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ANA ANABITARTE: Alejandro Ordaz Moreno “Denuncia tortura y racismo”

MADRID.— Alejandro Ordaz dice que es inocente. Lo repite una y otra vez desde la sala de comunicaciones del Centro Penitenciario de Sevilla (sur de España), en la que concede una entrevista, la primera, a EL UNIVERSAL.

Reconoce que se siente fatal al estar en prisión, al despertar cada día encerrado en una celda; que le cuesta dormir, tiene pesadillas y que sueña que se escapa y que tiene miedo a ser declarado culpable.

También asegura que no es justo que por haberse peleado con unos policías pidan una condena para él de 36 años de cárcel. “Más que para un asesino o un violador, cuando yo no he hecho daño a la sociedad”, denuncia.

Se defiende con el argumento de que se enfrentó a ellos porque no sabía que eran policías y sintió “un arranque de pánico al pensar que me querían secuestrar”.

Le pide al presidente Felipe Calderón que se interese por su caso y que durante la visita que realiza a España exija a su homólogo, José Luis Rodríguez Zapatero, que se haga justicia.

El pasado 8 de marzo, la vida de Alejandro Ortiz, de 29 años, dio un vuelco. De ser un brillante estudiante mexicano residente en la ciudad andaluza becado por el Conacyt para realizar un doctorado en energías renovables, se convirtió en un preso más de la cárcel de Sevilla. De vivir en un cómodo departamento de la calle San Juan de la Salle en el barrio de la Macarena, con su compañero y amigo desde hace más de una década, el también estudiante mexicano José Alberto Vite, pasó a ocupar una pequeña celda del penal, junto a un hombre acusado de violencia doméstica. Y de tener un futuro profesional y personal —se casaba este mes de julio con su novia Rocío—, ahora se enfrenta a una posible condena de 36 años de cárcel.

Aquella noche, Alejandro había salido a tomar unos tragos con Vite. A las dos de la madrugada el joven, que “había bebido más de la cuenta”, como él mismo reconoce, salió solo del bar Amazonia, que se encuentra a pocos metros de su casa. Por el camino fue detenido por dos policías que iban vestidos de civiles, que al parecer le confundieron con un chico que esa noche estaba acosando a tres mujeres. Aunque le mostraron la placa, el joven pensó que lo iban a secuestrar y la emprendió a golpes. Ahora se enfrenta a dos delitos de tentativa de homicidio contra la autoridad, un delito de lesiones y otro de amenazas.

“Cada vez estoy peor aquí encerrado”, explica a través de un vidrio. “Estoy muy agobiado y sicológicamente me encuentro mal”, añade. “Yo no soy un delincuente, nunca he hecho daño a nadie. Para mí todo fue una pelea fruto de un malentendido. Yo nunca quise atacarlos y jamás les apunté con el arma ni les intenté disparar. Les pegué en defensa propia porque al ir vestidos de civil no pensé que eran policías”, se justifica. “Yo no sabía que en España había policía secreta”, añade.

De su vida en la cárcel asegura que está en un módulo tranquilo y que no ha tenido problemas con nadie, aunque cuenta que estar rodeado de asesinos, de violadores y de narcotraficantes “te hace vivir siempre en alerta, porque no sabes en qué momento pueden explotar”.

Cuando los internos salen al patio, Alejandro se suele sentar en una esquina con la computadora y aprovecha el tiempo para estudiar. Además, trabaja limpiando galerías y en la biblioteca.

Su padre, Esteban Ordaz, que ha dejado su trabajo de policía en Guanajuato para trasladarse a vivir a Sevilla, es quien lo visita cada domingo por la mañana. Aunque también acaban de estar con él su novia Rocío y su madre Isabel. “Yo no quería que vinieran aquí porque es muy duro entrar en una cárcel y ver todo esto”, relata. “Pero se empeñaron porque no estaban tranquilas después de saber los golpes que me habían dado cuando me detuvieron”, cuenta. “Al verlas yo me derrumbé. Ver a mi madre llorar me afectó mucho y no pude contener las lágrimas. Sentí muy feo de haberles causado tanto dolor”, añade.

Alejandro también lo pasa mal cuando sale a hacer “diligencias”: a testificar ante el juez. “En ese momento es cuando tengo contacto con la policía y me tratan peor que a los demás presos, creen que soy una amenaza porque saben que he pegado a dos de sus compañeros y yo los siento muy hostiles”, dice.

Ordaz también pasa miedo porque recuerda las torturas que dice que sufrió cuando fue detenido y mantenido incomunicado en los calabozos durante 48 horas. “En esos dos días entraron varios policías al calabozo y me pegaron con las pistolas, incluso me la metieron en la boca varias veces, me insultaron; el jefe me dijo: te vamos a regresar a tu país de indios, me mintieron y me aseguraron que los dos policías con los que me había peleado se habían muerto, y me amenazaron con tirarme al río”, denuncia.

http://www.eluniversal.com.mx/nacion/160114.html

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Carlos Monsiváis: De la burocracia como utopía

Sólo en un sentido la derecha en México (política, social, cultural) no miente: así quisiera, no podría ocultar su identidad, su catálogo de prohibiciones como estímulos incesantes, su odio a las libertades femeninas, su desprecio por las minorías (indígenas, miembros de otras religiones, gays, lesbianas), su autoritarismo, su intolerancia. Así la derecha política necesite de modelos ideológicos “más presentables” en épocas electorales, en el momento de las decisiones no vacila porque está al tanto: si deja sus intransigencias y prejuicios se despuebla, extravía su identidad.

La izquierda, en cambio, es un concepto y una realidad más huidizos, poblados de contradicciones y de alternativas multiplicadas a diario. Las corrientes ideológicas se entrecruzan, se oponen, se ignoran; los procesos electorales consumen las energías al punto de aplazar o, ya en forma, oscurecer las causas fundacionales, la primera de ellas la lucha contra la desigualdad. La izquierda cultural y la izquierda social mantienen en lo básico su congruencia, constituyen el gran público cultural, se informan de modo sistemático (la categoría de News Freaks, de adictos a la información, casi está diseñada para le gente de izquierda), siguen razonadamente las polémicas, participan en la defensa de los derechos humanos (una causa que a la derecha no le interesa o incluso le incomoda), tienen un criterio internacionalista que no se concentra en el Estado Vaticano. Sin embargo, a la izquierda política en última y primera instancia, y salvo las excepciones en las bases y en una parte mínima de la dirigencia, la definen las ambiciones burocráticas.

* * *

Tómese, por inevitable, el caso del Partido de la Revolución Democrática (PRD), cuyas elecciones recientes le interesan tanto al “Ballet Folclórico del Estado de Derecho” y a los coleccionistas de las últimas palabras, rigurosamente las últimas, de Andrés Manuel López Obrador. El PRD, el partido que aparece queriendo organizar el movimiento alrededor de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y 1989, atrae a los radicalizados por el neocardenismo y el gran fraude, a los náufragos del marxismo huérfano, a “las viudas de la Revolución” proletaria, a los nacionalistas revolucionarios, a los ex guerrilleros, a la burocracia del Partido Comunista, a los masones que sobrevivieron al priísmo, a los obreros, a los campesinos inconformes, a los jóvenes profesionistas (de la UNAM sobre todo, y de Economía y Ciencias Políticas en particular), a los organizadores de colonias populares, a los defensores de derechos humanos, a los ecologistas, a un puñado de gays y lesbianas.

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También, y de manera inevitable, la emergencia del PRD atrae dirigentes (digo, es un decir) de grupitos tan desprestigiados como el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), al que su líder, Rafael Aguilar Talamantes, conduce a la devastación en tiempo brevísimo, o como los residuos de movimientos regionales. Estos burócratas, que lo son desde el principio, antes de adquirir responsabilidad alguna, no se inmutan si nadie los conoce, su “fama” (es otro decir) les vendrá de su matrimonio con el presídium. “¿Quién es el que está allí?/ Déjame ver”.

Muy pronto se aclaran las habilidades de los burócratas: su rechazo de la fatiga, (nadie como ellos para quedarse hasta el final de las reuniones y asambleas); su astucia al filtrarse entre las hendiduras de la vida partidaria (son extraordinarios en materia de ampliación de resquicios); su persistencia en las visitas a las regiones donde se hacen de clientelas, amigos, socios; su desdén por el debate ideológico, alguna vez se dijeron marxistas y luego, sin problema, se llaman a sí mismos “democráticos” (No sean autoritarios, no les pidan que definan algo). A fin de cuentas, y esto vale para todos salvo unos cuantos estudiosos, la doctrina marxista nunca cuajó por así decirlo en el país, se leían algunos libros, se dejaba de asistir a círculos de estados y, en rigor, nada más se tomaba en cuenta la experiencia de los viajes.

Allá van, a Cuba, Nicaragua, los países del socialismo real todavía en la década de 1980. Los viajes ideologizan, y por eso, en La Habana, un grupo de legisladores del PRD aplaude largamente al comandante Fidel Castro cuando éste, es un breve discurso de dos horas, alaba las ventajas del partido único y del control de los medios informativos. Cuba es una isla; México debería serlo.

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Los burócratas del PRD no se oponen a las figuras fuertes, Cuauhtémoc Cárdenas primero y luego, inesperadamente, Andrés Manuel López Obrador. Se oficia la división de labores: a los líderes les toca darle visibilidad a la causa, a un sector de los funcionarios de partido les corresponde la atención a las clientelas y la burocracia de aguas profundas se encomienda a sí misma la repartición de los puestos, las senadurías, las diputaciones, las delegaciones del DF, las secretarías del PRD, en fin, la mayoría de los dieciséis mil empleos que el partido congrega y reparte. Estas atribuciones consumen el-tiempo-a-la-disposición y mientras —generalizo para no correr el riesgo de equivocarme— los burócratas no leen (revistas y periódicos sí), no asumen a fondo causa alguna, no examinan críticamente el régimen de Fidel Castro, no extraen lecciones del destino del socialismo real, no analizan la situación internacional (estar contra el delirio belicista de George Bush no es saberlo todo), carecen de cultura jurídica (no la del Talmud de la legislación que les importa, la del IFE en primer término).

¿Qué más? Bueno, adelgazan su ideología hasta que sólo consiste en grandes vocablos: Democracia, Negociación, Libertades, Socialdemocracia, Izquierda Moderna.

Lo de menos es si alguien los toma en serio o les cree. Esto deja de ocurrir tratándose de las causas, pero sí persiste en materia de fuerzas contundentes. Un término, El Aparato va explicándole todo: quien controla El Aparato se adueña de la agenda del PRD, aguarda el fin de las luchas electorales para encargarse de la repartición de lo que sólo muy parcialmente ayudó a conseguir y hostiliza a quienes pretenden liberar el partido, así sea en lo mínimo, del tributo a la burocracia, de la tarea de la distribución concentrada de lo que se tiene, poco o mucho, pero nada más de nosotros, los de la burocracia de aguas profundas.

* El Universal
* http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/40093.html

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