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José Cueli: Instinto de muerte

En una época que se afana por prestigiar la investigación experimental, la tecnología de punta y la comunicación a través de los mass media, de los datos verificables y cuantificables, de las verdades absolutas (?), ¿cómo transmutar en análisis experimentales unas imágenes que no llegan a la conciencia y que la mágica sutileza del sicoanálisis no reclama de nosotros otra realidad que ha de vivirse transportando a otro campo que se nos va de las manos? ¿Cómo transmutarlo si es el sicoanálisis con su instinto de muerte un reactivo al revés, una inopinada visión retrospectiva de lo que es y no es?

Si el mundo se nos revela con ínfulas de urbanidad electrónica suprema, pero desmentido por las disonancia de una agitación estruendosa –guerras, hambre, terrorismo, crueldad, tortura, corrupción, violencia y desintegración familiar, desigualdad social, violación de los más elementales derechos humanos– que lo invade todo, que se diría ser una etapa masiva de cientificidad, que haga un hombre en trance de transformación y traslado, una partícula perfectamente hábil y anodina para el cumplimiento de unos propósitos que rebasan a la razón, pero lo “adaptan” a vivir en sociedad, cuya finalidad nadie penetra.

El instinto de muerte freudiano es anterior a este desmando crítico, perpetuamente tornadizo, apresado en garras de eternidad. Tratar de detener lo que se nos escapa, se nos va de las manos, en un laboratorio es cosa vana. ¿Es la materia la que queda o la que se va, la que se transforma, la que se traspone? ¿Y, las formas se pierden o, más bien, se repiten, se eternizan como anunciaba Freud en Más allá del principio del placer? ¿Qué da movimiento al instinto de muerte, a la crueldad, a la violencia y a la tortura?

Freud amplía la noción de psique y al lado opuesto de la razón encuentra el inconsciente, y en oposición al instinto de vida encuentra el de muerte, estableciendo de este modo la posibilidad de concebir, como parte constitutiva de lo humano, esa fuerza contraria a la razón, determinante para explicar lo que hasta entonces había quedado inaccesible a la ciencia.

Freud no es aceptado por la academia positivista propietaria de la ciencia, porque ésta es hija de la razón, y la razón no acepta al inconsciente, al no ser medible ni predecible ni verificable.

Fue el siglo XX, ¿y lo será el XXI?, la centuria de la ciencia de los hechos, el método experimental, el de intervenir en su conjunto, incluyendo al hombre dándole las formas más caprichosas. La estructura del universo se va descifrando por la actitud omnipotente del hombre que no considera límites físicos ni sociales ni morales a sus actos, pues cree que él mismo fue quien los inventó.

Sin embargo, tanto científicismo que deja de lado a la sicología de las profundidades de Freud no ha podido, sino por el contrario, frenar la descomposición social y la violencia y capacidad de la destructividad humana. No es ignorando al inconsciente y a la parte “negra” que nos habita y constituye como lograremos, si es que es posible, dar todavía esperanza al futuro de la humanidad.

De nada ha servido la ciencia medible, precisa y aséptica que ha dado paso a la creación de tecnología de punta para crear armamento complejo para matar y aniquilar.

Hartos estamos de escuchar discursos cargados de estulticia en los que se habla y actúa desde la prepotencia imperialista de “bombas inteligentes”, guerras, (léase) matanzas preventivas. Ya no cabe el engaño.

A pesar de la manipulación y el uso alevoso y perverso de los mass media, las imágenes de tortura no hacen sino constatar que hemos perdido el rumbo.

Quizá aún haya tiempo de enmendar tantos errores. Pero para ello habrá que estudiar con más profundidad la naturaleza humana.

http://www.jornada.unam.mx/2008/09/19/index.php?section=opinion&article=a06a1cul

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José Cueli: La soberana crueldad

Jacques Derrida lanza en su libro Estados de ánimos del psicoanálisis: lo imposible más allá de la soberana crueldad no sólo un reto al sicoanálisis sino a todo el pensamiento contemporáneo, particularmente en los ámbitos de la ética, la política y la jurisprudencia.

Si bien con sus numerosos textos sobre la deconstrucción en los que hace una demoledora crítica a la metafísica occidental (fonologocéntrica), con éste y otros libros, como Políticas de la amistad y Hospitalidad, nos va conduciendo a repensar los males que aquejan a la humanidad y ello culmina en el texto mencionado al inicio donde abiertamente reclama al sicoanálisis el hecho de no haberse propuesto todavía pensar y penetrar en los axiomas de lo ético, lo político y lo jurídico.

Sus críticas al sicoanálisis han sido duras. Su mejor aval para ello es el profundo conocimiento del mismo y el valor de sus sólidas argumentaciones estriba en que ha hecho un verdadero trabajo de exégesis sobre el mismo.

En este inicio de siglo marcado, como señala Derrida, por “el fantasma teológico de la soberanía y donde se producen los acontecimientos geopolíticos más traumáticos, digamos incluso, confusamente, más crueles de estos tiempos” el lugar protagónico lo ocupa la crueldad.

Por una parte guerras, genocidios, terrorismo e intolerables violaciones a los más elementales derechos humanos, como es el derecho a la vida y la libertad que se ven, como en los casos de secuestro, brutalmente soliviantados.

En éstos no sólo la crueldad se enseñorea sobre la víctima directa sino sobre sus familias y sobre toda la sociedad en general que vive aterrorizada con semejantes atrocidades que se incrementan, de manera alarmante, día con día.

Por otra parte aparecen, como enfatiza Derrida, declaraciones de derechos del hombre y la mujer, condenas al genocidio, el concepto de crimen contra la humanidad, la creación de instancias internacionales y la denuncia sobre la crueldad desmedida que a la luz de las propias soberanías se ejerce sin control sobre los individuos.

Derrida insiste en que resulta imperativo abordar el concepto de crueldad al que califica de confuso y enigmático, y que permanece, según su opinión, en el oscurantismo tanto en el sicoanálisis como fuera de éste.

El reto planteado al sicoanálisis, según Derrida, sería: “Realmente hablamos de coartada, menos sin alguna presunción de crimen. Ni de crimen sin alguna sospecha de crueldad. Pasa por todas partes, desde la definición del psicoanálisis. Pero (psicoanálisis) sería el nombre de eso que, sin coartada teológica ni de cualquier otra clase, se volcaría hacia lo que la crueldad psíquica tendría de más propio”.

Para Derrida el sicoanálisis sería el nombre de eso (sin coartada), sí, según él, esto fuera posible. El reto lanzado por Derrida al sicoanálisis debe ser tomado y, como dice Lapalanche, hay que poner a trabajar los conceptos y al propio Freud, en lugar de encasillarlo en una simple terapia adaptativa con pretensiones simplistas de curación.

El sicoanálisis es mucho más que eso, mejor dicho, es otra cosa. Busca, por definición, el desciframiento del texto inconsciente que se nos presenta como algo enigmático. Visto así, la crueldad también enigmática requiere un trabajo de desciframiento.

Profundizar en ello, como aconseja Derrida, es tarea impostergable para el sicoanálisis. No debemos seguir permitiendo que la crueldad se abata sobre los sujetos sin miramiento alguno. No podemos permitir tener que seguir viviendo en el terror y la angustia de ser atropellados por tragedias como el secuestro que representan traumas que no pueden elaborarse.

¿Quién puede resignarse a la brutal muerte de un familiar y particularmente a la muerte de un hijo?

Esas heridas nunca cicatrizan, nos llenan de odio, impotencia y confusión. La vida de los afectados nunca vuelve a ser la misma.

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José Cueli: Lo omnioso

Infinidad de adjetivos se han vertido en días recientes para intentar calificar el estado emocional y los afectos que los acontecimientos recientes nos han despertado. A las brutales y desgarradoras imágenes se han agregado las palabras que intentan dar cuenta de lo experimentado en lo más íntimo de nuestro ser. Pero una vez más corroboramos que el lenguaje no nos alcanza para dar cuenta de lo que discurre por lo síquico, que siempre hay un plus que se escapa. Saturados los sentidos, aturdida la razón, rebasada nuestra capacidad elaborativa, sólo nos queda la confusión y el desasosiego.

La ficción ha rebasado a la realidad, y ahora el “enemigo” (la diferencia de conflagraciones anteriores) es del orden del fantasma, del orden de “algo” amenazante que no tiene rostro, de una amenaza que no puede encuadrarse en el tiempo ni en el espacio y que por tanto nos confronta descarnadamente a una experiencia ominosa, siniestra.

Freud publica en 1919 un escrito sobre la experiencia de lo ominoso. Allí puntualiza que no hay duda alguna de que lo ominoso, lo siniestro, pertenece al orden de lo terrorífico, siendo aquello que suscita angustia y horror. Para él, lo ominoso es aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido de antiguo, a lo familiar desde hace largo tiempo. Al preguntarse cómo es posible que algo familiar se vuelva ominoso y en qué condiciones se presenta de esta forma, recurre al análisis de la palabra alemana unheimlich, que es lo opuesto de heimlich, que puede ser traducido como familiar, íntimo; luego entonces, lo unheimlich, lo ominoso, resulta algo terrorífico justamente porque no es consabido. Sin embargo, nos advierte lo siguiente: “Sólo puede decirse que lo novedoso se vuelve fácilmente terrorífico y ominoso; algo de lo novedoso es ominoso pero no todo. A lo nuevo y no familiar tiene que agregarse algo que lo vuelva ominoso (…) Lo ominoso sería siempre, en verdad, algo dentro de lo cual uno no se orienta”.

Lo heimlich se torna unheimlich, pero como Freud nos advierte, el vocablo no es unívoco, por tanto está abierto a múltiples sentidos y que lo que allí aparece es el retorno de lo reprimido, de lo reprimido infantil. El texto citado continúa con el análisis de una de las Piezas nocturnas, de Hoffman: El hombre de arena. Hace aquí valiosas aportaciones en cuanto al efecto del doble qué, en su origen, “fue una seguridad contra el sepultamiento del yo, una enérgica desmentida del poder de la muerte… el recurso a esa duplicación para defenderse del aniquilamiento… de un seguro de supervivencia, pasa a ser el ominoso anunciador de la muerte”.

La lectura de este texto de Freud ilustra a la perfección el juego macabro en el que parecemos suspendidos, como marionetas, en estos terribles momentos. Así como Nathaniel, el personaje de Hoffman, experimentó lo siniestro en la infancia al escuchar el relato del hombre de arena y el posterior encuentro con el óptico Coppola lo aterró, así nosotros creemos reconocer las figuras terroríficas de la infancia, en las aterradoras imágenes que las televisoras no se cansan de explotar.

Aquello antaño hospitalario se nos torna agreste e inhóspito, el amigo en enemigo, el civilizado en salvaje agresor, la seguridad en miedo, la certidumbre en paranoia y todo se torna un desdoblamiento especular de aquello íntimo, familiar y a la vez siniestro que nos habita. Se confunden el adentro y el afuera, la fantasía con la realidad y la razón se sale de sus goznes. Ante el “enemigo” sin rostro, ante el retorno de lo reprimido, ante la amenaza de lo fantasmático, aparecen, inevitablemente, las fantasías más arcaicas, la paranoia y las actuaciones. La angustia lo matiza todo, lo más irracional aflora y la capacidad para la reflexión nos abandona, creencia y delirio se traslapan con los graves riesgos que esto conlleva.

Parafraseando a Freud; el mundo se nos ha tornado unheimlich, el mundo se nos ha poblado de fantasmas. Convendría recordar en estos momentos las palabras del poeta Meleagro: “La única patria, extranjero, es el mundo en que vivimos; un único caos produjo a todos los mortales”.

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José Cueli: La circuncisión y el amor brujo

El modelo del “Block Maravilloso” freudiano, en opinión de Jacques Derrida, incorpora entre otras cosas lo que en apariencia habría parecido contradecir, bajo la forma de una pulsión de destrucción, la propia pulsión de conservación, que se podría denominar la pulsión de archivo, el mal del archivo: “Ciertamente no habría deseo de archivo sin la finitud radical; sin la posibilidad de un olvido que no se limita a la represión. Sobre todo, y he aquí lo más grave, más allá o más acá de ese simple límite que se llama finidad o finitud: no habría mal de archivo sin la amenaza de esa pulsión de muerte, de agresión y de destrucción. Ahora bien, esta amenaza es infinita, arrastra la lógica de la finitud y los simples límites fácticos, la estética trascendental, se podría decir, las condiciones espacio-temporales de la conservación. Digamos más bien que abusa de ellos”.

En la implicación de lo infinito, el mal de archivo está tocando el mal radical.

El otro aspecto crucial aludido por Derrida es el asunto de la singularidad literal que se perfila hacia la figurabilidad. “Inscribiendo de nuevo la inscripción, conmemora a su manera, en efecto, una circuncisión”. Trazo que marca una incisión en plena piel. Asunto de estratificación laminada, sobreimpresión peliculada de marcas epidérmicas que desafían al análisis. Archivos sedimentados, de los cuales algunos estuvieran como tatuajes, inscritos en plena epidermis de un cuerpo propio” (…) Imposible capricho epidérmico (…) Figurabilidad y pulsión de destrucción que se maquilla con tintes de erotismo, siendo un hermoso ejemplo de ello el desesperado cante al amor perdido que incita a la realización de sortilegios y de invocación a las fuerzas del mal, en el rincón de los “encantamientos” como en la obra El amor brujo, de Manuel de Falla: imagen del fuego fatuo, si le huyes te persigue, si le llamas echa a correr. Está donde no le llaman, acude cuando no se le invoca (…) Presencia de una ausencia, fugacidad del instante…

Asimismo, las alusiones de Derrida al asunto de la estratificación laminada, de la sobre-impresión peliculada y de la resistencia y desafío al análisis que bien puede conectarse con la mecánica del proceso onírico.

Después del tatuaje, la cicatriz u ombligo del sueño o del texto –el sueño es una lectura-escritura– desaparecen y se ocultan (en su develamiento) bajo todo género de ropajes. Es en el ombligo del sueño-sueño (La inyección de Irma) el lugar en que los hilos del sueño se aposentan en el no-sentido. Ese ombligo incognoscible –dice Freud– donde los hilos del sentido se enmarañan haciendo imposible desenredarlos, ese centro, el no sentido, que es tanto como aceptar que la clausura de la metafísica no es hermética, sino que presenta fisuras por donde lo irracional hace su aparición.

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José Cueli: Confrontación profunda

Existe entre Freud y Wittgenstein un acento en común. La obra de ambos, a su manera, produjo un efecto subversivo sobre el saber.

La obra de los dos tiene como esencia un quehacer analítico. La piedra angular, para Freud, fue el desciframiento del lenguaje del insconsciente; para Wittgenstein, los “juegos del lenguaje”. Ambos pertenecieron al universo cultural vienés, pero en lo formal nunca hubo un encuentro entre ellos.

Sin embargo, entre la obra de estos dos talentos existe una interesante y fecunda confrontación. Como dice Assoun: “Más allá de ese encuentro frustrado, la confrontación de los ‘entendimientos’ ya no puede aplazarse sin que se transforme en una denegación filosófica”. Esta confrontación teórica, dada la riqueza de ambas obras, merece una tarea de exégesis, permitiendo la creación de un espacio donde el fundador del sicoanálisis y el filósofo de los “juegos del lenguaje” puedan establecer un diálogo con nosotros.

En el texto de Wittgenstein, Conversaciones sobre Freud, quien según sus propias palabras se consideraba discípulo de Freud, establece una confrontación que se basa, en cierta medida, en la temática de esa “actitud crítica”: a partir de la lógica del asentimiento sicoanalítico. Wittgenstein inaugura un camino, después seguido por Derrida, de una crítica y un rexamen de la teoría freudiana de la interpretación (a través de la “vía regia” de acceso al inconsciente: los sueños), que se convierte en interesante crítica epistemológica del modo de pensar y de la racionalidad analíticas.

En realidad, la obra de ambos lo que instaura es una apertura al pensamiento contemporáneo para repensar el inconsciente y el lenguaje, la racionalidad y la ética e incluso el malestar en la cultura. Se abre también con ello la interrogación sobre el saber y el estatuto del sujeto.

La confrontación Wittgenstein-Freud, fecunda y exegética por naturaleza, no sólo representa el encuentro de dos formas de pensamiento, sino el diálogo posible entre la filosofía y el sicoanálisis.

Cabe aquí citar algunas interesantes reflexiones que Marcelo Pasternac, en su excelente libro Lacan o Derrida: psicoanálisis o análisis deconstructivo, de reciente publicación, hace al respecto: “El psicoanálisis y la filosofía son prácticas, campos, actividades, ámbitos (Wittgenstein diría son ‘juegos de lenguaje’) distintos”.

Dicho así suena como una evidencia que no necesita más consideraciones y que, por tanto, no justificaría que se pierda tanto tiempo en disquisiciones. Sin embargo, esa “evidencia” no resulta tan evidente. “Hay filósofos que no se privan de disertar sobre el psicoanálisis y de hacerle observaciones y objeciones que no deberían dejar indiferentes a los psicoanalistas. Por su parte, los hallazgos del psicoanálisis no deberían carecer de consecuencias sobre las elaboraciones de los filósofos, no dejarían de imponer, si son válidos, ciertos límites al despliegue de las concepciones filosóficas”.

En mi opinión, y de acuerdo con Pasternac, a los sicoanalistas nos interesa leer la obra de filósofos que objeten y critiquen con seriedad y con fundamento al sicoanálisis. De ahí el particular interés que despiertan las obras de Wittgenstein y Derrida para nosotros.

Con Wittgenstein el cuestionamiento atraviesa por el tema del asentimiento en el sicoanálisis, mientras que con Derrida, en su obra reciente, la disertación se focaliza en el problema de la resistencia al y del sicoanálisis.

En este diálogo continuo con el episteme, como señala Pasternac, el picoanálisis puede ubicarse en la categoría de “una práctica y un saber que pueden sostener su pertinencia y su racionalidad sin apelar al dominio de la creencia y que, más aún, pueden dar cuenta de la cuestión de la “creencia” como una dimensión de la subjetividad y como un aspecto que está en juego en el devenir mismo de la experiencia analítica, como algo que el mismo psicoanálisis permitirá destituir en su culminación en el fin de un análisis cuando sobre su ruina se instituya el sujeto, eventualmente como pasaje de la posición de analizante a la de analista”.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/05/02/index.php?section=opinion&article=a06a1cul

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José Cueli: Wittgenstein: juegos de lenguaje

Ludwig Wittgenstein murió en Cambridge, el 29 de abril de 1951, en casa de su amigo el doctor Bevan, no pudiendo hacerlo como él hubiera querido, como hermano lego en un convento dominico de los Midlands. Exiliado en sí mismo, encerrado en su piel como él solía decir, sus últimas palabras, dirigidas a la señora Bevan, fueron: “dígales que mi vida ha sido maravillosa”.

Aquél que dedicó su vida a la tarea de pensar conoció los fantasmas de la insania, la pobreza (habiendo sido uno de los hombres más ricos de Europa), la soledad y el suicidio; revolucionó la filosofía occidental en dos ocasiones; la primera, cuando contaba con tan sólo 20 años y, la segunda, en plena madurez, cuando rondaba los 50. Sacudió los fundamentos y las certezas de la filosofía tradicional, por tanto, a partir de sus enunciaciones la filosofía y el hombre no pueden ser ya pensados de la misma forma. Sus palabras fueron profecías de nuevos tiempos, de nuevas formas de entender al ser humano, el lenguaje y el pensamiento, la razón y el sentido. Con la apertura que su obra implica, la teoría filosófica al estilo tradicional, los paradigmas universales y trascendentales, las certezas y el sentido único resultan ya inaceptables. Los imperativos y los principios categoriales llegan a su fin. Su propuesta plantea un adiós definitivo a los fundamentos.

Para Wittgenstein, la racionalidad que puede haber en el lenguaje conlleva mil juegos y contextos distintos, con reglas diferentes para cada uno. Cualquier significado y cualquier sentido que emane del lenguaje siempre es relativo, lo demás son tan sólo fantasmas.

Su teorización acerca del sentido no lo conduce a una nueva teoría sino, por el contrario, a la exclusión de todas ellas.

La filosofía wittgensteniana libera de los agobios y esclavitudes que generan los problemas mal planteados que agitan al espíritu humano. Problemas que pretenden, vía argumentos lógicos y en extremo racionalizados y cerrados y que a ese nivel no significan, en realidad, nada ni tienen solución ni son problemas ni sus planteamientos y resoluciones resultan útiles ni válidos.

Para Wittgenstein, el lenguaje consiste en mil juegos, el uso diario de las palabras genera todo y cualquier sentido en el mundo. Cualquier significado y sentido de las cosas es relativo siempre. Concibe la filosofía como una terapia del espíritu, claridad de pensamientos para alcanzar una paz en el pensar que desemboque en una serena convivencia en soledad.

En palabras del propio pensador: “La filosofía es una praxis analítica y crítica del lenguaje, un estilo de vida y de pensar, no una doctrina”.

La filosofía, para él, no es un cuerpo doctrinal, no tiene un lenguaje propio ni un método concreto, tan sólo intenta, a partir de preguntas sin fin, aclarar las cosas mediante el esclarecimiento de su presentación lingüística.

En 1916, sin ambages, sentenció que la primera condición para filosofar es la desconfianza en la gramática. Vemos aquí una feliz coincidencia con el pensamiento de Nietzsche, cuando el filósofo alemán, sin concesión alguna de su parte, enunciaba:

“Ah, la razón, esa vieja hembra embustera. No nos liberaremos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática” (1888).

La propuesta filosófica de Wittgenstein nos conduce a preguntarnos si cuando hablamos en verdad decimos algo, y si decimos algo en verdad, qué decimos y desde dónde lo hacemos, desde qué juego lingüístico, qué contexto, qué forma de vida. Para él, las palabras también son acciones, que denotan, según la forma de expresión lingüística “fines, deseos o vacíos concretos”.

Sus obras, tanto el Tractatus como Investigaciones plantean un profundo cuestionamiento a las potencialidades de la razón, que en cierta forma prolonga el advenimiento de la aguda crítica que sobre la razón, la certeza, el sentido único, la centralidad y la fijeza ha emprendido el pensamiento posmoderno.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/04/25/index.php?section=opinion&article=a04a1cul

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José Cueli: La différance

En el capítulo Políticas de la diferencia, del libro Y mañana qué, Jacques Derrida y Elizabeth Roudinesco llevan a cabo una interesante reflexión en torno a un tema que a todos nos atañe: la diferencia. Dicho concepto es vasto y complejo, ya que involucra y trasvasa a prácticamente todos los fenómenos humanos en las vertientes sexual, étnica, política, religiosa, cultural y social.

Este aspecto esencial y decisivo en la esencia de la persona se encuentra también en la base de casi todos los conflictos humanos. desde la discriminación, marginación y exclusión hasta los de carácter bélico, las limpiezas étnicas, la criminalidad y el terrorismo. De ahí la importancia de profundizar en este aspecto tan complejo. Y en ello quizá sea justamente Derrida, en la actualidad, quien mejor ha sondeado las profundidades de tan seria problemática.

En la nueva corriente filosófica postulada por Derrida como deconstrucción, un concepto crucial es el de la différence. Derrida escribe (como señala Roudinesco) por primera vez este término en 1965, en un artículo dedicado a Antonin Artaud, “La palabra soplada”, que aparecería por primera vez en la revista Tel Quel y posteriormente en su libro La escritura y la diferencia. Cabe aquí aclarar que en francés différence y différance se pronuncian de la misma manera y que la ambigüedad sólo se percibe en la escritura. Según Roudinesco el término hace pensar tanto en el Nietzsche de El nacimiento de la tragedia como en la noción de lo heterogéneo de Georges Bataille, quien influenciado por el pensamiento de Marcel Mauss hace una distinción estructural en el análisis de las sociedades humanas, en el cual distingue dos polos posibles: el de lo homogéneo o campo de la sociedad humana y productiva, y el heterogéneo en el cual situaría lo pulsional, lo sagrado, la locura, el crimen, lo improductivo, lo excrementicio, lo cual, para él, resulta imposible de simbolizar o asentar en el campo de la razón. Sería, por tanto, una existencia “otra”, fuera o mejor dicho expulsada de todas las normas. En este punto Roudinesco enlaza con la différance derridiana que, según la autora, trataría de definir (si esto es posible) una suerte de “parte maldita”, “una diferencia en el sentido del absoluto o de la duplicidad, algo que no se deja simbolizar y que excede a la representación”. Ella interpretaría la différance como la “anarquía improvisadora” que sería portadora de la negatividad, pero también de una alteridad que escaparía sin cesar a lo mismo y a lo idéntico.

Esta idea fue desarrollada por Derrida tanto en La pharmacie de Plato, como en su texto La diseminación. En esta lectura del Fedro, el filósofo francés analiza el mito de Thot (Theuth), quien es a la vez dios de la escritura, droga (pharmakon) y remedio contra la misma. Frente a la disertación de Roudinesco en torno a la différance, Derrida responde: “lo que la différance tiene de universalizable frente a las diferencias es que permite pensar el proceso de diferenciación más allá de toda especie de límites: y se trate de límites culturales, nacionales, lingüísticos e incluso humanos. Hay différance no bien hay una huella viviente, una relación vida/muerte, presencia/ausencia”.

Agrega que la différance no es una distinción ni una esencia ni una oposición, sino un movimiento de espaciamiento, un “devenir espacio” del tiempo, un “devenir tiempo” del espacio, una referencia a la alteridad.

Derrida concluye que bajo estas circunstancias siempre ha desconfiado del culto a la identidad, así como de lo comunitario, ya que conlleva, entre otros riesgos, el de desembocar en un narcisismo de las minorías. Por ello, para él y “el comunitarismo o el Estado-nacionalismo” representan las figuras más evidentes de ese riesgo y, por tanto, de ese límite en la solidaridad.

“El riesgo debe ser revaluado a cada instante, en contextos móviles que den lugar a transacciones siempre originales”. Nos alerta, por tanto, ante el hecho de no caer en reduccionismos en cuanto a las responsabilidades políticas ante situaciones tan complejas, contradictorias y sobredeterminadas.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/03/21/index.php?section=opinion&article=a06a1cul

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