Carlos Monsiváis: De la burocracia como utopía

Sólo en un sentido la derecha en México (política, social, cultural) no miente: así quisiera, no podría ocultar su identidad, su catálogo de prohibiciones como estímulos incesantes, su odio a las libertades femeninas, su desprecio por las minorías (indígenas, miembros de otras religiones, gays, lesbianas), su autoritarismo, su intolerancia. Así la derecha política necesite de modelos ideológicos “más presentables” en épocas electorales, en el momento de las decisiones no vacila porque está al tanto: si deja sus intransigencias y prejuicios se despuebla, extravía su identidad.

La izquierda, en cambio, es un concepto y una realidad más huidizos, poblados de contradicciones y de alternativas multiplicadas a diario. Las corrientes ideológicas se entrecruzan, se oponen, se ignoran; los procesos electorales consumen las energías al punto de aplazar o, ya en forma, oscurecer las causas fundacionales, la primera de ellas la lucha contra la desigualdad. La izquierda cultural y la izquierda social mantienen en lo básico su congruencia, constituyen el gran público cultural, se informan de modo sistemático (la categoría de News Freaks, de adictos a la información, casi está diseñada para le gente de izquierda), siguen razonadamente las polémicas, participan en la defensa de los derechos humanos (una causa que a la derecha no le interesa o incluso le incomoda), tienen un criterio internacionalista que no se concentra en el Estado Vaticano. Sin embargo, a la izquierda política en última y primera instancia, y salvo las excepciones en las bases y en una parte mínima de la dirigencia, la definen las ambiciones burocráticas.

* * *

Tómese, por inevitable, el caso del Partido de la Revolución Democrática (PRD), cuyas elecciones recientes le interesan tanto al “Ballet Folclórico del Estado de Derecho” y a los coleccionistas de las últimas palabras, rigurosamente las últimas, de Andrés Manuel López Obrador. El PRD, el partido que aparece queriendo organizar el movimiento alrededor de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y 1989, atrae a los radicalizados por el neocardenismo y el gran fraude, a los náufragos del marxismo huérfano, a “las viudas de la Revolución” proletaria, a los nacionalistas revolucionarios, a los ex guerrilleros, a la burocracia del Partido Comunista, a los masones que sobrevivieron al priísmo, a los obreros, a los campesinos inconformes, a los jóvenes profesionistas (de la UNAM sobre todo, y de Economía y Ciencias Políticas en particular), a los organizadores de colonias populares, a los defensores de derechos humanos, a los ecologistas, a un puñado de gays y lesbianas.

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También, y de manera inevitable, la emergencia del PRD atrae dirigentes (digo, es un decir) de grupitos tan desprestigiados como el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), al que su líder, Rafael Aguilar Talamantes, conduce a la devastación en tiempo brevísimo, o como los residuos de movimientos regionales. Estos burócratas, que lo son desde el principio, antes de adquirir responsabilidad alguna, no se inmutan si nadie los conoce, su “fama” (es otro decir) les vendrá de su matrimonio con el presídium. “¿Quién es el que está allí?/ Déjame ver”.

Muy pronto se aclaran las habilidades de los burócratas: su rechazo de la fatiga, (nadie como ellos para quedarse hasta el final de las reuniones y asambleas); su astucia al filtrarse entre las hendiduras de la vida partidaria (son extraordinarios en materia de ampliación de resquicios); su persistencia en las visitas a las regiones donde se hacen de clientelas, amigos, socios; su desdén por el debate ideológico, alguna vez se dijeron marxistas y luego, sin problema, se llaman a sí mismos “democráticos” (No sean autoritarios, no les pidan que definan algo). A fin de cuentas, y esto vale para todos salvo unos cuantos estudiosos, la doctrina marxista nunca cuajó por así decirlo en el país, se leían algunos libros, se dejaba de asistir a círculos de estados y, en rigor, nada más se tomaba en cuenta la experiencia de los viajes.

Allá van, a Cuba, Nicaragua, los países del socialismo real todavía en la década de 1980. Los viajes ideologizan, y por eso, en La Habana, un grupo de legisladores del PRD aplaude largamente al comandante Fidel Castro cuando éste, es un breve discurso de dos horas, alaba las ventajas del partido único y del control de los medios informativos. Cuba es una isla; México debería serlo.

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Los burócratas del PRD no se oponen a las figuras fuertes, Cuauhtémoc Cárdenas primero y luego, inesperadamente, Andrés Manuel López Obrador. Se oficia la división de labores: a los líderes les toca darle visibilidad a la causa, a un sector de los funcionarios de partido les corresponde la atención a las clientelas y la burocracia de aguas profundas se encomienda a sí misma la repartición de los puestos, las senadurías, las diputaciones, las delegaciones del DF, las secretarías del PRD, en fin, la mayoría de los dieciséis mil empleos que el partido congrega y reparte. Estas atribuciones consumen el-tiempo-a-la-disposición y mientras —generalizo para no correr el riesgo de equivocarme— los burócratas no leen (revistas y periódicos sí), no asumen a fondo causa alguna, no examinan críticamente el régimen de Fidel Castro, no extraen lecciones del destino del socialismo real, no analizan la situación internacional (estar contra el delirio belicista de George Bush no es saberlo todo), carecen de cultura jurídica (no la del Talmud de la legislación que les importa, la del IFE en primer término).

¿Qué más? Bueno, adelgazan su ideología hasta que sólo consiste en grandes vocablos: Democracia, Negociación, Libertades, Socialdemocracia, Izquierda Moderna.

Lo de menos es si alguien los toma en serio o les cree. Esto deja de ocurrir tratándose de las causas, pero sí persiste en materia de fuerzas contundentes. Un término, El Aparato va explicándole todo: quien controla El Aparato se adueña de la agenda del PRD, aguarda el fin de las luchas electorales para encargarse de la repartición de lo que sólo muy parcialmente ayudó a conseguir y hostiliza a quienes pretenden liberar el partido, así sea en lo mínimo, del tributo a la burocracia, de la tarea de la distribución concentrada de lo que se tiene, poco o mucho, pero nada más de nosotros, los de la burocracia de aguas profundas.

* El Universal
* http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/40093.html

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