Marcelo Colussi: La leyenda de Holström

Cuando vio el primer borrador de guión Tom, el productor neoyorquino, –execrable obeso famoso por su condición de hostigador sexual, y por los millones de dólares que manejaba– no lo pensó dos veces:

–¡Perfecto! Este es el libro que necesitamos–

No era un buen lector; mucho menos, un intelectual –de hecho, escribía con abundantes faltas de ortografía–. Pero tenía un oportuno sentido de los negocios, y de un golpe de vista sabía si un libreto que llegaba a sus manos podía valer la pena o no. Entre sus producciones se contaban tres de los más recientes éxitos de Hollywood, todas películas caracterizadas por la grandiosidad, los efectos especiales y el escaso o nulo contenido argumental. Todas, por supuesto, daban mucho dinero.

–La gente quiere basura–, solía decir con aire de suficiencia.

Ante Tom era común que todos se amilanaran; enorme, de casi dos metros de alto y más de doscientos cincuenta libras de peso, su sola presencia impactaba. Pero más aún impactaba cuando abría la boca. Su vozarrón era atemorizador; y lo que decía –aunque nunca nada especialmente profundo–, como mínimo era hiriente. Tenía un modo impertinente de dirigirse; jamás pedía permiso ni perdón. Siempre se sentía dueño de la situación.

–¿Y quién es el autor de esto?– preguntó a su asistente.

Aunque Susan, la simpática jovencita texana, ya estaba acostumbrada a las brutales maneras de su jefe, siempre sentía un cierto temor ante las palabras de Tom Maverick. Nunca sabía cómo iba a reaccionar.

–Samuelsson, señor. El joven que vino por la oficina la semana pasada–, contestó no sin un secreto pesar, temerosa de alguna reacción inesperada.

–Samuelsson… ¿aquel sueco con cara de bobalicón?– espetó con altanería.

–Es noruego–, aclaró la secretaria.

–Bueno, no importa. Son todos unos blancos lechosos. ¡Llámalo inmediatamente, Susan! Quiero hablar con él–.

Dos horas más tarde el nórdico se presentaba en la oficina de Maverick. Más pálido que lo habitual –sin dudas por el nerviosismo–, a un mismo tiempo estaba alegre y preocupado. Sabía que podía haber buenas noticias, pero también deploraba trabajar con este productor. La propuesta, sin embargo, no le dejó espacio para la duda.

–¿Cómo le va, mi amigo Samuelsson? ¿Mucho frío por Suecia? Bueno, no importa; vamos al grano. Lo llamé porque me gustó su guión sobre ese faro embrujado. Ya lo tengo decidido: vamos a llevarlo a la pantalla–.

–¿De verdad, Sr. Maverick?–, preguntó con cara desencajada el buen noruego.

–¡Cómo! ¿No me cree lo que le estoy diciendo?– tronó rugiente la voz del productor.

–No, claro. Por supuesto que le creo. Pero…no me lo esperaba. ¡Gracias, Sr. Maverick!, muchas gracias–, agregó casi tartamudeando Samuelsson en un muy buen inglés.

–Bueno, bueno: sin sensiblerías, por favor. Y dígame… esa historia ¿tiene algo de real?–

–¿Por qué lo pregunta, Sr. Maverick?–, dijo atemorizado un tembloroso Samuelsson.

–¿Pero qué le pasa, mi amigo?–, respondió sorprendido el productor. –¡Tranquilo!, ¡tranquilo! Es que me parece muy imaginativa, realmente muy ingeniosa. ¡Mire si fuera cierto! La verdad es que lo felicito. Necesitamos guionistas así, creativos, que se dejen llevar por la fantasía. Bueno, hablemos de negocios…–

Luego de no más de un cuarto de hora donde Maverick apabulló a su interlocutor con datos, propuestas y afirmaciones tajantes, lo único que Samuelsson quería era huir de ese despacho. Sin pensarlo mucho –ya no tenía ánimo para hacerlo– aceptó todas las condiciones que el empresario le indicara. Por supuesto, obviamente, que ni siquiera sabía lo que estaba firmando.

Al día siguiente Maverick se dio a la tarea de poner en marcha el proyecto. Hacía mucho que en Hollywood no aparecía una película de esa naturaleza: –Hay que reflotar los fantasmas–, se dijo. Al poco tiempo la idea ya comenzaba a tomar forma, y el ritmo frenético una vez más marcaba la dinámica de todo su equipo. –A la gente le gustan estas estupideces–, se decía a sí mismo.

Ni siquiera se tomó la molestia de averiguar en algún atlas o en el Internet dónde quedaba Holström; en definitiva eso no importaba. La cuestión es que toda la historia sonaba bien, y hasta incluso el nombre (en noruego) tenía algo de intrigante para un mercado de habla inglesa, e incluso para otros. Todavía impresionado por la primera lectura –a partir de la que había tomado la decisión–, un par de días luego del encuentro con Samuelsson volvió a leer el guión, ahora más detenidamente. Y por primera vez luego de años pasó más de tres horas ante un libro sin poder despegarse. Más leía y más se sentía atrapado. Cuando se dio cuenta eran las tres de la madrugada; sólo, en el medio de su monumental mansión donde desde hacía un buen rato dormía ya toda la servidumbre, tuvo miedo.

–¿Pero qué te pasa, Tom?–, trató de darse valor a sí mismo. –Si las brujas no existen–.

El barco había naufragado hacía más de ciento cuenta años frente al faro de los fiordos de Holström en una furiosa noche de tormenta –según el relato de Samuelsson. Las circunstancias habían sido patéticas: el encargado del faro, Lars Peterson –viudo, profundamente enamorado de una joven quien no le correspondía en sus aspiraciones de matrimonio pero que, de todos modos, había quedado embarazada de él–, justamente por su desazón amorosa, la noche trágica había bebido como nunca. Tanto, que no estuvo en condiciones de prender las luces que debía poner a funcionar diariamente. Ante la falta de señalización, entonces, y dada la oscuridad más absoluta que caía sobre el mar, la embarcación no pudo orientarse y golpeó fatalmente contra unos arrecifes a escasos trescientos metros del faro. El naufragio sobrevino inmediatamente, y con las condiciones de tan mal tiempo que había, no hubo ni un solo sobreviviente.

Al día siguiente el viejo guardafaro fue removido de su puesto por motivo de la negligencia cometida. No fue tanto esto lo que lo afectó sino el saber que en la embarcación hundida iba su amada, Christina, embarazada de tres meses. Antes de zozobrar, la nave –que transportaba aceite de ballena y pólvora, y estaba a cargo del padre de Christina, motivo por el que ella estaba viajando en ese momento– ardió completamente, no pudiéndose nunca establecerse quiénes murieron calcinados y quiénes ahogados. El cuerpo de la joven no se encontró. Ya despedido, el viejo Lars pudo subir por última vez al faro que había cuidado por años, y desde lo más alto se arrojó contra los acantilados, encontrando así un final para sus insoportables tribulaciones. Cuenta la leyenda –según lo presentado por el guionista– que las noches oscuras y borrascosas salen en su búsqueda mutua los fantasmas de la joven Christina y del viejo Lars; pero como no desean ser vistos por nadie, si algún eventual observador tiene la desdicha de encontrarse en la escena, encuentra la más espantosa de las muertes a manos de los espectros. No quieren que su paz sea perturbada por nadie.

Fue curioso: después de recibido el cheque de pago por su guión, Samuelsson desapareció repentinamente y no se volvió a saber nada de él. De todos modos, una vez entregado el libro, su presencia no era importante para el rodaje. Maverick fue uno de los primeros en saber de la noticia, pero prefirió no decir nada al respecto. Incluso cuando fue entrevistado por dos agentes de la policía federal en el momento en que ya se comenzaba el rodaje –sin que nunca le quedara muy claro el motivo– el tema de la desaparición del noruego no se tocó.

Fueron elegidos para los papeles protagónicos George Kimberley –con un premio Oscar recientemente concedido en otra producción también de Tom Maverick– y la promesa ítalo-americana Betty Capriatti. El director –que para el caso era lo menos importante: como en general para todas las producciones hollywoodeneses hacía las veces de director de cámaras, y no más– fue un tímido pelirrojo, más conocido por su melena fosforescente que por sus dotes de cineasta, en todo caso personaje olvidable: Bill Matthew.

Aunque en principio el productor insistió con que toda la realización se podía hacer en suelo estadounidense, finalmente accedió y el rodaje se hizo en Noruega. En territorio de los Estados Unidos ya no era fácil encontrar un faro con las características del que se precisaba para el caso. Los fiordos de Hosltröm vieron así llegar una banda de ruidosos american girls and boys.

Estando en suelo noruego el productor fue informado que el cheque de pago dado a Samuelsson –que era una suma nada desdeñable para quien se suponía debía necesitar todo ese dinero– aún no había sido cobrado. No le importó mucho, pero tuvo la intuición que algo fuera de lugar estaba pasando. –Estos suecos son todos unos excéntricos– fue lo primero que se le ocurrió decir. Pero fue más lo que prefirió callar.

El viejo faro de Holström, todavía en actividad pero pronto a ser reemplazado por balizas satelitales, podría haber sido reproducido a la perfección en estudios; sin dudas, con efectos especiales se hubiera podido replicar fielmente cada uno de sus ladrillos mohosos, la espuma con sal y yodo que inundaba en forma perenne todo el ambiente, las neblinas polares. Pero la presencia real de esa reliquia arquitectónica tenía algo imposible de ser captada por una computadora. Tenía, aunque no se pudiera precisar por qué, un aire lúgubre. Maverick, aunque a nadie se lo dijo –para ese momento su asistente también hacía de pareja, pero tampoco a ella se lo comentó– tuvo una intuición que lo angustió.

–¿Pero qué me pasa? ¿De dónde estoy sacando esa locura?–, se dijo a sí mismo sin creer en lo que pensaba. En realidad no lo pensaba; más bien las ideas se le aparecían a su pesar. Un escalofrío lo sorprendió a la madrugada, cuando dormía entre los brazos de Susan, su secretaria-amante. –No, no es posible–, trató de razonar, e intentó seguir durmiendo, cosa que, por cierto, no logró. Una vez más tuvo que acudir a una fuerte dosis de tranquilizantes, como le pasaba cada vez que estaba ansioso –lo cual no era nada raro.

La primera semana de estadía en Noruega pudieron trabajar poco. En realidad esperaban tener mal tiempo, porque eso era lo que se necesitaba para mostrar el faro: la neblina, el mar encrespado, el viento. Pero nada del clima esperado se dio. Por el contrario resultaron unos días de sol espléndidos, y las noches eran claras como hacía años no se veían. Para poder llegar a Holström debieron hacer todas las gestiones del caso con la marina de guerra de Noruega, la que les facilitó la correspondiente logística. Desde el momento que en Oslo se supo del proyecto de una productora de Hollywood de filmar una película en los fiordos más septentrionales del país, no cesó la curiosidad. Incluso un par de canales de televisión le dieron cobertura al hecho mismo del rodaje.

Ya instalados en la localidad –era un grupo de más de veinte personas– algunos lugareños se acercaron a los bulliciosos visitantes. A veces en un precario inglés, otras valiéndose de una traductora especialmente contratada, los estadounidenses encontraron un clima algo extraño; no era rechazo en sentido estricto, pero tampoco era la mayor de las hospitalidades. Había una cuota de lejanía, de distancia. Un viejecito de gastada piel y casi ciego –apellidado Samuelsson, según luego se informó– esbozó una sonrisa insólita al saber del propósito de los extranjeros. Sonrisa que a Tom Maverick le volvió a hacer sentir el escalofrío de algunos días atrás.

Finalmente vino el tiempo que se estaba esperando: los días, y las noches en especial, de bruma cerrada, de ventiscas y marejada amenazante, llegaron para quedarse.

Todo el grupo dormía en un albergue –en realidad el único disponible– de la pequeña localidad de Holström. El pueblito era un lugar pintoresco, dedicado fundamentalmente a la pesca y con muy ocasionales visitas turísticas. La traductora había viajado con el equipo de actores, director y asistentes desde la capital del país.

Cierta noche, alrededor de las diez y cuando ya todos habían cenado dando fin a una intensa jornada de trabajo, el viejo Samuelsson, aquel de la sonrisa extraña, llegó hasta el hotel. Nadie estaba con muchas ganas de hablar con él; de hecho, no se comunicaba en inglés, por lo que fue la traductora –Sofía Franklin– quien se dignó atenderlo.
Conversaron poco, unos escasos minutos. Terminada esa improvisada charla en una esquina del salón del albergue, sigiloso como llegó desapareció el insólito anciano.

Algunos dicen que toda la noche permaneció prendida la luz del cuarto de Sofía –quien dormía sola. La escucharon levantarse cantidad de veces, ir al baño, caminar por su habitación. Hubo quien dijo haber escuchado algún sollozo. Al día siguiente, muy temprano, el encargado del hotel manifestó haberla visto salir; no le prestó mayor atención al hecho. Iba sin valijas, por lo que nada le hizo sospechar algo llamativo. Lo cierto es que desapareció súbitamente.

Había carretera que comunicaba el pueblito con el resto del país; pero no había servicio de autobús. El grupo había llegado por mar, con ayuda de la marina; y estaba previsto que de la misma forma se regresara. Nunca se supo más nada de la joven traductora.

Se tejieron las más esotéricas explicaciones; finalmente todos optaron por quedarse con la que terminó siendo la oficial: alcohólica recuperada como era, tuvo una recaída y no pudo con su vieja práctica. Si bien nadie supo de dónde provino esa explicación, todos la aceptaron. Para muchos fue casi simpático el hecho; para Tom fue terrorífico.

–¿Pero qué pasa que todos desaparecen?–.

Con carácter compulsivo corrió urgido hacia su computadora portátil; quería saber –no podía esperar más tiempo– si el cheque del guionista había sido cobrado. Y la angustia nuevamente volvió a apoderarse de él. No entendía por qué no se presentaba el documento.
–¡Tendría que haberlo cobrado ya! ¿Qué le habrá pasado?–

La caracterización de los actores principales –George y Betty– como espectros no podía estar mejor lograda. La actuación no era buena –casi podría decirse que era espantosa; pero no era eso lo que más contaba. Lo que se buscaba –lo que Tom realmente quería, y por tanto lo que buscaba el director Matthew– era crear un clima terrorífico; no importaba tanto la calidad estética del producto, y menos aún la hondura de su trama. Los actores y la dirección eran simples eslabones en la cadena de la producción; para el caso importaba más el faro que el argumento de toda la película.

Sin dudas el legendario faro asustaba por sí mismo. Soberbio sobre lo alto de un ríspido peñasco, su solitaria presencia transmitía una sensación tétrica que muy bien había sabido captar la cámara. De los actores-fantasmas lo que más resaltaba –quizá lo único– era su aspecto de seres sobrenaturales. La sensual ítalo-americana había confesado que le daba mucho miedo pensar que tenía que representar a un fantasma. Eso, que podía ser del peor gusto en cierto ámbito, para una película efectista como la que se estaba rodado –”La leyenda de Holström” llevaría por título– tenía un inestimable valor publicitario. Tom pensó que esta declaración, sumado a las llamativas desapariciones del guionista y de la muchacha que oficiaba de traductora durante la filmación, podían ser elementos que reforzaban el terror buscado, y que a la larga atraerían más público. De eso se trataba en definitiva: que muchos, la mayor cantidad posible, la humanidad completa si se podía, rindiera su tributo en la taquilla de los cines.

Esa tarde nevó. No era común para esa época del año, así que se produjeron algunas pequeñas complicaciones prácticas con los vehículos que transportaban al equipo los cuatro kilómetros que los separaban del faro. Por la noche se filmaría la escena –quizá la más romántica de toda la película– donde los fantasmas se besaban. Betty estuvo rara durante toda la sesión de rodaje. No debía hablar una sola palabra, solo actuar gestualmente.

La escena del encuentro de los espectros enamorados tuvo un patetismo memorable; si bien en el guión sólo estaba indicado que la joven Christina quería llevar a su amante, el anciano guardafaro, hacia el lugar del naufragio, no había mayores precisiones de cómo hacerlo. Eso quedaba librado a la dirección actoral, o al talento escénico de la protagonista. La forma en que Betty arrastraba a George –es decir: el viejo Lars– hacia las olas embravecidas era conmovedor: una mezcla de sensual pasión y fuerza endemoniada. Tan conmovedor, tan expresivo que en un momento el mismo actor pidió con gritos de desesperación detener la toma. Como todos pusieron interés en él –realmente se lo veía acongojado– nadie reparó en lo que hacía la diva. Al cabo de un rato, y ante la gran sorpresa de todos, saludaba agitando los brazos desde lo más alto del faro.

–Terminamos por hoy, volvemos al hotel–, gritó Bill invitándola a descender.

Como no regresaba, un ayudante de sonido decidió subir a buscarla. Convinieron en que todos los demás se adelantaban, y que el amable muchacho –Pit, joven de ojos inocentes y tatuaje en la frente–, luego de solicitar el correspondiente permiso a las autoridades del faro, volvería con Betty en el vehículo que les dejaban, el jeep más pequeño.

Si todos habían quedado sorprendidos ante lo recién vivido en los fiordos, más grande aún fue la sorpresa al regresar al hotel. El encargado, con rostro circunspecto, les dijo que ya había llamado a un médico de otra localidad –distante unos cuarenta kilómetros–, y que consideraba que la crisis de la señorita Capriatti seguramente se debía al exceso de trabajo y poco descanso.

Mirándose atónitos unos a otros, fue Tom el primero en rugir una respuesta:

–¡Por el jodido demonio! ¿Qué crisis?–

Algo atemorizado por la reacción, el conserje balbuceó con temor, tartamudeando:

–Es que…¿cómo?, ¿no lo sabían? Este…la señorita Capriatti tuvo una descompostura, está inconsciente. Yo pensé que ustedes habían decidido dejarla…no sé, por su trabajo. Fue ella la que me llamó hace un rato, mareada, un poquito perdida–.

No salían de su asombro. Repentinamente, George se puso lívido y cayó desmayado. Tom pensó, sin atreverse a decirlo: –”La leyenda de Holström”, filmada con fantasmas de verdad–. Le pareció demasiado atrevido para expresarlo. En el mismo momento en que se le ocurría su sarcástica frase publicitaria, pensó en Pit y en el rescate de… –¿quién era entonces?–. Al instante tres varones del grupo corrieron hacia uno de los vehículos para regresar al faro.

Cuando llegaron, ahí estaba el jeep rojo. Luego de discutir un poco con los dos guardias navales que custodiaban el faro –apenas hablaban inglés–, quedó claro que Pit nunca intentó entrar a la instalación. En realidad les había llamado la atención a los dos custodios que dejaran abandonado uno de los vehículos sin decir una palabra, pero de todos modos no le habían dado mayor trascendencia al asunto. Del joven sonidista no se volvió a saber nada.

El material recogido era ya suficiente para permitir montar varias películas. Por lo tanto esa misma noche Tom decidió que regresaban. Se puso la denuncia formal de la desaparición de Pit, y por tres días la guardia costera y la policía noruega buscaron sin éxito alguna pista. De todos modos todo el personal tenía seguro de vida; –no hay nada de que preocuparse–, se dijo el productor.

Aunque nadie de los que había formado el grupo se lo propuso en forma explícita, el silencio sobre el asunto cayó sobre todos ellos. A la familia de Pit se le contó una versión creíble respecto a un accidente, y ahí terminó la cosa.

Si bien la veintena de personas que había tomado parte en el trabajo en Noruega –desde la pareja de actores principales hasta los diversos técnicos– tenía un contrato laboral que lo ligaba a esta producción, de buen grado todos hubieran dejado ahí el vínculo, sin importarles perder dinero. De una manera inexplicable, todos –incluido el productor Tom Maverick– prefirieron no mencionar más nada de todo esto. A nadie interesaba ya presentar la película terminada. Lo sucedido la última noche había sido demasiado.

En todo caso, fueron circunstancias externas y más bien fortuitas las que reflotaron la idea de finalizarla.

Betty Capriatti, la ya bastante famosa diva, había tenido un episodio patológico debiendo ser hospitalizada. Se trataba de un brote psicótico; fue ahí donde para Tom se hicieron claras anteriores conductas de la muchacha. Siempre la había visto algo rara, y ahora la historia clínica presentada por el psiquiatra tratante lo confirmaba.

–Se trata de una estructura esquizo-paranoide, con desdoblamiento de la personalidad. En el estado semi delirante que está cursando ahora insiste en un asesinato que cometió en un faro en el polo norte, en Noruega–.

–¿Qué más le dijo al respecto, doctor?–, se interesó Tom.

–Pues que estando en pleno rodaje de una película de terror tuvo un acceso delirante; dice no recordarlo bien, pero sabe que trepó a un faro, una noche de borrasca, luego bajó y, sin saber cómo, empujó a un compañero de trabajo –insiste en que el nombre era Pit– al mar. Se asustó, y en vez de socorrerlo, volvió al hotel donde se alojaba–.

–Doctor, ¿y puede ser cierto todo eso?–, se apuró a preguntar Tom, no sin angustia.

–Por supuesto. Mire, por lo que estoy viendo de la historia de esta muchacha, todo lo que ha contado, aunque suene estrafalario, es verídico. La angustia no miente, las alucinaciones son alucinaciones, pero no mienten–.

Asombrado por las explicaciones del médico, Tom creyó entender lo que había pasado en Holström.

–¡Por supuesto! Era la pobre Betty, loca como estaba. ¿De dónde sacamos que eran fantasmas?¡Qué estúpidos!–

Uno por uno fue entrevistando a todos los que habían tomado parte en el equipo de la filmación del faro, y a cada uno les explicó lo que en verdad había sucedido. Mientras, Betty seguía su recuperación en una prestigiosa clínica psiquiátrica, el resto del grupo estuvo de acuerdo en darle fin a la película. No se necesitaba rodar nuevo material; el existente alcanzaba. La actriz también aceptó. Era sólo cuestión de montar lo que había.

Y así se hizo.

Dos meses más tarde “El fantasma de Hosltröm” se presentaba en el medio de una agresiva campaña publicitaria. En las dos primeras semanas de exhibición ya había pasado a ser un éxito económico sin precedentes; tanto, que se llegó a hablar de una segunda película. “El retorno de los fantasmas”, “El faro sigue con vida”, “Los espectros no han muerto” fueron algunos de los títulos que comenzaron a pensarse como posibles para la continuación.

Si bien cinematográficamente la película no aportaba nada nuevo ni tenía una especial carga estética, había logrado impactar. Unos meses más tarde, habiéndose ya recuperado Betty Capriatti y teniendo decidido Tom una segunda entrega bajo el título de “Holström II”, la película fue nominada para el Oscar.

La noche de entrega de los galardones, sin saber aún que “El fantasma de Holström” ganaría dos estatuillas, cuando estaba llegando la aristocracia de la farándula de Hollywood a la magnífica sala en que tendría lugar el acto de premiación, nervioso y apretujado por un traje de gala que le remarcaba de forma payasesca su gordura, Tom Maverick recibió de manos de una desconocida una carta que no quiso leer en el momento, pero que finalmente aceptó abrir a instancias de la insistencia de su amante-asistente.

Unos minutos antes que el director Bill Matthew fuera llamado al escenario, Tom pudo leer mientras sus manos le temblaban:

–Está loca, pero no fue ella. Y no soy sueco. Soy noruego–. Junto a la carta venía, partido por la mitad, el cheque por diez mil dólares nunca cobrado a nombre de Peter Samuelsson.

* Tomado de “Nosotros, los mediocres”, Guatemala, 2004 (Mención especial en el Concurso de Cuentos del Instituto Iberoamericano de Cultura Mario Vargas Llosa)

* Fuente

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