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Jorge Camil: AMLO: boxeo de sombra

Boxeo de sombra, le dicen, shadow boxing. Y el ejercicio, que se aplica a todos los deportes de contacto, a pesar de llevar por delante el nombre del boxeo, consiste en preparar los músculos para movimientos que serán realizados con mayor intensidad en una actividad física más rigurosa. Se trata de relajar los músculos, de hacerlos más elásticos, de preparar inclusive la mente para lo que ha de venir inevitablemente: ¡el combate cuerpo a cuerpo! (Desconozco si el término se utiliza en actividades militares, donde el combate es siempre a muerte. Pero concluyo que no, porque en los avatares castrenses el combate, antaño cuerpo a cuerpo y con bayoneta calada, es hoy una batalla tecnológica; se destruye al enemigo, a más enemigos, con armas letales disparadas desde el teclado de una computadora.)

Se sabe que lo practican karatecas, judocas y los fervientes devotos del taekwando, con frecuencia frente al espejo, para comprobar la posición de los puños, la rigidez del antebrazo y la flexibilidad de las piernas; probablemente la ferocidad del rostro, porque los ataques van siempre acompañados de gritos ensordecedores destinados a aturdir al enemigo; la sorpresa es siempre de vital importancia. Lo utilizan también los luchadores. Ellos, por grotesco que parezca, practican con todas sus carnes estrategias que simulan los movimientos de un formidable enemigo imaginario.

En el mundo de negocios lo practican los golfistas, tan alejados del combate cuerpo a cuerpo como del cielo a la tierra; lo realizan en elegantes oficinas donde practican golpes con todos los hierros. Usan también el espejo para comprobar la postura de la cadera, la caída del hombro, el ángulo del codo y la posición de las piernas. ¿Lo practicarán los violinistas? Porque los pianistas profesionales disponen desde hace tiempo de “teclados mudos”, en los que estimulan la memoria muscular y simulan los pianissimos y fortissimos que utilizarán después en el teclado sonoro. ¿Pero, por Dios, boxeo de sombra en política?

Aparentemente existe, porque es lo que vemos en relación con el tema del petróleo. Todos practican sus movimientos en privado. Nadie sube al cuadrilátero, nadie se arriesga. Sólo los futuros jugadores conocen el juego. Eso es también consistente con el boxeo de sombra, porque una de sus características exige lanzar golpes al aire, a nadie en particular. Aunque algunos de los futuros boxeadores políticos se imaginen con cada golpe la cara de enemigos específicos, algunos dentro del mismo partido. Muy pocos, los más avezados –es el caso de Andrés Manuel López Obrador–, saben perfectamente bien a quién se enfrentarán. Conocen el estilo, la forma de ataque, los lados fuertes y el lado flaco; se han enfrentado muchas veces. Son veteranos de mil combates: el desafuero, los debates presidenciales, la campaña, la elección de 2006, la toma de posesión en San Lázaro, los bloqueos, la investidura de la “presidencia legítima”. ¿Estamos acaso a punto de presenciar la pelea estelar?

AMLO ha peleado, inclusive, con el antecesor del actual contrincante: conoce el estilo. Pero el contrincante conoce su estilo también, es el problema. Ha vivido todo el sexenio enfrentado al mismo enemigo: ¡el conflicto electoral interminable! Ahora disfrazado de barril de petróleo, cubierto con la capa inefable de la soberanía, oculto tras la máscara de los globalifóbicos. Pero es el mismo enemigo. Y aquí vivimos un juego de suma cero en el que sólo puede haber un ganador. El perdedor quedará irremediablemente tirado en la lona, porque no pueden gritar ¡jaque mate! ambos ajedrecistas, ni triunfar los dos tenistas en la cancha. Uno gana y el otro se va a casa.

Regresando a la política cabe preguntar: ¿nos aproximamos a esa situación? Porque la reforma energética es hasta hoy un fantasma. Nadie la conoce, nadie la ha visto: ¿existe? Unos la han prometido, y otros se aprestan a combatirla con su propia vida. En la patriótica nacionalización del petróleo decretada por Lázaro Cárdenas había un solo contrincante: las petroleras que retaron al presidente al final de un acrimonioso conflicto laboral. “¿Y a usted, general, quién lo garantiza?”, cuestionó a don Lázaro un insolente petrolero a quien el mandatario le había preguntado cómo garantizarían las compañías el cumplimiento del laudo laboral con el que fueron derrotadas. Cárdenas, el estadista, no tuvo alternativa: las compañías recibidas con los brazos abiertos por otro general, Porfirio Díaz, retaban hoy al gobierno; se sentían más poderosas que el Estado. Contestó la ofensa con la nacionalización, acto visionario que nos dio independencia económica.

Hoy la pelea es entre nosotros y divide a la República. El boxeo de sombra es deporte de un jugador que tiene con frecuencia un solo propósito: la pelea por el título. ¿Ha llegado el momento de enfrentar a la “presidencia legítima” con la presidencia de Felipe Calderón? En política, como en la vida, todo se reduce a escoger el momento preciso; timing le llaman los ingleses. Ese momento desapareció cuando se abandonó la pelea del “voto por voto”.
http://www.jornada.unam.mx/2008/04/04/index.php?section=opinion&article=021a1pol

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Jorge Camil: Partidocracia: república del cambalache

¿Qué diablos es la partidocracia: usted lo sabe? La respuesta fácil es que se trata de un gobierno de partidos políticos. Pero eso no resuelve el problema, porque el segundo paso sería identificar al beneficiario de este singular sistema de gobierno: ¿es el pueblo o son los propios partidos políticos? Porque si es lo segundo estamos fritos, especialmente en un país como el nuestro. ¡Imagínese!, rodeados como estamos de partidos grandes, medianos y pequeños, y hasta partidos familiares organizados para lucrar: ¿quién manda? ¿Quién obedece? ¿Cómo se ponen de acuerdo?

Aristóteles, que estudió las formas de gobierno, reconoció entre las preferibles a la monarquía, la aristocracia y la república constitucional. (Usted perdone, pero como en la antigua Grecia no había partidos políticos el discípulo de Platón no incluyó a la “partidocracia”. Ésa se nos ocurrió siglos después a los mexicanos.) Entre las formas menos deseables, que son perversiones de las primeras, Aristóteles alineó a la tiranía, la oligarquía y nuestra trillada democracia. Sí, no se asombre, el autor de La política, al igual que Winston Churchill, no consideraba a la democracia como la mejor forma de gobierno. Recomendaba que en un mundo ideal rigiera un monarca sabio y bondadoso. Pero como los mundos ideales sólo se dan en los cuentos de hadas y los monarcas bondadosos son difíciles de encontrar (ahí tiene a Juan Carlos y su iracundo “¿por qué no te callas?”), Aristóteles, siempre visionario, concibió como segunda opción una aristocracia inteligente y solidaria que gobernara para el pueblo.

Pero las aristocracias nunca son inteligentes y siempre tienden a convertirse en oligarquías, por eso sugirió, anclado en el realismo, la república constitucional: una forma verosímil, en la que se funden en santa paz gobernantes y gobernados bajo el imperio de la ley. Nosotros, aunque no lo conocemos, lo llamamos Estado de derecho, y los ingleses the rule of law (gobierno de la ley). Esta forma de gobierno era siempre preferible al poder avasallador e impredecible de las mayorías, que no es más que nuestra bendita democracia, a la que todos aspiramos gracias a Abraham Lincoln, que imploró que jamás desapareciera de la faz de la tierra el “gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”; y también a George W. Bush, con el cuento de las supuestas bendiciones que derraman su falaz democracia, su bipartidismo y la “libertad estilo Guantánamo”.

¿Pero qué es, entonces, la partidocracia? No es democracia, puesto que nadie eligió como tales a los partidos políticos que nos gobiernan. Tampoco es monarquía, salvo que estemos dispuestos a coronar a Beltrones, Navarrete y Creel reyes de San Lázaro. Así que quítese de cuentos, la partidocracia es, como la aristocracia, el gobierno de unos cuantos. Pero como nadie en su sano juicio se atrevería a insinuar que nuestros honorables legisladores y dirigentes partidistas son precisamente “aristócratas”, debemos concluir que constituyen una oligarquía: el gobierno de unos cuantos que rigen en beneficio propio.

Al final del día la partidocracia, desmenuzada a la luz del filtro aristotélico, es una de las peores formas de gobierno: ¡un paso antes de la tiranía! Y eso es lo que muestran los resultados. Un país en estado caótico, gobernado por partidos que secuestraron a uno de los poderes de la Unión, el Poder Legislativo, para gobernar y chantajear a su antojo; para controlar a los otros dos poderes y mantenerlos a raya. El Presidente no puede moverse sin la anuencia de los partidos (en cuyas garras continúa atrapado como cordero lechal el éxito de su administración), y las sentencias de la Corte en asuntos de importancia nacional comienzan a mostrar indicios de alianzas partidistas. (Así lo manifiesta la lamentable sentencia en el caso de Lydia Cacho: un churrigueresco fallo judicial que despide el mal olor de acuerdos que le permitieron al PRI mantener a uno de los suyos en el poder, y al partido del Presidente continuar realizando las reformas prometidas.) ¿Eso es gobernar? ¡No! Es partidocracia.

Desapareció la ideología, murieron las propuestas, se desvanecieron las diferencias entre izquierdas y derechas. Todo es coyuntural: qué me das, y qué te doy. Qué necesitas de mí, y qué requiero de ti. Un gobierno de toma y daca. La república del cambalache. Un mercado en el que todo se ofrece al mejor postor. El partido del Presidente se hace de la vista gorda con los gobernadores de Puebla y Oaxaca, y el PRI, convertido en el flanco más o menos izquierdo del PAN, aprueba una reforma judicial que viola las garantías individuales y desconoce 100 años de vida constitucional, pero que le permite al Presidente cumplir acuerdos con el amigo Bush. Los partidos perdedores defenestran al IFE, y el partido ganador tolera un sustituto nebuloso que calificará la elección de 2012. Ya veremos entonces cuál será la moneda de cambio. Escribo de política en vísperas de Año Nuevo recordando a Paco Umbral: “la política es nuestro futbol, porque arreglar no vamos a arreglar nada”. Así que diviértase.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2007/12/28/index.php?section=opinion&article=016a1pol

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