Tag Archives: Adolfo Sánchez Rebolledo

Adolfo Sánchez Rebolledo: Están jugando con fuego

Dos nuevos contratos con Petróleos Mexicanos (Pemex) firmados por el actual secretario de Gobernación determinaron que, tarde y a regañadientes, éste se decidiera a informar sobre el expediente completo. Mientras, en las cámaras, los grupos del PRI y el PAN tratan de salvar la cara del funcionario, saboteando la comisión investigadora solicitada por el Frente Amplio a raíz de las denuncias de López Obrador. En aras de distraer la atención sobre el fondo político de la cuestión, se pretende reducirla al rejuego legalista de siempre, al dictamen exclusivo de instancias que en este asunto son juez y parte, pues están sujetas al control del Ejecutivo, como serían la Secretaría de la Función Pública y la propia Procuraduría General de la República.

Pero más allá de las consideraciones jurídicas del caso, las cuales no pueden desdeñarse, es preocupante la arrogancia del denunciado, su insensibilidad, la confusión deliberada entre el particular y el funcionario (pues que se sepa no ha pedido licencia). El secretario Juan Camilo acude en defensa de Iván, el apoderado legal y accionista de Ivancar, sin advertir en ese lazo indivisible el germen de la gestión oligárquica del poder. Los contratos, dice, tampoco violan las normas éticas democráticas que aconsejan tomar distancias entre ambas esferas para evitar sospechas. Pero más allá de la respuesta legaloide del secretario, es preocupante el desdén, casi el desprecio con que trata a los partidos denunciantes, como si en democracia fuera un delito expresar la inconformidad por los actos y las conductas de los hombres del poder, cuya fiscalización es vital en un verdadero estado de derecho. Sin embargo, en aras de su defensa personal, el secretario olvida las formas a que su cargo le obliga: cancela la prudencia declarativa y lanza acusaciones sin ton ni son, siguiendo la misma lógica que en 2006 llevó al panismo a descalificar a López Obrador como “un peligro para México”. No es la primera vez que los jóvenes panistas cierran filas, apelan al espíritu de cuerpo y se aferran a visiones intolerantes.

La resistencia a la crítica nos habla de un grupo de y en el poder que prefiere jugar con las palabras para causar un efecto mediático que asumir definiciones y compromisos cabales.

Decir, por ejemplo, que los críticos “apuestan por el fracaso de nuestro país, apuestan a que a México le vaya mal y hacen todo lo posible para que a México le vaya mal”, al margen de la cursilería retórica, es una manera de descalificar el debate en curso sobre la reforma energética, satanizando a quienes “politizan” el asunto. De este modo, el gobierno convierte la discusión sobre la reforma energética en el campo de batalla entre el Bien y el Mal, es decir, entre los partidarios del Progreso (definido al modo neoliberal) y sus enemigos, sin darle a los argumentos en liza la menor importancia. La manera como el gobierno ha presentado el tema de la reforma energética sería cantinflismo puro si las intenciones no fueran evidentes.

Ya es un escándalo que la Presidencia juegue a las escondidillas en un asunto vital para el futuro de México; que se busque, mediante un anuncio de tv, arreglado según la audiencia y las necesidades “tácticas”, deformar los hechos –como con exactitud denunciara Jacobo Zabludovsky en acertado comentario– para crear un efecto mediático sobre el “público”. No menos escandalosa es la falacia, repetida hasta el hartazgo por los comentaristas ad hoc, de que es posible, necesaria e inevitable la “alianza” con las empresas extranjeras sin privatizar Pemex, es decir, sin proceder a la reforma de la Constitución que hoy prohíbe de manera categórica tales asociaciones, lo cual piensan realizar valiéndose, como indica Francisco Rojas, de los contratos modificados de servicios múltiples para el desarrollo petrolero de las aguas ultraprofundas.

Es preocupante que la defensa del secretario pase por el bloqueo de la comisión investigadora del Congreso al que se avino el PRI, pero más grave, en el orden general de los temas en la agenda, es el desprecio hacia quienes se oponen a la privatización con meras descalificaciones, cuando ya están sobre la mesa trabajos muy serios de técnicos, sindicalistas, científicos, economistas –como David Ibarra, cuyo ensayo reciente “El desmantelamiento de Pemex” es de lectura obligatoria–. No me extraña, pues en cierto modo, tal sordera es la continuación del síndrome del 6 de julio, es decir, la idea de que se puede afrontar la tormenta de la inconformidad mediante una combinación de técnicas mediáticas y fragmentación de las oposiciones para imponer una política de hechos consumados. Para el gobierno, las reformas de pensiones y otras confirman que una sacudida social es soportable si a cambio se producen “ajustes estructurales” capaces de reciclar al sistema, pese a sus fallas.

Se habla mucho de negociación y consenso, pero es difícil creer en la sensatez de un gobierno cuando el secretario de Gobernación, en medio de la crisis en que se halla, puede lanzar esta parrafada donde se unen el mayor triunfalismo con la máxima arrogancia: “Lo que quieren es que en México no sigamos transformando con las reformas que el país necesita y que no se discuta al respecto (…) Eso es lo que quieren, poner obstáculos para que no continuemos con las grandes cosas, con los grandes temas, con las grandes soluciones a los grandes problemas que tiene este país”. Alguien debería decirles a los capitostes del panismo que el limbo ya fue abolido por la Iglesia. Ya sería un leve avance que el gobierno de Calderón asumiera, de una buena vez, que la apertura a la explotación petrolera en áreas vedadas al capital privado es, en definitiva, una privatización y la esencia de su propuesta de reforma. Al menos no habría engaño. Pero no, quieren ponerse el “traje a la medida”, darle espacio a la pequeña manipulación politiquera confundida con la visión de Estado, por ahora ausente. Y de allí la apuesta por Mouriño. Están jugando con fuego.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/03/13/index.php?section=politica&article=023a2pol

Leave a comment

Filed under Blogroll, Columns, economy, Politics, Resistance

Adolfo Sánchez Rebolledo: El mensaje de Fidel (primera parte)

Hoy, cuando lo más inesperado se convierte en realidad (la decisión personal de Fidel Castro de no aceptar cargos al frente del Estado), comienza la última especulación sobre Cuba, su futuro y la naturaleza de las transformaciones que el propio mensaje del líder cubano registra como necesidad insoslayable. Sobre la balanza, la historia de un hombre y un pueblo, la relación de los aciertos y los errores, las expresiones de amor y odio, la línea que separa al estadista del dictador, el retrato del revolucionario universal contenido en el relato general de una biografía donde de algún modo también se inscribe la memoria de mi generación.

Cada quien hará su ajuste de cuentas tratando de eludir “el simplismo apologético o la autoflagelación como antítesis”, dilema que impone, en cualquier caso, ir más allá de la superficie y la inmediatez, asumir en serio la crítica de una trayectoria irreductible a la simplificación. La historia dará su veredicto, sin duda (perdón por el inmisericorde lugar común), pero antes será la sociedad cubana, con su serenidad probada, la que marcará la pauta a seguir. Y eso es lo más importante.

El mensaje indica que ese cambio ya ha comenzado. Fidel no ha muerto en el poder o derrotado. Fracasaron las intentonas para asesinarlo. El mensaje cierra un ciclo y, apenas sin decirlo, gana una difícil batalla al imperio, al que ha “mantenido a raya durante medio siglo”. Se va, pero mantiene la presencia hasta el final. “No me despido de ustedes. Deseo sólo combatir como un soldado de las ideas. Seguiré escribiendo bajo el título Reflexiones del compañero Fidel. Será un arma más del arsenal con la cual se podrá contar. Tal vez mi voz se escuche. Seré cuidadoso.”

Como Chibás en su tiempo, Fidel ha dado un gran aldabonazo pensando en el futuro, pero esta vez la suya es una voz tranquila, no un grito desesperado, a favor de proseguir avanzando en un camino áspero, duro. Ése es el primer significado de sus palabras: “Mi más profunda convicción es que las respuestas a los problemas actuales… requieren más variantes de respuesta para cada problema concreto que las contenidas en un tablero de ajedrez. Ni un solo detalle se puede ignorar, y no se trata de un camino fácil, si es que la inteligencia del ser humano en una sociedad revolucionaria ha de prevalecer sobre sus instintos”.

Aunque los temas de la agenda más actual se refieren a la superación de las dificultades económicas y a la búsqueda de soluciones creativas a los problemas sociales en condiciones de escasez en un país con altos grados de educación y salud, lo cierto es que en la mira de los observadores foráneos se halla el régimen político y las transformaciones de orden democrático, a la plena vigencia de las libertades fundamentales. Pero en este punto, los cubanos no cederán por inercia al discurso dominante como el que predica Bush; tampoco harán concesiones que parezcan una rendición ni avalarán teorías sagradas que han fracasado en otras latitudes. Y eso ya debían saberlo de memoria los estrategas del Departamento de Estado y el Pentágono. Pero éstos siguen en las mismas, pues las sinrazones del imperio esgrimidas hacia Cuba no se han movido una micra en medio siglo. Expresan la voz del Destino Manifiesto. (Apenas si Obama, gran novedad, apela al diálogo.)

La figura de Fidel Castro, cuando llegue la hora de hacer ese examen, tendrá que medirse por el tamaño de los problemas que le toca enfrentar y la naturaleza de sus adversarios. Nadie espere un cuadro beatífico desprovisto de contrastes y zonas oscuras, aun si se prescinde de los trazos humeantes de sus enemigos fabricantes de caricaturas. Pero nada arrojará verdadera luz si no se asume en serio el terrible papel jugado por Estados Unidos a través de este medio siglo, papel que suelen ignorar los “fundamentalistas de la democracia” cuando plantean las disyuntivas históricas como opciones a la carta. A ese respecto, me gustaría retroceder en el tiempo y recordar algunos momentos olvidados de esa larga marcha, destacando algunas posturas de la oposición “democrática” proyanqui cuya persistencia a través de los años aun hoy impiden resolver en paz y mediante el diálogo la cuestión cubana.

La acción revolucionaria de los rebeldes triunfantes en 1959 sacude a propios y extraños, desde luego a las izquierdas, ahogadas en el pantano de la guerra fría por la persecución y el dogmatismo, pero revela al mismo tiempo el hecho fundamental de esta historia: la incapacidad del Departamento de Estado para asimilar las situaciones y las ideas divergentes que en teoría debían estar bajo su dominio. Dicho de otro modo, el ejercicio de la ideología dominante como barrera epistemológica negativa en un mundo que ha comenzado a cambiar.

A finales de los años 50, quienes mandan en la Casa Blanca están convencidos de que la aventura de los rebeldes cubanos concluirá con la vuelta a la escena de los partidos tradicionales, desaparecidos gracias al golpe de mano militar de su viejo aliado, el ex dictador Fulgencio Batista. En su visión se proyecta la imagen de la Revolución deseada por ellos y construida por los medios: el gran espectáculo de la Sierra Maestra y la carismática presencia de Fidel Castro, con su lenguaje humanista a favor de los humildes, son expresiones genuinas, sin duda, pero estimulan el autoengaño ideológico de quienes padecen una suerte de “otitis del tenor”, o sea, la sordera causada en el cantante de tanto escucharse a sí mismo. Se equivocaron. Cuando “el comandante mandó a parar” ya era tarde para ellos, aunque no fueron los únicos en sucumbir a esa suerte de fatalismo, fundado en el prejuicio y la prepotencia chauvinista y neocolonial. A eso apuntaba, además, la trágica experiencia de las revoluciones frustradas en Cuba misma y luego en Guatemala. Nada podía hacerse en el continente sin la autorización estadunidense.

La adhesión a esa visión impidió entender a la Revolución como el punto de partida –no el de llegada– de una revolución nacional postergada, cuya realización implicaba grandes reformas sociales y el traspaso efectivo del poder de manos de la oligarquía a los revolucionarios.

El dilema al que se enfrenta Fidel Castro parece simple, pero implica una decisión de vida o muerte: o la revolución daba pasos hacia la constitución de un fuerte Estado nacional o desaparecía en unas cuantas semanas.

Leave a comment

Filed under Blogroll, Essay, Politics

Adolfo Sánchez Rebolledo: La inmadurez del socialismo del siglo XXI

El resultado del referendo celebrado en Venezuela obliga a revisar la estrategia puesta en marcha por Hugo Chávez para alcanzar el llamado “socialismo del siglo XXI”, pero invita a ir más lejos: a examinar la naturaleza del cambio propuesto, no sólo en cuanto a su oportunidad, sino a su formulación y viabilidad.

Hizo muy bien el presidente Chávez en reconocer la victoria de sus adversarios esa misma noche, pues con ello detuvo de tajo la operación desestabilizadora que sin duda se había puesto en marcha. Esa reacción serena, democrática, conjuró los demonios del desastre y permitió al gobierno bolivariano sortear con dignidad la crisis. Pero no hay que subestimar lo ocurrido. La derrota del sí está lejos de ser la hazaña “pírrica” descrita por el gobierno, pues si bien el resultado (50.7 contra 49.3 por ciento) no cuestiona la permanencia del presidente, sí hipoteca buena parte de su apuesta por el futuro.

Acostumbrado a ganar por márgenes muy amplios, reconoció que buena parte del electorado aún no estaba “maduro” para el socialismo, pero el maniqueísmo extremo de la elección tampoco hizo posible un verdadero debate y el tema de qué país construir se diluyó en la inmediatez, cancelando de momento la “renovación integral” del régimen social, económico y político venezolano. La oposición halló un blanco fácil que le permitió agruparse bajo un denominador común. En ese sentido, la convergencia antichavista, alentada por una variedad de fuerzas, incluidas las de la extrema derecha, el golpismo y sus valedores imperiales, tal vez habría sido insuficiente para vencer si el proyecto de reforma constitucional hubiera seguido un curso de acción más flexible, mejor dispuesto al debate y a la concertación, sin dar por supuesto que la votación reiterada a favor de Chávez se repetiría linealmente ante cualquier tema y circunstancia. Pero el voluntarismo induce a las más graves equivocaciones. Los cuestionamientos más serios en torno, por ejemplo, a la relección presidencial se pasaron por alto, como si sólo la derecha fuera capaz de expresar opiniones diferentes.

Así la terca realidad se impuso: parte importante del electorado chavista no refrendó su apoyo a la propuesta de reforma constitucional y sencillamente se abstuvo de votar o votó por el no, a pesar del grado de aceptación de las políticas públicas impulsadas por el gobierno bolivariano. Sin duda, esa toma de distancia respecto a la estrategia oficialista es el hecho político más notable y definitorio, sobre todo en la perspectiva de rencauzar la acción del gobierno y la participación popular.

Es verdad que a toro pasado es fácil señalar omisiones graves y errores, pero lo cierto es que en el propio campo chavista hubo numerosas voces que alentaron contra los visibles defectos de una propuesta mal diseñada, contradictoria en temas sustantivos, cuando no equivocada.

Una de las críticas más agudas y exhaustivas es la realizada por Gerado Langer (reproducida en El Correo del Sur, La Jornada Morelos, el domingo pasado), pues en ella se subrayan al menos dos cosas que me parecen importantes: la primera es la dificultad ya citada de resolver en profundidad el tema del socialismo a partir de un referendo (aun contando con la mayoría), como si los cambios propuestos fueran un simple ajuste de la ley existente. La segunda, aún más preocupante, tiene que ver con la inconsistencia de la misma noción de “socialismo de siglo XXI” puesta sobre la mesa.

Si bien el texto del proyecto de reforma pretendía resumir la experiencia venezolana, la verdad es que no se avanzó demasiado en las definiciones sustantivas. Al respecto, señala el autor mencionado: “… No se precisó en qué consistía la diferencia y en qué aspectos debería distanciarse el socialismo del siglo XXI de la experiencia soviética del siglo XX. ¿En la negación del modelo de partido único? ¿En otras modalidades de relación entre Estado y partidos? ¿En el rechazo de una ideología oficial del Estado? ¿En alternativas al modelo monocultural negador de toda diferencia? ¿En formas de organización y participación política orientadas a no repetir la llamada democracia popular o proletaria, que terminó por negar la idea misma de democracia? ¿En un modelo económico que no esté basado en la planificación burocrática centralizada? ¿En un cuestionamiento radical del productivismo industrialista de crecimiento sin límite, que representó en la Unión Soviética, como hoy en China, una guerra sistemática contra el resto de la naturaleza, contra la vida misma en el planeta, en forma similar a como lo hizo históricamente y continúa haciéndolo el capitalismo? ¿Se trata de un socialismo con pluralismo político, compatible con lo que establece uno de los principios fundamentales de la constitución vigente?”

Pero la crítica de Langer no se detiene en vagas consideraciones más o menos abstractas, sino que procede a demostrar las inconsecuencias existentes en el proyecto mismo, desde la imprecisión conceptual en torno a las instituciones del nuevo poder popular hasta la increíble falta de rigor en el análisis de la propiedad, incluida la pública, así como la ausencia de un punto de vista en torno a la vigencia o no del régimen de partidos, cuya crisis marcó el inicio de la actual sociedad venezolana. En ese contexto, el tema de la relección y el partido único sólo podía causar alarma y llamar a la derrota del sí, a unificar los temores, prejuicios, estimulando las acciones unitarias de unas oposiciones cuyo sino habia sido la abulia democrática y el sometimiento a los dictados de los centros de poder imperiales.

Nada será igual a partir de ahora. El discurso “antitotalitario” ha perdido piso gracias a la serenidad de Chávez, pero las fuerzas progresistas que marchan a favor de la revolución bolivariana, es decir, de un cambio de fondo en la situación de la sociedad venezolana, están obligadas a sacar las lecciones que al caso correspondan. Al socialismo del siglo XXI también le falta madurar.

P.D. Los legisladores deben elegir entre tres nuevos consejeros del IFE a uno capaz de presidir la institución en tiempos de obligada renovación. La lista de los inscritos es tan vasta que sorprendió a casi todos, pero ése es buen signo de los tiempos. Hay centenas de ciudadanos que se sienten con méritos y capacidades suficientes para presidir una institución central de la democracia que anhelamos. Sin embargo, sólo tres podrán conseguirlo. Nadie espera, sería ilusorio, ciudadanos “puros” sin ideas propias. Si los hubiera no servirían para el cargo, pues en el IFE hacen falta hombres probos, de experiencia profesional reconocible y no meramente homologable, que tengan una vision del país comprometida y una actitud firme y a la vez tolerante. El IFE no es un tribunal judicial. Tampoco una oficina burocrática para atender reclamaciones partidistas en una entidad autónoma cuya función es organizar la vida electoral mexicana y contribuir a elevar su calidad. De su actuación depende, ya lo hemos visto, la credibilidad de la vida pública. Pidamos a los legisladores serenidad y responsabilidad, buen juicio. Nada más.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2007/12/06/index.php?section=opinion&article=023a1pol

4 Comments

Filed under Blogroll, Columns, economy, Politics, Projects