Sergio Ramírez: El pecado de quemar la comida

Ginebra. Si algo visible divide a la izquierda latinoamericana en el poder es el asunto de los biocombustibles. Desde que el presidente Lula Da Silva proclamó a Brasil campeón de la producción de etanol extraído de la caña de azúcar para alimentar motores, no tardó en escucharse la voz de Fidel Castro, desde sus “Reflexiones del comandante en jefe” en el periódico Gramma, denunciando como criminal la política de convertir alimentos en carburantes.

El pique ideológico se inflama cuando aparece el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, echando combustible al fuego, con petróleo puro; y así se han creado dos tipos contradictorios de diplomacia en América Latina: la del etanol, encabezada por Lula, y la del petróleo, encabezada por Chávez.

Mientras la economía de Venezuela gira exclusivamente alrededor del petróleo, la de Brasil es mucho más compleja, y la política de diversificación de combustibles de Lula muestra resultados palpables: 45 por ciento del combustible para vehículos en Brasil es producido con base en caña de azúcar cultivada en apenas uno por ciento de la tierra arable del país. Pero el azúcar también es alimento, si no se toma en cuenta el ron.

Usar comida para alimentar vehículos es aceptar que sean “condenadas a muerte prematura por hambre y sed más de 3 mil millones de personas en el mundo”, dice Fidel Castro; y Lula, sin mencionar a su viejo amigo, responde que el problema de la humanidad no es la falta de alimentos, que los hay de sobra, sino que esos alimentos no llegan a los más pobres, con lo que dedicar tierras agrícolas a producir etanol no tiene nada que ver con el hambre.

Pero vean quién viene a dar la razón ahora a Fidel Castro: la muy conservadora revista Time, que dedica uno de sus últimos temas de portada a un extenso alegato en contra del uso de los alimentos como combustibles, con argumentos gemelos a los del líder cubano.

La energía limpia no es más que un mito, sentencia Time: al sustituir los combustibles fósiles por el etanol, lo que verdaderamente están haciendo es elevar los precios mundiales de los alimentos y empeorar el calentamiento global. En la medida en que los precios del maíz suban, los pobres del mundo comerán menos, y mientras más maíz se siembre para uso de motores, más bosques desaparecerán.

¿Ya habíamos leído eso antes? Claro, hace un año: “Pienso que reducir y además reciclar todos los motores que consumen electricidad y combustible es una necesidad elemental y urgente de toda la humanidad. La tragedia no consiste en reducir esos gastos de energía, sino en la idea de convertir los alimentos en combustible”, escribe Fidel Castro.

Time escribe que se privilegia a 800 millones de personas con automóviles sobre 800 millones de personas con hambre; y si hace cuatro años se calculaba, de acuerdo con científicos de la Universidad de Minnesota, que el número de hambrientos caería a 625 millones en el año 2025, ahora más bien se sabe que ese número crecerá a mil 200 millones, todo por efecto de los biocombustibles.

El maíz que se necesita para llenar una sola vez el tanque de un vehículo con etanol es suficiente para alimentar a una persona por un año. Y Robert B. Zoellick, presidente del Banco Mundial y anterior mano derecha de Condoleezza Rice, afirma: “mientras muchos están preocupados por llenar sus tanques de gasolina, muchos otros luchan en el mundo por llenarse el estómago”. Gasolina y comida cada vez más caras: la FAO informa que en los últimos nueve meses, el precio de los alimentos ha subido en el mundo 45 por ciento.

¿Y Fidel Castro? “Hoy se conoce con toda precisión que una tonelada de maíz sólo puede producir 413 litros de etanol como promedio, de acuerdo con densidades, lo que equivale a 109 galones. El precio promedio del maíz en los puertos de Estados Unidos se eleva a 167 dólares la tonelada. Se requieren, por tanto, 320 millones de toneladas de maíz para producir 35 mil millones de galones de etanol”.

Y está también el alegato de Time acerca del grave daño ecológico que causan los biocombustibles, a través de un vicioso círculo diabólico. A pesar de que Brasil no produce etanol con base en el maíz, los productores de Estados Unidos venden una quinta parte de sus cosechas a las fábricas de etanol, provocando que los productores de soya, atraídos por los precios, se pasen al maíz, con lo que la soya sube, y empuja a los agricultores brasileños a cultivarla a costa de los pastos, de modo que los ganaderos, expulsados por la soya, se tragan cada año miles de kilómetros cuadrados de selva.

Producir maíz y oleaginosas para combustibles resulta en un descalabro ecológico. ¿Según Time, o según Fidel Castro? Según Fidel Castro: “aplíquese esta receta a los países del tercer mundo y verán cuántas personas dejarán de consumir maíz entre las masas hambrientas de nuestro planeta. O algo peor: présteseles financiamiento a los países pobres para producir etanol del maíz o de cualquier otro tipo de alimento y no quedará un árbol para defender la humanidad del cambio climático”. Y Time agrega, aquiescente: “si se toma en cuenta el efecto de la deforestación, el etanol de maíz y el biodiesel de soya vienen a provocar el doble de las emisiones de carbono causadas por la gasolina”.

El próximo editorial de la revista Time, ya se ve, lo puede escribir Fidel Castro.

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2008/05/16/index.php?section=opinion&article=025a1pol

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