Lydia Cacho: Los valores y el sexo

Martín Vantolra Mejía es un hombre común, conservador y poco tolerante. Saltó a la fama hace un par de semanas porque en su calidad de director del Colegio Cumbres de Cancún, mutiló todos los libros de quinto año de primaria que hablan de sexualidad. Una pareja cuyos hijos estudian en esa escuela, propiedad de los Misioneros de Cristo, logró preguntarle por qué, sin autorización suya, y en violación a los planes de estudios de la SEP, se atrevió a cortar a tijera batiente cada uno de los ejemplares que explican los derechos sexuales y reproductivos de niños y niñas. “Es una inmoralidad y una provocación que en este colegio no vamos a tolerar”, fue la respuesta de Vantolra, seguidor del padre Marcial Maciel.

Es evidente que quienes inscriben a sus criaturas en un colegio que pertenece a una de las órdenes religiosas más cuestionadas en el mundo, por casos comprobados de abuso sexual a menores perpetrados por sacerdotes y maestros, están dispuestos a que sus hijos e hijas sean educados con un doble estándar de valores religiosos, morales y éticos. Incluso aceptan que sus hijos e hijas se vean expuestos a ser abusados o maltratados por profesores y directores de esa institución. La mutilación de libros, descubierta por el reportero Ramón Uresti, desató una polémica de fondo. ¿Qué valores morales se defienden al impedir la educación sexual de niños y niñas de 10 y 11 años? ¿Temen los Misioneros que los niños y niñas puedan identificar la lascivia de algunos de sus profesores pedófilos?

No se trata de descalificar e insultar a los Misioneros de Cristo. Habrá algunos bien intencionados. Pero creer que todos los miembros de la Iglesia son líderes morales, preparados y cultos, es tanto como asegurar que todos los políticos saben lo que es un proyecto de Estado, tienen principios y valores bien asentados y serían incapaces de abusar del poder. Representar a Dios, desde la perspectiva religiosa, significa tener acceso al poder máximo universal. A los funcionarios los domina un poder terrenal, a los sacerdotes corruptos los protegen el Vaticano, el Estado y, aparentemente, Dios. Seguramente Dios no avala la inmoralidad humana, pero ¿quién puede preguntarle? ¿Acaso un niño o una niña abusada?

Las decisiones de los Misioneros de Cristo terminan por arrebatar a sus estudiantes la posibilidad de conocer su sexualidad y la de las y los otros, de respetar su cuerpo, de saber cuando alguien más quiere amarlo o dañarlo. Por ejemplo, su profesor de primaria. Censurar la educación sexual no impide que las y los jóvenes, tarde o temprano, tengan encuentros eróticos, pero sí les invita a hacerlo irresponsablemente, a escondidas.

Mutilar los libros es un abuso de poder, porque despoja a las y los estudiantes de su derecho a aprender. Es hipócrita porque la sexualidad en sí misma no es inmoral, pero sí puede serlo su mal ejercicio. Es éticamente inaceptable porque el origen de la decisión parte del prejuicio y la ignorancia y afecta a una comunidad que eventualmente vivirá una sexualidad insatisfactoria y culposa.

http://www.lydiacacho.net

Fuente:
http://www.eluniversal.com.mx/columnas/71243.html

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