus sistemas alimentarios y enfrentar las revueltas asociadas con los alimentos que este año estallaron en 22 países.

El cambio de pautas alimentarias en países como China e India presiona indudablemente la demanda de alimentos y los conduce a un callejón sin salida. Cada kilo de carne de res requiere ocho a 10 de cereales. La carne es la forma más ineficiente e injusta de obtener proteínas. Las vacas mexicanas consumen más alimentos que todos los campesinos; las estadunidenses arrojan más gases a la atmósfera que los automóviles y absorben buena parte de los cereales.

La locura del etanol es aún peor. Los granos que producen cien litros pueden alimentar a una persona por un año y la emisión de gases requerida para producirlo es mayor que la de la gasolina que sustituye.

La “crisis” hace evidente la insensatez suicida de la agricultura industrial, que emplea 10 calorías de energía fósil por cada caloría de energía alimentaria, causando daños inmensos al ambiente y la sociedad. Las tierras agrícolas del mundo deben dedicarse a producir alimentos para la gente, no para los automóviles o el ganado. Pero esto sólo podrá lograrse cuando queden de nuevo en manos de los campesinos, rescatando producción y consumo de las corporaciones que ahora los controlan, apoyadas por sus gobiernos.

Es criminalmente ingenuo esperar que gobiernos como el mexicano protejan a los campesinos, en vez de seguir tratando de expulsarlos del campo, y que abandonen su ciega subordinación al mercado y las corporaciones. Necesitamos aguantar a pie firme las consecuencias de saber que no podemos dejar los alimentos o el petróleo en las manos de este gobierno o este Congreso.

* La Jornada
* gustavoesteva@gmail.com
* http://www.jornada.unam.mx/2008/05/19/index.php?section=opinion&article=022a1pol

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