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Matteo Dean: Ser migrante

Al escribir la palabra migrante, la mayoría de los programas de edición de texto de los ordenadores modernos marcan error. El corrector correspondiente explica que existe la palabra inmigrado o emigrante. Al mismo tiempo, en el Diccionario de la lengua española editado por la Real Academia Española, la palabra migrante aparece tan sólo como un avance de la vigésima tercera edición. Esta ausencia de la palabra migrante del cuadro semántico oficial no es una casualidad.

Migrante es el participio presente del verbo migrar. Y en cuanto tal, contempla la acción misma del migrar, la acción presente y no acabada de moverse de un territorio a otro. El mismo verbo migrar no se contempla como tal, sino solamente en sus acepciones de inmigrar y emigrar. ¿Límites de un idioma? Quizás, o tan sólo límites de un lenguaje que aún no es capaz o no quiere ser capaz de explicar –y reconocer– un fenómeno real: el del migrante.

Ser migrante hoy significa muchas cosas y daría espacio a libros enteros para que podamos apenas acercarnos a entender qué es un migrante hoy. Lo cierto es que aceptando el uso del participio presente, damos por ciertas algunas facetas. La primera, que indicamos más arriba, es reconocer que el migrante hoy es una persona, un ser humano, que se mueve y que nunca, o casi, para. Se mueve de un país a otro, de un territorio a otro y nunca llega. El migrante hoy es una persona sin nacionalidad de la cual, si bien podemos ubicar un origen, difícilmente podemos ubicar un destino. O más bien dicho, sólo podemos ubicar como su destino moverse, viajar, explorar, conocer y muy raras veces ser entendido. El migrante hoy encuentra complicado reconocer una nacionalidad propia, porque si bien es cierto que tiene la tendencia a reconocer la nacionalidad de origen, es cierto también que adquiere, lo desee o no, mucho de la nacionalidad que lo hospeda, aunque sea temporalmente. Formas de ser y de pensar, formas de relacionarse y visiones distintas son las características hoy de los ciudadanos migrantes.

Se decía por ahí que el migrante es por definición un rebelde. Eso es cierto, como lo es el hecho de que el migrante es también una persona en fuga. Al irse de su país, por las variadas razones que lo empujen –desde la tragedia de una guerra hasta el simple deseo de conocer otras regiones, pasando por carestías o necesidades económicas, pero también por crisis existenciales o simple ingenuidad–, el migrante cumple un deseo quizás inconsciente de rebelión. La rebelión encuentra su razón en la voluntad, explícita o menos, del migrante de desobedecer las reglas, muchas no escritas, que lo condenan a la vida que está dejando: sea ésa una vida de pobreza y falta de oportunidades, o una vida en guerra, o una vida condenada a la monotonía de una sociedad sin porqués ni perspectivas. Pero al mismo tiempo, irse representa una especie de rendición frente a una realidad contra la cual no se pudo. Una rendición que puede ser vista así quizás sólo en términos académicos, pues en ocasiones irse, escapar y abandonar un hogar es la única solución frente a un peligro concreto. Sin embargo, puede que a lo largo del tiempo y con la fría calma de la paz alcanzada en otro lado, esa rendición regrese a cobrar culpa o, más sencillamente, pura satisfacción.

Se dirá que no son migrantes todos los que dejan su país para viajar a otro y ahí establecerse. Se dirá que muchos son migrantes temporales, pues viajan un tiempo, el necesario para hacerse de un capital, y regresan. Y se dirá también que otros van para nunca volver. Los dos, se opinará, no son migrantes entendidos con ese participio presente que los hace ser activos, siempre. Quizás así sea; sin embargo, hay dos cosas por decir al respecto: la primera, que el migrante que va y viene creemos que nunca dejará de ir, aunque sea con sus sueños y recuerdos, y siempre tendrá en su memoria una experiencia única que es la de confrontarse y apostar sobre uno mismo. Si el hombre es conservador por naturaleza, por no querer arriesgar aunque sea lo poco que tiene, el migrante ya alcanzó el punto de no retorno y ya sabrá qué significa jugar con el destino y la propia suerte. La segunda es que, aunque un migrante decida finalmente quedarse en tierra ajena y establecer ahí una familia y una vida propia, lo cierto es que nunca dejará de migrar de regreso. Ese regreso, si no será físico, será seguramente virtual y consistirá en la búsqueda constante de información y noticias acerca del propio país de origen. Un migrante ya no será de su propia nacionalidad, pero tampoco dejará de serlo.

Es por eso que un migrante es hoy algo extraordinario. No mejor o peor, nada más distinto. Algo que ni siquiera las lenguas pueden contemplar. Algo que tampoco los gobiernos han podido entender. Algo que en tendencia aporta más riqueza de la que se lleva aún sin saberlo. Seres humanos que antes de ser personas que se desplazan en el territorio son ciudadanos que estuvieron y están dispuestos a apostar sobre algo mejor para sí. Y, para jugar hasta al fondo su apuesta, enfrentan lo desconocido. Actitudes que pueden ser muy positivas y que pueden salvarnos del mundo globalizado pero cerrado que nos quieren vender. No el sujeto revolucionario sobre el cual apostar los cambios radicales que muchos añoran, sino el sujeto en el que hay que convertirse para dejar de decirnos de un país y reconocernos ciudadanos del mundo, como se decía hace muchos años. Porque, finalmente, todos somos migrantes.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/04/01/index.php?section=opinion&article=020a2pol

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Enrique Dussel: De un inmigrante y exiliado político: Joshúa de Nazareth

La filosofía política nos permite realizar una hermenéutica filosófica de narrativas contenidas en textos religiosos. Lo que se llama Navidad es una festividad de las culturas del Mediterráneo y de otros pueblos en la que se celebraba al 21 de diciembre, el día más corto del año, porque desde ese día el sol habría de ir “creciendo”. Era el solis natale. Desde el tercer siglo dC, el cristianismo adoptó esa fiesta, que no era ni judía ni cristiana, y celebró el nacimiento de Joshúa de Nazareth. Las circunstancias de ese nacimiento pasan frecuentemente desapercibidas, fetichizadas bajo sentidos completamente superficiales.

Se sabe que el emperador romano del momento ordenó efectuar un censo para poder cobrar los tributos de sus súbditos coloniales. Palestina era colonia romana. La familia de Joshúa, descendiente de la dinastía de David, rey del pequeño reino entre el de Egipto y los de la Mesopotamia, debieron ir a Belén, lugar del nacimiento y residencia del indicado reyezuelo. Como no tenían recursos, eran inmigrantes pobres, María debió dar a luz al niño en condiciones de indigencia: “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no encontraron sitio en la posada” (Lucas 1,7). ¡Pobres inmigrantes entonces! Un latino o mexicano en el Imperio estadunidense! Pronto la situación se agravará.

Y esto porque el monarca colonial colaboracionista del Imperio romano, siendo Herodes un usurpador no de estirpe real, al enterarse que había la posibilidad del nacimiento de un descendiente de David, temiendo que un día le disputara el poder, ordenó “matar a todos los niños de dos años abajo en Belén y sus alrededores” (Mateo 2, 16). José tuvo noticia de que “Herodes buscaba al niño para matarlo. [Por ello] José se levantó, tomó al niño y su madre de noche [propio de un asustado perseguido], (y) se fue a Egipto y se quedó allí hasta la muerte de Herodes” (Ibid., 13-14).

Vemos entonces que la vida de Joshúa se inició en el peligro de la pobreza, la humillación, la opresión (nació en un pesebre), y no bien nacido casi lo asesinan (de no ser por los buenos informantes que tenía José). ¡Era entonces un perseguido político! Y léase bien: perseguido político y no religioso, porque se lo intentó asesinar porque en la “genealogía de Joshúa, el Ungido, [estaba indicado que era] descendiente de David” (Ibid., 1, 1).

En uno de mis viajes a Egipto en los 80, en El Cairo, me tocó en el barrio antiguo copto visitar una iglesita donde la comunidad bizantina celebra la estadía de Joshúa en Egipto. Ese día cobré conciencia de que el tal Joshúa había sido un exilado político en Egipto, y por ello un inmigrante indefenso. Debo indicar que esa estadía en Egipto no le fue a Joshúa inútil. En efecto, Joshúa debió aprender muchas cosas en su estadía en esa gran civilización –inmensamente más desarrollada que su pequeña patria palestina. Entre lo que aprendió fueron los criterios éticos universales que enumera como principios en el Juicio final (acontecimiento celebrado en las tradiciones egipcias, y que tenía a la Gran diosa de la justicia Ma’at por protagonista y que como jueza suprema preguntaba al muerto, que pedía la resurrección, qué había hecho de bueno en su existencia; a lo que el muerto respondía: “Di pan al hambriento, agua al sediento, vestido al desnudo, y una barca al peregrino” –capítulo 125 del Libro de los muertos de Egipto, que Joshúa reproduce en Mateo 25, enunciado mucho más completo que los sugeridos por Isaías).

Lo cierto es que aquella familia de exiliados políticos e indefensos inmigrantes cuando tuvieron información de que “murió Herodes [… José] se levantó, tomó al niño y a su madre y entró en Israel” (Ibid 2, 21). Pero, como toda familia de exiliados políticos, “tuvo miedo de ir allá”, y esto porque “Arquéalo reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes”. Fue por ello que prefirió estar lejos de Jerusalén donde los servicios de inteligencia de la época eran menos activos, y por ello “se retiró a Galilea” (Ibid. 22-23).

Pero no es todo. Al final de su vida, aquel laico (porque Joshúa nunca fue sacerdote, y celebró cultos propio de todo padre de familia, como el hagadá, la llamada “última cena”) enderezó su crítica en primer lugar contra la corrupción de la religión de su pueblo (“toda crítica comienza por la crítica a la religión”, dirá siglos después un descendiente judío alemán), ya que entrando al templo de Jerusalén “volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas, diciéndoles: Mi casa será casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones” (Mateo 21, 13), claro que, al menos, no debió criticarlos por protectores de pederastas. Podemos decir que Joshúa era anticlerical, cuando el sacerdocio se ha burocratizado y transformado en cómplice político del poder, este mismo también fetichizado.

Aquel mesías (en el significado de Walter Benjamín) profético (no davídico o político) vivió toda su vida desde la experiencia “del tiempo que resta” (en el sentido de Giorgio Agamben), como alguien con tal responsabilidad por los pobres y las víctimas que en poco valoraba salvar su vida que estaba empeñada en la lucha contra la injusticia y el dominio de los poderosos (del templo, de la patria colonial y del Imperio). Por ello, al final, fue acusado de “rebelar el pueblo” (“rebela al pueblo con su enseñanza”; Lucas 23, 5) contra el rey palestino Herodes, el hijo, y el mismo Imperio romano. Al final es crucificado (la cruz era la silla eléctrica política de aquella época). La cruz era la condena política contra los terroristas que se levantaban contra la ley sagrada del Imperio. Esa acusación era nuevamente una acusación política, no religiosa (porque Pilatos no la hubiera aceptado o no le hubiera dado importancia de haber sido sólo una acusación religiosa).

Por ello, el exiliado político en Egipto terminó asesinado bajo acusación de rebelión política, y con un cartel sobre su cruz que nada indicaba de religioso: “Joshúa de Nazareth, rey de los judíos” (Mateo 27, 38), título político y no religioso que el mismo Joshúa aceptó (“–¿Eres tú el rey de los judíos? […] –Tú lo estás diciendo” –respondió Joshúa; Ibid. 11). Lo que más molestó a los traidores políticos y religiosos coloniales judíos, y al soldado del Imperio, era la prédica profético política de Joshúa que al dar fundamento a los pobres y humillados de sus luchas contra la dominación, esos explotados se transformaban en actores de la historia desde el postulado de un Reino de justicia fraterno. ¡Lo cierto es que dicho postulado terminarán por transformar desde abajo todo el Imperio romano, y a otros posteriormente!

Navidad es una extraña festividad absolutamente fetichizada e invertida en su sentido fuerte, político, profético, crítico. ¡El mercado y las complicidades de los políticos, de los cristianos y sus jerarcas la han desvirtuado!

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2007/12/27/index.php?section=opinion&article=016a2pol

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