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Carlos Montemayor: Facetas de un hombre renacentista (Parte I)

La poesía es una parte de la amplia y fecunda obra de Alí Chumacero, obra que se prolonga hasta la fecha en varias facetas fundamentales para la cultura contemporánea de México. Podríamos fechar los inicios de algunas de esas facetas. Por ejemplo, decir que desde 1936 se inició en su labor literaria, como lo demuestran sus reseñas publicadas ese año sobre la literatura rusa y sobre Amado Nervo en las revistas Estudiantina y Nueva Galicia, de Guadalajara. Otra fecha, también, que lo convertiría en un elemento notable en las importantes revistas de la cultura nacional, podríamos situarla en 1939, cuando en colaboración con Jorge González Durán, José Luis Martínez y Leopoldo Zea comenzó a preparar una nueva revista literaria que apareció en enero de 1940, Tierra Nueva. La Universidad Nacional de México fue, pues, el medio en que Alí Chumacero inició su vocación fundamental de manera sistemática y profesional: por el coordinador de Humanidades, Mario de la Cueva, fue redactor de la revista Tierra Nueva; por el apoyo de Alfonso Noriega, secretario general de la universidad, publicó su primer libro de poemas: Páramo de sueños.

Pero independientemente de la significación histórica de la revista Tierra Nueva, Alí Chumacero siguió colaborando como redactor en otras publicaciones periódicas importantes. Después de 1942, año en que desapareció Tierra Nueva, fue redactor de 1943 a 1946, de El Hijo Pródigo, y en el mismo tiempo de Letras de México. A partir de su colaboración con Octavio G. Barreda en El Hijo Pródigo, revista fundamental donde concurrieron los escritores de las revistas de Contemporáneos, Taller, Tierra Nueva y autores españoles exiliados tras la caída de la República, Alí Chumacero se integra en el corazón editorial crítico y lírico que dará el perfil definitivo a la cultura mexicana del siglo XX. Después, durante varios lustros, colaboró aún como redactor, al lado de Fernando Benítez en México en la Cultura de Novedades, que inició en el país la tradición de los suplementos culturales de periódicos, y luego en La Cultura en México de Siempre! Por decisión personal, Alí terminó su importante y valiosísima labor de redactor de revistas culturales en 1973, cuando declinó la invitación para participar en la redacción de la revista Plural, que en ese tiempo creó Excélsior con el poeta Octavio Paz. Tal labor, pues, fue una de las más notables, pródigas y generosas actividades del poeta Alí Chumacero: impulsor, a través de las principales revistas literarias y culturales de México, de los escritos que sobre filosofía, historia, política, literatura y poesía conformaron el perfil de la cultura contemporánea de México.

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Carlos Montemayor: El terror y el Islam

La Jornada publicó recientemente un extenso artículo del periodista británico Robert Fisk con motivo del quinto aniversario de la invasión a Irak. El eje de su reflexión es la amnesia histórica de los ingleses en la ocupación de territorios musulmanes y citó a ese propósito una arenga que Pat Buchanan escribió cinco meses antes de esa invasión: “Con nuestra regencia estilo McArthur en Bagdad, la pax americana llegará a su apogeo. Pero luego la marea bajará, porque la única empresa en la que los pueblos islámicos sobresalen es en expulsar a las potencias imperiales mediante el terrorismo o la guerra de guerrillas.”

Difícil saber si para Buchanan la guerra de guerrillas es sinónimo de terrorismo. Es posible que así sea, pues para los militares británicos y estadunidenses todo guerrillero perteneciente a países miserables, subdesarrollados o islámicos es ya terrorista.

Para Fisk, sin embargo, la advertencia de Buchanan parece tener una connotación diferente, como se advierte en la parte final del artículo: “Voy a aventurar una presunción terrible: que hemos perdido Afganistán como sin duda hemos perdido Irak y como de seguro vamos a perder Pakistán. Es nuestra presencia, nuestro poder, nuestra arrogancia, nuestra renuencia a aprender de la historia y nuestro horror –sí, horror– al Islam lo que nos precipita al abismo. Y en tanto no aprendamos a dejar en paz a esos pueblos musulmanes, nuestra catástrofe en Medio Oriente se volverá más grave. No hay conexión entre el Islam y el ‘terror’. Pero sí hay conexión entre nuestra ocupación de tierras musulmanas y el ‘terror’. No es una ecuación tan complicada.” Poco antes se preguntó: “¿Estamos allá por el petróleo? ¿Por la democracia? ¿Por Israel?”

Sobre el carácter parcial del término “terrorismo” me he extendido en mi libro La guerrilla recurrente; aquí apuntaré sólo algunos detalles para resaltar la conclusión de Robert Fisk, y retomar la mención de Israel como posible causa de la ocupación de territorios musulmanes.

El 16 de septiembre del 2001, en el periódico The Independent, de Inglaterra, el propio Fisk recordó que 19 años atrás había tenido lugar el acto terrorista más grande de la historia del Medio Oriente: “Hoy ningún periódico británico recordará el hecho de que el 16 de septiembre de 1982 las milicias falangistas aliadas de Israel iniciaron una orgía de tres días de violaciones sexuales, acuchillamiento y asesinato en los campos de refugiados de Sabra y Chatila que costaron mil 800 vidas. Esto fue un acto seguido de una invasión israelí de Líbano, lo cual costó las vidas de 17 mil 500 libaneses y palestinos, casi todos civiles. Eso es probablemente tres veces la tasa de muerte del World Trade Center. Sin embargo, yo no recuerdo ninguna vigilia o servicios de conmemoración o veladoras en Estados Unidos o en Occidente por los muertos inocentes de Líbano; no recuerdo apasionados discursos por la democracia y la libertad”.

Pocos días después, las agencias de prensa comenzaron a informar que un juez de Bélgica había aceptado abrir juicio contra el entonces primer ministro israelí, Ariel Sharon, por delitos de lesa humanidad, crímenes de guerra y genocidio, precisamente por haber sido la autoridad permisiva responsable de las matanzas en los campamentos de Sabra y Chatila. La apertura del juicio se fundamentaba en la Ley de Competencia Universal promulgada en Bélgica en 1993, confirmada y ampliada en 1999, que dio autoridad a los tribunales de ese país para juzgar crímenes de genocidio, guerra y contra la humanidad sin importar el lugar donde se hubieran cometido, la nacionalidad de criminales y víctimas, y sin admitir inmunidad de jefes de Estado o de gobierno. Los principios reconocidos en Bélgica habían sido defendidos por Israel entre 1960 y 1962, cuando se secuestró y procesó como criminal de guerra al oficial nazi Adolf Eichman; en cambio, en el año 2001, la defensa de Sharon negó legitimidad al tribunal que instruía la causa.

El apoyo estadunidense a regímenes dictatoriales y corruptos del planeta entero, incluidos algunos de países islámicos, no podía olvidarse en el momento en que Estados Unidos afirmaba que después de Afganistán convendría dirigir la guerra contra Irak, Somalia y otros países de fe islámica. Por una especie de amnesia histórica, en octubre de 2001, durante los primeros días de los ataques a Afganistán, Estados Unidos demostró al mundo que era capaz de gastar miles de millones de dólares en bombardear un país paupérrimo como Afganistán para sofocar las fuerzas de Osama Bin Laden, en la misma medida que había sido capaz de gastar miles de millones de dólares para crear y fortalecer a los mujaidines que Osama Bin Laden había encabezado en Afganistán contra el poderío soviético. Así demostró Estados Unidos su capacidad de caer dos veces en el mismo pozo: primero con el gasto para crear un dirigente y un contingente de mujaidines; después, con el gasto para acabar con el mismo dirigente y los mismos mujaidines. ¿Así era la guerra contra el terrorismo? No era una forma eficaz de combatirlo, sino de fomentarlo.

Esa inercia parece asomar en la estrategia del Plan Colombia, y no debemos esperar que sea otra la estrategia del Plan Mérida. La ecuación es simple, dice Fisk: “No hay conexión entre el Islam y el ‘terror’. Pero sí hay conexión entre nuestra ocupación de tierras musulmanas y el ‘terror’.” Lo mismo ocurrirá al llevar violentamente el Plan Colombia a otros territorios. No hay “actos legítimos de guerra” en esas condiciones, como el secretario colombiano de Defensa argumenta ante Ecuador. En ese argumento asoma no sólo el modus operandi estadunidense, sino también el israelí. En efecto, desde hace años, veteranos y oficiales israelíes asesoran el ejército colombiano.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/03/29/index.php?section=opinion&article=017a2pol

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Carlos Montemayor: La democratización de Pemex

Por más que tratemos de evitarlo, por menos literario que procuremos hacer el análisis de nuestra vida social, el realismo mágico se filtra por las grandes fisuras de los discursos de viejos y nuevos políticos y por las cuarteaduras cada vez mayores de los desvencijados muros de nuestra economía nacional. La conversión del color negro en color blanco es sorprendente en México: tan fácil como convertir, en la gastronomía popular, un gato en liebre o, en la música popular, un gavilán en paloma.

En efecto, hay que recibir con buen humor, con cierta imaginación literaria, acaso como un homenaje involuntario a Gabriel García Márquez, los acontecimientos de nuestros días. Porque ahora, al proceso de convertir los ingresos públicos en ganancias privadas y las deudas empresariales en deuda pública varios de nuestros políticos lo quieren llamar “democratización”, cosas del realismo mágico que no hubiera imaginado nunca el viejo Aristóteles. Algunos de nuestros políticos tienen la peregrina idea o la ocurrencia exótica de que todos los mexicanos padecemos la insuficiencia cerebral necesaria para confundir al lobo con el cordero y a Dios con el diablo.

Durante una ceremonia de homenaje a los atenienses caídos en la guerra, Pericles explicó que: “… nuestro gobierno se llama democracia, porque la administración de la república no pertenece ni está en pocos sino en muchos”. En otro discurso, también registrado por Tucídides, Pericles agregó otro rasgo: “En cuanto a lo que al bien público toca, pienso que es mucho mejor para los ciudadanos que toda la república esté en buen estado, que no que a cada cual en particular le vaya bien y que toda la ciudad se pierda. Porque si la patria es destruida, el que tiene bienes en particular también queda destruido con ella como los otros. Por el contrario, si a alguno le va mal privadamente, se salva cuando la patria en común está próspera y bien afortunada.”

Aristóteles nos provee de otra aclaración importante para matizar las cosas en aquellos tiempos. En un pasaje no siempre comentado de su Política (Libro IV, 1290b) propone lo siguiente: “Debe decirse más bien que hay democracia cuando son los libres los que tienen la soberanía y oligarquía cuando la tienen los ricos; pero da la coincidencia de que los primeros constituyen la mayoría y los segundos son pocos, pues libres son muchos, pero ricos son pocos… El régimen es una democracia cuando los libres y pobres, siendo los más, ejercen la soberanía, y una oligarquía cuando la ejercen los ricos y nobles, siendo pocos.”

Esta reducción a dos formas de gobierno se antoja más práctica que los matices de la división tripartita, porque refleja dos condiciones categóricas: la movilidad social misma entre ricos y pobres en la alternancia del poder y las condiciones sociales que producen un mayor número de pobres y un menor número de ricos. Esto es, el registro de una “más amplia” o “más reducida” distribución de la riqueza. En nuestro tiempo, cuando todo quiere explicarse por medio de análisis macroeconómicos, la prosperidad de los pocos o de las elites financieras se confunde con la riqueza de la República; no es así. La pobreza extrema de millones de habitantes no puede solucionarse con la riqueza de una elite.

La costumbre de emplear a fondo el realismo mágico en el lenguaje de las políticas económicas comenzó con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Recientemente, en las páginas de La Jornada, Carlos Fernández-Vega recordó que el 2 de mayo de 1990, cuando se anunció la reprivatización bancaria, Salinas la justificó diciendo que había que “democratizar el capital financiero”. Fernández-Vega apuntó que, en los hechos, “el número de accionistas, en el mejor de los casos, no pasó de un par de centenas (0.0002 por ciento de la población de entonces). Lo único que sí se democratizó fue el voluminoso costo del rescate bancario”. Uno de los resultados de esa democratización es que la banca ya no es mexicana.

Difícil creer que el “poder del pueblo” equivale a la desmedida codicia de las elites. Decir que es un proceso de democratización que el lobo se coma los bienes de los corderos es una broma de mal gusto. No digo que debamos tomar las cosas siempre con seriedad. Pero tengamos, al menos, un poco de respeto con el buen humor. Hay límites incluso para las bromas: se requiere decencia, como las “buenas familias” han argumentado siempre.

Convertir ingresos públicos en ganancias privadas de una elite no es democratizar Pemex, sino una capitulación del Estado, una cancelación de responsabilidades públicas, un retroceso nacional. ¿Qué más nos falta ver y vivir en México? Estamos, como diría García Márquez, ante la crónica o historia de un nuevo robo a la nación ya anunciado.

Suele decirse que el político es un hombre de acción y el escritor un hombre de imaginación. Sin embargo, la mayor parte de la actividad del político tiende a imaginar una peculiar reconstrucción de la realidad que justifique las actividades de represión, reorganización, competencia o justicia social que se propone un grupo en el poder en un momento dado. De tal manera que el ejercicio político no es puramente la acción, también la ficción, y muchas veces con un sentido más peligroso que el literario. Es la ficción que da origen a la “versión oficial de la realidad”.

No niego la importancia de la imaginación, por supuesto. Sí, pero ahora los políticos mexicanos abusan y creen que pueden transformarse en ilusionistas. ¿Lo permitirá el país? ¿Da México para eso y más? Qué ganas de imitar a nuestros vecinos distantes y pedir que “Dios bendiga a los Estados Unidos Mexicanos”.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/02/07/index.php?section=opinion&article=021a2pol

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Carlos Montemayor: Las FARC y el terrorismo

El viernes de la semana pasada, en un discurso ante el Poder Legislativo de su país, el presidente venezolano Hugo Chávez se atrevió a plantear como una solución política el reconocimiento a las Fuerzas Armadas Revolucionaras de Colombia (FARC) como fuerzas beligerantes. Las reacciones nacionales e internacionales fueron en su mayor parte previsibles.

De inmediato, por ejemplo, el gobierno de Colombia rechazó la propuesta de reconocimiento de las FARC como fuerza beligerante e insistió en la solución militar para extirparlas como “un cáncer” a fin de que en 2010 Colombia se convierta en “un país sin terroristas”. En círculos políticos colombianos, la iniciativa de Chávez fue cuestionada incluso por constituir una intervención en asuntos internos colombianos. El portavoz del Departamento de Estado del gobierno de Estados Unidos, Sean McCormack, rechazó el 14 de enero la propuesta de retirar de la “lista de organizaciones terroristas” a las FARC, y la gobernante alemana Angela Merkel fue de la misma “escéptica” opinión un día después.

Interesante planteamiento el del presidente Chávez no por imposible de realizar, sino por la importancia de poner en la mesa de debate nacional e internacional el sesgado y utilitario concepto de “terrorismo” y descubrir otras capas de la realidad social en el mundo actual. Particularmente cuando la “injerencia internacional” de nuestros días no se origina en los círculos terroristas, sino en los financieros.

La senadora colombiana Piedad Córdoba expresó, por su parte, el 13 de enero, que “la gente tiene que entender que efectivamente las FARC son un ejército, son un sujeto político en el país, son una realidad política y no podemos olvidarnos de eso, porque en esa medida y de esa manera no vamos a lograr lo que queremos, que es la liberación de todos los compañeros”. El argumento es relevante: “son un sujeto político en el país, son una realidad política”. Ésta es la dimensión que varios gobiernos en el mundo tratan de eliminar, ocultar o distorsionar en procesos sociales de oposición o en movimientos de resistencia a ocupaciones territoriales de fuerzas extranjeras. No es difícil observar que en Chechenia, Irak, Palestina, Pakistán o Colombia, por poner algunos ejemplos, hay una práctica de descalificación política utilitaria a movimientos y procesos sociales. La petición de reconocer a las FARC en Colombia como fuerza beligerante se relaciona con numerosos casos de muchos países del mundo, incluido México.

En julio de 1997 fueron divulgados en el semanario Proceso algunos documentos de Inteligencia Militar, en uno de ellos, en una tarjeta dirigida al secretario de la Defensa, se lee lo siguiente:

“Entre los años 1991-1992 acudió a la Secretaría de la Defensa Nacional (EMDNS5) el doctor Alberto Zékelly, en ese entonces funcionario de la Secretaría de Relaciones Exteriores, con la pretensión de que esta dependencia mostrara su acuerdo para que nuestro país suscribiera el protocolo II adicional a los convenios de Ginebra, que regula conflictos armados de carácter interno. Esta secretaría estuvo en desacuerdo por considerar que con la firma de ese protocolo se ponía en riesgo de afectación la soberanía del país y se abría la posibilidad de una injerencia externa que en un caso determinado, incluso tratándose de bandas de narcotraficantes, pudieran alcanzar un estatus beligerante y, en consecuencia, acogerse al derecho internacional. Ante esta negativa, el doctor Zekelly propuso que se accediera a una petición de la Cruz Roja Internacional para abrir una oficina en México. Esta secretaría también se mostró contraria a esta pretensión.”

Queda claro que la Secretaría de la Defensa se opuso a que México firmara el protocolo II adicional a los convenios de Ginebra porque había detectado la presencia del grupo armado que después conoceríamos como EZLN. La firma del protocolo favorecería, en términos militares, al grupo armado antes aun de lanzar una declaración de guerra. Pero el otro argumento era peculiar: tal firma pondría en riesgo de afectación nuestra soberanía por facilitar la injerencia internacional. El planteamiento es contradictorio no sólo por la “injerencia” que México padecía ya desde ese momento con los organismos financieros internacionales, sino por este simple hecho: que el ejército esté actuando cada vez más a fondo en la lucha antinarcóticos es resultado ya de una injerencia internacional.

La ley estadunidense definió el terrorismo como la “violencia premeditada, políticamente motivada y llevada contra objetivos no combatientes por grupos subnacionales o agentes clandestinos” y el terrorismo internacional como el “que involucra a los ciudadanos o el territorio de más de un país”. En septiembre de 2001 el Departamento de Estado dio a conocer en Estados Unidos el Informe global sobre terrorismo, que identificaba a 29 organizaciones terroristas en todo el mundo. De ellas, 14 eran de tendencia extremista islámica y contaban con algún tipo de apoyo abierto o encubierto de gobiernos de países como Afganistán, Siria, Líbano, Irán o Libia.

El informe del Departamento de Estado presentaba en las fichas de cada una de estas organizaciones su descripción, sus principales actividades, su fuerza estimada, su área de operaciones y sus apoyos externos. Las organizaciones consideradas terroristas eran básicamente de fundamentalistas islámicos y de extrema izquierda. Incorporaron en la lista a organizaciones como las FARC, de Colombia, ETA, de España, e IRA, de Irlanda.

Según ese informe las organizaciones fundamentalistas islámicas habían aumentado su actividad por el estallido de la violencia en el conflicto palestino- israelí en septiembre del año 2000, dato relevante porque el documento apuntó que la mayoría de ellas tenían a Israel y a Estados Unidos entre sus principales blancos. Es decir, el rasgo que tipifica a las organizaciones que Estados Unidos considera terroristas no es “el terror” o daño que producen a grupos no combatientes, sino la descalificación política con que se les proscribe.

En abril del año pasado consideramos una forma de modernización de las leyes en México reconocer el delito de terrorismo como una realidad mundial de cuyo riesgo debemos precavernos, a sabiendas de que el término terrorismo no es resultado, en términos reales, de un análisis social, sino que proviene de una descalificación política utilitaria. En México se pretende asimilar el concepto de terrorismo a los grupos que emprendan ciertas acciones “que produzcan alarma, temor o terror en la población o en un grupo o sector de ella, para atentar contra la seguridad nacional o presionar a la autoridad para que tome una determinación.”

Resulta peligroso referirse al terrorismo como una fuerza que busca “presionar a la autoridad para que tome una determinación”. La parte riesgosa es la tentación de confundir el término terrorismo con la inconformidad social. En la base de esta tentadora confusión está la explicación de las reacciones inmediatas de los gobiernos colombiano y estadunidense de rechazar el reconocimiento de las FARC como fuerzas beligerantes. También la reacción extrema de César Gaviria, hoy líder del Partido Liberal: “Las afirmaciones del presidente Chávez constituyen un grave quebrantamiento de la Carta Democrática Interamericana”. Curiosa reacción, sobre todo ahora que en México y en el continente entero han venido presionando a todo tipo de autoridades, con magníficos resultados, las elites financieras e industriales de nuestros países, el sistema bancario (que en nuestro caso ha dejado de ser mexicano), los consorcios trasnacionales, los gobiernos de Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Ante esta presión real para que las autoridades tomen “una determinación”, la presión de “los terroristas” parece una broma.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/01/17/index.php?section=opinion&article=018a1pol

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Carlos Montemayor: Notas sobre nahuatlismos

Tocayo. Juan Corominas registra la voz tocayo como de origen incierto. Sin embargo, se apresura a concluir que “como la documentación más antigua procede de España, no es posible que derive del náhuatl tocaytl, ‘nombre’”. La primera documentación que él señala corresponde al Diccionario de autoridades de 1739 (S a Z); por tanto, el año y edición no aseguran que en ese momento no hubiera penetrado ya en España este preciso vocablo procedente de América. La peregrina propuesta etimológica de la frase ritual romana Ubi tu Cayus, ibi ego Caya, es tan ingenua que obligó a Corominas a expresar que “faltan investigaciones semánticas en textos antiguos que confirmen si (esta voz) procede” de tal frase ritual. Aunque advirtió que se debía “evitar el tomar estas pequeñas cuestiones como asunto nacional”, afirmó que “no hay en náhuatl un adjetivo que pudiera servir de base a tocayo, ni se ve forma concreta de derivarlo del verbo tocayotía o del sustantivo tocaytl”. En realidad, la dificultad para Corominas era más compleja que las “investigaciones semánticas en textos antiguos”. La dificultad era comprobar, primero, la transmisión, y sobre todo, la conservación en España de una frase ritual ajena al derecho y a las costumbres religiosas y regionales de España misma, además de que tal frase ritual no proporcionaba, como Corominas lo exigía del náhuatl, “un adjetivo que pudiera servir de base a tocayo”. Dificultad insuperable, ciertamente.

Cecilio Robelo propuso la voz como nahuatlismo y la derivó de tocaytl, que en Molina es “fama, honra”. Destacó que en náhuatl la voz entraba en composición en muchas palabras con el significado siempre de “nombre”, lo que ejemplificó con la voz tacaamatl, que registró Fray Alonso de Molina como “matrícula de nombres propios”, es decir, “libro de nombres”. En el diccionario de Molina de 1555 y de 1571 aparece la voz tocayo con el sentido de “escritura firmada” y la voz tocaye con el sentido de “persona que tiene nombre”. En el ensayo presentado en 1981 en la Academia Mexicana sobre el origen nahua de varias voces que se incorporaron tempranamente al español de México y de España, Miguel León-Portilla señaló que en el diccionario de Molina la voz tocayotía se registra como “empadronar a alguno” y explicó que la palabra tocayo se forma por la raíz de tocáitl (es decir, toca), y el sufijo adjetivante -yo, con el sentido de “el que tiene nombre”, con lo cual quedaría sin sustento la caprichosa objeción de Corominas sobre la ausencia de un adjetivo en náhuatl. El Diccionario de autoridades afirmó que tocayo significaba lo mismo que colombroño, voz derivada del latín cognomen. León-Portilla apuntó, por ello, que así como colombroño deriva de cognomen, “nombre”, la forma tocayo deriva de tocáitl, también “nombre”. Ignoramos solamente cuándo tocayo y también colombroño comenzaron a tener el sentido de homónimo. Más realista, Rafael Lapesa reconoció el origen nahua de esta voz en su Historia de la lengua española desde 1955.

Será útil para el lector el siguiente comentario de Antonio Alatorre: “El DRAE se abstiene, prudentemente, de darle etimología a tocayo. Pero Corominas, aunque dice que es de ‘origen incierto’, entra de lleno en el asunto. Vicente Bastús, español, dijo en su Diccionario (1828-1831) que la palabra tocayo venía de una fórmula ritual de la antigua Roma: al llegar la comitiva nupcial a casa del novio, la novia le decía: Ubi tu Cajus, ibi ego Caja. ¡No es eso!, contestaron, a su debido tiempo, los americanistas: tocayo procede claramente del náhuatl, donde hay un tocáitl ‘nombre’ y un tocayotia ‘nombrar a alguno, llamarlo por su nombre’. Pero Corominas declara que esta etimología ‘no ha logrado convencer generalmente’ (o sea que no ha logrado convencerlo a él), e insiste en el tu Cajus. No se plantea la cuestión de cómo se mantuvo con vida una formulilla tan ajena al derecho civil y al derecho canónico de España, y se excusa diciendo que ‘faltan investigaciones semánticas en textos antiguos’. Su único argumento es éste: ‘Como la documentación más antigua del vocablo procede de España, no es probable que derive del náhuatl.’ En efecto, la primera documentación de tocayo está en el Dicc. Aut. Pero lo único que prueba es que a comienzos del siglo XVIII tocayo era ya de uso común en España.

“Aquí se impone una reflexión. Los españoles que habían residido algún tiempo en México se llevaban a España muchos usos adquiridos, y que tuvieron éxito (como el chocolate, el guajolote y aun la piocha y el llamar nene al niño chiquito). El uso del nahuatlismo tocayo entra en esa categoría: era una voz pintoresca, precisa y nueva. (Con toda razón la pesada palabra colombroño, que significaba lo mismo, cayó en desuso.)

“El argumento de Corominas contra la mexicanidad de tocayo es que ‘no hay en náhuatl un adjetivo que pudiera servir de base’. ¡Como si tu Cajus fuera adjetivo! (Además, tocayo no es adjetivo, sino tan sustantivo como primo, tío o cuñado.) Y he aquí la sorprendente conclusión: tocayo ‘más bien parece ser un término humorístico y callejero nacido en España’, en prueba de lo cual observa que ‘tocayu y tocaya eran ya usuales en bable en el año 1804’. (O sea, digo yo, que el nahuatlismo tuvo tal aceptación en España, que llegó, aunque un poco tarde, hasta el rústico bable.)

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/01/14/index.php?section=cultura&article=a07a1cul

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Blanche Petrich: Entrevista a Carlos Montemayor, politólogo, poeta y novelista

El escritor considera que es un gran error histórico de este gobierno arrastrar a las políticas policiales y legislativas el término “terrorismo”. Se pregunta: “¿Por qué se está retrasando tanto esta toma de conciencia en los mexicanos? No lo sé. Es alarmante, pareciera que ha habido un desmembramiento de la conciencia ciudadana”

Carlos Montemayor percibe, al repasar las fracturas y descalabros que ha sufrido la seguridad nacional en las últimas tres décadas en México, un profundo proceso “de involución social” que se debe, en buena medida, al desplazamiento de una clase política con visión estratégica, suplantada por una “nueva clase de políticos coyunturales sometidos al espejismo neoliberal”. El panista Felipe Calderón forma parte de esa nueva elite.

El politólogo, poeta y novelista –Guerra en el paraíso y Las armas del alba, entre sus obras más conocidas– detecta uno de los indicios de esta involución en uno de los problemas centrales que implica la Iniciativa Mérida, o Plan México: el crecimiento de grupos paramilitares “que en apariencia dejarán limpias las manos del Ejército hasta que se salgan de control, como ocurrió en Colombia. La distorsión conceptual que está teniendo ya el plan Mérida desde los propios discursos oficiales es señal de que México tendrá que enfrentar más complicaciones severas que soluciones a sus conflictos internos”.

La Jornada conversó con el autor chihuahuense, también colaborador de esta casa, quien, a propósito de esta idea de la involución, recordó un diálogo que tuvo recientemente con un viejo minero coahuilense en Nueva Rosita. “Platicando con algunos sobrevivientes que participaron en la caravana del hambre que marchó a la ciudad de México durante la gran huelga de 1951, uno de ellos me decía: pero, ¿adónde vamos? ¿A la esclavitud de nuevo? Porque aquí y ahora no hay defensa del trabajo, del empleo, de antigüedad, de pensión, de salud. Y me quedé desconcertado porque, en efecto, no hay voluntad política ni para preservar la visión de que la vida pública tiene que estar vinculada con el bienestar de la población.”

–A propósito del título de su nuevo libro, La guerrilla recurrente, ¿cómo han evolucionado los grupos armados en estas últimas décadas?

–En los movimientos armados rurales la formulación ideológica no era esencial. Si consideramos que el EPR forma parte de la descendencia del movimiento de Lucio Cabañas, vemos hoy un discurso más teórico, que Cabañas se resistía a aceptar. Podríamos decir que la evolución del discurso del EPR es más conservadora que el discurso político del EZLN.

–¿Debe ser revaluada la capacidad de acción del EPR?

–El discurso gubernamental parte de la descalificación social y política de estos movimientos, los supone inconexos entre sí y se empeña en ver a las organizaciones como algo aislado y vulnerable hasta su aniquilación. Pero si nos preguntamos por qué una organización como ésta puede mantenerse activa y transformarse a lo largo de 40 años, tendríamos que ver a estos grupos en función de su recurrencia generacional y regional.

–Hay sectores que propusieron una mesa de negociación entre las guerrillas y el gobierno.

–Si hubo intentos, los frenaron. Es evidente que al Ejército no le conviene que se reconozca la desigualdad social como justificación de los movimientos armados. El gobierno parte de la idea de que son grupos sin arraigo y vulnerables ante una lucha sistemática de contrainsurgencia militar y policial. Las administraciones priístas últimas desde la mitad del gobierno de Miguel de la Madrid en adelante se parecen más a las panistas que a las antiguas priístas.

“Hay un descalabro en la continuidad de las políticas de seguridad nacional que puede explicarse en muchas etapas. Una, con el surgimiento del Cisen y la desaparición de la Dirección Federal de Seguridad, otra con el desplazamiento de cuadros formados por el ex secretario de Gobernación Fernando Gutiérrez Barrios y otra que se empezó a formar a partir del general Jorge Carrillo Olea, con una idea de modernidad mayor.

“Y otra, a lo largo de los últimos gobiernos, con un reacomodo de las tareas de inteligencia, sin continuidad ni seguimiento de información colegiada entre la PGR, la PFP o la policía militar y el Cisen. Hay muchas evidencias: políticas erráticas, declaraciones contradictorias. Esto le ha restado fuerza al seguimiento de bases sociales o de conflictos sociales previsibles.

“Hay un descuido esencial, no ver estas tareas como preventivas, sino como agresivas. Podía haber análisis económicos, sociales, políticos que se adelanten a los conflictos y a las catástrofes naturales. El perfil de los miembros de inteligencia nacional debería incluir ingenieros, abogados, historiadores, politólogos, científicos, urbanistas, y no sólo policías y militares.”

–¿Cómo entender la subordinación del poder civil que representa Felipe Calderón al poder militar?

–No creo que se trate solamente de una decisión de Felipe Calderón, sino de un proceso de repliegue de los cuadros políticos, concretamente, desde la imposición de las políticas neoliberales en México. Cuadros diplomáticos expertos en acuerdos internacionales ceden el lugar a técnicos en economía que no responden a dinámicas sociales, sino empresariales. Las políticas de desarrollo económico son suplantadas por planes que se adaptan a las necesidades de la globalización empresarial. Esta pérdida de la visión política en la elite mexicana pone incluso en riesgo a la estructura militar.

“El repliegue de los cuadros políticos en la diplomacia, la economía, los aspectos jurídicos, sociales, culturales, educativos del país ha provocado el arrasamiento económico, el avance del narcotráfico y dentro de poco el debilitamiento de las estructuras de nuestros ejércitos.”

–¿Qué le dice el discurso adoptado ahora por el procurador Eduardo Medina Mora, quien al asimilar el modelo de Colombia ha incorporado al combate contrainsurgente el tema del terrorismo e incluso a lo que llama ‘narcoterrorismo’ y ‘narcoguerrilla’?

–La idea de arrastrar a las políticas policiales y legislativas de nuestro país al término del terrorismo es uno de los grandes errores históricos de nuestro gobierno.

–El argumento es que nuestra condición de vecino de Estados Unidos nos hace vulnerables a que el terrorismo use nuestro territorio para infiltrarse.

–Ése es un argumento de Estados Unidos para controlar el hemisferio, no es un argumento del hemisferio para defenderse de Estados Unidos. Es un argumento para convertirnos en bocado fácil y sazonado para las políticas de seguridad hemisférica desde la perspectiva de Estados Unidos. Para nosotros es más grave el problema de la miseria, el hambre y el desempleo.

–Usted alerta en su libro sobre el regreso de la guerra sucia. ¿Están encendidas las alarmas de la sociedad civil ante las evidencias?

–No están encendidas. Y las condiciones están dadas con esta idea de adaptar el término terrorismo como concepto objetivo y no como una descalificación subjetiva. Están allanando el terreno para una guerra sucia de consecuencias catastróficas. Esto implica ya no el control de ningún crimen organizado, sino de la población civil. ¿Por qué se está retrasando tanto esta toma de conciencia en los mexicanos? No lo sé. Es alarmante, pareciera que ha habido un desmembramiento de la conciencia ciudadana.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2007/12/10/index.php?section=politica&article=010e1pol

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Carlos Montemayor: Notas sobre nahuatlismos

¿Por qué la escritura es atípica en el caso de tzinco? Porque de acuerdo con todos los ejemplos enlistados hasta aquí, la pronunciación natural es chinco. No solamente hemos visto los anteriores ejemplos de continuidad de sentido en el vocablo tzintli cuando entra en composición con otros vocablos, sino también la permanencia de su valor como fonema palatal africado sordo, particularmente frente a la vocal i, como ocurre también en tzicli, chicle, tzípitl, chiple o tlacuatzin, tlacuache. En algunos casos, puede tratarse de una atracción por el numeral cinco y con la expresión aún común en el siglo XXI de unir y separar los dedos de una mano para expresar que hay “cinco poderosas razones para no atreverse a algo”, es decir, para señalar el fruncimiento del ano. Robelo, tan celoso de la aportación de nahuatlismos a la lengua española, pero tan discreto y apartado del uso de las voces obscenas, no quiso registrar chinco, sino cinco y zinco (lección XCIV), proporcionando, sin embargo, esta útil información: “Todavía los feroces maestros de la escuela de la primera mitad del siglo pasado (es decir, la primera mitad del siglo XIX, antes de la primera documentación del gitano chingarár como fastidiar o molestar) amenazaban a los discípulos diciéndoles: ‘Si no me das la lección te doy doce azotes en el cinco’”. Robelo registra “azotar el cinco” como dar azotes en las nalgas y “echar una chinana” como poner una calilla o supositorio en el ano. Apuntó que la expresión “parece que no le curaron el chincual” se dice de la persona inquieta y de la que gusta de andar en fiestas, y que “yo te curaré el chincual” equivale a la locución castellana “yo te curaré el alhorre”, que se usa para amenazar con azotes a los niños traviesos. Pensamos que las bases semánticas y el radical de la lengua náhuatl pueden explicar una amplia gama de las acepciones, usos y regiones donde la palabra chingar se vincula con “cortos de vestidos”, “fornicar”, “dar por el culo”, “pegar en el culo”, “fastidiar”, “doblegar”, y los derivados de excelencia o poder que alguien puede ejercer sobre los otros en los mismos sentidos de “dar por el culo” o “someter por el trasero a otros”.

Alatorre señaló que “dos cosas son de notar en la exposición de Corominas: primero, la falta de connotaciones ‘obscenas’, salvo el chingar del caló español; y segunda, la ausencia casi total de México, donde chingar no es voz de caló, sino de todo el mundo, y muy fuerte, muy polisémica y muy productiva (…) En todo caso, es un hecho que chingar y su familia son algo muy peculiar de México (…) Según una explicación que corre de manera casi subrepticia (…) la terrible palabra viene de tzintli o tzinco. Así, el significado primario vendría a ser no simplemente ‘fornicar’, sino ‘fornicar de manera nefanda’”.

Agreguemos un dato más, que puede ilustrar el recato de nuestros autores del siglo XIX ante esta voz polisémica y popular. En su México Peregrino, Victoriano Salado Álvarez recuerda que el geógrafo Antonio García Cubas presenció una discusión peculiar en la librería de Andrade, en la primera mitad del siglo XIX, a propósito de la palabra chingar. Lo valioso de la mención de Salado Álvarez es que aclara que el geógrafo aludía a ella como “la palabra H”. Releamos el pasaje de El libro de mis recuerdos, de García Cubas, sobre la tertulia en la librería de Andrade:

Dos de los concurrentes a la librería discu-tían acerca del origen de una palabra mal sonante muy usada por la gente baja del pueblo.

¿De dónde cree usted, señor don Fulano, preguntaba uno, que proceda la palabra H. de que abusan nuestros léperos, sobre todo cuando los ciega la ira?

Evidentemente, señor don Zutano, respondió el otro, viene del latín, y exponía sus razones.

No conformándose este último con tal opinión, expuso sus objeciones, continuando en tal virtud la discusión hasta que acertó a pasar por la puerta de la librería el Sr. Don Andrés Quintana Roo, a quien después de devolverle el saludo que desde fuera a todos dirigía, uno de los contendientes le repitió la pregunta susodicha:

Diga usted, señor don Andrés, ¿de dónde cree usted que provenga la palabra H?

¡De la pulquería! contestó el señor Quintana; y prosiguió imperturbable su camino.

La clave que proporciona Salado Álvarez sobre “la palabra H”, como eufemismo para chingar, resulta muy útil para la historia de esta voz en México. Primero, porque ha sido considerada “mal sonante”. Segundo, porque “los léperos” la usaban con largueza, y particularmente abusaban de ella cuando “los cegaba la ira”, lo cual nos resulta muy comprensible aún a los mexicanos de los inicios del siglo XXI. Tercero, porque Andrés Quintana Roo murió en 1851 y el pasaje lo describe en su condición de paseante; es decir, debemos situar esta discusión sobre la etimología de la palabra 20 o 30 años antes que el registro de Rufino Cuervo, que fue en 1867.

Por tanto, debemos decir que además de los sentidos del chingarár gitano como “disputa, riña o guerra, combate”; del chincana quechua como “taberna de gente baja”; del también quechua chinkai como “perderse, desaparecer”; del araucano chingolo, “especie de gorrión”, y chingue, mofeta o zorrillo, el chingar del mundo cultural náhuatl ayuda a completar y a explicar la riqueza polisémica con que el vocablo ha evolucionado en el español de México.

Texto del escritor, ensayista y traductor incluido en el Diccionario del náhuatl en el español de México, coordinado por el autor, que se presentará el 12 de octubre en el contexto de la Feria del Libro de la Ciudad de México

* http://www.jornada.unam.mx/2007/10/04/index.php?section=opinion&article=a07a1cul

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