Tag Archives: muertos

Carlos Fazio: La guerra y la paz

Felipe Calderón no escucha. La disyuntiva lanzada por el poeta y activista no violento Javier Sicilia fue guerra o paz. Y su opción fue muy clara: por un México en paz con justicia y dignidad. Lo que implica un rotundo noal enfoque militarista y la estrategia de guerra de la seguridad pública ordenados por Calderón. La respuesta del inquilino de Los Pinos pareció autista: no habrá cambio de estrategia porque tenemos la ley, la razón y la fuerza. Ergo, seguirá la guerra. Tampoco renunciará el superpolicía Genaro García Luna –émulo neodiazordacista del general Cueto, el de la matanza de Tlatelolco–, cuya defensa y control de daños quedó en manos de Televisa, los nuevos policías del pensamiento de la prensa vendida, y familiares de víctimas de la criminalidad cooptados por el gobierno.

Calderón no entendió que para Sicilia el Alto a la guerra y el No más sangre no son demandas simbólicas. Son reales. De allí que la contradicción, ahora, sea recrudecimiento de la militarización versus acciones de resistencia en el marco de la no violencia activa, que, de ir acumulando la fuerza moral y material de todos los que estamos hasta la madre de tanta violencia e inhumanidad generadas por una guerra absurda, a la manera de una bola de nieve podrá derivar en desobediencia civil pacífica.

Calderón no es sordo ni autista; tampoco insensible. Sus decisiones responden a una estrategia preconcebida, con eje en una doctrina de seguridad nacional importada. Como dijo Sicilia, la política de seguridad de Calderón fue diseñada por Estados Unidos. Su lógica es militar. Parte del mito de la guerra, como una realidad humana fundamental a la cual se reducen todas las demás. La guerra destruye la política y borra la frontera con la paz. La lógica de Calderón invierte la fórmula de Clausewitz: la política se transforma en la prolongación de la guerra gracias a otros medios. Si la política es la prolongación de la guerra, se asimila a la guerra y debe ser conducida por la guerra.

El uso de los conceptos no es inocente. En nombre de una presunta guerra a las drogas, Calderón instauró un régimen de excepción, con zonas del país bajo virtual estado de sitio. Calderón ha buscado poner al Estado y a la sociedad en función del estado de guerra. Lo primero lo logró. Durante cuatro años y medio la guerrade Calderón dominó la agenda pública: convirtió la nota roja en noticia principal de diarios y medios electrónicos. En el segundo objetivo, poner a la nación en permanente pie de guerra, fracasó. Su estrategia de guerra generó violencia, miedo y terror, pero no logró transformar a la sociedad en un inmenso ejército movilizado bajo su mando. Sus llamados a la unidad nacional contra los criminales, losverdaderos enemigos de México –los hijos de puta, diría Aguilar Camín–, fracasó porque se trata de una guerra fantasma, con base en un mito.

El mito de la guerra no obedece a un simple error intelectual: es útil. El culto de la seguridad sólo puede favorecer los privilegios y justificar el statu quo. El uso del Ejército, la Marina de guerra y la policía militarizada de García Luna es el sostén y justifica un tipo de sociedad basada en el centralismo autoritario y la explotación jerarquizada. Su papel ideológico cumple la función de perpetuar las relaciones entre dominadores y dominados. El método consiste en cambiar la ideología de la lucha de clases por otra ideología ficticia e inmovilista. De allí el apoyo del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, el Consejo Coordinador Empresarial y otros once grupos corporativos a la Ley de Seguridad Nacional enviada al Congreso por el Ejecutivo.

Eso Sicilia lo tiene claro: la violencia de los señores de la muerte es resultado de estructuras económicas y sociales que generan desigualdad y exclusión. La infame realidad y la demencia criminal se nutren de las omisiones, complicidades y/o colusiones mafiosas de los que detentan el poder: la partidocracia, los poderes fácticos y sus monopolios, las cúpulas empresariales y las jerarquías conservadoras de las iglesias, los gobiernos y las policías.

La militarización de la sociedad forma parte de un engranaje organizado, necesitado e institucionalizado para preservar el actual estado de cosas. Como ha quedado plasmado en el discurso beligerante de Calderón, alias El Churchill, utiliza el monopolio del poder (sic) para hacer la guerra en nombre de todos los mexicanos de bien, y quienes no lo apoyan son sospechosos de ser cómplices de los enemigos del Estado. Un Estado que se sirve del monopolio de las armas para hacer una guerra permanente contra el pueblo. Mientras más autoritario y violento es un Estado, más trata a la nación como enemiga.

Pero los ciudadanos están desarmados. De allí la necesidad de la política. La política es el arte de las transacciones de la tolerancia y el arte de lo posible. La política comienza cuando el Estado deja de ser violento y entra en diálogo con los ciudadanos; cuando el Estado se sujeta a las leyes resultado de un diálogo con los ciudadanos. La paz es la consecuencia de la renuncia a los medios violentos. Es decir, al uso de las armas que matan.

Sicilia se opone a una paz armada como parte de un modelo militar. Quiere llevar al régimen al terreno de las soluciones no armadas. El diálogo que ofrece Calderón es un monólogo; se siente poseedor de la verdad única y ofrece unacooperación con base en la dialéctica del amo y el esclavo. De arriba a abajo. Frente a esa manipulación maniquea del poder, la multitud que aspira a una paz con justicia y dignidad impulsa otra forma de hacer política; quiere una democracia participativa y más representativa. El nuevo Ya basta de los de abajo y las clases medias está dirigido a la reconstrucción del tejido social de la nación. La marcha significó la ruptura del terror y la posibilidad de que el dolor social se convierta en acción colectiva organizada. Los sonidos del silencio son otra forma de lucha. El alto a la guerra es hoy una cuestión de salvación nacional.

Fuente: La Jornada

Leave a comment

Filed under Columns, Mexico

J. Enrique Olivera Arce: Un antes y un después de Juan Camilo Mouriño

        • “Yo soy el primer interesado en que surja la verdad y se esclarezcan las causas de estos hechos”

        • Felipe Calderón Hinojosa

Controvertido y acechado por la sospecha de su origen, sus antecedentes familiares y su involucramiento en tráfico de influencias dañinas para la salud de la Nación, Juan Camilo Mouriño murió en condiciones trágicas preñadas también de sospechas.

La especulación

“La especulación daña a México”, “Quién especula traiciona a México”, dicen algunas histéricas voces que desde el poder se desgarran las vestiduras ante el temor de que salgan a relucir los trapos sucios. ¿Y que esperaban? En un país donde se nos ha acostumbrado a escuchar medias verdades o mentiras completas, la sospecha florece; a falta de información veraz, objetiva y oportuna, la desinformación alimenta la imaginación popular. A la ya profunda falta de credibilidad en las instituciones y en la clase política, habrá entonces de sumarse la sospecha obligada. Más cuando desde el poder mismo se insiste en que habrá de investigarse a fondo la causa de la tragedia. Si como oficialmente se afirma y la lógica indica que fue un lamentable accidente, ¿para que la insistencia y la preocupación de Calderón Hinojosa por conocer la verdad?

Pero más allá de la especulación y la sospecha como ejercicio popular, es dable considerar que con lo acontecido, el clima ya de si enrarecido en la vida del Estado-Nación, habrá de acelerar su deterioro a partir del lamentable suceso y, con ello, la pérdida de la posibilidad de una anhelada legitimización de quien abierta y públicamente se le ha denominado “presidente espurio”. En el pueblo de México ya prendió la idea de la vulnerabilidad de quien gobierna, generándose desconfianza e incertidumbre, así como la convicción de que nunca habrá de conocerse, como en el caso de Luís Donaldo Colosio, aquello que al poder no convenga que se sepa.

Lo que viene

Héroe para Felipe Calderón Hinojosa, antihéroe para amplios sectores del pueblo, que no se tragan la versión oficial difundida por la mayoría de medios de comunicación de su honestidad y entrega al servicio de México, el temprano compromiso con la muerte de quien fuera secretario de gobernación y delfín del titular del ejecutivo federal para sucederle, reduce el círculo íntimo de Los Pinos, a la par que cierra un ciclo en la vida de México, abriendo otro no menos incierto y ominoso para el panismo entronizado. Un antes y un después de Mouriño, que coincidentemente, para el infortunio de Calderón, se empata con un antes y un después de la elección de Barack Obama por el pueblo norteamericano.

El control del Estado y del gobierno federal no dependerá más del joven superdotado, guía estratégico de quienes integran el estrecho grupo de amigos de Los Pinos, y enlace con los poderes fácticos, nacionales y extranjeros. Calderón estará obligado a gobernar sólo, en la inmensa soledad que el mismo creara en su entorno, pues sin Mouriño, el “gobierno de amigos” ha quedado en la orfandad. La disputa por la titularidad de gobernación, se encargará de confirmarlo.

Al mismo tiempo, en la medida en que Obama tome las riendas del gobierno del país más poderoso del mundo,  sin la cercanía con Bush, Calderón Hinojosa tendrá que gobernar a contracorriente de la nueva concepción de la política interna y externa de nuestro vecino del norte. El gobierno norteamericano, en lo interno, si nos atenemos a lo expuesto por Obama a lo largo de su campaña electoral, habrá de poner énfasis en la búsqueda de solución a su actual crisis económica y social, fortaleciendo el aparato productivo y el empleo, así como minimizando su dependencia de bienes, servicios y mano de obra del exterior; en tanto que, en lo externo, seguramente figurarán entre las prioridades inmediatas el recomponer la relación geopolítica con los países que la miopía de la anterior administración etiquetó como enemigos de la democracia, incluyendo a Rusia, China y Venezuela, así como el retiro decoroso de las tropas en Irak y Afganistán.

Bajo esta óptica, los presidentes Álvaro Uribe y Felipe Calderón, en América Latina, quedarían en la orfandad. México y Colombia tendrán que rascarse con sus propias uñas, buscando el cobijo de los gobiernos “populistas” del Cono Sur, a los que hasta ahora han dado la espalda.

En este posible escenario, las palabras de despedida vertidas por Calderón Hinojosa en el Campo Marte, centro neurálgico del honor militar, al mismo tiempo que hablan de un pasado que ya no tiene retorno, de cara al futuro inmediato trastocan principios y valores que podrían concurrir a la construcción de la necesaria unidad nacional frente a la crisis global, resolviendo la polarización existente; perdiendo  la moral colectiva y la ética política  frente al cinismo con el que se exaltan virtudes inexistentes de un hombre que en vida fue actor y cómplice de cuestionadas conductas públicas; elevando a la calidad de paradigma la corrupción e impunidad que mantienen postrado a México. Percibiéndose en lo que para el calderonismo representó Juan Camilo, el trazo de una nueva ruta a seguir para lo que resta del sexenio: políticas a la defensiva y mano dura para doblegar la protesta popular, en pro de mantener el poder y sostener estrategias equívocas de despojo y desmantelamiento de lo poco que queda del patrimonio nacional.

Si la muerte de Luís Donaldo cambió el curso de la historia de México, anunciando la salida del PRI de la Presidencia de la República, la muerte de Juan Camilo Mouriño anuncia el principio de la debacle del PAN y sus pretensiones de gobernar a México por tiempo indefinido. La protesta social podrá quebrarse, pero no doblarse y a ello habrá de atenerse Calderón Hinojosa en lo que resta del sexenio.

Al PRI no le queda de otra que poner sus barbas en remojo, revisando su estrecho y cuestionado maridaje con el calderonismo.

1 Comment

Filed under Blogroll

Octavio Rodríguez Araujo: ¿Política del miedo?

En Morelia, Michoacán, la noche de la celebración de la Independencia de México fue sangrienta. Dos granadas de fragmentación explotaron entre la muchedumbre: siete muertos y más de cien heridos fue el saldo conocido hasta la mañana del día siguiente. Esto no había pasado, no que yo recuerde. No fue un acto guerrillero; los grupos guerrilleros en México nunca han actuado de esta forma, se han cuidado de respetar las vidas humanas. Fue un acto terrorista, para provocar miedo y muerte, miedo a la muerte también.

A partir de ahora cualquier lugar, solitario en una calle oscura o en medio de la muchedumbre, es peligroso. Nadie sabe lo que le pueda pasar, y Calderón, insensible y obstinado, insiste –después de conocer la tragedia– en que los mexicanos “sin excepción” debemos unirnos en la desenfrenada e improvisada carrera de su desgobierno contra el crimen organizado, incluso denunciando a los agresores o proporcionando información para dar con ellos. Para completar el cuadro “aseveró que se equivocan quienes pretenden que el miedo haga presa a la sociedad” (Reforma.com, 16/09/08).

¿Y qué es lo que se puede esperar, además de miedo, después de las explosiones de Morelia? Si eso ocurrió en un pacífico festejo popular, ¿por qué no en cualquier otro tipo de acto o en un mitin de apoyo o de rechazo convocados por cualquier motivo por un líder, un partido o el mismo gobierno? En otros países ha habido actos terroristas recientes en el transporte (en Madrid el 11 de marzo de 2004 y en Londres el 7 de julio del año siguiente), en cafeterías y restaurantes, en plazas públicas, en hoteles y en las calles donde han explotado no pocos automóviles. Aquí ya contamos con esos escenarios.

En México, desde que se inició la guerra de Calderón contra los narcotraficantes, han muerto más personas que quienes se supone son las víctimas de aquéllos, es decir, los que consumen drogas ilícitas y que, también supuestamente, el gobierno trata de proteger con su guerra (¿será?). Y es ésta, la guerra, la que ha motivado el uso de granadas de fragmentación antes de Morelia, por ejemplo en Sonora el mes pasado, aunque no fueran activadas (La Jornada on line, 21/08/08), disparos con armas de alto poder en casi todas las ciudades importantes del país y asaltos a mano armada en casas y barrios, donde antes no había pasado nada de este tipo.

No. No hay motivo para tener miedo, es solamente algo que imaginamos porque los mexicanos nos hemos vuelto paranoicos y aprensivos. Imaginamos los secuestros de todo tipo y nivel, así como los levantones, los asesinatos, las mutilaciones y los asaltos. Si no fuera por nuestra delirante imaginación viviríamos tan tranquilos como antes de que Calderón iniciara su valerosa guerra rodeado del Estado Mayor Presidencial y de ambientes de seguridad de la más alta tecnología.

¿Por qué habríamos de tener miedo si sólo nos encontramos entre dos fuegos? Por un lado los bandidos y por el otro los policías y los soldados. Éstos también dan miedo: catean domicilios sin orden judicial, amagan poblaciones enteras, violan y roban cuando pueden o cuando se embriagan o se drogan. La seguridad nacional que Calderón ha querido garantizar se ha vuelto la inseguridad nacional, y todavía nos pide que lo apoyemos en esta lucha sin cuartel, que nos unamos todos (“pueblo y gobierno”), que no tengamos miedo y que combatamos con ligas y cáscaras de limón al crimen organizado y a los enemigos de México.

¿Por qué no habríamos de pensar, ya que nos han vuelto paranoicos, que el aumento de la criminalidad ha sido deliberado como una política de gobierno para justificar la militarización del país y quitarnos nuestros derechos y libertades (cada vez más restringidos)? Se ha hecho en Estados Unidos bajo el desgobierno de Bush, lo han hecho los dictadores de América Latina en aquellos tiempos que ahora, ingenuamente, creemos ya superados, ¿por qué no también en México? El argumento ha sido, precisamente, “la seguridad nacional”, y el resultado logrado ha sido su contrario. Nunca, desde hace setenta años, el país había vivido con tanta inseguridad.

Mi tía Irene (todos tenemos una tía Irene) me decía hace poco que leer todos los días “tantos muertos aquí y allá” podría resultar igual que una vacuna: insensibilizarnos ante la muerte, acostumbrarnos a vivir en un mundo (un país) irremediablemente peligroso. Tal vez tenía razón esa tía Irene, pero el problema es que alguien quiere que tengamos miedo, que no nos insensibilicemos, que no nos acostumbremos a vivir en peligro. Y la receta fue, por ahora, el 15 de septiembre en Morelia. Y en este caso da igual quién puso las granadas de fragmentación o los artefactos explosivos que hayan sido. Los muertos y los heridos nada tenían que ver con el narcotráfico ni con la lucha de Calderón y Bush contra aquél: fue una acción para provocar miedo e inseguridad y para que no pocos ciudadanos atemorizados demanden ahora que el gobierno endurezca todavía más sus políticas contra el crimen, aunque en ello les vaya perder sus derechos y libertades. El miedo y la incertidumbre, debe recordarse, propician exigencias de “mano dura y firme” entre la población, especialmente entre las clases medias. Todas las dictaduras del siglo pasado fueron precedidas de exigencias de este tipo: desde el fascismo italiano a principios de los años veinte, pasando por el nazismo alemán, hasta las últimas dictaduras latinoamericanas. Léanse, si no, las cartas y comentarios en los periódicos en Internet y no sólo en los de derecha: muchos piden o exigen mano dura y firme, y hasta más.

¡Cuidado! Something is rotten not only in the state of Denmark… but also in Mexico –se diría en un Hamlet actual.

Leave a comment

Filed under Blogroll

Néstor Martínez Cristo: Seguiremos poniendo los muertos

Uno de los últimos días del mes pasado, el lector de La Jornada se desayunó con una escalofriante cabeza en la portada: “Suman más de 4 mil ejecutados en el actual gobierno”, decía el titular en tres pisos.

El primer cuestionamiento que vino a mi mente y que me asaltó de súbito tras lo impactante del dato fue si en realidad existe alguna posibilidad de ganarle la guerra a este tipo de crimen tan bien organizado, mejor armado, despiadado, en pleno crecimiento, corrupto y corruptor, que se infiltra a todos los niveles, en esferas de dentro y fuera del gobierno, y que, además, es multimillonario en dólares.

Algo similar debe cruzar el pensamiento del presidente Felipe Calderón, quien a los pocos días hizo un airado reclamo público al gobierno de Estados Unidos al afirmar que en esta guerra “… México ha puesto los muertos”.

Las cuentas sobre la pérdida de cada una de las vidas humanas son francamente alarmantes y hablan de lo encarnizado de la lucha oficial contra el crimen organizado, así como de los ajusticiamientos entre los propios cárteles de la droga.

Resulta que el promedio de ejecutados en México durante 527 días, en el periodo comprendido entre diciembre de 2006 y el inicio de la última semana de mayo asciende a 7.6 diarios.

Todos ellos representan mucho más que los fríos números de una estadística. Son víctimas (así deben ser vistos) con rostro, nombre, apellido, familias, que participaban en una lucha que pareciera no tener fin y que, por el contrario, cada día se observa más compleja.

Por esos días de mayo, en los que además había repuntado la virulencia del crimen organizado hasta promediar 15 ejecutados diarios en media docena de entidades federativas, la versión oficial salía al paso y pretendía minimizar el impacto bajo el argumento de que el recrudecimiento de las ejecuciones obedecía a “un reacomodo de las organizaciones criminales ante el efectivo combate que el gobierno federal realiza contra el narcotráfico”.

También por esas fechas, en un foro sobre Seguridad Fronteriza Global, efectuado en Texas, uno de los subprocuradores de la PGR, José Luis Santiago Vasconcelos, dio a conocer algunos otros datos que vinieron a alimentar mi pesimismo.

El funcionario mexicano dijo entonces que el crimen organizado y el narcotráfico en México es nutrido cada año por unos 10 mil millones de dólares provenientes de Estados Unidos.

A cambio, afirmó, México destina unos 3 mil 900 millones de dólares anuales en el combate al crimen organizado, es decir, menos de 40 por ciento del monto con el que esa red criminal se retroalimenta desde Estados Unidos.

José Luis Santiago Vasconcelos, según un despacho de la agencia Notimex, fechado en Austin, hizo una detallada exposición de las medidas que México adopta para combatir el crimen organizado.

Entre otras cosas, el funcionario habló del reforzamiento de la presencia de efectivos militares y policías en las zonas de mayor conflicto; de que se promueven reformas judiciales para reforzar la procuración de la justicia y para dotar a los cuerpos de combate de las herramientas necesarias para enfrentar “con éxito” a esos criminales.

No supe si lo que el actual gobierno ha hecho es mucho o poco ante la contundencia y la magnitud del número de ejecuciones. Lo cierto es que efectivamente ha puesto los muertos. Entonces recordé los muy numerosos espots que el gobierno de la República transmite, una y otra vez, a lo largo de todo el día, en diversas estaciones de radio y televisión, que dan cuenta de las medidas emprendidas en la lucha contra el narcotráfico y cuyo eslogan dice algo así como “… para que la droga no llegue a tus hijos”.

Ahora se debate la llamada Iniciativa Mérida. Los condicionamientos que el Congreso estadunidense ha puesto a México para aprobarla parecen ser un simple pretexto para escatimar los apoyos a nuestro país en una lucha que también les corresponde a ellos.

El narcotráfico es un problema multinacional y con ese mismo enfoque debe ser abordado y combatido. Los consumidores y el verdadero negocio están del otro lado de la frontera.

En México, las batallas se han ido perdiendo una a una, con costos cada vez más altos. Suman muchos, muchísimos ya, los muertos a lo largo de los años y, me temo, que con las estrategias seguidas hasta ahora, irremediablemente seguiremos poniendo los muertos…

* La Jornada

* http://www.jornada.unam.mx/2008/06/09/index.php?section=opinion&article=025a1pol

Leave a comment

Filed under Blogroll, Politics

Miguel Marín Bosch: Cinco años miserables

La semana pasada se cumplieron cinco años de la invasión y ocupación de Irak por Estados Unidos. Washington improvisó una coalición de una veintena de países, cuya participación, con excepción del Reino Unido, ha sido discreta, por no decir simbólica.

La fase inicial del intenso ataque militar duró poco menos de ocho semanas. Con la toma de Bagdad, el presidente George W. Bush pudo declarar en mayo de 2003: misión cumplida. ¿Recuerdan esa imagen de Bush a bordo de un portaviones, con los brazos alzados? Era todo sonrisas.

La invasión fue fácil, pero la ocupación ha resultado ser una pesadilla. ¿Cuál es el saldo actual de esta aventura de Washington?

El pasado domingo murieron cuatro soldados estadunidenses, elevando así a 4 mil el número de efectivos muertos. Reino Unido ha perdido 175, y el resto de la coalición, 173. El 97 por ciento de las pérdidas estadunidenses han ocurrido después de que Bush proclamó la victoria.

Las autoridades estadunidenses calculan que cerca de 100 mil civiles iraquíes han muerto. El total debe ser mucho más alto, ya que no hay fuentes de información fidedigna.

Además de los desaparecidos, hay millones de desplazados. En 2003 Irak tenía una población de alrededor de 26 millones. Una quinta parte de sus habitantes se ha desplazado internamente o ha buscado refugiarse en los países vecinos, sobre todo Siria y Jordania. Se trata de uno de los mayores movimientos de personas en décadas recientes.

¿Cuánto está costando la guerra en Irak? Algunos calculan que se gastan unos 100 mil millones de dólares por año. Empero, la suma final será mucho mayor. Antes de la guerra, el entonces secretario de defensa, Donald Rumsfeld, había dicho que costaría entre 50 y 60 mil millones de dólares. Cinco años después Washington dice haber gastado 10 veces esa cantidad. Pero también se queda corto.

Una cosa son los gastos en los presupuestos que periódicamente somete la Casa Blanca para la aprobación del Congreso; otra muy distinta son los gastos escondidos o invisibles, es decir, los que no aparecen en las cuentas oficiales. La contabilidad de estos últimos es precisamente lo que analizan Joseph E. Stiglitz y Linda J. Bilmes en su libro que acaba de ser publicado: The three trillion dollar war: the true cost of the Iraq conflict.

Se trata de aquellas erogaciones que no aparecen en la contabilidad gubernamental. Por ejemplo, no se habla de los incentivos monetarios que se ofrecen para reclutar a más soldados. Tampoco se toma en cuenta el costo de rehabilitar a los efectivos heridos.

El tema de Irak ha incidido, aunque poco, en la campaña presidencial en Estados Unidos. Es obvio que la crisis económica y financiera de ese país preocupa más al electorado. Pero los candidatos se han apresurado a definir lo que sería su política hacia Irak. Desde luego que no es lo mismo hablar en campaña que actuar una vez en la Casa Blanca.

El senador John McCain, quien acaba de hacer un viaje al Medio Oriente, está satisfecho de la posición que asumió hace un año, cuando todos daban por muerta su candidatura. En 2007 McCain apoyó (él diría que fue su idea) un importante incremento en el número de efectivos estadunidenses (el llamado surge) para mejor controlar ciertas regiones y barrios de Bagdad y convencer a la población de la bondad de la presencia militar estadunidense. Según Bush y el artífice del plan, el general David Petraeus, la situación en Irak ha mejorado notablemente en el último año. Los bombazos son menos y las muertes también han disminuido. Pero aún hay lugares donde no se notan los efectos del llamado surge.

Los candidatos por el Partido Demócrata, en cambio, abogan por un pronto retiro de las tropas de Irak. El senador Barack Obama, que se opuso a la guerra desde un principio, ha dicho que, de llegar a la Casa Blanca, ordenará el retiro inmediato de las tropas. Dicha posición tiene el apoyo de la mayoría de los demócratas.

Cuando la senadora Hillary Clinton se percató de lo anterior, cambió su posición. En un principio propuso un retiro escalonado, que se llevaría a cabo en varias etapas, empezando varios meses después de asumir la presidencia. Ahora ha adoptado una posición casi idéntica a la del senador por Illinois.

En este último año de la administración de Bush se debaten dos cuestiones: el retiro de Irak de las fuerzas de la coalición, y un posible ataque aéreo a Irán para destruir sus instalaciones nucleares. La insistencia de algunos en Washington de atacar Irán llevó al almirante William J. Fallon, el comandante de las fuerzas estadunidenses en el Oriente Medio, a renunciar a su cargo el pasado 11 de marzo. Simplemente no estaba de acuerdo con aquellos políticos que insisten en bombardear Irán.

Uno de esos políticos es el vicepresidente Dick Cheney. En su recorrido por el Medio Oriente, el domingo pasado, Cheney se entrevistó con varios dirigentes israelíes. Desayunó con el líder de la oposición, Benjamin Netanyahu, pero no hablaron de la deplorable situación de los palestinos en los territorios ocupados. El tema que dominó su conversación fue Irán, cuestión predilecta de estos dos políticos halcones.

En este año de campañas presidenciales el electorado estadunidense está más interesado y preocupado por cuestiones internas. Está buscando a un candidato que mejore la economía y resuelva la cuestión del desempleo. También quiere que se reduzcan los gastos médicos, que se proteja el medio ambiente, que baje el costo de la energía y que se reforme el sistema educativo. Estas son algunas de las cuestiones en que la administración de Bush ha sido un rotundo fracaso.

Entre la crisis económica y la situación en Irak, el nuevo presidente de Estados Unidos tendrá un difícil, por no decir imposible, inicio de gestión.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/03/27/index.php?section=opinion&article=023a1pol

Leave a comment

Filed under Blogroll, Essay, Human Rights, Politics, Projects

Gustavo Iruegas: Los internacionalistas no piden permiso

Verónica, Soren, Juan y Fernando murieron en el ataque aéreo del primero de marzo al campamento del comandante Raúl Reyes en la provincia ecuatoriana de Sucumbios. Lucía sobrevivió. Mexicanos los cinco.

Los cinco jóvenes estaban inscritos en la universidad; pero no, la universidad no los envió. Ni la República, ni sus padres. Tomaron una decisión propia y personalísima; aun si el propósito de su viaje fue hacer estudios e investigaciones sociales, el interés era personal. Se estaban acercando al más decantado ejercicio revolucionario, el internacionalista. Es posible que se tratara de sus primeros contactos. Pero no eran combatientes, no estaban en un campo de batalla ni tampoco en un país en guerra. No es extraño estar presente en un campamento guerrillero y no ser un combatiente. El de Régis Debray en el campamento del Che Guevara es un caso muy conocido. Se puede incluso ser parte de un grupo revolucionario sin ser combatiente, como lo han sido muchos sacerdotes.

No es ésta la ocasión de hablar de los internacionalistas consagrados en la historia. Es momento para recordar a los anónimos, a los que hicieron el sacrificio de su vida y los que, habiendo sobrevivido, la pusieron en el mismo riesgo en aras de la solidaridad internacional que los revolucionarios practican.

El 26 de julio de 1936, nueve cadetes del H. Colegio Militar aprovecharon la ceremonia de entrega de espadines a los cadetes de nuevo ingreso para salir a hacer trámites de pasaportes y otra documentación necesaria para viajar a España, donde se incorporarían a la defensa de la República Española. Los cadetes “… suponían que no sería mal visto por el gobierno de México que lucharan al lado de un país amigo que estaba peleando por los mismos principios que habían sido la causa de tanto derramamiento de sangre en la República [Mexicana]; máxime cuando veían claramente que el propio gobierno mexicano, desinteresada y abiertamente, ayudaba a la República Española. Allí estaba su constante lucha diplomática contra algunos países representados en Ginebra, para que se ayudara a España y se parase en seco la intervención fascista. Ello garantizaba plenamente cualquier movimiento a favor de la República” *. Las tribulaciones del grupo no fueron pocas. Cuando estaban en la estación de Buenavista abordando el tren que los llevaría a Veracruz se apareció un grupo de oficiales del Colegio Militar acompañados de la madre de uno de los cadetes. Cinco fueron regresados al plantel. Los otros cuatro lograron esconderse en el tren y continuar su viaje al puerto y abordar un barco… en el que fueron detenidos y regresados a México. Su castigo fue abrumador. Los nueve fueron expulsados “con cajas destempladas” del Colegio Miliar; entre sonidos de cornetas desafinadas y el redoblar de tambores flojos, todo frente a sus compañeros que les daban la espalda al verlos pasar. El escándalo en la prensa nacional fue mayúsculo. Cinco de ellos llegaron a España. Sólo uno, Roberto Vega González, sobrevivió a la guerra; alcanzó el grado de mayor del Ejército Republicano Español.

Araceli Pérez Darias, estudiante de la Universidad Iberoamericana, fue a pelear al lado de los sandinistas. En 1979, junto al resto de la jefatura del Frente Interno, del cual formaba parte, cayó prisionera en la ciudad de León. Al igual que el resto de sus compañeros, fue asesinada de un tiro en el pecho. Alegando disposiciones sanitarias, el gobierno somocista se negó a permitir la exhumación y el traslado del cadáver a México. Temía que la recepción fuese motivo de un acto de solidaridad contrario a la dictadura.

En El Salvador lucharon unos 250 mexicanos, más de 40 murieron, unos en combate, otros fueron asesinados en prisión. Es de recordarse el jovencito que luchaba en Usulután y la noticia de su muerte llegó antes que la última carta que escribió a su madre. En ella acompañaba una fotografía de tamaño credencial en cuyo reverso se leía a manera de dedicatoria: “Mamá; te quiero mucho, te quiero mucho, te quiero mucho, te quiero mucho…” Ésa fue la foto que la desconsolada madre usó para pedir en la Secretaría de Relaciones Exteriores que se procurase la repatriación del cadáver. Las historias son tantas cuantos han sido los mexicanos que se han incorporado a una lucha que otros considerarían ajena, movidos por el ideal del internacionalismo revolucionario. En Guatemala ocurrió otro tanto y en Colombia no puede ser menos. El internacionalismo no es nuevo.

Lo que es nuevo –pero no sorprendente– es que el gobierno de facto exprese en el comunicado de prensa número 59, emitido por la cancillería el 14 de marzo, que es su “preocupación que ciudadanos mexicanos estén relacionados con una organización como las FARC, conocida por su ilegalidad y naturaleza violenta; por ser autora de múltiples secuestros, actos de sabotaje, extorsiones y actividades de narcotráfico”. Las FARC ya eran las que son cuando el gobierno de Colombia –que también tiene su historia– inició procesos de negociación con ellas y el gobierno de México admitió en su territorio, en 1992, a una delegación de las FARC y del ELN para negociar la paz. México actuó como facilitador y comisionó a personal de la cancillería para hacerlo. Diplomáticos en funciones sirvieron como garantes de la seguridad en el tránsito entre la selva y México y de regreso a la selva y un embajador mexicano fue moderador en la mesa de negociaciones. Se reunieron en Tlaxcala, en un centro de descanso del IMSS llamado La Trinidad. Cuando las delegaciones del gobierno y de los revolucionarios regresaron a Colombia, representantes del ELN y de las FARC permanecieron en México –con conocimiento y en contacto con las autoridades de Gobernación– por varios años. El 30 de noviembre del año 2000, reunidos los presidentes de Colombia, Venezuela y el todavía presidente electo de México Vicente Fox, se dio una acalorada discusión entre los cancilleres colombiano y venezolano durante la cual se mencionó la existencia en México de una oficina de las FARC. Vicente Fox, sorprendido, intervino para decir que él no lo sabía y que ordenaría su inmediata expulsión. El propio presidente Pastrana terció para explicar que la presencia en México de esa oficina era útil, porque era un punto de contacto y comunicación entre el gobierno y los insurrectos, y pidió que se le permitiera permanecer. Vicente Fox accedió “mientras fueran útiles para la negociación”. Fue hasta mayo de 2002, durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Financiación del Desarrollo, en Monterrey, cuando las negociaciones en El Caguán ya habían fracasado, que el presidente Pastrana le pidió a Fox que se cerrara la oficina de las FARC en México. Así se hizo.

La preocupación del gobierno de facto obedece a su alineamiento ideológico y político con Estados Unidos, pero aduce que tanto la Organización de Estados Americanos (OEA) como el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) han condenado en varias ocasiones actos cometidos por las FARC y los han calificado como acciones terroristas. Eso es cierto, pero no es efectivo. La dificultad estriba en que ni las resoluciones ni los tratados han logrado definir el terrorismo de manera generalmente aceptable ni han podido elaborar una fórmula que permita determinar quién es terrorista y quién no. En la práctica, el término terrorista es sólo un calificativo para el adversario. Los textos de la OEA y de la ONU obedecen a la hegemonía de Estados Unidos y no a la lógica del derecho. El delito de terrorismo internacional no es más que un artilugio que pretende cancelar el derecho de los pueblos a la rebelión. Olvidan la cancillería, la OEA y la ONU que la revolución es un atributo de la soberanía popular que no requiere la aprobación de nadie más que la del propio pueblo que la practica.

En cuanto a los jóvenes internacionalistas mexicanos víctimas del ataque al campamento en Sucumbios hay que decir que los muertos no temen a las investigaciones ni a las causas judiciales. Sería el colmo del cinismo que el gobierno de Colombia pidiera la extradición de Lucía y altamente improbable que el gobierno de Ecuador la entregara. Si en México el gobierno de facto intentara una bellaquería contra ella, agregaría un agravio más a la ira popular que con tanto ahínco ha cultivado. Lo único que corresponde es asegurar el pronto regreso de Lucía a México, a su familia y a su escuela. A los espurios no hay que pedirles ni comprensión ni clemencia. Pero se les exige respeto. Respeto a la conciencia personal, al compromiso social y a la actitud solidaria de nuestros jóvenes internacionalistas.

Ésta es una tesis de política exterior del gobierno legítimo de México.

* Roberto Vega González, Cadetes mexicanos en la guerra de España, Compañía General de Ediciones, México, 1954.
* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/03/22/index.php?section=opinion&article=014a1pol

2 Comments

Filed under Blogroll, Human Rights, News, Politics