Carlos Beas Torres: La revuelta de los más pobres

Matías Romero es una pequeña ciudad istmeña, perdida en el sur profundo de nuestro país. El origen de ese pueblo oaxaqueño se remonta a la época porfirista, ya que hace poco más de cien años se estableció ahí un campamento de trabajadores, quienes en condiciones muy adversas construyeron el Ferrocarril Nacional de Tehuantepec.

Poblada por gentes llegadas de muchos lados, esa ciudad es cosmopolita, y en ella conviven personas de muy diferente cultura; la habitan los que pertenecen a los pueblos indígenas de esa región, predominando los zapotecas y mixes, y también quienes provienen de lejanas latitudes, como los descendientes de libaneses, coreanos o chinos.

Durante muchos años la vida de ese pueblo dependió de la actividad ferrocarrilera, hasta que el ex presidente Ernesto Zedillo decidió desaparecer la empresa nacional para concesionarla a compañías ferrocarrileras privadas, en particular a las estadunidenses. Debido a esa política privatizadora el pueblo de Matías Romero vive desde hace 10 años sumido en una profunda crisis económica y social.

A pesar de su corta vida, de su aislamiento y de su pequeñez, el pueblo de Matías Romero ocupa un lugar importante en la historia del movimiento social de nuestro país, ya que en la década de los años 50 del siglo pasado fue ahí donde se dio a conocer el Plan del Sureste, el cual fue la guía de la revuelta sindical que encabezó Demetrio Vallejo; en Matías Romero nació el heroico movimiento ferrocarrilero de 1958 y 1959, que es sin lugar a dudas una de las gestas más importantes del sindicalismo independiente mexicano.

También Matías Romero ocupa un lugar singular en la lucha de los pueblos indios, ya que ahí se celebró en 1989 un foro que se convirtió en el espacio del primer encuentro de carácter verdaderamente nacional que construyeron los pueblos originarios de México. Hasta este lejano punto del país lo mismo llegaron yaquis y rarámuris del norte que nahuas y mixtecos de Guerrero y mayas de Chiapas, Quintana Roo y Yucatán.

Y ahora, el nombre de Matías Romero se liga de nuevo a una revuelta ciudadana que poco a poco se extiende a pesar del silencio que guardan los medios sobre su existencia. A fines de marzo pasado la mayoría de los trabajadores en ese pueblo del programa IMSS-Oportunidades iniciaron un movimiento al que de inmediato se sumaron decenas de comunidades indígenas de toda la región. A partir del 28 de marzo comunidades y trabajadores ocuparon juntos de manera pacífica el hospital de ese lugar, y tenían legítimas razones para hacerlo.

En el hospital regional del IMSS-Oportunidades de Matías Romero desde hace más de dos años no se cuenta con especialistas tan necesarios como un pediatra o un anestesiólogo, siendo por ello que decenas de pacientes pobres y en su mayoría indígenas han sido transferidos a nosocomios ubicados fuera de la región; en más de un caso esta situación ha ocasionado la muerte de pacientes, en su mayoría jóvenes mujeres en trabajo de parto.

Las unidades médicas rurales –pequeñas clínicas que atienden a la población indígena y campesina– no cuentan con los fármacos necesarios, y cuando hay doctor es un pasante que aprende practicando con los pacientes.

Por su parte, los trabajadores del Programa IMSS-Oportunidades reciben un trato discriminatorio, ya que carecen de los derechos y las prestaciones que tienen los empleados del régimen ordinario, a pesar de que realizan las mismas funciones. Ese maltrato también lo da el sindicato, el cual ve y trata a sus agremiados con recelo y en ocasiones con desprecio.

Esa situación ha provocado que desde hace más de un mes trabajadores e indígenas mantengan ocupado el hospital y que diario realicen acciones de protesta, que sólo han tenido como respuesta institucional la represión y las amenazas. Una decena de los empleados más activos han sido demandados penalmente por el IMSS y sus contratos están en proceso de rescisión.

Además, como represalia contra la población, el delegado estatal del IMSS en Oaxaca, Luciano Galicia, ordenó el desalojo de los pacientes internados en el hospital y también la suspensión casi total de los servicios, incluso el de urgencia, ya que por espacio de más de 30 horas esta área fue atendida por una sola enfermera.

Lo que ocurre con Matías Romero es un problema nacional; las deficiencias con que opera el programa mencionado son similares a las que existen en Yucatán o Guerrero: servicios médicos deficientes y de mala calidad para 11 millones de indígenas y campesinos, para la población más pobre de este país. En los hechos, aunque el presidente Felipe Calderón se disfrace de chamula o tepehuano, el gobierno federal sigue considerando a los indígenas ciudadanos de segunda. El Programa IMSS-Oportunidades es prueba de ello.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/05/19/index.php?section=opinion&article=017a1pol

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