Miguel Wiñazki: Cacería de noticias

Existe cierta analogía alegórica entre la cacería y la búsqueda de noticias. En una y en otra actividad se trata de mirar, de elegir la presa, de enfocar, de apuntar con precisión, y de clavar el proyectil, de incrustar la flecha, o la pluma, o la lente de la máquina, o el grabador, en el sitio correcto. Según Marguerite Yourcenar: “Nacida por la necesidad que el hombre tenía de procurarse carne para alimentarse y por la presión de defenderse de las grandes fieras, la caza pasó a ser un arte, el más antiguo de todos, y una pasión también. El hombre encontró en ella la manera de satisfacer su afición al peligro y a las proezas físicas, de complacer su vanidad y su jactancia y, sobre todo, su innata ferocidad”.

Aquí nos interesa la figura del periodista feroz. Precisamente, de aquel que transita casi con lujuria por senderos peligrosos, que alimenta a veces su arrogancia, que busca noticias o las caza con fiereza, y también, (porque también es así en innumerables casos), con coraje. La caza, como bien apunta Yourcenar “se convirtió en una escuela de astucia”. Y mutatis mutandi, no existe un buen periodista que no sea astuto. Un periodista ingenuo es una presa, en lugar de un cazador. Invierte su rol, y fácilmente lo devoran los ladinos diversos de la fauna de taimados que circula en todas partes. ¿Cómo ser astuto sin ser perverso? ¿Cómo cazar sin ser cazado y no por eso derramar la moral en una letrina? Son grandes preguntas para un periodista.

¿Cuáles son los límites ante los que debe detenerse esa ferocidad que anima con adrenalina, emoción y tozudez a los mejores reporteros? ¿Cuándo atenuar la ferocidad…? Esa voracidad tan potente, ese deseo de desocultar, de encontrar una historia excepcional, de contarla… Además, ¿Es el periodista el que apunta a las noticias, y las caza? ¿O las noticias encuentran al periodista?

Una cosa es ser “cazado” y utilizado por operadores con intenciones de difundir hechos situaciones para su propio interés antes que para el del gran público, y otra muy distinta es ser uno atrapado por una gran noticia. La historia de la información abunda en casos en los que fue el azar y no la voluntad focalizada la que produjo el encuentro entre el cronista y un hecho extraordinario.

La tesis aquí es que si las noticias llegan al periodista, las mejores noticias no llegan a cualquier periodista.

Si uno es atrapado por una gran noticia, por una gran historia, es porque uno a la vez, atrapa ese hecho y detecta su excepcionalidad. Es que no basta con ver los hechos. Es necesario algo más. Mucho más que azar.

Lo explico de otro modo.

Hubo centenares y centenares de periodistas que cubrieron el extraordinario combate de box entre Muhammad Alí, y George Foreman que libraron en Kinshasa, Congo, en 1974. Fue un encuentro legendario. Alí podía recuperar el campeonato del Mundo que había perdido fuera del ring, por negarse a enrolarse como soldado para participar en la guerra de Vietnam. Eran dos gigantes. Alí tenía 32 años y Foreman 25 y parecía indestructible.

Disputaban mucho mas que un combate de box. Alí representaba a la desobiencia civil, y era todo muy profundo. Y entre ellos, entre los centenares y centenares de periodistas acreditados, estaba Norman Mailer, que narró la lucha como nadie, mejor que nadie, mejor que todos los que allí estaban observando. El clavó su pluma en el corazón del combate. Supo ver el miedo de los que peleaban, su bravura a la vez, la magia ¿desalmada? de la multitud que se excitaba con la lucha, supo transmitir la altura de lo que estaba simbólicamente en juego. Su texto fue un ascenso a la profundidad, y todo lo contó con admirable claridad y sin complejidades superfluas. Cada línea era a la vez un puñetazo a la mandíbula. Mailer escribió un libro luego, basado en aquella crónica. Se llama “The Fight”, “El combate”.

Mailer es un periodista feroz, y un escritor radiante. Y no por eso es un inmoral. Al contrario. Hay que leerlo, para saber como se escribe.


http://www.clarin.com/diario/2006/03/07/conexiones/t-01153896.htm

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