Reinaldo Spitaletta: Hay golpes en la vida…

Los pueblos existen gracias a los poetas. Ellos son sus inventores, dadores de identidad. Ellos, tan audaces, se parecen a los dioses. Creo que, por ejemplo, Antioquia existe gracias a Tomás Carrasquilla. Sin él, sin su literatura, que nos desnudó y nos mostró con vicios y virtudes (más los primeros que los últimos), no existiríamos.

Antes de que América Latina comenzara a tener noción de sí misma, cuando todavía no rompía con la mentalidad colonial española y caía con estrépito en la colonización de nuevo cuño de los Estados Unidos, un poeta nos puso a reflexionar desde nuestra perspectiva, nos mostró la luz, con sus conjuros nos reveló el mundo. Y rompió las cadenas.

Poesía es nombrar la tierra. O renombrarla. Darle otra manera de la respiración. Sirve, si vamos a ser utilitaristas, para encontrarnos con nosotros mismos. O, como lo hizo un peruano universal, para que no siguieran creyendo los potentados de otras partes que América era aún un conglomerado de salvajes por redimir. O por civilizar.

Y en este punto surgen la figura y la voz de César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938), aquel que quería morir en París con aguacero ‘un día del cual tengo ya el recuerdo’. Poeta del dolor y de las tristezas de un continente, pero, a su vez, del enaltecimiento del hombre, de aquel que es víctima, de ese otro al que le han quitado la palabra.

La palabra de Vallejo logra resucitar cadáveres, le da un poder de resucitación a la masa, y, de otra parte, otorga a nuestra lengua nuevas sonoridades, incorpora nuevas palabras, como sucede, digamos, en su libro Trilce: ‘Rumbé sin novedad por la veteada calle / que yo me sé. Todo sin novedad, / de veras. Y fondeé hacia cosas así, / y fui pasado’.

Poeta de las cárceles y de la libertad, Vallejo nos golpea con su sentido de lo humano y de lo divino: ‘hay golpes en la vida tan fuertes… Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… Yo no sé!’.

La poesía lo es cuando renueva, cuando penetra en la sangre, cuando es capaz de hacer llover sangre hacia el cielo (¡ay, Miguel Hernández!), cuando es capaz de decir –como el inca- que el hombre es tierra que anda. Como nos hemos vuelto necrófilos hay que decir por qué diablos estamos escribiendo hoy sobre Vallejo. Puede ser porque aquel era un poeta que prosaba versos, pero, en realidad, es por un aniversario de su muerte. Se murió en París un viernes santo, con un aguacero de palabras. Hace setenta años.

Cuentan que el médico de Vallejo, cuando el poeta estaba en sus postrimerías, dijo: ‘Este hombre se está muriendo y yo no sé de qué’. Se murió tal vez de mestizaje, de cierta melancolía o de acordarse sin remedio de haber nacido un día en que Dios estuvo enfermo.

En realidad, de qué mueren los poetas. No falta el que lo consuma la tristeza tras haberle cantado a una humanidad autodestructiva. O el que se extingue tras ver caer tantos hombres en la guerra. Vallejo se murió de dolores, de dolores ajenos (como Discépolo, poeta de tango), porque sabía que –desgraciadamente- ‘el dolor crece en el mundo a cada rato’.

O como él lo escribiera de modo perturbador: (el dolor) ‘crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, y la naturaleza del dolor es el dolor dos veces…’. El poeta, dotado de antenas, más sensible que el mortal humano, sabe que hay dolor en el pecho, en la cartera, en el vaso y la solapa y la carnicería. Y en la aritmética.

Presumía que había dolores en los tratados comerciales y en las transacciones bursátiles. Y hasta en el avaro que se deja crecer la panza, pero también las arcas. ‘Jamás, señor ministro de salud, fue la salud más mortal’: Que ni que estuviera hablando con algún ministril colombiano. Aquí la salud está cada vez más enferma. Gajes del nada poético neoliberalismo.

César Vallejo sufría solamente: ‘Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamara César Vallejo, también sufriría este mismo dolor’.

Vallejo supo de pobrezas y marginaciones, de adoloridas infancias, de subversiones poéticas. Ya en Europa sobrevivió con el periodismo y vivió, hacia adentro, de la poesía. ‘Todos los días amanezco a ciegas, a trabajar para vivir’.

La ventaja de los poetas es que se mueren para seguir viviendo, como el cadáver de Vallejo: todos los hombres de la tierra lo rodearon y el ‘cadáver triste, emocionado’ se abrazó el primer hombre y echó a andar. ¿Vallejo nos sigue inventando? Yo no sé.

* Argenpress
* http://www.argenpress.info/nota.asp?num=054162&Parte=0

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