Boaventura de Sousa Santos: Ser real en Al Walajeh

Según uno de los grandes teólogos de la liberación, el jesuita Jon Sobrino –que escapó por suerte a los asesinos de don Óscar Arnulfo Romero en El Salvador–, el mundo actual exige que seamos realistas. Ser real significa vivir de tal manera que no tengamos que avergonzarnos por habitar este mundo. Es una exigencia radical cuando son tantos los motivos para avergonzarnos y cuando, para vencer a la vergüenza, serían necesarias intervenciones y cambios de tal magnitud que la acción individual parecería irrelevante, cuando no ridícula. Pero la exigencia de ser reales y aun más radicales sería mayor si tuviéramos en mente que muchos de los motivos de vergüenza se nos escapan, porque no tenemos conciencia de ellos, porque las víctimas son invisibles, están en silencio o silenciadas.

Entre tantos otros motivos, estoy avergonzado por vivir en un mundo donde existe Al Walajeh. Estamos en Navidad. A cuatro kilómetros de la ciudad donde nació Jesucristo está la pequeña aldea palestina de Al Walajeh; no nos es fácil llegar hasta allí y es aún más difícil para sus habitantes salir de ella: porque no quieren dejarla definitivamente y porque no pueden salir de allí cuando precisan tratar un asunto fuera de la aldea.

Antes de 1948, cuando fue creado el Estado de Israel, Al Walajeh era una próspera y bella comunidad agrícola bordeada por suaves colinas cubiertas con la floresta nativa de la región. A partir de entonces, perdió 75 por ciento de su área, muchas de sus casas fueron demolidas por orden del municipio de Jerusalén, con el pretexto de que no tenían licencia de construcción, y gran parte de la floresta fue arrasada para abrir las áreas donde fueron construyéndose las colonias judías en sus alrededores.

Lo poco que restaba acaba de ser destruido para construir unos kilómetros más del nuevo Muro de la Vergüenza que, cuando sea completado, tendrá 703 kilómetros de extensión. Al Walajeh es hoy un campo de concentración y los nombres de este cercado infame, más allá del muro, son los de las colonias de Gilo, Har-Gilo y Giv´at Yael. Las demoliciones continúan y a algunas de las casas ya les ocurrió varias veces. La finalidad de esta política de sistemática humillación y destrucción es obligar a los mil 700 habitantes a abandonar la aldea. Sin embargo, ellos se rehúsan a hacerlo, porque fue aquí donde nacieron al igual que sus antepasados.

Al Walajeh es el símbolo del sistema de apartheid y de limpieza étnica que el Estado de Israel ha venido consolidando en Palestina con total impunidad. Es esta impunidad lo que me avergüenza. Y me avergüenza mucho más cuando ella, a pesar de ser monstruosa, es una sola y primera pequeña pieza de un sistema mucho más vasto de impunidades que se impone a hierro y fuego por todo el Medio Oriente y mañana, tal vez, en el mundo entero. En el centro de este sistema está Israel con el apoyo incondicional de Estados Unidos, la complicidad cobarde de la Unión Europea y la corrupción de los líderes de los estados árabes de la región.

Este sistema está al borde de un test fundamental: Irán. Es sabido que los tres últimos conflictos militares de la región –Afganistán (2001), Irak (2003) y Líbano (2006)– fortalecieron mucho más a Irán que a Israel. Por razones parcialmente diferentes –control de petróleo de Eurasia o la seguridad militar–, ni a Estados Unidos ni a Israel les conviene un Irán fuerte e independiente. Pero las estrategias para contenerlo pueden de momento divergir debido, sobre todo, a las condiciones internas.

Los servicios secretos de Estados Unidos –los mismos que acondicionaron las falsedades de George W. Bush para imponer la invasión contra Irak a toda costa– decidieron esta vez que sería demasiado peligroso arriesgar una Tercera Guerra Mundial, anticipada por Bush, con base en una falsedad más: la de que Irán está a punto de construir una bomba nuclear. La versión violenta de las autoridades israelíes muestra hasta que punto puede ser destructiva su paranoia de seguridad, la misma que impedirá siempre la constitución de dos verdaderos estados en Palestina y mucho más un verdadero Estado pluricultural (la única solución justa). Como antes en Irak y en Siria, Israel puede actuar “solito”, pero las consecuencias son ahora imprevisibles. Y no nos olvidemos que la relativa disminución de la violencia en Irak se debe a la intervención directa de Irán.

Entonces, para que yo sea real, denuncio lo que pasa en Al Walajeh y proclamo el boicot contra Israel y dejo a los habitantes de esta pequeña aldea dos señales de esperanza. En un informe de Naciones Unidas, de febrero pasado, se afirma por primera vez que las políticas de Israel “se asemejan a las del apartheid”.

Por otro lado, por tres veces consecutivas en los últimos años, altos dirigentes israelíes se desistieron de desembarcar en algún aeropuerto europeo por el miedo a ser aprehendidos por acusaciones de crímenes de guerra.

* Traducción: Ruben Montedónico
* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2007/12/30/index.php?section=opinion&article=019a1mun

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