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Marichuy: Sobre las enseñanzas de “Las Memorias de Adriano”

Mi afición por la lectura data de mi infancia y como buena autodidacta, nunca seguí ningún tipo de orden en mis lecturas; viéndolo en retrospectiva no sabría decir si esto fue bueno o no. Es más, ni siquiera me lo habría cuestionado de no ser por algo leído en los Cuadernos de Notas de Las Memorias de Adriano, donde Marguertite Yourcenar apunta que hay libros a los que uno no debe atreverse hasta haber cumplido los 40 años. Esta reflexión la hace recordando lo joven que era cuando elaboró la primera versión de ese libro, entre los 20 y los 25 años y que más tarde destruiría completamente.

Dice la autora belga sobre su acercamiento a la vida y obra del emperador Adriano Augusto:

“En todo caso, yo era demasiado joven. Hay libros a los que no hay que atreverse hasta no haber cumplido los cuarenta años. Se corre el riesgo, antes de haber alcanzado esa edad, de desconocer la existencia de grandes fronteras naturales que separan, de persona a persona, de siglo a siglo, la infinita variedad de los seres; o por el contrario, de dar demasiada importancia a las simples divisiones administrativas, a los puestos de aduana, o a las garitas de de los guardias. Me hicieron falta esos años para aprender a calcular exactamente las distancias entre el emperador y yo.”*


Leo esto y pienso que la esencia de su reflexión, va mucho más allá de la escritura. Bien podría aplicarse a la política, el arte de gobernar, a la vida misma. ¿Será que alguno de nuestros eminentes políticos haya leído alguna vez Las Memorias de Adriano?

* Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano. Cuadernos de Notas. Ed. Sudamericana, Barcelona 1999, pág. 297

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Miguel Wiñazki: Cacería de noticias

Existe cierta analogía alegórica entre la cacería y la búsqueda de noticias. En una y en otra actividad se trata de mirar, de elegir la presa, de enfocar, de apuntar con precisión, y de clavar el proyectil, de incrustar la flecha, o la pluma, o la lente de la máquina, o el grabador, en el sitio correcto. Según Marguerite Yourcenar: “Nacida por la necesidad que el hombre tenía de procurarse carne para alimentarse y por la presión de defenderse de las grandes fieras, la caza pasó a ser un arte, el más antiguo de todos, y una pasión también. El hombre encontró en ella la manera de satisfacer su afición al peligro y a las proezas físicas, de complacer su vanidad y su jactancia y, sobre todo, su innata ferocidad”.

Aquí nos interesa la figura del periodista feroz. Precisamente, de aquel que transita casi con lujuria por senderos peligrosos, que alimenta a veces su arrogancia, que busca noticias o las caza con fiereza, y también, (porque también es así en innumerables casos), con coraje. La caza, como bien apunta Yourcenar “se convirtió en una escuela de astucia”. Y mutatis mutandi, no existe un buen periodista que no sea astuto. Un periodista ingenuo es una presa, en lugar de un cazador. Invierte su rol, y fácilmente lo devoran los ladinos diversos de la fauna de taimados que circula en todas partes. ¿Cómo ser astuto sin ser perverso? ¿Cómo cazar sin ser cazado y no por eso derramar la moral en una letrina? Son grandes preguntas para un periodista.

¿Cuáles son los límites ante los que debe detenerse esa ferocidad que anima con adrenalina, emoción y tozudez a los mejores reporteros? ¿Cuándo atenuar la ferocidad…? Esa voracidad tan potente, ese deseo de desocultar, de encontrar una historia excepcional, de contarla… Además, ¿Es el periodista el que apunta a las noticias, y las caza? ¿O las noticias encuentran al periodista?

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