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Fernando Camacho Servín: La necesidad de la escritura

El principal obstáculo que enfrenta el náhuatl para fortalecerse como idioma es la creación de un estándar para su escritura, lo cual se consigue mediante un alfabeto, pero es justamente ese “pequeño detalle” el que más diferencias está generando actualmente entre sus hablantes.

Así lo explicó el lingüista nahua Refugio Miranda Sanromán, uno de los pioneros en la lucha por el pleno reconocimiento de las lenguas indígenas mexicanas.

En charla telefónica desde la comunidad hidalguense de El Ixtle, denunció que el investigador alemán Andrés Hassler ignoró los acuerdos de la primera Reunión Nacional de Nahuahablantes, realizada en 1982 en Pátzcuaro, Michoacán, e impuso su propia versión del alfabeto en la llamada Sierra Negra de Puebla y Veracruz, donde él trabaja.

En dicha cita, los asistentes decidieron adoptar un alfabeto de 18 grafías, conocido como nahua machiopamec, que comprende las letras a, ch, e, i, j, k, l, m, n, o, p, s, t, tl, y , x, u y ts.

Lo correspondiente a los sonidos b, g, f y el apóstrofo (pequeña pausa glotal entre dos letras) estaba aún por discutirse, pero Hassler “impuso” en su área de influencia la w, la th y la tz, lo cual ha generado un “gran conflicto a nivel nacional.”

“Ha habido varias reuniones, pero no se ha llegado a ningún acuerdo. No se trata de que se nos imponga un alfabeto nuevo. Nosotros no mantenemos el anterior por capricho o por ser una ‘elite’, como dice Hassler, sino porque es nuestro. Trabajé 20 años como locutor bilingüe, imagínese cómo me siento de que echen por tierra estos acuerdos”, dice Miranda.

Para definir la cuestión del alfabeto nahua, el sábado 1º de diciembre se realizó una reunión de hablantes en la comunidad de Tehuacán, Puebla, con la participación de la Academia de la Lengua Náhuatl, entre otros grupos, en donde se intentó alcanzar un acuerdo definitivo.

“Los nahuas tenemos por costumbre escucharnos y llegar a acuerdos, y en este caso se nos quiere ordenar qué vamos a hacer, al estilo de las haciendas, y ese tiempo se supone que ya se acabó, pero veo que no.”

http://www.jornada.unam.mx/2008/01/14/index.php?section=cultura&article=a06n1cul

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Carlos Montemayor: Notas sobre nahuatlismos

Tocayo. Juan Corominas registra la voz tocayo como de origen incierto. Sin embargo, se apresura a concluir que “como la documentación más antigua procede de España, no es posible que derive del náhuatl tocaytl, ‘nombre’”. La primera documentación que él señala corresponde al Diccionario de autoridades de 1739 (S a Z); por tanto, el año y edición no aseguran que en ese momento no hubiera penetrado ya en España este preciso vocablo procedente de América. La peregrina propuesta etimológica de la frase ritual romana Ubi tu Cayus, ibi ego Caya, es tan ingenua que obligó a Corominas a expresar que “faltan investigaciones semánticas en textos antiguos que confirmen si (esta voz) procede” de tal frase ritual. Aunque advirtió que se debía “evitar el tomar estas pequeñas cuestiones como asunto nacional”, afirmó que “no hay en náhuatl un adjetivo que pudiera servir de base a tocayo, ni se ve forma concreta de derivarlo del verbo tocayotía o del sustantivo tocaytl”. En realidad, la dificultad para Corominas era más compleja que las “investigaciones semánticas en textos antiguos”. La dificultad era comprobar, primero, la transmisión, y sobre todo, la conservación en España de una frase ritual ajena al derecho y a las costumbres religiosas y regionales de España misma, además de que tal frase ritual no proporcionaba, como Corominas lo exigía del náhuatl, “un adjetivo que pudiera servir de base a tocayo”. Dificultad insuperable, ciertamente.

Cecilio Robelo propuso la voz como nahuatlismo y la derivó de tocaytl, que en Molina es “fama, honra”. Destacó que en náhuatl la voz entraba en composición en muchas palabras con el significado siempre de “nombre”, lo que ejemplificó con la voz tacaamatl, que registró Fray Alonso de Molina como “matrícula de nombres propios”, es decir, “libro de nombres”. En el diccionario de Molina de 1555 y de 1571 aparece la voz tocayo con el sentido de “escritura firmada” y la voz tocaye con el sentido de “persona que tiene nombre”. En el ensayo presentado en 1981 en la Academia Mexicana sobre el origen nahua de varias voces que se incorporaron tempranamente al español de México y de España, Miguel León-Portilla señaló que en el diccionario de Molina la voz tocayotía se registra como “empadronar a alguno” y explicó que la palabra tocayo se forma por la raíz de tocáitl (es decir, toca), y el sufijo adjetivante -yo, con el sentido de “el que tiene nombre”, con lo cual quedaría sin sustento la caprichosa objeción de Corominas sobre la ausencia de un adjetivo en náhuatl. El Diccionario de autoridades afirmó que tocayo significaba lo mismo que colombroño, voz derivada del latín cognomen. León-Portilla apuntó, por ello, que así como colombroño deriva de cognomen, “nombre”, la forma tocayo deriva de tocáitl, también “nombre”. Ignoramos solamente cuándo tocayo y también colombroño comenzaron a tener el sentido de homónimo. Más realista, Rafael Lapesa reconoció el origen nahua de esta voz en su Historia de la lengua española desde 1955.

Será útil para el lector el siguiente comentario de Antonio Alatorre: “El DRAE se abstiene, prudentemente, de darle etimología a tocayo. Pero Corominas, aunque dice que es de ‘origen incierto’, entra de lleno en el asunto. Vicente Bastús, español, dijo en su Diccionario (1828-1831) que la palabra tocayo venía de una fórmula ritual de la antigua Roma: al llegar la comitiva nupcial a casa del novio, la novia le decía: Ubi tu Cajus, ibi ego Caja. ¡No es eso!, contestaron, a su debido tiempo, los americanistas: tocayo procede claramente del náhuatl, donde hay un tocáitl ‘nombre’ y un tocayotia ‘nombrar a alguno, llamarlo por su nombre’. Pero Corominas declara que esta etimología ‘no ha logrado convencer generalmente’ (o sea que no ha logrado convencerlo a él), e insiste en el tu Cajus. No se plantea la cuestión de cómo se mantuvo con vida una formulilla tan ajena al derecho civil y al derecho canónico de España, y se excusa diciendo que ‘faltan investigaciones semánticas en textos antiguos’. Su único argumento es éste: ‘Como la documentación más antigua del vocablo procede de España, no es probable que derive del náhuatl.’ En efecto, la primera documentación de tocayo está en el Dicc. Aut. Pero lo único que prueba es que a comienzos del siglo XVIII tocayo era ya de uso común en España.

“Aquí se impone una reflexión. Los españoles que habían residido algún tiempo en México se llevaban a España muchos usos adquiridos, y que tuvieron éxito (como el chocolate, el guajolote y aun la piocha y el llamar nene al niño chiquito). El uso del nahuatlismo tocayo entra en esa categoría: era una voz pintoresca, precisa y nueva. (Con toda razón la pesada palabra colombroño, que significaba lo mismo, cayó en desuso.)

“El argumento de Corominas contra la mexicanidad de tocayo es que ‘no hay en náhuatl un adjetivo que pudiera servir de base’. ¡Como si tu Cajus fuera adjetivo! (Además, tocayo no es adjetivo, sino tan sustantivo como primo, tío o cuñado.) Y he aquí la sorprendente conclusión: tocayo ‘más bien parece ser un término humorístico y callejero nacido en España’, en prueba de lo cual observa que ‘tocayu y tocaya eran ya usuales en bable en el año 1804’. (O sea, digo yo, que el nahuatlismo tuvo tal aceptación en España, que llegó, aunque un poco tarde, hasta el rústico bable.)

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/01/14/index.php?section=cultura&article=a07a1cul

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Bilhá Calderón: No siwapili

Pili;
Hoy no vino el sol.
Se llena la casa de mojado
de gris por la mañana.
Tan temprano entra el frío
con manchas negras
con patas largas
se escurre al cuarto.

Viene la nube, pili,
por la puerta. Estás
por encima de nosotros
por debajo.

Ella llora en el café,
lágrimas de leña y masa.
Nahuas blancas, fajadas,
ajustadas, apretedas
caminan y rezan
…en nombre de Cristo.
y vuelven a empezar.

El pili se ha ido.
Hay que llevar flores.
Ella llora en silencio,
hermosa, callada,
en rezos.

Dueles, pili
en el camino resbaloso.
Kioujtok.
No debiste salir de noche.
Masakameh de mal aire,
que te llevara lejos.

Duerme mientras caminamos
con las nubes en la cabeza.
Duerme en tu cuna blanca, negra.
No siwapili;
Déjate vestir de tierra,
deja caer las flores de sus manos.
Duerme tranquila,
déjate regresar a ella
soñando.

* pili- bebé
* No siwapili- mi niñita, mi bebesita
* Masakameh- duendes de mal aire. En San Miguel Tzinacapan, Puebla setiene la creencia de que los bebés no deben salir de noche. A las 12 salen unos duendes y a los bebés les dan “mal aire”

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Carlos Montemayor: Notas sobre nahuatlismos

¿Por qué la escritura es atípica en el caso de tzinco? Porque de acuerdo con todos los ejemplos enlistados hasta aquí, la pronunciación natural es chinco. No solamente hemos visto los anteriores ejemplos de continuidad de sentido en el vocablo tzintli cuando entra en composición con otros vocablos, sino también la permanencia de su valor como fonema palatal africado sordo, particularmente frente a la vocal i, como ocurre también en tzicli, chicle, tzípitl, chiple o tlacuatzin, tlacuache. En algunos casos, puede tratarse de una atracción por el numeral cinco y con la expresión aún común en el siglo XXI de unir y separar los dedos de una mano para expresar que hay “cinco poderosas razones para no atreverse a algo”, es decir, para señalar el fruncimiento del ano. Robelo, tan celoso de la aportación de nahuatlismos a la lengua española, pero tan discreto y apartado del uso de las voces obscenas, no quiso registrar chinco, sino cinco y zinco (lección XCIV), proporcionando, sin embargo, esta útil información: “Todavía los feroces maestros de la escuela de la primera mitad del siglo pasado (es decir, la primera mitad del siglo XIX, antes de la primera documentación del gitano chingarár como fastidiar o molestar) amenazaban a los discípulos diciéndoles: ‘Si no me das la lección te doy doce azotes en el cinco’”. Robelo registra “azotar el cinco” como dar azotes en las nalgas y “echar una chinana” como poner una calilla o supositorio en el ano. Apuntó que la expresión “parece que no le curaron el chincual” se dice de la persona inquieta y de la que gusta de andar en fiestas, y que “yo te curaré el chincual” equivale a la locución castellana “yo te curaré el alhorre”, que se usa para amenazar con azotes a los niños traviesos. Pensamos que las bases semánticas y el radical de la lengua náhuatl pueden explicar una amplia gama de las acepciones, usos y regiones donde la palabra chingar se vincula con “cortos de vestidos”, “fornicar”, “dar por el culo”, “pegar en el culo”, “fastidiar”, “doblegar”, y los derivados de excelencia o poder que alguien puede ejercer sobre los otros en los mismos sentidos de “dar por el culo” o “someter por el trasero a otros”.

Alatorre señaló que “dos cosas son de notar en la exposición de Corominas: primero, la falta de connotaciones ‘obscenas’, salvo el chingar del caló español; y segunda, la ausencia casi total de México, donde chingar no es voz de caló, sino de todo el mundo, y muy fuerte, muy polisémica y muy productiva (…) En todo caso, es un hecho que chingar y su familia son algo muy peculiar de México (…) Según una explicación que corre de manera casi subrepticia (…) la terrible palabra viene de tzintli o tzinco. Así, el significado primario vendría a ser no simplemente ‘fornicar’, sino ‘fornicar de manera nefanda’”.

Agreguemos un dato más, que puede ilustrar el recato de nuestros autores del siglo XIX ante esta voz polisémica y popular. En su México Peregrino, Victoriano Salado Álvarez recuerda que el geógrafo Antonio García Cubas presenció una discusión peculiar en la librería de Andrade, en la primera mitad del siglo XIX, a propósito de la palabra chingar. Lo valioso de la mención de Salado Álvarez es que aclara que el geógrafo aludía a ella como “la palabra H”. Releamos el pasaje de El libro de mis recuerdos, de García Cubas, sobre la tertulia en la librería de Andrade:

Dos de los concurrentes a la librería discu-tían acerca del origen de una palabra mal sonante muy usada por la gente baja del pueblo.

¿De dónde cree usted, señor don Fulano, preguntaba uno, que proceda la palabra H. de que abusan nuestros léperos, sobre todo cuando los ciega la ira?

Evidentemente, señor don Zutano, respondió el otro, viene del latín, y exponía sus razones.

No conformándose este último con tal opinión, expuso sus objeciones, continuando en tal virtud la discusión hasta que acertó a pasar por la puerta de la librería el Sr. Don Andrés Quintana Roo, a quien después de devolverle el saludo que desde fuera a todos dirigía, uno de los contendientes le repitió la pregunta susodicha:

Diga usted, señor don Andrés, ¿de dónde cree usted que provenga la palabra H?

¡De la pulquería! contestó el señor Quintana; y prosiguió imperturbable su camino.

La clave que proporciona Salado Álvarez sobre “la palabra H”, como eufemismo para chingar, resulta muy útil para la historia de esta voz en México. Primero, porque ha sido considerada “mal sonante”. Segundo, porque “los léperos” la usaban con largueza, y particularmente abusaban de ella cuando “los cegaba la ira”, lo cual nos resulta muy comprensible aún a los mexicanos de los inicios del siglo XXI. Tercero, porque Andrés Quintana Roo murió en 1851 y el pasaje lo describe en su condición de paseante; es decir, debemos situar esta discusión sobre la etimología de la palabra 20 o 30 años antes que el registro de Rufino Cuervo, que fue en 1867.

Por tanto, debemos decir que además de los sentidos del chingarár gitano como “disputa, riña o guerra, combate”; del chincana quechua como “taberna de gente baja”; del también quechua chinkai como “perderse, desaparecer”; del araucano chingolo, “especie de gorrión”, y chingue, mofeta o zorrillo, el chingar del mundo cultural náhuatl ayuda a completar y a explicar la riqueza polisémica con que el vocablo ha evolucionado en el español de México.

Texto del escritor, ensayista y traductor incluido en el Diccionario del náhuatl en el español de México, coordinado por el autor, que se presentará el 12 de octubre en el contexto de la Feria del Libro de la Ciudad de México

* http://www.jornada.unam.mx/2007/10/04/index.php?section=opinion&article=a07a1cul

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