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Carlos Monsiváis: Escrutinio

Escena: El futuro inmediato. Personajes: Un secretario de Hacienda de un país hipotético e hipotecado, y su equipo de Mercadotecnia.
Secretario: (Que devora dona por dona, platillo por platillo): Les suplico un esfuerzo de imaginación. La gran crisis se viene, la gran crisis no se va y nosotros nos iremos y no comeremos más. ¿Cómo le hago para persuadir a la población de que el derrumbe en Estados Unidos nos hace los mandados?… Ah, y si lo primero que me quieren proponer en lo que pienso, ni se les ocurra. Mi apariencia no es un contrasentido, y no pienses modificarla.
Mercadotécnico I: Creo, o más bien sé, porque no me pagan por creer, que la confianza siempre es consecuencia de la inocencia. Usted jefe, tiene que salir y decirle a la Nación: “Ni se preocupen. Antes, cuando a los buenos vecinos les daba gripe, a nosotros nos daba pulmonía. Eso ya se acabó”.
Secretario de H: ¿Qué no lo he dicho ya un titipuchal de veces? Oigan y por cierto, ¿qué es un titipuchal?
Mercadotécnico II: Sí, lo ha dicho, pero lo ha fraseado mal. El otro día nos salió con que “antes si a los queridos gringos les daba tosferina, nosotros ni siquiera podíamos nacer”. Y acuérdense del choteo que le cayó encima. Acuérdese que le dijeron el doctor Albertico Limonta de la nueva era.
Secretario de H: ¿Y quién es Albertico Limonta?
Mercadotécnico III: Una ocurrencia del redactor de este artículo que es de los que creen que en materia de telenovelas existe la memoria histórica y que todavía quedan personas que vieron “El Derecho de Nacer”.
Secretario de H: A ver, volvamos a la mercado-estrategia. ¿Qué mensaje debo enviar?
Mercadotécnico I: Algo ligerito y estudiantil. Diga por ejemplo que no es el león como lo pintan, o que a caballo dado no se le ve colmillo, o que de 10 que se quieren bien con uno que coma basta.
Secretario de H: Los refranes no están mal para las comidas familiares donde todos tienen el mismo origen o deberían tenerlo, pero éste es un País multicultural, así que el mensaje debe ir de un lado a otro como si fuera vendedor de lotería. A ver, imaginen, que se les ocurra algo.
Mercadotécnico III: ¿Por qué no prueba esto? Sale con un disfraz de Halloween y les dice: “Amigos, amigos, no espanten, no griten”. Se quita la máscara del Hombre Lobo y continúa. “No se apaniquen. No soy el Hombre Lobo, soy el secretario de Hacienda y les aseguro que también en las noches de Luna Llena continúo en mi puesto inspirándoles sensaciones de seguridad. Así que calma”.
Secretario de H: Me encanta, ¿pero no podría salir mejor con una máscara de Drácula? De niño le causaba terror a mis hermanos y eso que soy hijo único.
Mercadotécnico I: ¡Ya está! Le voy a proponer la gran solución. Aparece una calle del Centro Histórico con gente que carga maletas que deben ser pesadísimas a juzgar por sus expresiones de fatiga. Se oyen tiros y gritos: “Policía, deténgalas, están saqueando mi tienda/ No se lleve mis pasteles, es todo lo que tengo para postre/ Si no sale de aquí inmediatamente, lo mato a plazos y tengo muy buenos cobradores”.
Se escuchan sirenas de ambulancias. Sale usted a cuadro y les dice como no queriendo: “¿Saben por qué empezó toda esta bronca que acabó con las finanzas de un sano país neoliberal? Porque no le creyeron a su secretario de Hacienda que les decía que todo iba de pelos…

http://www.elimparcial.com/Columnas/VerColumna.asp?NumNota=734508

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Nayeli Roldán: Abrogar ley de aborto, una derrota: Monsiváis

En vísperas de la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación sobre la ley que permite a las mujeres interrumpir su embarazo antes de las 12 semanas, el escritor Carlos Monsiváis aseguró que declararla inconstitucional “sería una derrota del desarrollo civilizatorio de México”, pero confía en que no sucederá.

Entrevistado luego de recibir la medalla Sor Juana Inés de la Cruz en la Universidad del Claustro, afirmó que los ministros de la Suprema Corte “no pueden dar marcha atrás a la despenalización del aborto”.

En entrevista por separado, Martha Lamas, directora del Grupo de Información en Reproducción Elegida, indicó que no hay temor entre los grupos que apoyaron la despenalización, porque la discusión no será sobre el aborto, sino sobre constitucionalidad o no del proceso. “Si es así, tendremos ley para rato”, agregó.

MILENIO reportó que los ministros de la SCJN recibieron un kit informativo elaborado por la organización Manos a la Vida que contiene un dvd y folletos con sustentos jurídicos, científicos, bioéticos y filosóficos para defender el valor de la vida y exponer las “contradicciones de la ley”.

Ante esto, Lamas aseguró que todas las posiciones políticas tienen derecho a utilizar los recursos que cree convenientes para defender sus posiciones, pero consideró como “lamentable y patético” que recurran a materiales de ese tipo porque el debate no es ideológico ni de carácter emocional o sentimental.

http://www.milenio.com/mexico/milenio/nota.asp?id=653342

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Carlos Monsiváis: Los días de nuestra edad

El escritor y el ciudadano cumple hoy 70 años de vida. Asediado durante los días previos por los medios de comunicación, el autor de Días de guardar y de Escenas de pudor y liviandad arribó a una saturación tal que, en lugar de las respuestas a las diez preguntas que La Jornada propuso para una entrevista, prefirió enviar a esta redacción, “en cambalache”, el “texto que escribí para esta triste fecha (para mí)”. Así, en Los días de nuestra edad, Monsiváis, el personaje y la persona, entrecruza los días que le sucedieron en lo individual con los días que le sucedieron al país y al mundo, lo que, al final de cuentas, era el tono de la decena de interrogantes que se le enviaron. Y en ese entrecruce es que Monsiváis, el felizmente celebrado por todos, menciona situaciones personales de las que nunca había escrito, como la muerte de su madre, y acontecimientos generales, pero vividos de manera subjetiva, como el movimiento estudiantil de 1968, los sismos de 1985 o la pandemia del sida. En todo caso, feliz cumpleaños a Carlos Monsiváis, el individuo.

Los días de nuestra edad son setenta años

Salmo 90: 10

De las fechas que me han marcado guardo la memoria que corresponde, casi siempre legendaria. Debido a limitaciones de Natura, carezco de recuerdos de mi nacimiento o de mi muerte y –tal vez menos significativos o menos fuera de mi control que el nacer y el morir– los otros acontecimientos relevantes de mi vida han quedado a cargo de una combinación desigual de lo objetivo y lo subjetivo, es decir y por lo general de la invención y del olvido. En lo íntimo, recuerdo la hora y las circunstancias del fallecimiento de mi madre, y en un nivel distinto pero también de consecuencias interminables, la muerte de algunos parientes y de varios amigos. No suelo hablar de estos asuntos y no me refiero a ellos por escrito, al no sentirme capaz de narrar la agonía de un ser querido, los gestos y los sonidos de la vida que se extingue, o de referir mis reacciones al enterarme de los sucesos.

Al asimilarse como hechos de la vida personal, los grandes acontecimientos políticos y sociales se prestan siempre a la evocación mitológica. Así y por ejemplo, las preguntas que sitúan en un mapa anímico inexorable, tipo: “¿Cómo te enteraste del asesinato de John Kennedy?” o “¿Cuál fue tu reacción al oír de la muerte de Luis Donaldo Colosio?”, que son al fin y al cabo retórica de las encuestas, porque implican la sacralización de un hecho, y por minimizar y agrandar a la vez al sujeto del interrogatorio. Todos nos ubicamos ante los grandes acontecimientos de la nación y del mundo, llamados llana o confianzudamente la Historia; todos inventamos un perfil cívico al expresar nuestra respuesta; todos memorizamos nuestras reacciones.

En mi caso, habitante de la ciudad de México, tengo muy presente el 2 de octubre de 1968, evidente parteaguas histórico. En mi repertorio de datos, incluyo los telefonemas que hice en la mañana de ese día, y recuerdo mis comentarios sobre el desgaste del Movimiento y el cerco en su derredor (esto no es hazaña mnemotécnica alguna, no se hablaba de otra cosa). También, en la tarde, una conversación muy prolongada con un amigo que retrasó mi arribo a Tlatelolco, donde atestigüé en el Paseo de la Reforma el momento de la fuga colectiva, de las denuncias a gritos y el pavor que se impregnaba, el recorrido veloz por las calles, la búsqueda de transporte, el viaje aciago a la Ciudad Universitaria casi desierta. Tengo muy presentes los rumores y el clima de agravio y alarma. Luego, ya en mi casa, la contemplación febril de los noticieros, el telefonema de Leonardo Femat que me hace oír los treinta minutos de grabación del fuego cruzado, y más tarde los testimonios alucinantes de Nancy Cárdenas, Beatriz Bueno y Luis Prieto, que salieron justo a tiempo de la Plaza… Y las reuniones del 2 de octubre de 1969 y 1970 en casa de Selma Beraud para conmemorar el dolor y la rabia ante la impunidad. Los hechos figuran en mis recuerdos, pero he elaborado y reelaborado mi estado de ánimo de ese día a lo largo de 35 años, y mi recuerdo actual está bastante más cerca de la efeméride que de la vivencia.

Otro tanto me sucede al evocar el 19 de septiembre de 1985. Supongo que en el tiempo sicológico ese día duró demasiado al ir del miedo y el estupor a la combinación de alivios y tristezas. En tumulto, se añadieron rumores y detalles, las caminatas despiadadas, las llamadas perdidas, la impresión de habitar una ciudad paralizada y a la vez renovada por un espíritu distinto, la solidaridad nueva… No, esto último es un añadido, las presiones y las desolaciones del 19 de septiembre no admitían el juego de las moralejas sociológicas. Sólo al día siguiente, luego del segundo temblor, advertí lo obvio, el surgimiento casi formal de la sociedad civil (démosle ese nombre) y su toma de poderes, al no hablarse todavía de empoderamiento. Y así, al cabo de incontables repeticiones, el 19 de septiembre se ajusta al debut formal de una especie inesperada y ya imprescindible. Esto unifica mi experiencia pero modifica a fondo mis recuerdos, al encuadrar en un solo molde el coro de impresiones y voces y temores y valentías.

Tampoco me fío de mis notas mentales sobre las fechas que anuncian etapas emotivas, por lo común los hechos que convierten a cada persona en institución de sí misma. Quedan esos días como las fábulas requeridas de placas conmemorativas, como aquel augurio que no supe leer con agudeza, o la premonición póstuma por así decir. “Quién hubiera dicho que alguien así me importara tanto por tanto tiempo…” Y como todos, mezclo en cada etapa la costumbre de entonces con la idea actual de mí mismo. Las tabulaciones personales también cumplen sus bodas de oro.

¿Qué hacer con las fechas? En materia de evocaciones, su función principal es exorcizar la anarquía de los recuentos. Al existir en efecto el Star System de los días relevantes, y al exceptuarme de bautismos, primeras comuniones y bodas con la familia reunida alrededor de un solo chiste y una sola felicidad mientras más actuada más genuina, advierto en el calendario un conjunto más bien huidizo, con muy escasos deberes cronológicos. Y lo más fastidioso y lo mejor de los días culminantes en mi vida es su condición irretornable. No es sólo lo que hice entonces (reconstruido) sino, como suele suceder, el atender en demasía a lo negociable con el olvido. Al no existir para mi desdicha los Museos de las Emociones Límite, nunca recupero las fechas determinantes en su diafanidad sino, de modo clásico, las localizo en el sitio donde las recordé la última vez, por supuesto en algo o en mucho diferente del lugar de la penúltima. Se vuelven proteicos la furia y la desesperación, la esperanza y el júbilo comunitarios, el deseo y el placer de asir como se pueda las experiencias. Detente oh momento, eres tan bello por tan imposible de evocar con justeza. ¿Y qué es lo determinante entonces? Aquello en donde –por así decirlo– uno ya no distingue entre sentimientos y razonamientos. Entre las emociones del día de la boda, supongo, se encuentra en primer término la institucionalidad del acto. Y esto se instala en la foto del matrimonio y la inauguración formal de una dinastía. Y lo sojuzga todo la indistinción entre lo que se vive y lo que se debería vivir, desde la publicación del primer libro a cualquier acto donde se establezca la alternativa dogmática: o uno memoriza sus reacciones y al hacerlo las fabrica, o se renuncia al punto de vista fijo, lo cual también es una falsificación.

Desde 1985, la pandemia del sida me resulta una sola fecha aterradora, poblada de episodios que se repiten inexorablemente, y que varían con los grados diversos del afecto y la importancia que le atribuyo a la persona y la calidad de la atención médica. He perdido amigos muy cercanos, y, también, amigos que me importaban sin yo saberlo con precisión. Los fallecimientos sucesivos se unifican, no tanto por el poder nivelador de la muerte, sino por ese vislumbre que abarca a unos cuantos y, con el fulgor abstracto de la estadística, a decenas de millones de personas, el holocausto al que impulsan la desinformación, el prejuicio aterrador, la homofobia, y las políticas genocidas de los que continúan penalizando moralmente la enfermedad y se oponen con histeria a la distribución e inclusive a la mención de los condones. (Aquí destaco el papel del clero católico). La pandemia como una sola fecha incesante.

El “santoral privado” señala una parte del proceso de fijación de la vida a través de capítulos de la memoria. Y por lo común los días ya rituales de cada uno participan ampliamente de la mezcla de nostalgia y narrativa algo tramposa. De esto, por supuesto, no me exceptúo.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/05/04/index.php?section=opinion&article=a03a1cul

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Carlos Monsiváis: De la burocracia como utopía

Sólo en un sentido la derecha en México (política, social, cultural) no miente: así quisiera, no podría ocultar su identidad, su catálogo de prohibiciones como estímulos incesantes, su odio a las libertades femeninas, su desprecio por las minorías (indígenas, miembros de otras religiones, gays, lesbianas), su autoritarismo, su intolerancia. Así la derecha política necesite de modelos ideológicos “más presentables” en épocas electorales, en el momento de las decisiones no vacila porque está al tanto: si deja sus intransigencias y prejuicios se despuebla, extravía su identidad.

La izquierda, en cambio, es un concepto y una realidad más huidizos, poblados de contradicciones y de alternativas multiplicadas a diario. Las corrientes ideológicas se entrecruzan, se oponen, se ignoran; los procesos electorales consumen las energías al punto de aplazar o, ya en forma, oscurecer las causas fundacionales, la primera de ellas la lucha contra la desigualdad. La izquierda cultural y la izquierda social mantienen en lo básico su congruencia, constituyen el gran público cultural, se informan de modo sistemático (la categoría de News Freaks, de adictos a la información, casi está diseñada para le gente de izquierda), siguen razonadamente las polémicas, participan en la defensa de los derechos humanos (una causa que a la derecha no le interesa o incluso le incomoda), tienen un criterio internacionalista que no se concentra en el Estado Vaticano. Sin embargo, a la izquierda política en última y primera instancia, y salvo las excepciones en las bases y en una parte mínima de la dirigencia, la definen las ambiciones burocráticas.

* * *

Tómese, por inevitable, el caso del Partido de la Revolución Democrática (PRD), cuyas elecciones recientes le interesan tanto al “Ballet Folclórico del Estado de Derecho” y a los coleccionistas de las últimas palabras, rigurosamente las últimas, de Andrés Manuel López Obrador. El PRD, el partido que aparece queriendo organizar el movimiento alrededor de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y 1989, atrae a los radicalizados por el neocardenismo y el gran fraude, a los náufragos del marxismo huérfano, a “las viudas de la Revolución” proletaria, a los nacionalistas revolucionarios, a los ex guerrilleros, a la burocracia del Partido Comunista, a los masones que sobrevivieron al priísmo, a los obreros, a los campesinos inconformes, a los jóvenes profesionistas (de la UNAM sobre todo, y de Economía y Ciencias Políticas en particular), a los organizadores de colonias populares, a los defensores de derechos humanos, a los ecologistas, a un puñado de gays y lesbianas.

* * *

También, y de manera inevitable, la emergencia del PRD atrae dirigentes (digo, es un decir) de grupitos tan desprestigiados como el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), al que su líder, Rafael Aguilar Talamantes, conduce a la devastación en tiempo brevísimo, o como los residuos de movimientos regionales. Estos burócratas, que lo son desde el principio, antes de adquirir responsabilidad alguna, no se inmutan si nadie los conoce, su “fama” (es otro decir) les vendrá de su matrimonio con el presídium. “¿Quién es el que está allí?/ Déjame ver”.

Muy pronto se aclaran las habilidades de los burócratas: su rechazo de la fatiga, (nadie como ellos para quedarse hasta el final de las reuniones y asambleas); su astucia al filtrarse entre las hendiduras de la vida partidaria (son extraordinarios en materia de ampliación de resquicios); su persistencia en las visitas a las regiones donde se hacen de clientelas, amigos, socios; su desdén por el debate ideológico, alguna vez se dijeron marxistas y luego, sin problema, se llaman a sí mismos “democráticos” (No sean autoritarios, no les pidan que definan algo). A fin de cuentas, y esto vale para todos salvo unos cuantos estudiosos, la doctrina marxista nunca cuajó por así decirlo en el país, se leían algunos libros, se dejaba de asistir a círculos de estados y, en rigor, nada más se tomaba en cuenta la experiencia de los viajes.

Allá van, a Cuba, Nicaragua, los países del socialismo real todavía en la década de 1980. Los viajes ideologizan, y por eso, en La Habana, un grupo de legisladores del PRD aplaude largamente al comandante Fidel Castro cuando éste, es un breve discurso de dos horas, alaba las ventajas del partido único y del control de los medios informativos. Cuba es una isla; México debería serlo.

* * *

Los burócratas del PRD no se oponen a las figuras fuertes, Cuauhtémoc Cárdenas primero y luego, inesperadamente, Andrés Manuel López Obrador. Se oficia la división de labores: a los líderes les toca darle visibilidad a la causa, a un sector de los funcionarios de partido les corresponde la atención a las clientelas y la burocracia de aguas profundas se encomienda a sí misma la repartición de los puestos, las senadurías, las diputaciones, las delegaciones del DF, las secretarías del PRD, en fin, la mayoría de los dieciséis mil empleos que el partido congrega y reparte. Estas atribuciones consumen el-tiempo-a-la-disposición y mientras —generalizo para no correr el riesgo de equivocarme— los burócratas no leen (revistas y periódicos sí), no asumen a fondo causa alguna, no examinan críticamente el régimen de Fidel Castro, no extraen lecciones del destino del socialismo real, no analizan la situación internacional (estar contra el delirio belicista de George Bush no es saberlo todo), carecen de cultura jurídica (no la del Talmud de la legislación que les importa, la del IFE en primer término).

¿Qué más? Bueno, adelgazan su ideología hasta que sólo consiste en grandes vocablos: Democracia, Negociación, Libertades, Socialdemocracia, Izquierda Moderna.

Lo de menos es si alguien los toma en serio o les cree. Esto deja de ocurrir tratándose de las causas, pero sí persiste en materia de fuerzas contundentes. Un término, El Aparato va explicándole todo: quien controla El Aparato se adueña de la agenda del PRD, aguarda el fin de las luchas electorales para encargarse de la repartición de lo que sólo muy parcialmente ayudó a conseguir y hostiliza a quienes pretenden liberar el partido, así sea en lo mínimo, del tributo a la burocracia, de la tarea de la distribución concentrada de lo que se tiene, poco o mucho, pero nada más de nosotros, los de la burocracia de aguas profundas.

* El Universal
* http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/40093.html

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