Joaquín Calomarde: La mano tendida de Hanna

Quisiera compartir con el lector una experiencia reciente. Es la primera vez que me ocurre en mi vida docente, que ya viene de lejos y que acabo de recuperar al reincorporarme como catedrático de Filosofía al Instituto San Vicente Ferrer de Algemesí. Hace escasos días, una alumna marroquí acudió a la sala de profesores. Inicié una conversación con ella, usando francés y español, pero era difícil. Mi alumna es de Rabat, se llama Hanna y no habla francés con fluidez, tan sólo árabe. Me interesé por su libreta, en la que identificaba objetos nombrados en español con las correspondientes palabras árabes, y al contrario. Le pregunté si podría hacerme una redacción, siquiera somera, sobre un tema. Y le propuse el siguiente: “¿Qué es bueno para ti?”. Me dio, como pudo, su palabra de intentarlo.

Desde ese momento, siempre que nos encontramos en el instituto corre hacia mí, con una enorme sonrisa, me dice en un mal español “Buenos días, profesor”, y tiende su mano para estrechar la mía.

Puede ser una anécdota, pero para mí tiene cierta trascendencia. En los últimos tiempos se escuchan demasiados mensajes repletos de rusticidad y sinsentido dirigidos contra los inmigrantes en suelo español. Y en particular desde aquellos que menos deberían hacerlo: políticos y partidos con importantes responsabilidades públicas. Y me pregunto cómo entendería Hanna el “contrato de integración” que planteó Rajoy en su programa electoral para las generales del pasado 9 de marzo. Y si le extendería de igual modo su mano en un saludo sincero y abierto.

¿Qué mejor contrato de integración, me pregunto, que el gesto inequívoco de cercanía y afabilidad de Hanna tendiéndome su mano por los pasillos de un instituto de este país? ¿Cuántas Hannas habrá felizmente en España? Muchas. Y todas ellas, estoy seguro, suspiran pensando en un país que no sólo las acoja con la frialdad de la ley, sino con el aliento humano por excelencia: el de la cordial hospitalidad, respetuosa y por ello respetable. Hanna no entiende, seguro, por qué ella puede suponer un problema para la sociedad española, ni en qué sentido pudiera representarlo para nadie. Por el contrario, valora los gestos sinceros de acogida, los gestos humanos de aproximación y afecto al otro, a nuestros próximos, a nuestros prójimos que vienen buscando en nuestro país lo que en ningún otro han podido encontrar: una vida propia y un respeto colectivo.

Naturalmente que hay que exigir legalidad al proceso de inmigración en España. Y también acuerdo entre las grandes fuerzas parlamentarias al respecto. Y ningún género de capricho, experimento o ligereza de nuestro país en el seno de la Unión Europea ni en las instituciones occidentales a las que se ha ido sumando. Claro que no. Pero Hanna no entiende, a buen seguro, a qué me estoy refiriendo en el párrafo anterior. En cambio, estaría encantada de que alguien, con atención, respeto y afecto, se lo explicase como ella merece: lentamente, con paciencia, con interés por su proceso de aprendizaje y adaptación… y con ganas, sí, también con ganas, de aprender el tesoro que ella esconde: su lengua, sus signos, su alfabeto, sus costumbres, el sentido de su vida, la libertad a la que tiene derecho, de la que ya disfruta o que quizá todavía deba encontrar. Precisamente porque yo no sé árabe puedo ilustrarme, siquiera un poco, del pasado y presente cultural que representa la lengua de Hanna.

Si esa actitud fuese comúnmente extendida entre la sociedad española, todo sería más fácil y más humano. Hay que reconocer al otro como a uno mismo para darse cuenta hasta el fondo de lo que somos y de lo que ignoramos ser. Y entonces, en ese momento exacto, nace el sentimiento más profundo de respeto y de dignidad entre iguales. Es por esto, porque somos iguales, porque ambos somos ciudadanos, tú y yo, por lo que no debemos nunca iniciar en nuestro país ningún “contrato de inmigración”. ¿Para qué? ¿Qué es lo acostumbrado en España? ¿Quién determina que ciertas cosas pueden ser consideradas costumbres universales de los españoles? La falacia es tan evidente que asombra pensar que a alguien que representa, y debe hacerlo con altura y dignidad, a tantos millones de españoles, se le ocurran cosas así.

Hanna tiene derecho a la Constitución; al disfrute de todos sus derechos y libertades y al cumplimiento de todos sus deberes; y se le puede exigir, lógicamente, el acatamiento de las leyes democráticas que rigen la convivencia española. Claro, precisamente porque es una ciudadana más de España, en igualdad de derechos y deberes que el resto de los ciudadanos. Por eso, no por algún extraño motivo ajeno a la razón democrática.

Joaquín Calomarde, ex diputado al Congreso, es catedrático y escritor

Artículo Original: El País

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Filed under Columns, Human Rights, Politics

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