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José Angel Cuevas: Desgraciados Países

Ustedes, los países que no han pasado por una ocupación militar indefinida

no saben nada /viven como niños

oh se sufre, se sufre, las ciudades empequeñecen sin vida pública/ irremediablemente

no van cantando los muertos bajo las montañas/ las nubes de una urbe vacía

el ullar  terrible de las noches bajo un estado militar

por qué soportar tanto/ por qué tener que soportar tanto

todo va bien mañana mejor dice Karl Olivera el publicista corrupto/ pero no/ no:

Es la mayor cantidad de sufrimiento organizado

y no informado que puede soprtar una ciudad

las familias se encierran en sí mimas

familias completas huyen por los cerros

uno trata de conectarse a otras radios/ otros continentes

para saber qué esta paasando,

Dios podría ayudar mucho/ pero mucho en las Zonas sometidas a la División

Control Ciudadano y Comunicaciones

nadie quiere ahora que le digan la palabra dictadura

que le refrieguen el dedo acusándolo de

auschwitz o puchuncaví/ llorando

en una casa de putas mirando la luna

que amanezca/ aclare/ y se levante la restricción sobre personas

animales y cosas

gente desquiciada que adora el silencio/ la muerte

de las calle vacías/ mujeres felices

por la sencilla razón de/ que sus maridos llegarán temprano

al fuego del hogar. qué fuego qué hogar

es una escena ignomiosa esa

uno pide por los que enfrentan la muerte/ sabe que está

siendo seguido/ sabe que llevaron a josé Muñoz llamado héctor

hacia un cerro y que no ha vuelto nunca más

los países que no han caído bajo una ocupación militar indefinida

no saben/ el pobre habitante mira la cordillera/ ve la televisión/ escucha

matanzas lejanas

los no-ciudadanos vagan haban despacio/ al cabo de largos meses/ años

no tienen nacionalidad ni derechos ni nombre de pila tienen/

después son degollados/ los escupen a la cara/

lo peor que le puede pasar a una patria/ es una forma de morirse

y si llegara a terminar alguna vez/ el hombre se saca

del cuerpo la tnaza/ pero queda perplejo/

los países quedan heridos

pasan largo tiempo sin recuperar el habla

deben aplicarse electroshock/ someterse al olvido/ beber

beber/ hablar de otra cosa/ los países tratan de reordenarse reciclarse

las víctimas no pueden hacerlo por ellas mismas/ se les aparecen

noches/ autos que sacan a sus padres/ se los llevan

lloran las víctimas cuando vuelven esas sombras

sentadas a los pies de la cama

se quedan mirando al vacío sin fondo del país real/ país irreal

que ha caído/ bajo el peso de una ocupación militar/ indefinida

sin plazos

sin metas

* Cuevas, José Ángel, Desgraciados países, en: Revista de Poesía “El Cocodrilo”, num 7/8, 1994/1995, pp 58-59

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Miguel Marín Bosch: Cinco años miserables

La semana pasada se cumplieron cinco años de la invasión y ocupación de Irak por Estados Unidos. Washington improvisó una coalición de una veintena de países, cuya participación, con excepción del Reino Unido, ha sido discreta, por no decir simbólica.

La fase inicial del intenso ataque militar duró poco menos de ocho semanas. Con la toma de Bagdad, el presidente George W. Bush pudo declarar en mayo de 2003: misión cumplida. ¿Recuerdan esa imagen de Bush a bordo de un portaviones, con los brazos alzados? Era todo sonrisas.

La invasión fue fácil, pero la ocupación ha resultado ser una pesadilla. ¿Cuál es el saldo actual de esta aventura de Washington?

El pasado domingo murieron cuatro soldados estadunidenses, elevando así a 4 mil el número de efectivos muertos. Reino Unido ha perdido 175, y el resto de la coalición, 173. El 97 por ciento de las pérdidas estadunidenses han ocurrido después de que Bush proclamó la victoria.

Las autoridades estadunidenses calculan que cerca de 100 mil civiles iraquíes han muerto. El total debe ser mucho más alto, ya que no hay fuentes de información fidedigna.

Además de los desaparecidos, hay millones de desplazados. En 2003 Irak tenía una población de alrededor de 26 millones. Una quinta parte de sus habitantes se ha desplazado internamente o ha buscado refugiarse en los países vecinos, sobre todo Siria y Jordania. Se trata de uno de los mayores movimientos de personas en décadas recientes.

¿Cuánto está costando la guerra en Irak? Algunos calculan que se gastan unos 100 mil millones de dólares por año. Empero, la suma final será mucho mayor. Antes de la guerra, el entonces secretario de defensa, Donald Rumsfeld, había dicho que costaría entre 50 y 60 mil millones de dólares. Cinco años después Washington dice haber gastado 10 veces esa cantidad. Pero también se queda corto.

Una cosa son los gastos en los presupuestos que periódicamente somete la Casa Blanca para la aprobación del Congreso; otra muy distinta son los gastos escondidos o invisibles, es decir, los que no aparecen en las cuentas oficiales. La contabilidad de estos últimos es precisamente lo que analizan Joseph E. Stiglitz y Linda J. Bilmes en su libro que acaba de ser publicado: The three trillion dollar war: the true cost of the Iraq conflict.

Se trata de aquellas erogaciones que no aparecen en la contabilidad gubernamental. Por ejemplo, no se habla de los incentivos monetarios que se ofrecen para reclutar a más soldados. Tampoco se toma en cuenta el costo de rehabilitar a los efectivos heridos.

El tema de Irak ha incidido, aunque poco, en la campaña presidencial en Estados Unidos. Es obvio que la crisis económica y financiera de ese país preocupa más al electorado. Pero los candidatos se han apresurado a definir lo que sería su política hacia Irak. Desde luego que no es lo mismo hablar en campaña que actuar una vez en la Casa Blanca.

El senador John McCain, quien acaba de hacer un viaje al Medio Oriente, está satisfecho de la posición que asumió hace un año, cuando todos daban por muerta su candidatura. En 2007 McCain apoyó (él diría que fue su idea) un importante incremento en el número de efectivos estadunidenses (el llamado surge) para mejor controlar ciertas regiones y barrios de Bagdad y convencer a la población de la bondad de la presencia militar estadunidense. Según Bush y el artífice del plan, el general David Petraeus, la situación en Irak ha mejorado notablemente en el último año. Los bombazos son menos y las muertes también han disminuido. Pero aún hay lugares donde no se notan los efectos del llamado surge.

Los candidatos por el Partido Demócrata, en cambio, abogan por un pronto retiro de las tropas de Irak. El senador Barack Obama, que se opuso a la guerra desde un principio, ha dicho que, de llegar a la Casa Blanca, ordenará el retiro inmediato de las tropas. Dicha posición tiene el apoyo de la mayoría de los demócratas.

Cuando la senadora Hillary Clinton se percató de lo anterior, cambió su posición. En un principio propuso un retiro escalonado, que se llevaría a cabo en varias etapas, empezando varios meses después de asumir la presidencia. Ahora ha adoptado una posición casi idéntica a la del senador por Illinois.

En este último año de la administración de Bush se debaten dos cuestiones: el retiro de Irak de las fuerzas de la coalición, y un posible ataque aéreo a Irán para destruir sus instalaciones nucleares. La insistencia de algunos en Washington de atacar Irán llevó al almirante William J. Fallon, el comandante de las fuerzas estadunidenses en el Oriente Medio, a renunciar a su cargo el pasado 11 de marzo. Simplemente no estaba de acuerdo con aquellos políticos que insisten en bombardear Irán.

Uno de esos políticos es el vicepresidente Dick Cheney. En su recorrido por el Medio Oriente, el domingo pasado, Cheney se entrevistó con varios dirigentes israelíes. Desayunó con el líder de la oposición, Benjamin Netanyahu, pero no hablaron de la deplorable situación de los palestinos en los territorios ocupados. El tema que dominó su conversación fue Irán, cuestión predilecta de estos dos políticos halcones.

En este año de campañas presidenciales el electorado estadunidense está más interesado y preocupado por cuestiones internas. Está buscando a un candidato que mejore la economía y resuelva la cuestión del desempleo. También quiere que se reduzcan los gastos médicos, que se proteja el medio ambiente, que baje el costo de la energía y que se reforme el sistema educativo. Estas son algunas de las cuestiones en que la administración de Bush ha sido un rotundo fracaso.

Entre la crisis económica y la situación en Irak, el nuevo presidente de Estados Unidos tendrá un difícil, por no decir imposible, inicio de gestión.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/03/27/index.php?section=opinion&article=023a1pol

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Modesto Emilio Guerrero: El Estado ‘Contra’ de América Latina

La apaciguadora Resolución de la OEA sobre la agresión militar colombiana a Ecuador resultó un empate a favor de Colombia que alentó al presidente Uribe a reiterar su ofensiva decididamente proyanqui en la Cumbre de Río. Esta aparente contradicción en los términos se resuelve de una manera muy simple.

Basta comparar el cálculo político de la agresión y los objetivos estratégicos de su patrocinante, EEUU, con el final del conflicto en la Asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA) y la reunión del Grupo de Río realizadas en forma simultánea. El resultado es una contradicción que le puede costar caro al continente. Uribe fue salvado y con él, la vigencia de la “Doctrina Patriota” del actual grupo dominante en Washington. Lo cualitativamente nuevo es que esta vez esa Doctrina agresiva la aplica un Estado latinoamericano contra otro igual. Esto es lo que se ha consagrado en la OEA y Río.

Los babosos caminos de la OEA

Curiosamente, y para hacer más complejo el cuadro, el conflicto reveló un dato político de importancia: ya Estados Unidos no tiene en la OEA el mismo tipo de control que tenía hace 10, 20 o 30 años, cuando hacía e imponía lo que le daba la gana. Basta recordar el conflicto entre Ecuador y Perú, o el de Argentina contra Inglaterra y antes con el Chile de Pinochet, o más reciente, en 2002, cuando quiso aplicar la Carta Democrática al gobierno de Hugo Chávez.

La reacción de protesta contra la agresión fue esta vez unánime en todos los gobiernos de la región (excepto Las Bahamas, Estados Unidos y Canadá, además de Colombia, claro). Eso no era lo usual.

A pesar de la moderación de algunos, incluso de la duplicidad de otros, el hecho es que debe ser la primera resolución sobre un conflicto de alta intensidad regional, en el que todos declaran a horas apenas, su rechazo enfático a la acción agresora contra un país pequeño, que no es cualquier país, porque tiene un gobierno que se define hoy por su condición anti imperialista. Es mucho pedir para la OEA y para muchos gobiernos que sintieron la candela en sus barbas.

Hasta gobiernos tan moderados como los de Bachelet o Tabaré, Torrijos, saltaron con declaraciones de alto vuelo diplomático condenando una acción en la que se sintieron involucrados y por qué no, también amenazados. Incluso gobiernos tan pitiyanquis y adversos a los bolivarianos de Ecuador y Venezuela, como los de Perú y México, apoyaron a Correa contra la invasión de Uribe.

Pero hasta ahí llegó la cosa. La OEA fue el límite. Cada uno y una en la medida de sus condiciones políticas internas y de sus respectivas relaciones con Washington. La correcta efervescencia de las declaraciones iniciales aterrizó suave en la OEA y Dominicana.

Una OEA sin yanquis

La mejor definición de la OEA, la hizo el comandante Fidel Castro en 1962, cuando develó su función imperialista regional en el sistema de Estados en el nuevo orden mundial luego de la II Guerra Mundial: “Este organismo interamericano no es más que un ministerio de colonias de los Estados Unidos”, dijo Fidel tras la expulsión de Cuba de ese organismo en Montevideo, a instancias de lo que luego se conoció entonces como la “Doctrina Betancourt”, aludiendo a la propuesta de Rómulo Betancourt, el presidente venezolano de entonces. Betancour declaró que “absolutamente incompatible la presencia de Cuba en el organismo interamericano”, casi las mismas palabras usadas por el Enviado por Washington. Como se sabe la OEA es la conformación sistémica del proyecto semicolonizador de 1889 cuando inventaron en Washington la Conferencia Panamericana.

En esa perspectiva histórica y actual tiene absoluta razón el presidente ecuatoriano Rafael Correa cuando exige la constitución de un organismo regional que sólo contenga países caribeños y latinoamericanos. Sin el imperio adentro.

Dijo: “Necesitamos una OEA sólo conformada por países de la región, es decir una Organización de Estados Latinoamericanos”, resaltó Correa en su cadena radial de este sábado en Quito” (Rafael Correa, Aporrea, domingo 9 de marzo).

Tiene razón. Sería un paso útil en el camino de ruptura con el control estadounidense en Latinoamérica. La contradicción nace en la Resolución final votada por Ecuador y todos los países congregados en la reunión especial de la OEA, la semana pasada.

En el texto se dice todo lo que sirve para quedar bien con los principios universales del progreso humano y el bienestar de los pueblos, menos una cosa: Un Estado llamado Colombia, al mando de un tipo llamado Uribe, agredió a otro llamado Ecuador. La Resolución salva al régimen de Uribe.

Como reseñó la agencia bolivariana de noticias: “Caracas, 05 Mar. ABN.- La Organización de Estados Americanos (OEA) consideró que el operativo militar colombiano efectuado el pasado fin de semana en suelo ecuatoriano ‘constituye una violación de la soberanía’ de Ecuador, pero no condenó explícitamente a Colombia, de acuerdo con el texto de resolución aprobado, que deja en manos de los cancilleres las recomendaciones para solucionar la crisis.”

Si esto, la condena expresa y explícita, no queda clara, todo lo demás queda oscuro y baboso, escurridizo. Y ahí resalta la declaración de Daniel Ortega, el presidente de Nicaragua, quien advirtió correctamente, que el gobierno colombiano se puede sentir aupado y entusiasta de hacer lo mismo con el aún más pequeño país centroamericano.

Siguiendo las investigaciones del Centro de Estudios para una Nueva Mayoría, de Argentina, las Fuerzas Armadas de Colombia son 13 veces más grandes que las de Nicaragua, 11 más que las de Ecuador y 5 que las de Venezuela.

Pero con dos diferencias cualitativas, que no señala el Centro citado: Son las Fuerzas Armadas latinoamericanas mejor equipadas por Estados Unidos, con la mayor cantidad de dinero (sólo Irak e Israel la superan en esto) y tecnología de punta como la que usaron para “cazar” satelitalmente al comandante Raúl Reyes en el selvático pueblito de Sucumbíos, a dos kilómetros de la fronteras colombiana.

Las fuerzas militares y policiales (la pavorosa DAS) del Estado colombiano, son las mejor entrenadas al día de hoy para guerras agresivas, porque llevan casi medio siglo combatiendo guerrilleros bien armados, en grandes cantidades y en zonas amplias de selva y montaña, experiencia que ya perdieron casi todos los ejércitos latinoamericanos.

Lamentablemente el voto salvado de Nicaragua en la reunión de la OEA, fue fagocitado política y moralmente por la cumbre del Grupo de Río en Dominicana, donde todo terminó en abrazos entre Correa, Chávez y Ortega con Uribe. Aunque, como se sabe, los hechos son testarudos y la cruda realidad social, sobre todo la colombiana, no puede ser absorbida en una declaración diplomática.

Todo está firmado, nada está resuelto

La dialéctica, que suele ser buena acompañante en momentos críticos, enseña que en política, como en casi toda realidad viva, vale tanto lo que haga, diga y sienta una fuerza, como lo que haga, diga y sienta la fuerza contraria que la enfrenta. Si nos guiamos por el contenido absolutorio de las resoluciones de la OEA y Río, y la inmediata exultación casi afrodisíaca de los enemigos de los gobiernos de Ecuador, Venezuela, Bolivia, Cuba y Nicaragua, podremos entender, como se dice en la Venezuela bolivariana, “por donde van los tiros”.

En los caminos de la OEA y Río, los tiros fueron por el camino equivocado. Y esa vulnerabilidad la tratará de aprovechar el enemigo interno y el otro, para presionar más, no para congraciarse y colaborar en el “progreso de los pueblos”.

El correcto objetivo de evitar una guerra entre países hermanos y de no regalarle esa oportunidad a Washington, no estaba obligado a terminar en un mensaje político equivocado, donde se pierden las fronteras con un enemigo tan peligroso como el gobierno de Uribe. La imagen debe ser e inversamente proporcional al discurso y directamente proporcional a los principios. Sobre todo en el siglo del imperio de la imagen simbólica y mediática.

Además de la diplomacia burguesa, por esencia hipócrita y falaz, el siglo XX vio aparecer otra de tipo revolucionaria, donde hay que aprender a combinar los principios con el protocolo. Se le puede sonreír a Uribe, lo que no se debe es deponer su condena en una Resolución y postular que se puede construir junto con él una Latinoamérica mejor.

En ese aspecto tuvo total razón el presidente venezolano cuando declaró en Aló Presidente que el gobierno de Uribe estaba desautorizado moralmente para convocar la próxima reunión de la UNASUR (proyecto unionista de países sudamericanos). Pero entra en contradicción con la Resolución de la OEA y el acuerdo y la imagen de Río. Uribe no puede mutar de enemigo a amigo en 48 horas en dos escenarios diplomáticos.

Sobre todo porque la historia suele jugar malas pasadas. Las tres fronteras calientes de Colombia siguen intactas. Todo puede volver a saltar, sea con Nicaragua por las tres islas caribeñas, sea con Venezuela por todo lo que cruza por sus dos mil kilómetros de frontera, o sea en la misma Ecuador, por donde la guerrilla colombiana seguirá tratando de escapar, como lo haría cualquiera en una lucha similar.

Las causas del conflicto con Ecuador no cambiaron, al contrario, se potenciarán con los resultados, sobre todo por la urgente necesidad del imperialismo yanqui de extirpar al gobierno venezolano y poner bajo control a los de Nicaragua y Ecuador.

Colombia, el nuevo Estado Contra

Se ha puesto en evidencia la transnacionalización del conflicto interno colombiano, un conflicto que nació desde sus profundidades sociales y políticas en 1948 y dio un salto en 1964 cuando aparecen las FARC como un ejército guerrillero con raigambre campesina, junto a otros movimientos insurgentes. Esa realidad se modificó es cierto. Ni las FARC de hoy son las mismas ni están en las mismas condiciones militares, ni los otros movimientos tienen fuerza ofensiva. Otros capitularon.

La novedad que debemos registrar es que el Estado colombiano tiende a “israelizarse”, como advirtió Chávez, y lo que hizo en Ecuador indica que puede convertirse en el Estado gendarme en la subregión.

Como lo fue Honduras en los años ochenta para combatir la revolución Centroaméricana; como lo es Israel contra la causa palestina, árabe e islámica, como lo fue Sudáfrica contra la revolución anticolonial del continente negro, como lo fue Corea del Norte, o la Irak de Hussein en 1980 contra la Revolución Iraní.

Todo el siglo XX está lleno de casos similares. Estados tapón, Estados gendarme, Estados subimperialistas, etc., y otras formas transitorias de contención subregional. El imperialismo siempre se apoyó en otros Estados para ejercer su dominación semicolonial.

Lo advirtió el presidente nicaragüense en Dominicana, “Lo que ustedes hicieron en Ecuador los puede convencer de hacerlo pronto con nosotros por San Andrés”.

En esta dinámica continental, el régimen político colombiano representa lo nuevo. Paulatinamente se convierte en la más importante plataforma de las políticas estadounidenses en la región (Plan Patriota, Plan Colombia, Plan Amazonas), dirigidas a cinco objetivos bien definidos: la contención del Caribe occidental, la del Istmo, las reservas petroleras venezolanas, la prórroga del control de la base ecuatoriana de Manta en el Pacífico, la inconmensurable bioriqueza del Amazonas y el equilibrio geopolíticocomercial en la Comunidad Andina, donde EEUU logró dos TLC después del fracaso del ALCA.

Si el Estado colombiano no es más y con más vigor expansivo se debe a por lo menos tres razones:

Primero: tiene a Palestina adentro en las selvas del Caguán, en el Chocó, en Villavicencio.

Segundo: Sus principales fronteras las ocupan tres Estados independientes de Washington: Venezuela, Ecuador y Nicaragua, cada uno a su medida. En Venezuela y Ecuador hay suficiente movimiento social politizado para resistir, no así en Nicaragua.

Tercero: La burguesía colombiana no tiene ni la fuerza económica ni la base social de la sudafricana o la israelí; al contrario, su lumpenización mediante la integración de las fuerzas paramilitares a las instituciones y la economía tiende a debilitarla estructuralmente, y tercero: Estados Unidos no está en el mejor momento para andar montando Estados gendarmes, a pesar de su actual política mundial agresiva.

* Argenpress
* http://www.argenpress.info/nota.asp?num=052874&Parte=0

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Julio Yao: Para entender la invasión de Estados Unidos a Panamá

Panamá. Irak, Yugoslavia… ¿y Colombia?

La invasión de Estados Unidos a Panamá fue precedida por un completo programa de desestabilización en el cual se empleó el arsenal total de la inteligencia estadounidense. El patrón intervencionista, ahora perfeccionado, se remonta a 1950-1953, cuando la CIA diseñó el derrocamiento de Mossadeq en Irán, para reemplazarlo por la horrorosa tiranía del Sha; a 1954, cuando la CIA derrocó a Jacobo Arbenz en Guatemala, para implantar gobiernos dictatoriales que diezmaron cientos de miles de indígenas; a 1965, cuando invaden República Dominicana para eliminar a Juan Bosch y derrotar a fuerzas constitucionalistas; a 1970-1973, cuando la CIA intentó impedir la victoria en las urnas de Salvador Allende y luego intervino en su derrocamiento, que ocasionó la muerte de más de 30,000 personas. Ni hablar de las intervenciones de la CIA en la península coreana, Indonesia, Filipinas, y en toda la región latinoamericana y caribeña.

Estados Unidos satanizó y planificó el asesinato de los dirigentes de Cuba, Libia, Irak y Yugoslavia y donó cientos de millones de dólares a la oposición política en esos países. Estados Unidos bloqueó la mediación de la O.E.A. para una solución pacífica a la crisis en Panamá y bloqueó e impidió el rol del Consejo de Seguridad como principal órgano responsable por el mantenimiento de la paz y la seguridad en Cuba, Irak, Libia y Yugoslavia.

Estados Unidos, sin declaración de guerra emitida por su Congreso (en violación del ‘War Powers Act’), agredió a Panamá, Irak, Libia y Yugoslavia, matando e hiriendo a considerable cantidad de personas civiles e inocentes.

En cuanto a Yugoslavia -y sólo para mencionar sus acciones desestabilizadoras anteriores al inicio de los bombardeos en abril de 1999-Estados Unidos, tal como hizo en Vietnam y con los ‘contras’ de Nicaragua, organizó (con la complicidad de la OTAN) y financió con drogas al KLA (Ejército de Liberación de Kosovo); autorizó la participación de ‘fuerzas especiales’ secretas en Kosovo; organizó al ejército croata, cuyos generales se sumaron al KLA; conspiró y conspira aún para desmembrar y disolver a la República Federativa Socialista de Yugoslavia; aplicó una terapia de shock para disminuir la productividad y agravar la deuda externa de Yugoslavia, de modo que las riquezas de este país quedaran a merced del capital extranjero (globalización) y aumentara la pobreza de los yugoslavos.

Estados Unidos vetó la ayuda a las seis repúblicas de Yugoslavia para crear un ambiente artificial para la separación e impuso sanciones a Yugoslavia, suspendiéndoselas a las repúblicas que se separaron. Estados Unidos creó un Tribunal Ad Hoc para satanizar a la dirigencia Serbia, Slobodan Milosevic en especial, pero, por otro lado, rechazó la creación del Tribunal Penal Internacional creado por las Naciones Unidas para que sus líderes políticos y militares (Reagan, Bush, Cheney, Powell, etc.), escaparan a la jurisdicción del Tribunal aprobado en Roma. Estados Unidos usó los medios de comunicación de alcance internacional para crear apoyo a su propaganda de guerra, justificar sus agresiones y satanizar a los eslavos, serbios, árabes, palestinos y musulmanes como asesinos genocidas.

Estados Unidos se ha constituido en la única superpotencia mundial con capacidad de agresión sin límites: no reconoce la autoridad de las Naciones Unidas ni respeta el Derecho Internacional. No admite límites geográficos ni políticos a su política de dominación mundial. Aparece como ‘campeón de la democracia’ y líder del ‘mundo libre’, pero en realidad su único interés es saciar los apetitos de su oligarquía y de su complejo industrial y militar mediante su acaparamiento del mercado mundial y las riquezas de los demás pueblos. Estados Unidos, el único Hegemón de la Historia, es el enemigo público número uno de la Humanidad.

Sanciones, demonizaciones y agresiones como instrumentos intervencionistas

La invasión a Panamá había sido precedida por la invasión a Grenada en 1983 y era como un presagio de lo que ocurriría mientras se derrumbaba el antiguo campo socialista: era la primaria invasión de la Postguerra Fría. Estados Unidos pretendió inaugurar un nuevo Orden Internacional bajo su égida, y Panamá fue un tubo de ensayo para futuras agresiones. En Panamá se aplicó por primera vez el concepto de la soberanía limitada de los Estados.

Con la disolución de la Unión Soviética, Estados Unidos y sus aliados en la OTAN comprendieron que podían actuar sin contrapeso alguno para imponer sus decisiones y concepciones estratégicas y de seguridad. El mundo, con unas Naciones Unidas impotentes, estaba a la merced de las potencias imperialistas con Estados Unidos a la cabeza.

Ahora bien: cuando Estados Unidos decide destruir a un país enemigo, por las razones que fuesen, aplican sanciones de diverso tipo: comercial, económica, financiera, política, diplomática, así como presiones mediante instituciones u organizaciones internacionales, con el fin de debilitar la base del poder político en dicho país. De este modo buscan asfixiar la economía del país y crear una crisis artificial para que el descontento de las masas identifiquen como culpable a sus dirigentes políticos y traten de derrocar al gobierno.

El gobierno de Estados Unidos -a través de la CIA- emplea su influencia avasalladora dentro y fuera del país para desacreditar, no solamente al país sino a sus líderes en particular. Se les acusa de todo lo que sea necesario para enlodarles su reputación. Lo que menos importa es si las acusaciones son ciertas: lo que importa es que la gente cree a ciegas lo que canalizan los medios de comunicación. En este sentido, la CIA impacta los mecanismos profundos del inconsciente colectivo para moverlos en la dirección que conviene a sus intereses. Mientras más se vilipendia, mejor.

Así, los dirigentes escogidos como blanco de la CIA se convierten progresivamente en monstruos ante la opinión pública. Se dejan filtrar en los medios, informaciones falsas acerca de sus vidas personales, gustos específicos, estilos de vida, vicios, aberraciones, fanatismos y creencias religiosas, condición moral y sus principios.

Como lo ha explicado Noam Chomsky: ‘Cuando la Casa Blanca decidió que su amigo Noriega estaba volviéndose demasiado arrogante y tenía que irse, los medios de comunicación siguieron las indicaciones y lanzaron una campaña para convertirle en el demonio más vil desde Atila el Huno, una repetición del proyecto contra Gaddafi de algunos años antes. Este esfuerzo se identificó con el engaño de la ‘guerra contra la droga’…La operación de propaganda fue un éxito aplastante. ‘Manuel Noriega pertenece a esa especial hermandad de criminales internacionales, hombres como Gaddafi, Idi Amin o el Ayatolá Jomeini, a quienes los norteamericanos les encanta odiar’, salmodió Ted Koppel, de modo que ‘un fuerte apoyo público a una represalia estaba casi garantizado’. ¿Por qué odiaban los norteamericanos a Noriega en 1989 y no en 1985? ¿Por qué era necesario derrocarle ahora pero no entonces?.’

Sin embargo, con anterioridad al gobierno de Estados Unidos le bastaba utilizar las sanciones solamente, sin satanizar a sus enemigos personalmente. Cuando las sanciones no surtían el efecto deseado, Estados Unidos empleaban la fuerza, desde el bloqueo naval o la prohibición de exportar ciertos productos de carácter bélico (armas, municiones, combustible, etc.). Después de cierto tiempo, si el objetivo no había sido logrado, Estados Unidos usaba el ataque militar directo.

Estados Unidos decide desestabilizar a Panamá

El 10 de diciembre de 1985, el director del Consejo de Seguridad Nacional, el vice-almirante John Poindexter, presionó en Panamá al general Manuel Antonio Noriega (1) para que las Fuerzas de Defensa iniciaran un ataque a Nicaragua; (2) para que autorizara la presencia militar estadounidense después del 31 de diciembre de 1999 y (3) para que Panamá se sometiera a la política exterior de dicha potencia. El ataque a Nicaragua daría lugar a la invasión a ese país por parte de Estados Unidos ‘en defensa de Panamá’, en virtud del Tratado de Neutralidad. Pero Noriega rechazó las presiones, y Poindexter amenazó al militar panameño, advirtiéndole ‘que se atuviera a las consecuencias’.

Diferentes fuerzas, tanto en Estados Unidos como en Panamá, convergieron en un plan para desestabilizar a Panamá. El expresidente Nicolás Ardito Barletta, quien había sido derrocado en septiembre de 1985 por haber designado a una comisión investigadora del crimen del doctor Hugo Spadafora, inició gestiones contra Noriega para recuperar el poder y, según autores norteamericanos, contrató a Norman Bailey, agente financiero de la CIA. El senador Jesse Helms organizó audiencias sobre Panamá, a principios de 1986, para promover un clima contra Panamá, utilizando el asesinato del doctor Hugo Spadafora entre otros alegatos, y buscar la forma de anular los Tratados Torrijos-Carter.

Memorandum secreto y agenda oculta

En abril de 1986, el Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos emitió directrices (en un memorándum ‘Secreto’ del cual solamente se hicieron siete copias) para organizar una campaña de operaciones psicológicas a gran escala con el fin de desestabilizar a Panamá con el fin de (1) restablecer el control del Canal por parte de Estados Unidos; (2) mantener la ocupación militar después del 2000; (3) eliminar la influencia de Japón en los asuntos del Canal y su posibilidad de construir y controlar uno nuevo, ya fuese al nivel del mar o mediante un tercer juego de esclusas y evitar que el canal cayese en manos de Cuba o la Unión Soviética; y (4) ahuyentar a inversionistas de Oriente para evitar que las áreas revertidas y el futuro canal cayeran en manos posiblemente ‘enemigas’ .

Como excusa para su intervención (según el memorándum), el gobierno de Estados Unidos utilizaría los ‘rumores’ de corrupción en la cúpula de las Fuerzas de Defensa, particularmente la supuesta participación de Noriega en el narcotráfico y el lavado de dinero.

EEUU atiza a la oposición y aplica sanciones

La campaña contra Noriega arreció a partir de junio de 1986, cuando el periodista Seymour Hersch publicó en la primera plana del New York Times un catálogo de todos los ‘delitos’ imputables a Noriega. Años después, este periodista admitió haber reproducido datos de la inteligencia (¿de su amigo Bailey?), sin someterlos a verificación.

Estados Unidos aprovechó al máximo la aspiración de muchos panameños de instaurar un gobierno democráticamente electo y puso en escena una agenda oculta de intervención y agresión. Orientó y estimuló abiertamente toda oposición al régimen, desde la sede de la embajada hasta las instalaciones militares de Estados Unidos a orillas del Canal. Los paros, las protestas, las disensiones, las marchas y manifestaciones sirvieron de mampara a los planes intervencionistas, que incluyeron muchas operaciones encubiertas. El modelo de intervención utilizado en 1986 por Estados Unidos para derrocar a Ferdinando Marcos en Filipinas fue trasplantado a Panamá y ejecutado desde su embajada. La Cruzada Civilista, creada en 1987, contaba con oficinas en Washington.

En Panamá, el gobierno de Estados Unidos inició sus presiones con la restricción o disminución de la cuota azucarera, consciente de que el presidente Eric Arturo Delvalle (que a la sazón apoyaba a Noriega) era el dueño de uno de los ingenios azucareros más importantes de Panamá. En efecto, Delvalle decidió traicionar a Noriega para no perder sus negocios y se pasó al bando de Estados Unidos, que lo reconoció como legítimo presidente de Panamá, pese a que era un ‘gobierno fantasma’, financiado ilegalmente por Estados Unidos con fondos pertenecientes a la República de Panamá que habían sido congelados en ese país.

A principios de 1988, el presidente Ronald Reagan invocó la Ley de Poderes de Emergencia Económica en tiempo de guerra y declaró al ‘régimen Noriega-Solís Palma’ como ‘una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos’; aplicó sanciones económicas, comerciales, financieras y monetarias a Panamá; congeló depósitos bancarios de Panamá en Estados Unidos; redujo drásticamente la circulación del dólar; retuvo aviones de la empresa Air Panamá; prohibió a ciudadanos y empresas de Estados Unidos entregar dinero y valores al gobierno panameño y tendió un cerco diplomático para aislar al gobierno panameño y obligar a la renuncia de Noriega como comandante de las Fuerzas de Defensa de Panamá.

El gobierno norteamericano excluyó a Panamá de los beneficios de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, para reducir sus exportaciones; usó el veto contra Panamá en las instituciones internacionales de crédito; suspendió todos los programas de ayuda al desarrollo de Panamá; canceló las donaciones y retuvo todo tipo de pago; entre ellos, los de la Comisión del Canal al gobierno panameño, los servicios públicos como luz, agua y teléfono, así como alquileres de apartamentos y casas.

Simultáneamente, los servicios de inteligencia planificaron y apoyaron la oposición interna a Noriega y las Fuerzas de Defensa, así como al partido gobernante, el P.R.D.; infiltraron las agrupaciones políticas y empresariales; penetraron, socavaron y dividieron a las Fuerzas de Defensa; obtuvieron el apoyo de la alta jerarquía de la iglesia Católica; azuzaron a diversas agrupaciones antimilitaristas y financiaron medios de comunicación, tanto nacionales como extranjeros. Alentaron paros, marchas, piqueteos y huelgas.

Las sanciones económicas hicieron caer el crecimiento económico de Panamá al 0% a finales de 1989.

Luego iniciaron las acusaciones (falsas unas y ciertas otras) contra el general Noriega: narcotraficante, dictador, bisexual, adicto, asesino, pornógrafo, fanático del vudú, la magia negra y la hechicería de todo tipo; violador de prostitutas y niñas; doble espía; agente de la CIA.

Construyeron un cerco diplomático en torno a Panamá mediante presiones a la comunidad internacional para que desconocieran al gobierno panameño, rompieran relaciones diplomáticas, retiraran a sus representantes, suspendieran todo tipo de ayuda y violaran el Derecho Internacional.

A la vez, el gobierno norteamericano inició ‘negociaciones’ con Noriega para sacarlo de las Fuerzas de Defensa ‘honrosamente’, pero con ultimátum: Noriega debía retirarse en la fecha impuesta por Estados Unidos, una condición totalmente inaceptable. Cuando todo fracasó, el Pentágono empezó a aumentar su presencia militar en Panamá de manera inconsulta y arbitraria, de manera escalonada, y en violación a los Tratados Torrijos-Carter que obligaban a la coordinación mediante la Junta Combinada de Defensa. Las tropas se instalaron dentro y fuera de la antigua Zona del Canal y circularon sin obedecer a las leyes nacionales ni a lo pactado en los Tratados.

Realizaron maniobras militares sin la aprobación panameña, muchas de ellas de alta peligrosidad en áreas prohibidas y sin controles de ninguna especie, especialmente dentro de la ciudad de Panamá. Las fuerzas armadas de Estados Unidos tomaron posesión de numerosas instalaciones de servicio público, tales como hidroeléctricas, potabilizadoras, comunicaciones, etc. Profundizando su intervención, aterrizaron en lugares prohibidos; introdujeron vehículos y lanchas artilladas a lo largo y ancho del territorio nacional; sus aviones entraban y salían del espacio aéreo de Panamá sin aprobación ni notificación y en violación del Convenio de Chicago de 1944 y acuerdos aéreos bilaterales.

Finalmente, recurrieron a la provocación abierta a los miembros de las Fuerzas de Defensa: los arrestaron, los atacaron y los insultaron. Sin embargo, las Fuerzas de Defensa tenían instrucciones de no ceder ante las provocaciones norteamericanas, que buscaban el pretexto para invadirnos. Cuando todo lo anterior fracasó, Estados Unidos lanzaron la invasión que destruyó a Panamá en forma genocida.

EEUU boicotea la Comisión Tripartita para el nuevo Canal

El temor a un canal japonés: Preocupación vital para Estados Unidos eran los avances de Japón en Panamá. El general Omar Torrijos había iniciado contactos con los japoneses para realizar estudios de factibilidad de un nuevo Canal o de reformas al viejo y ambos países habían suscrito Declaraciones Conjuntas y otros compromisos. El presidente Reagan se hizo invitar a las negociaciones y participó en la firma de acuerdos tripartitos (EEUU, Japón, y Panamá) para los estudios de un nuevo Canal. Se creó la Comisión de Estudios de Alternativas al Canal, pero a Estados Unidos sólo le interesaba desviar de su curso las relaciones entre Panamá y Japón, porque, al finalizar el Tratado del Canal el 31 de diciembre de 1999, Panamá tendría exclusiva potestad e independencia para acordar arreglos con cualquier país.

Estados Unidos se dedicó a boicotear a la Comisión Tripartita, y ésta no logró realmente reunirse y desenvolverse como se preveía. El General Manuel Antonio Noriega viajó a Japón a fines de 1986 y fue recibido como un jefe de Estado. Los japoneses confirmaron su interés en construir y financiar un canal al nivel del mar.

El gobierno panameño logró sobrevivir a las sanciones, pero también reprimió las manifestaciones, empeorando su imagen ya bastante deteriorada.

Comando Sur acelera escalada militar

A lo largo de 1987-1989, Estados Unidos aumentó ilegalmente sus fuerzas militares, sin consultar al gobierno de Panamá y en violación abierta del Tratado del Canal, y Panamá elevó protestas pertinentes en la Organización de Estados Americanos (OEA) y en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que fueron desestimadas rutinariamente con sus bostezos acostumbrados.

Los norteamericanos dejaron de cumplir los Tratados del Canal y anularon en la práctica los mecanismos binacionales establecidos, particularmente la Junta Combinada de Defensa, de la cual se ausentaron para proseguir un curso unilateral predeterminado.

El Comando Sur, cuyo cuartel general estaba localizado en Quarry Heights, condujo entre 1988 y 1989 cientos de operaciones militares por tierra, mar y aire, fuera de las áreas autorizadas y dentro de jurisdicción panameña, sin solicitar la aprobación de Panamá, con el fin de provocar a las Fuerzas de Defensa y a la población.

EEUU manda espías y dona diez millones a la oposición

Pese al estado de intervención y agresión, el gobierno panameño organizó elecciones generales en mayo de 1989. Agentes de los servicios de inteligencia de Estados Unidos realizaron intervenciones de variada gama. La más conocida fueron las intervenciones radiofónicas a través de emisoras clandestinas, pero las mismas fueron detectadas, y un norteamericano, Kurt Muse, confesó su participación y declaró que los equipos fueron puestos a su disposición por la CIA. En una de las primeras operaciones de la invasión, Kurt Muse fue liberado de la cárcel Modelo por un equipo ‘Delta’ de fuerzas especiales, que asesinó a sus custodios.

El presidente George Bush, dando seguimiento a la política de Reagan, intervino abiertamente en las elecciones al anunciar que había entregado diez millones de dólares a la oposición, provenientes de las cuentas que el gobierno panameño mantenía en bancos de Estados Unidos y que fueron ilegalmente congeladas desde marzo de 1988. El conteo de votos fue interrumpido, y las elecciones fueron anuladas. Una caravana encabezada por los candidatos de la oposición–monitoreada a cada paso por la inteligencia militar estadounidense–fue violentamente reprimida, y Washington empleó profusamente las imágenes de los ataques a los candidatos de la oposición para desacreditar al gobierno panameño y justificar su escalada intervencionista.

Miembros de los Batallones de la Dignidad fueron visiblemente los responsables. Sin embargo, algunos de los que estuvieron presentes han indicado a este autor que en dichos ataques participaron personas ajenas a los milicianos que fueron vistos poniéndose y quitándose camisetas de los Batallones.

Intervenciones desde la embajada y el Comando Sur

A medida que arreciaban las protestas de la oposición también Estados Unidos profundizaba su intervención, al punto de que el propio embajador de esa nación en Panamá, Arthur Davis, y su hija participaron personalmente en muchas de las acciones. Elementos de la embajada norteamericana ayudaron a coordinar muchas de las acciones y estuvieron presentes en marchas y demostraciones. Algunos, como el propio Agregado Militar, por ejemplo, fueron detenidos in fraganti. El propio John Maisto, quien estuvo a cargo de la desestabilización en las Filipinas, fue trasladado a Panamá para aplicar la misma receta. Maisto acaba de ser nombrado Asesor del Jefe del Comando Sur, en vísperas del Plan Colombia. En y desde las bases militares en el Canal se fraguaron numerosas acciones intervencionistas. Incluso el periódico de las fuerzas armadas (Tropic Times) fue empleado permanentemente y de manera ilegal para apoyar la desestabilización.

El gobierno panameño, a raíz de las sanciones, estaba en la ruina, y la actividad económica se redujo drásticamente. No había dinero para pagar la planilla ni para atender los gastos más elementales. Solamente con la ayuda de algunos países amigos pudo el gobierno del ministro Encargado de la Presidencia, Manuel Solís Palma, sobrevivir a corto plazo. Así, entre paros, demostraciones, falta de liquidez, desesperación y represión, Estados Unidos planificó las acciones militares que fructificaron en la invasión del 20 de diciembre de 1989.

El golpe del 3 de octubre y la responsabilidad de EEUU

En 1988 se había emitido el Documento de Santa Fe (II), que señalaba la necesidad no sólo de eliminar a Noriega sino de desmantelar las propias Fuerzas de Defensa en su totalidad. En marzo de 1988, un número reducido de oficiales intentó dar un golpe al general Noriega, sin éxito. Más tarde, el 3 de octubre de 1989, otro grupo de oficiales al mando del mayor Moisés Giroldi, apresó a Noriega y se hizo momentáneamente con el poder, pero las fuerzas norteamericanas no intervinieron para apoyar el golpe porque el mismo era perpetrado por fuerzas ‘torrijistas’ dentro de las Fuerzas de Defensa que exigían la salida de las tropas de Estados Unidos el 31 de diciembre de 1999. El golpe a Noriega había sido estrechamente coordinado con el Comando Sur a través de los servicios de inteligencia militar, pero el Pentágono decidió no involucrarse por los motivos señalados. Noriega estaba completamente dominado y sólo se requería que el helicóptero norteamericano, que volaba sobre el Cuartel, descendiera y se llevara al prisionero. Al no atender la solicitud de apoyo del Comando Sur, Estados Unidos debe compartir la responsabilidad por la ejecución de los golpistas. En cambio, el pasado 12 de noviembre, el ex general Marco Cisneros, que coordinó la invasión, mintió al declarar en un programa televisivo sobre la Invasión de Panamá (‘Infinito’: War Secrets), que el Comando Sur le había ‘rogado’ a Giroldi que le entregaran a Noriega, y que éste se había negado.

Operaciones incubiertas e intervenciones extraterritoriales

Los servicios de inteligencia (CIA, DIA y la inteligencia naval) de Estados Unidos diseñaron varias operaciones encubiertas para eliminar a Noriega, y el FBI autorizó a las fuerzas armadas para arrestar a dirigentes de otros Estados y traerlos ante tribunales de ese país, incluso para asesinarlos, en violación del Derecho Internacional. Se analizó la posibilidad de que Estados Unidos apoyara a una fuerza de panameños y algunos mercenarios para que iniciara ataques a Noriega desde sus bases militares en Panamá. Desde 1989, el Comando Sur había sido designado como el centro para Conflictos de Baja Intensidad en América Latina y, en tal sentido, allí se diseñaron esquemas para violentar radicalmente la estructura social, política y económica de los países escogidos a fin de alinearlos a los intereses de Estados Unidos.

Gran cantidad de oficiales militares de Estados Unidos tejieron una red de espionaje sobre Panamá, que recabó toda la información requerida en caso de invasión: sitios estratégicos y claves, funcionarios importantes, personas peligrosas, direcciones residenciales, teléfonos y faxes, hábitos y rutinas, lugares frecuentados, antecedentes y perfiles políticos, depósitos de armas y municiones, cuarteles y sitios de entrenamiento, cantidad y calidad de armamento, listas de amigos y enemigos, control de comunicaciones e inteligencia, etc. Miles de oficiales y sus familias fueron alojados en hoteles y residencias alquiladas en Panamá, que contribuyeron a levantar planos y crear un sistema operativo.

La planificación militar incluyó planes de contingencia, y fueron varios los proyectos diseñados en el Pentágono para invadir a Panamá con el fin de ‘arrestar’ a Noriega.

La invasión del 20 de diciembre de 1989

En vista de que todos los intentos de eliminar a Noriega habían fracasado o bien no eran opciones viables para Estados Unidos, la única superpotencia mundial decidió invadir Panamá el miércoles 20 de diciembre de 1989. La operación era totalmente ilegal: el Secretario General de las Naciones Unidas solamente fue informado el día anterior. A la medianoche, a partir de las 11:30 p.m., fuerzas de tierra, mar y aire convergieron sobre diversos sitios preseleccionados, especialmente las instalaciones de las Fuerzas de Defensa en el Aeropuerto de Punta Paitilla; en el Cuartel Central, ubicado en el populoso barrio de El Chorrillo; en el Cuartel de Tinajitas, del corregimiento de San Miguelito; en Fuerte Cimarrón, sede del Batallón 2000, en Pacora; en el Cuartel de Panamá Viejo; en el Cuartel de Los Pumas, ubicado en el antiguo Aeropuerto de Tocumen; en la Base Militar de Río Hato, antigua base estadounidense, donde se encontraban dos institutos de nivel secundario; en la Base Naval de Coco Solo, en Colón.

Cuando todos dormían o se preparaban para celebrar las navidades, la única superpotencia mundial dejó caer sobre un pequeño y desarmado país toda su potencia de fuego. Estados Unidos sobresaturó, en un desproporcionado ataque a Panamá, el escenario bélico. Los agresores utilizaron naves y aeronaves, vehículos, armas, municiones, equipos y recursos bélicos nunca antes utilizados en combate real. Varios aviones Stealth F-117, invisibles a radares ortodoxos, despegaron desde su base en Nevada, se reabastecieron de combustible en el aire, dejaron caer bombas de 2,000 libras sobre Río Hato y El Chorrillo, y regresaron a su sede. Los Stealth ni siquiera fueron detectados por los radares de Estados Unidos en Panamá, menos por Panamá, que no contaba con radares de ninguna clase.

Helicópteros Apache con la más alta tecnología, el bombardero AC-130 Spectre; vehículos todoterreno Hummer; tanques de asalto Sheridan M-551, vehículos blindados M-113, y tanquetas; ametralladoras de varios calibres; y municiones desconocidas, algunas posiblemente químicas; rayos láser y otras utilerías nuevas como chalecos y cascos especiales, visores nocturnos fueron utilizados contra un país que no poseía fuerza aérea, defensa antiaérea ni artillería pesada.

Fuerzas de defensa debilitadas y divididas antes de la invasión

A finales de 1989, las Fuerzas de Defensa se encontraban divididas, debilitadas y carentes de comando central efectivo. Meses, semanas, días y horas previas a la invasión, la artillería liviana y otras armas pequeñas fueron retiradas de los cuarteles y sitios designados por órdenes de oficiales panameños que trabajaban para la inteligencia de Estados Unidos. Parte del desarme militar fue responsabilidad del general Noriega, temeroso de un nuevo golpe. Pero la artillería restante fue retirada por artimañas de la inteligencia gringa. Los oficiales del Estado Mayor en su mayoría no presentaron combate, y la poca resistencia de esa entidad estuvo a cargo de tenientes, sargentos, cabos, rasos y simples policías. La mayor resistencia recayó sobre los Batallones de la Dignidad y Codepadis, civiles voluntarios a quienes se les dio un entrenamiento pobre y deficiente.

La invasión del 20 de diciembre fue catalogada como la operación bélica más importante de Estados Unidos después de la guerra de Vietnam.

Las mentiras de Bush sobre la invasión

En la mañana del 21 de diciembre, el presidente Bush explicó las razones de la invasión: para (1) proteger a ciudadanos norteamericanos; (2) salvaguardar los Tratados y proteger el Canal; (3) capturar y conducir a Noriega ante tribunales de Estados Unidos; (4) restaurar la democracia en Panamá. Pero era evidente-como declaró el ex jefe del Comando Sur, Fred Woerner–que ni los tratados ni los ciudadanos estadounidenses corrían peligro alguno. Por otra parte, Estados Unidos no tenía capacidad legal para apresar a Noriega, porque esto no lo permitía ningún tratado o el derecho internacional. Además, como manifestara el ex agente de la CIA, Philip Agee, a raíz de esta invasión, no es política de Estados Unidos intervenir militarmente para restaurar la democracia y, en todo caso, Panamá siempre ha sido dominado por un grupo de familias. Thomas Pickering, embajador de Estados Unidos en las Naciones Unidas, manifestó que su país invadió a Panamá ‘en defensa propia’, porque desde territorio panameño se enviaban drogas a Estados Unidos. Un argumento tan ridículo como inaceptable.

El gobierno norteamericano había invocado, como razón para invadir, que las Fuerzas de Defensa habían ‘asesinado’ a un marino cuando el auto en el que viajaban se encontraba ‘extraviado’. La verdad es otra: el marino y sus acompañantes formaban parte de un equipo de tareas especial perteneciente a la inteligencia naval norteamericana al cual se le había asignado la tarea de provocar abiertamente a los militares panameños para encontrar un pretexto. En un auto alquilado y repleto de armas, los marinos (conocidos como los ‘hard chargers’), rebasaron un retén de las Fuerzas de Defensa en el perímetro del Cuartel Central; hicieron caso omiso a la señal de alto y dispararon contra el edificio principal, hiriendo a varias personas, entre ellos, a un niño. Los militares panameños respondieron legítimamente al ataque. Sin embargo, la muerte del marino (un colombiano), no fue reportada en Washington conforme a los procedimientos usuales.

El presidente Bush acusó a las Fuerzas de Defensa de haber agredido a un teniente de la marina y de manosear su esposa, detenidos cuando rondaban por el Cuartel Central a la hora del incidente citado. Sin embargo, la Dirección de Relaciones Públicas de la institución negó públicamente al día siguiente haber arrestado a la pareja.. Pero el ‘incidente’ sirvió para enardecer a la opinión pública en Estados Unidos y el extranjero en contra de Noriega.

El presidente Bush dijo que ‘este presidente’ no iba a tolerar el atropello a ciudadanos norteamericanos, mucho menos amenazas a mujeres norteamericanas. Sin embargo, ‘este presidente’ (Chomsky dixit) no hizo ni dijo absolutamente nada cuando varias monjas norteamericanas fueron violadas y asesinadas meses antes en El Salvador o cuando una monja norteamericana (Diana Ortiz), pocas semanas antes de la invasión a Panamá, fue secuestrada, torturada y violada por la policía guatemalteca. ‘Este presidente’ tampoco protestó cuando, el 1′ de enero de 1990 (a sólo 10 días de la invasión) dos monjas norteamericanas fueron asesinadas por terroristas organizados por Estados Unidos en Nicaragua, etc., etc.

Las maniobras psicológicas ejecutadas en Panamá bajo los servicios de inteligencia norteamericanos fueron exitosas. Una semana después de la invasión, ‘los militares norteamericanos enviaron a cientos de especialistas en guerra psicológica a Panamá ‘para difundir mensajes de propaganda pronorteamericana por todo el país’ en una campaña para ‘reforzar la imagen de los Estados Unidos’ y ‘para imprimir la influencia norteamericana en casi todas las fases del nuevo gobierno’, informa la prensa. ‘Estos muchachos son…muy sofisticados en los aspectos psicológicos de la guerra-dijo un oficial del ejército. Trabajan en propaganda.’

Mordaza a la prensa nacional e internacional

Contrario a Vietnam, la prensa internacional (la de Estados Unidos en particular) no estuvo presente en el escenario porque no se les permitió. Los periodistas fueron retenidos en el Comando Sur en Quarry Heights, y solamente cuando todo hubo terminado y luego de borrar las huellas más importantes de la carnicería, se les llevó en recorridos guiados. Ello impidió que el mundo conociera los crímenes de guerra y otras atrocidades cometidas por las tropas norteamericanas. La prohibición de la prensa internacional fue ordenada por el Secretario de Defensa, Dick Cheney, en violación de reglamentos del Pentágono y la Constitución, por considerar contraproducente su presencia en campos de ‘batalla’ (ecos de Vietnam). Cheney, candidato a la vicepresidencia bajo el joven George Bush, se opuso y se opone a la desclasificación de documentos secretos sobre operaciones militares. ¿Por qué será?

Crímenes de guerra

Considérese, por ejemplo, que Estados Unidos bombardeó áreas densamente pobladas en medio de la oscuridad; que sus tropas combatieron y dispararon indiscriminadamente la mayor parte de las veces; que los aviones erraron frecuentemente sus blancos (los F-117, por ejemplo) y destruyeron objetivos civiles; que miles de residencias fueron incendiadas por militares de Estados Unidos. A raíz de la inexperiencia de muchos soldados jóvenes y de la decisión tomada por el general Maxwell Thurmann (el ‘loco Max’, apodo de Vietnam), quien no escatimó víctimas inocentes, miles de panameños no combatientes sucumbieron: miles de muertos y heridos, muchos de cuyos cadáveres fueron destruidos y desaparecidos para borrar evidencias. Thurman seguía órdenes de otro enloquecido general: Colin Powell, Jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, cuyos criterios operativos ordenaban sobresaturar con incomparables fuerzas al pequeño Panamá, ordenando arrasar con una capacidad para sobrematar (‘overkill’) al enemigo. Colin Powell es el candidato para la Secretaría de Estado si gana el joven y analfabeto George W. Bush.

Las fuerzas norteamericanas penetraron en el principal hospital del país –el Santo Tomás– adonde fueron llevadas cientos de víctimas; tomaron control de todas sus, prohibiendo la entrada de algunos médicos por razones políticas y maltratando a otros; retiraron del hospital todos los registros existentes, por lo que no se sabe a ciencia cierta cuántos ni cómo murieron y cuántos quedaron heridos, como tampoco el tipo de armas o municiones utilizadas. La inmensa mayoría de las víctimas la constituían civiles inocentes que no participaban en los combates. Quemados, heridos, cortados, destrozados, carbonizados, muchas murieron víctimas de la barbarie del ejército más poderoso de la Tierra.

Asesinatos perpetrados por militares de EEUU

Pero existen suficientes testimonios en libros publicados en Panamá y otros países que demuestran no sólo cómo murieron combatientes y civiles inocentes sino que, además, acusan a las fuerzas norteamericanas de cometer crímenes de guerra. Dichas publicaciones nos indican que dichas fuerzas:

1. Mataron a muchos civiles inocentes en sus residencias.

2. Mataron a muchos civiles inocentes por la espalda, mientras descendían de sus casas en medio de la oscuridad.

3. Mataron y remataron a miembros de las Fuerzas de Defensa y de los Batallones de la Dignidad que habían sido heridos previamente.

4. Impidieron brindar asistencia médica a los heridos en las calles y residencias, dejándolos morir sin remedio.

5. Mataron a heridos que recibían atención médica en hospitales, clínicas y centros.

6. Mataron a prisioneros de guerra dentro de centros de retención.

7. Mataron a combatientes que ya se habían rendido, con las manos en alto, luego de dárseles garantía de respetarles la vida.

8. Mataron a muchos civiles inocentes, atrapados en sus autos, que fueron aplastados por tanques y tanquetas de las fuerzas invasoras.

9. Mataron a muchos soldados y policías mientras dormían y que no presentaron combate, sin dárseles oportunidad de rendirse.

10. Mataron a mujeres después de violarlas.

11. Mataron a muchas personas por simple sospecha o nerviosismo.

12. Mataron a muchas personas dentro de sus autos porque se salieron de la fila en los retenes; porque los agresores se pusieron nerviosos; porque tuvieron ‘problemas de comunicación’; porque no hicieron un alto o no cumplieron órdenes ‘en inglés’.

13. Mataron a muchas personas por ‘error’ o por simples ganas de matar, sin explicación ni justificación.

14. Maltrataron, golpearon y torturaron a prisioneros de guerra.

A los anteriores asesinatos, considerados como los más graves crímenes de guerra según los tratados internacionales, habría que añadir otros que tampoco son justificables ni perdonables. Los hechos demuestran que las fuerzas invasoras destruyeron miles de viviendas de gente humilde, que quedó en total desamparo. Cientos de personas sufren aún severos traumas psicológicos y fisiológicos que las han inhabilitado, al punto de que quedaron incapacitadas. Muchos embarazos fueron malogrados. Miles de hijos de las víctimas sufren el síndrome de la desintegración familiar por la desaparición de quienes constituían el sustento en el hogar y muchos son ahora delincuentes por esa razón.

Las fuerzas invasoras destruyeron numerosos edificios e instalaciones civiles y equipos pertenecientes al Estado y al pueblo panameños, cuyo valor alcanza quizás miles de millones de dólares. Las fuerzas invasoras se llevaron valiosos botines de guerra, desde las armas y equipos de las Fuerzas de Defensa-muchos de estos nuevos-hasta las armas del ‘Pía Vesta’ y las computadoras del G-2 de esta institución. Las fuerzas invasoras incautaron miles de cajas llenas de documentos. Saquearon muchas riquezas del país, como piezas arqueológicas irremplazables, joyas precolombinas, tesoros artísticos. Se llevaron la primera bandera nacional. Existen testimonios de personas a quienes las tropas norteamericanas despojaron de joyas, dinero y pertenencias de todo tipo, aparte de que les dejaron enormes cuentas en llamadas de larga distancia a Estados Unidos.

Miles de personas no combatientes fueron arrestadas y retenidas en campos de concentración durante largos períodos de tiempo tan sólo por el hecho de pertenecer al partido político gobernante, por ser funcionarios del gobierno, por simple sospecha o necesidad de prevención o por puro terrorismo de Estado, sin que hubiesen formalmente cargos contra estas personas.

Todos los medios de comunicación (prensa, radio y televisión) –salvo los colaboradores– fueron intervenidos por las fuerzas invasoras y sometidas a estricta censura, y la totalidad del país fue sometida a un régimen de ocupación violatorio del Derecho Internacional.

Las fuerzas norteamericanas cercaron las embajadas de Cuba y Libia y penetraron en la residencia del embajador de Nicaragua; atropellaron a diplomáticos de esos países, en flagrante violación de la inmunidad diplomática y el derecho de asilo.

Nuevo gobierno toma posesión en una base gringa

Un gobierno, integrado por la oposición a Noriega y que reclamó el poder, fue juramentado en una base militar norteamericana horas antes del inicio de la invasión. Dicho régimen de facto fue instalado y protegido por varios años por las fuerzas invasoras, a pesar de que todo ello constituía una descarada violación de la Carta de la Organización de Estados Americanos (O.E.A.), de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y del Derecho Internacional.

A raíz de la agresión, tanto la O.E.A. como la Asamblea General de la ONU condenaron la invasión e instaron a las fuerzas de Estados Unidos a retirarse de Panamá inmediatamente, lo cual, por supuesto, no ocurrió, y urgieron a los panameños a ponerse de acuerdo para llamar a nuevas elecciones bajo supervisión internacional, lo que, por supuesto, tampoco se llevó a cabo por la prepotencia del gobierno de Estados Unidos. Inglaterra y Canadá votaron a favor de la invasión, y otros tantos se abstuvieron. En el Consejo de Seguridad, la resolución que condenaba la invasión recibió el triple veto de E.U., Inglaterra y Francia (miembros de la OTAN). El Salvador fue el único país de Latinoamérica que votó en contra de la resolución que condenaba la invasión. ¿Por qué habra sido?

Haciendo gala de su control sobre los medios de comunicación internacionales, Estados Unidos propaló la versión de que no hubo muchas víctimas inocentes ni daños colaterales que lamentar. Se capturó a Noriega y con ello-dijeron–se dio un golpe certero a los narcotraficantes. Pero, el narcotráfico aumentó, al igual que el consumo del drogas ilícitas en Panamá.

Durante los dos años que duró el estado de ocupación, ocurrieron muchos incidentes violatorios de los derechos humanos de la población y aumentó el tráfico y el consumo de drogas en Panamá, que era mucho menor antes. Noriega fue condenado a 40 años de prisión luego de un juicio ilegal en muchos aspectos que careció de evidencias sólidas. Carlos Lehder, quien declaró contra Noriega a cambio de una reducción en su pena, después se retractó admitiendo que había mentido. Ricardo Bilonick, el ‘testigo dinamita’ que decían tener los fiscales contra Noriega, lo consiguieron mediante un trato con el Cartel de Cali, que primeramente amenazó a Bilonick y luego lo compró por cientos de miles de dólares a cambio de un ‘favor’ que Estados Unidos le hizo a dicho Cartel.

En agosto de 2000, los capos del Cartel de Medellín declararon en Colombia que Noriega realmente nunca permitió el uso de Panamá como puente del narcotráfico, aunque sí toleró el lavado de dinero, contradiciendo la propaganda de guerra y las acusaciones de Estados Unidos.

En la invasión hubo muchas más víctimas que en la Plaza de Tiennamen y que en el derrocamiento de Ceausescu en Rumania. Sin embargo, mientras miles de panameños morían y el resto veía la destrucción de su soberanía y de su país, ninguno de los crímenes cometidos por la más grande ‘democracia’ del mundo en Panamá aparecieron en las pantallas de los televisores del ‘mundo libre’, concentrados en las ‘atrocidades’ de ‘tiranos comunistas’!

Como fruto de la invasión, Japón disminuyó su presencia bancaria y financiera y sus inversiones en Panamá de manera drástica, y su influencia en la Comisión Tripartita para el Estudio de las Alternativas al Canal decreció de manera significativa. En la década de los noventa no se ha mencionado la participación de Japón en el nuevo Canal.

Perspectivas, once años después

La decisión de desestabilizar a Panamá data de fines de 1985, pero la orden fue dada en el Consejo de Seguridad Nacional norteamericano en la primera semana de abril de 1986. Tanto las agresiones e intervenciones anteriores al 20 de diciembre como la invasión de esta fecha no han sido castigadas como lo exigen la Carta de las Naciones Unidas, tratados internacionales que rigen la materia y el Derecho Internacional, y han quedado impunes, a pesar de que Estados Unidos es responsable de numerosos crímenes de guerra y debe indemnizar a Panamá por la totalidad de los daños.

Ningún gobierno ‘panameño’ ha tenido siquiera el interés de crear una comisión que investigue los diversos aspectos de la invasión. No sabemos cuántos muertos, heridos y desaparecidos ocasionó la invasión. No ha habido una reclamación oficial al gobierno de Estados Unidos por la destrucción de la economía y de propiedad nacional y estatal, mucho menos por las víctimas. Ni siquiera se han atrevido a declarar el 20 de diciembre como Día de Duelo Nacional. Ninguno de los partidos políticos ha querido arriesgar su futuro revolviendo este tema, pero este hecho vergonzoso significa que los partidos y sus líderes no representan ni defienden a la nación panameña. Exijamos, pues, la constitución de una Comisión de Investigación sobre la Invasión a Panamá y una Comisión de Reclamaciones al gobierno de Estados Unidos que determine la responsabilidad legal y la cuantía financiera de la indemnización.

Al parecer, la clase política panameña carece de decoro. ‘Ver un crimen en silencio es cometerlo,’ dijo José Martí.

* Argenpress
* http://www.argenpress.info/nota.asp?num=050506&Parte=0

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