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Edward Lucas: How the West is losing the energy cold war

Picture yourself as the autocratic leader of a small-ish former Soviet republic, bubbling with oil and gas and keen to sell it. But where? One route is old, cheap and easy. It leads north, to Russia. But memories of the Kremlin’s imperial embrace are still fresh. The other is new, costly and tricky. It goes west, in both senses – via your neighbour, Georgia, and to supply Western customers direct.

Azerbaijan, a country of 8 million people on the Caspian Sea, plumped for the western route. After all, America was the strongest country in the world and Russia – back in the 1990s – was weak. So Azerbaijan supported the building of a $4 billion, 1,000-mile-long, million-barrels-a-day oil pipeline from Baku, its capital, via Tbilisi, in Georgia, to Ceyhan, a port on Turkey’s southern coast. BTC, as it is known, is the only oil pipeline from the former Soviet Union not controlled by the Kremlin.

Azerbaijan also supported the Baku-Tbilisi-Erzurum gas pipeline into eastern Turkey. Europe, with US backing, wants to extend it all the way to Austria. That project is named Nabucco – an operatic touch that underlines its importance in saving Europe from energy slavery.

Now not only is that plan in tatters but much else besides. As the shock waves from Russia’s dismemberment of Georgia echo across the region, Western interests are toppling like dominos. Almost unnoticed in Britain, Dick Cheney, the US Vice-President, paid a near-disastrous visit to Azerbaijan last week. Its President, Ilham Aliyev, inflicted a series of public snubs, including phoning the Russian President, Dmitri Medvedev, the moment that a meeting with Mr Cheney finished. A disgruntled Mr Cheney apparently then failed to appear at an official banquet. Azerbaijan seems to be ruling out supplying gas to Nabucco.

The reason is simple – Mr Aliyev does not want his country to suffer Georgia’s fate. It all too easily could. Like Georgia, Azerbaijan is not shielded by Nato. Talks on a US military presence have got nowhere. Relations with the EU are dormant, not helped by rigged elections and bullying of the opposition. Russia has been stirring up the Lezgin ethnic minority, whose homeland straddles the border between Russia and Azerbaijan. Mr Aliyev, an instinctive fence-sitter, has been talking nicely to Russia’s energy giant Gazprom. It has offered to buy his country’s entire gas exports – at world prices.

Just across the Caspian Sea, Kazakhstan and Uzbekistan have stitched up a deal to build a new gas export pipeline north to Russia. That further kiboshes Western hopes of finding gas from Central Asia to fill Nabucco, which is threatened by the rival South Stream project across the Black Sea, promoted by Russia.

It gets worse. Even Turkey, the linchpin of Western security planning in the region, is wobbling. It depends on a Russian pipeline across the Black Sea for most of its gas. The Kremlin has been assiduously cultivating Ankara, just as the EU has been giving it the cold shoulder. The sight of a semi-independent Kurdistan emerging as the result of the US invasion of Iraq has chilled relations further.

Iran is the other beneficiary of Georgia’s defeat. If the westward route is blocked, the choice for Central Asia and the Caucasus is to deal either with the mullahs of Tehran or with the former KGB men in Moscow. Neither offers much comfort to the West. Iran has said that it will block a gas pipeline across the Caspian – a vital link in the Nabucco project.

It may seem hard to get worked up about this in Britain. But if energy supplies to the rest of Europe are under Russia’s thumb, Britain’s security is deeply compromised. The absurdity is that Europe should be laying down terms to Russia. Not only is the EU the Kremlin’s largest customer, Europe’s economy is more than ten times larger than Russia’s, its population more than three times bigger. The magnet of European integration has brought peace to the western Balkans: if it is a choice between snuggling up to Russia or getting on track to join the EU, countries such as Serbia choose West over East. The same is happening, tantalisingly, in Belarus, where the autocratic leader Alexander Lukashenko is desperately flirting with Europe in the hope of staving off the day when his country is swallowed up in a new Russian-run superstate. Belarus has released all its political prisoners and is hoping that the EU will now relax sanctions.

The West used to be deluded about the former KGB regime in Russia. Belatedly it has shed its illusions. But it is still fatally divided and distracted. Germany and Italy prize their economic ties with Russia far above the interests of nominal allies in Eastern Europe and the former Soviet Union. British Eurosceptics react with garlic and silver bullets when a common European foreign policy is discussed. America is far away, bogged down in two other wars. It is not going to fight harder for Europe than Europe itself will do. Russia knows this, and believes it has a green light to push ahead. Turn down the heating: this is going to be a long winter.

Edward Lucas is the author of The New Cold War

London Times

http://www.timesonline.co.uk/tol/comment/columnists/guest_contributors/article4698316.ece

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Juan Francisco Coloane: La OTAN amenaza los equilibrios

Esta crisis ruso georgiana que comienza a movilizar políticamente a
toda Europa y EE.UU., puede convertirse en una crisis mundial. Dicho
esto, no por el carácter militar territorial del problema que es bien
acotado aún, sino por su fondo político. Al ampliar el foco, éste
tiene un alcance mayor, porque incide en los equilibrios a nivel
global, y en el cómo se obtienen.

En el cuadro mayor, Rusia estaría más interesada en este objetivo, no
en el sentido de la antigua supremacía pretendida por el poder
soviético, sino simplemente para coexistir como entidad en la
operación universal. Mal que mal, Rusia no está obsesionada con esta
supremacía, ni todavía con instalar una muralla de calibre bélico
nuclear para su protección.

En este sentido, que la solución se centre en lo que suceda o decida
un organismo como la OTAN, es un contrasentido, y una distorsión en la
visión del problema mayor. Recordando otras crisis en la zona en que
la OTAN fue un actor principal, se debe enfatizar que los Balcanes no
son el Cáucaso, puesto que la variable rusa en el tema de los
equilibrios, o los conflictos con la aspiración rusa de poder,
conllevan una dimensión de carácter universal.

Al analizar con profundidad los antecedentes de esta crisis, los
problemas claramente los arrastra la alianza transatlántica y la OTAN,
en su expresión más radicalizada, por su continua óptica expansiva
para la preservación de la supremacía. Como que el triunfo ideológico
y económico de la Guerra Fría clásica no hubiera sido suficiente.

En rigor, si existieran las bases para un nuevo orden mundial, o
siquiera un atisbo de ello, la OTAN debiera dejar de existir o al
menos reformular su mandato y estructura, cambiando la direccionalidad
de su matriz, como que Europa Occidental fuera a ser devorada por el
algún monstruo asiático.

La OTAN es la estructura militar que más poder político ha acumulado
precisamente por la debilidad del sistema internacional que
supuestamente se administra desde la ONU. En este sentido, hay una
contraposición de dos entes: uno, eminentemente militar en el papel
como la OTAN, pero que ha adquirido un enorme poder político. El otro,
que supuestamente es eminentemente político como la ONU, pero
debilitado. Esta contradicción se ha hecho más evidente con el fin de
la bipolaridad y esta crisis es un fiel reflejo de ella.

La OTAN nace como respuesta al expansionismo soviético en la
confrontación bipolar. Tenía plena justificación frente a la adopción
de regímenes socialistas en naciones europeas que por lo demostrado en
década y media, todavía no se explica cómo pudieron haber durado tanto
bajo la presión soviética.

¿La OTAN subsiste como tal, frente a qué enemigo? ¿Cuál es el acecho?
Tal vez se justificaba para un reordenamiento de la situación en los
Balcanes de la ex Yugoslavia. Pero la reordenación de las naciones y
territorios que estaban bajo el dominio de la Ex URSS, es harina de
otro costal, y tanto la OTAN como EE.UU. deben medir su aspiración de
expansión y dominio.

Al mismo tiempo, sería de un facilismo prosaico caer en el cliché de
la variable energética como el eje de lo que está en juego. Está
demasiado manida en la cartilla estratégica. Simplemente existe como
parte del cuadro en cualquier parte. Por mucho que existan reservas y
fuentes de crudo y gas en zonas no controladas territorialmente por
las fuerzas y los países de la OTAN, los recursos energéticos tienen
peso y razón de ser, en un engranaje financiero industrial altamente
interdependiente, y sobre cuya complejidad no puede actuar ni la
obcecación política o la desesperación militar. No basta sólo con
tener dominio político o territorial sobre el recurso: hay que
preguntarle a los barones de la energía en EE.UU., el Reino Unido,
España, Irak, Venezuela o Bolivia, entre otros.

Hoy, la alianza transatlántica está en una posición de supremacía
universal casi total, pero aún quiere más, y en ese proceso amenaza a
la estabilidad. En la superficie se ve la intervención rusa y su
imperiosa necesidad de conservar la integridad y estabilidad, sin
embargo el tema real es el reordenamiento político en función de los
equilibrios en el nuevo orden mundial. Que la ganancia y la
sustentabilidad económica están detrás de todo el ejercicio, es
cierto, y son su máquina propulsora.

Pero también es cierto que después de la caída de la ex URSS, el
debate acerca de la nueva paz conquistada ha sido, en el mejor de los
casos, fragmentado y en el peor, orientado a mantener la matriz de la
supremacía occidental, que, como se observa en cualquiera de las
actuales zonas de conflicto bélico, es políticamente exagerado. Cuando
se indaga en estas zonas, hay un rechazo a Occidente. Y la
globalización, entendida con matriz militarista de la OTAN, se
transforma en una barbarie por este rechazo.

* Argenpress

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Luis Alejandre: Georgia, punto y aparte

No hay que remontarse al tiempo de los fenicios para comprender la crisis de Georgia que ha costado cerca de 2.000 muertos y decenas de miles de personas desplazadas, heridas, enfermas, insultadas, expoliadas o violadas. Hablamos de ciudadanos como nosotros, que lo han sufrido.
Lo malo es que el conflicto no ha terminado, a pesar de que el alto el fuego constituye una indiscutible buena noticia y todos deseamos que se mantenga. La decisión de Rusia de reconocer la independencia de las dos regiones separatistas de Georgia –Osetia del Sur y Abjasia– crea un conflicto diplo- mático y es dudoso que contribuya a favorecer la paz en la región.

EL MAPA geoestratégico es bien conocido. Se disuelve la URSS tras la caída del Muro de Berlín y se rediseñan las fronteras de las residuales repúblicas que formaban la Unión Soviética. Hay dificultades para incluir etnias, culturas y religiones homogéneas en un mismo espacio geográfico. Y no solo se dan estas dificultades en Georgia. Entre 1991 y 1992 se firman unos acuerdos entre Moscú y Tiflis que contemplan a Osetia del Sur con un estatus especial, protegido por una “fuerza de paz” rusa. Lindante con la rusa Osetia del Norte, la del Sur cuenta con una población mayoritariamente de la misma etnia y religión ortodoxa.
El nuevo Estado georgiano, de 70.000 kilómetros cuadrados, poblado por algo más de cuatro millones de habitantes, arranca con más dificultades que glorias. Se degrada su situación económica y va perdiendo poco a poco comercio y turismo procedentes de su vecino del norte, Rusia.
Pero ocupa un espacio vital en el enlace estratégico que une el mar Caspio con el mar Negro, el que canaliza petróleo y gas hacia Occidente. En este flujo va el 20% de la energía que consume Israel
Por supuesto, Estados Unidos se fija en la región. Derivado de un golpe de Estado, después legitimado por las urnas, colocan a un hombre de confianza, el presidente Mijail Saakashvili. Este, fiel a su nuevo protector, entrega un contingente de 2.000 soldados para combatir en la difícil posguerra de Irak. En la cumbre de la Alianza Atlántica de abril del 2008, celebrada en Bucarest, Estados Unidos es el gran patrocinador de la entrada de Georgia en la Alianza. Se anticipan Albania y Croacia, porque los socios europeos posponen la decisión. Está demasiado latente el tema de Kosovo como para iniciar un debate sobre Osetia o Abjasia. (Por cierto, la independencia de Kosovo únicamente ha sido reconocida por 27 países, 15 de los cuales son miembros de la Alianza Atlántica).

PERO, UN BUENdía de agosto, Saakashvili, sin esperar una nueva reunión de la OTAN pero aprovechando que la atención mundial está fijada en Pekín y que incluso su protector George Bush está más atento al equipo estadounidense de béisbol presente en los Juegos Olímpicos que a la situación que se está gestando en el sur del Cáucaso, y creyéndose bien armado por Israel y por los propios norteamericanos, decide atacar Osetia del Sur en nombre de una interpretación unilateral de su soberanía.
Los que no están pendientes de los Juegos son los generales de Putin. En 24 horas arrasan Georgia. En cierto sentido, protegen a sus minorías y se apoyan en los acuerdos de 1992. En otro, no olvidan la ascendencia georgiana de Stalin y los ocho años de presidencia del que había sido ministro de Exteriores de la URSS, Eduard Shevardnadze, el hombre de la apertura. ¡Demasiados antecedentes históricos para mantenerse impasibles !
Lo demás ya se sabe: Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; viajes de la presidencia europea a la zona; observadores internacionales; ayuda humanitaria; hipócrita crujir de dientes en toda la sociedad occidental. La historia de siempre. Ahora vendrán los grandes negocios aprovechando el río revuelto: infraestructuras, inversiones, la misma ayuda humanitaria… Tranquilizaremos nuestras conciencias donando algo a alguna oenegé conocida o viendo cómo nuestro Gobierno manda a un centenar de nuestros buenos soldados en misión de paz. Eso sí: de paz.
Siempre a posteriori. Siempre encontraremos a un político como Nicolas Sarkozy que va a intentar solucionar el problema; lo malo es que nunca encontramos políticos que eviten que se produzcan los problemas.

MIENTRAS,Ucrania mira de reojo. Todavía tiene en Sebastopol a la potente escuadra rusa del mar Negro, consecuencia de unos acuerdos similares a los que se firmaron en 1992 con Georgia. Los países bálticos y Polonia se han decantado claramente por la política de la república hermana de Ucrania. ¡Cuidado!
Rusia, recuperada económicamente, favorecida por el alza de los precios del crudo y del gas, pero con problemas de redistribución de la riqueza graves –conviven sueldos de 300 euros al mes con grandes fortunas– quiere recuperar su peso específico en la política internacional. Ningunearla puede ser suicida, porque conserva en su alma el histórico y orgulloso potencial de la extinta URSS.

MANUELCastells escribía recientemente que estamos ante “las primeras escaramuzas de una guerra caliente que se esta gestando en territorios de la guerra fría”. No olvidemos tampoco la vecindad de Chechenia con Osetia del Norte. Parece que Moscú ha aprendido la lección y no permitirá nuevas aventuras.
La osada –aunque mejor diría insensata– guerra de Georgia desemboca en el reconocimiento por parte de Rusia de la independencia de Osetia del Sur y de Abjasia. Puede que la red de oleoductos y gaseoductos Bakú (Azerbaiyán)-Tiflis-Ceylán (Turquía) recupere su operatividad. Pero nada será igual al sur del Cáucaso; nada será igual en el mar Negro; nada será igual en la próxima cumbre de la OTAN, cuando se celebren los 60 años de su creación.
Georgia estará presente en nuestras vidas en las próximas décadas. Ojalá no sea para que se repitan las monstruosidades de este mes de agosto olímpico.

http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idtipusrecurs_PK=7&idnoticia_PK=539104

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