Enrique Dussel: De un inmigrante y exiliado político: Joshúa de Nazareth

La filosofía política nos permite realizar una hermenéutica filosófica de narrativas contenidas en textos religiosos. Lo que se llama Navidad es una festividad de las culturas del Mediterráneo y de otros pueblos en la que se celebraba al 21 de diciembre, el día más corto del año, porque desde ese día el sol habría de ir “creciendo”. Era el solis natale. Desde el tercer siglo dC, el cristianismo adoptó esa fiesta, que no era ni judía ni cristiana, y celebró el nacimiento de Joshúa de Nazareth. Las circunstancias de ese nacimiento pasan frecuentemente desapercibidas, fetichizadas bajo sentidos completamente superficiales.

Se sabe que el emperador romano del momento ordenó efectuar un censo para poder cobrar los tributos de sus súbditos coloniales. Palestina era colonia romana. La familia de Joshúa, descendiente de la dinastía de David, rey del pequeño reino entre el de Egipto y los de la Mesopotamia, debieron ir a Belén, lugar del nacimiento y residencia del indicado reyezuelo. Como no tenían recursos, eran inmigrantes pobres, María debió dar a luz al niño en condiciones de indigencia: “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no encontraron sitio en la posada” (Lucas 1,7). ¡Pobres inmigrantes entonces! Un latino o mexicano en el Imperio estadunidense! Pronto la situación se agravará.

Y esto porque el monarca colonial colaboracionista del Imperio romano, siendo Herodes un usurpador no de estirpe real, al enterarse que había la posibilidad del nacimiento de un descendiente de David, temiendo que un día le disputara el poder, ordenó “matar a todos los niños de dos años abajo en Belén y sus alrededores” (Mateo 2, 16). José tuvo noticia de que “Herodes buscaba al niño para matarlo. [Por ello] José se levantó, tomó al niño y su madre de noche [propio de un asustado perseguido], (y) se fue a Egipto y se quedó allí hasta la muerte de Herodes” (Ibid., 13-14).

Vemos entonces que la vida de Joshúa se inició en el peligro de la pobreza, la humillación, la opresión (nació en un pesebre), y no bien nacido casi lo asesinan (de no ser por los buenos informantes que tenía José). ¡Era entonces un perseguido político! Y léase bien: perseguido político y no religioso, porque se lo intentó asesinar porque en la “genealogía de Joshúa, el Ungido, [estaba indicado que era] descendiente de David” (Ibid., 1, 1).

En uno de mis viajes a Egipto en los 80, en El Cairo, me tocó en el barrio antiguo copto visitar una iglesita donde la comunidad bizantina celebra la estadía de Joshúa en Egipto. Ese día cobré conciencia de que el tal Joshúa había sido un exilado político en Egipto, y por ello un inmigrante indefenso. Debo indicar que esa estadía en Egipto no le fue a Joshúa inútil. En efecto, Joshúa debió aprender muchas cosas en su estadía en esa gran civilización –inmensamente más desarrollada que su pequeña patria palestina. Entre lo que aprendió fueron los criterios éticos universales que enumera como principios en el Juicio final (acontecimiento celebrado en las tradiciones egipcias, y que tenía a la Gran diosa de la justicia Ma’at por protagonista y que como jueza suprema preguntaba al muerto, que pedía la resurrección, qué había hecho de bueno en su existencia; a lo que el muerto respondía: “Di pan al hambriento, agua al sediento, vestido al desnudo, y una barca al peregrino” –capítulo 125 del Libro de los muertos de Egipto, que Joshúa reproduce en Mateo 25, enunciado mucho más completo que los sugeridos por Isaías).

Lo cierto es que aquella familia de exiliados políticos e indefensos inmigrantes cuando tuvieron información de que “murió Herodes [… José] se levantó, tomó al niño y a su madre y entró en Israel” (Ibid 2, 21). Pero, como toda familia de exiliados políticos, “tuvo miedo de ir allá”, y esto porque “Arquéalo reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes”. Fue por ello que prefirió estar lejos de Jerusalén donde los servicios de inteligencia de la época eran menos activos, y por ello “se retiró a Galilea” (Ibid. 22-23).

Pero no es todo. Al final de su vida, aquel laico (porque Joshúa nunca fue sacerdote, y celebró cultos propio de todo padre de familia, como el hagadá, la llamada “última cena”) enderezó su crítica en primer lugar contra la corrupción de la religión de su pueblo (“toda crítica comienza por la crítica a la religión”, dirá siglos después un descendiente judío alemán), ya que entrando al templo de Jerusalén “volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas, diciéndoles: Mi casa será casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones” (Mateo 21, 13), claro que, al menos, no debió criticarlos por protectores de pederastas. Podemos decir que Joshúa era anticlerical, cuando el sacerdocio se ha burocratizado y transformado en cómplice político del poder, este mismo también fetichizado.

Aquel mesías (en el significado de Walter Benjamín) profético (no davídico o político) vivió toda su vida desde la experiencia “del tiempo que resta” (en el sentido de Giorgio Agamben), como alguien con tal responsabilidad por los pobres y las víctimas que en poco valoraba salvar su vida que estaba empeñada en la lucha contra la injusticia y el dominio de los poderosos (del templo, de la patria colonial y del Imperio). Por ello, al final, fue acusado de “rebelar el pueblo” (“rebela al pueblo con su enseñanza”; Lucas 23, 5) contra el rey palestino Herodes, el hijo, y el mismo Imperio romano. Al final es crucificado (la cruz era la silla eléctrica política de aquella época). La cruz era la condena política contra los terroristas que se levantaban contra la ley sagrada del Imperio. Esa acusación era nuevamente una acusación política, no religiosa (porque Pilatos no la hubiera aceptado o no le hubiera dado importancia de haber sido sólo una acusación religiosa).

Por ello, el exiliado político en Egipto terminó asesinado bajo acusación de rebelión política, y con un cartel sobre su cruz que nada indicaba de religioso: “Joshúa de Nazareth, rey de los judíos” (Mateo 27, 38), título político y no religioso que el mismo Joshúa aceptó (“–¿Eres tú el rey de los judíos? […] –Tú lo estás diciendo” –respondió Joshúa; Ibid. 11). Lo que más molestó a los traidores políticos y religiosos coloniales judíos, y al soldado del Imperio, era la prédica profético política de Joshúa que al dar fundamento a los pobres y humillados de sus luchas contra la dominación, esos explotados se transformaban en actores de la historia desde el postulado de un Reino de justicia fraterno. ¡Lo cierto es que dicho postulado terminarán por transformar desde abajo todo el Imperio romano, y a otros posteriormente!

Navidad es una extraña festividad absolutamente fetichizada e invertida en su sentido fuerte, político, profético, crítico. ¡El mercado y las complicidades de los políticos, de los cristianos y sus jerarcas la han desvirtuado!

* La Jornada
* http://www.jornada.unam.mx/2007/12/27/index.php?section=opinion&article=016a2pol

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Filed under Blogroll, Essay, Politics, Religion

One response to “Enrique Dussel: De un inmigrante y exiliado político: Joshúa de Nazareth

  1. The Independent: The tragedy of a child born into a world of suffering

    A stable in Bethlehem would have been a wretched place to give birth, even by the standards of 2,000 years ago. Despite the opulent colours and implied warmth of our contemporary reproductions of the nativity scene, the conditions in which the Gospels claim Mary gave birth to Jesus would have been exposed, unsanitary and deeply uncomfortable.

    One might have imagined that centuries of medical and technological progress would have meant that no modern family would have to go through the sort of ordeal that Mary and Joseph endured in Judaea. But as our report today emphasises, children are still being brought into the world in conditions as bad as those that prevailed in corners of the Roman Empire.

    Sierra Leone is pretty much the worst place in the world in which one could be born in 2007. This is a nation left broken by a particularly vicious civil war. The conflict ended five years ago, thanks in large part to the intervention of British troops.

    But although the fighting has stopped, the dying continues. The national healthcare system has almost collapsed. It is catastrophically under-funded, lacking in qualified staff and desperately short of equipment. There are fewer than 10 surgeons for the whole country. The result is that the west African state languishes at the bottom of the United Nations’ human development index. One in every four babies born in the country dies before reaching their fifth birthday. Nor is it merely the young who are vulnerable. One in six mothers dies in childbirth. Female life expectancy is 42. For men it is just 39.

    The citizens of Sierra Leone know that life is brutal and short. It is the reason families tend to have six or seven children each (compared with the UK average of 1.7). The pressure on women to give birth is immense. Families must be large enough to gather firewood, collect water, herd goats and tend crops. And so the pitiful cycle of desperate poverty, death in childbirth and infant mortality continues.

    It is easy for those of us fortunate enough to have been born in the rich world, where decent healthcare is available, to ignore the plight of such families. After all, they rarely make it on to our television screens. Their plight is a sort of slow-motion, mundane, tragedy. But it does not need to be this way. There is no reason why babies like Salimatou Sankoh, the girl who is pictured on our front page today, need face such wretched survival odds. Most babies in Sierra Leone die from preventable diseases like diarrhoea, malaria or pneumonia. The provision of basic medical technology, access to clean water and decent sanitation could transform their life chances. And such treatments are relatively inexpensive. A mosquito net costs just £5, an anti-meningitis vaccination 30p.

    Save the Children, one of the charities supported by The Independent’s Christmas Charity Appeal, is working to improve the life of the children of Kroo Bay in Sierra Leone, where Salimatou was born. The charity teaches mothers about antenatal care and breastfeeding. It provides immunisation and hands out mosquito nets. Save the Children performs this life-saving service in numerous locations across the globe, working on behalf of millions of children like Salimatou.

    The nativity scene means many things to different people. To believers it is a joyful symbol of mankind’s salvation. To atheists it is merely another image of the winter holiday season. But perhaps when we look at those models of a baby lying in a manger we should all start to see something else too: a reproach for the terrible waste of human life that we tolerate in this age of wealth and plenty.

    * The Independent
    * http://comment.independent.co.uk/leading_articles/article3280464.ece

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