Ma. Eugenia Sánchez Díaz de Rivera*: Crisis sistémica y crisis civilizatoria

Es evidente que las dinámicas macrosociales impactan a las realidades locales y a la vida cotidiana, pero es también evidente que este impacto no ocurre de una manera mecánica ni automática. Hecha esta aseveración, creo que es indispensable no perder de vista el trasfondo planetario para entender algunos aspectos de lo que está ocurriendo a nivel nacional.

¿En qué dinámica están inmersos estos reacomodos de las élites políticas que nos aparecen no sólo crecientemente distanciadas de la base social sino con una tonalidad de cinismo irreverente?

¿Qué hace que la extrema derecha esté intentando construir un partido “más católico” a partir del Movimiento por la Participación Solidaria? ¿Y que Calderón no tenga más fuerza que la que le está dando el Ejército? ¿Y que el PRD se divida respecto a las propuestas de AMLO y unos militantes deseen establecer algún tipo de diálogo con el presidente “espurio”, mientras otros consideran que eso es un deleznable “entreguismo”?

¿Se trata solamente de intereses personales y malévolos de unos y otros?¿ De una perversa lucha por el poder detrás de la cual se frotan las manos los protagonistas nacionales y extranjeros de la acumulación salvaje de capital?

¿Por qué la industria automovilística, la más irracional de todas por lo que supone en consumo de energía, producción de gases de invernadero, pavimentación del planeta, no se orienta de una vez por todas al transporte público en vez de pretender nutrirse en el futuro del alimento humano: maiz y caña?

¿Es solamente la ambición de los jerarcas eclesiásticos por controlar a los feligreses y aumentar su poder lo que los lleva a exigir una “libertad religiosa” que permita una mayor injerencia en los diferentes espacios públicos?

Sin duda que los intereses personales y de grupo son poderosos, que la mala intención es una realidad que la sociología del mal que desarrolla Jeffrey Alexander no logrará desentrañar. Pero en esta ocasión yo quisiera hacer resaltar que la crisis sistémica y la crisis civilizatoria analizadas por diferentes autores (algunos la llaman mutación) que caracterizan a este momento de la humanidad son el resultado de encadenamientos y de andamiajes de largo aliento que es difícil modificar. Y que es necesario, sin abandonar el análisis local y coyuntural, y sin caer en viejos clichés sobre los responsables de nuestros males, reflexionar sobre cómo podemos identificar a la situación que estamos viviendo, qué tipo de acciones, de nuevas habilidades, y de entereza necesitamos para enfrentarla creativamente.

Las categorías son precarias y efímeras por la naturaleza misma de la realidad en la que nos movemos o nos mueve. Modernidad tardía (Giddens), posmodernidad, modernidad líquida (Bauman), modernidad reflexiva (Beck), postglobalización (Touraine), son algunas de tantas que intentan atrapar a fenómenos actuales. Pero yo creo que alguna luz pueden aportarnos los siguientes aspectos para entender la complejidad de los comportamientos arriba mencionados:

1. La ruptura del sistema–mundo, sistema que se fue construyendo de manera polarizada desde el siglo XVI y entró en una crisis severa en la segunda mitad del siglo XX (Wallerstein) explica, en parte, la dinámica caótica de nuestra época. El meollo del sistema–capitalista es la acumulación de capital, acumulación que se ha logrado a partir de la externalización de los costos del llamado “desarrollo” a la naturaleza y a grupos sociales dominados. En el contexto actual esa externalización de costos se está volviendo cada vez más inviable y está conduciendo al resquebrajamiento del sistema mundial. (Concentración creciente de la riqueza, descomposición social, crisis fiscal, inestabilidad financiera etcétera).

2. La reconfiguración de los Estados–nación, que eran unidades en las que confluían el armazón jurídico–político, con el imaginario colectivo de la pertenencia a una nación y con el proyecto societal a construir. La transnacionalización de la economía y del poder, la toma de conciencia del dominio de una cultura sobre otras, han hecho que el estado que antes lograba en mayor o menor grado articular la economía, la política y la cultura, y gestionar los antagonismo de clase, esté ahora imposibilitado a continuar con esas funciones. Lo que ahora se le pide es reforzar su carácter punitivo y policial, y recortar las posibilidades de responder a las demandas sociales de salud, educación, protección de los derechos laborales, culturales y ambientales. (Impacto del TLCAN, rechazo a los Acuerdos de San Andrés, militarización del país etcétera).

3. La ruptura de referentes institucionales y simbólicos que aseguraban la identidad individual y colectiva. La familia patriarcal, heterosexual que vinculaba la relación sexual y la reproducción (ahora es posible la reproducción sin acto sexual); la identidad nacional que hacía que nos sintiéramos miembros de una misma comunidad imaginaria; la religión que hacía que amplios sectores de la población se sintieran protegidos por las verdades absolutas de sus creencias, las ideologías laicas que aseguraban que valía la pena morir por una causa, se han resquebrajado ante la constatación de que la realidad es mucho más compleja, plural, e incierta.

Estas dinámicas que tienen como eje la incertidumbre pueden ayudar a entender por qué el caos político, por qué el aumento de la brecha económica, por qué la tonalidad fundamentalista de la iglesia y de otros grupos, por qué cacicazgos y clientelismo no ceden a un proceso democrático, por qué el miedo está configurando el consumo, los estilos de vida y las políticas públicas.

Este texto se encuentra en:
http://circulodeescritores.blogspot.com.
http://www.lajornadadeoriente.com.mx/2007/08/29/puebla/c3ibe14.php
Sus comentarios son bienvenidos.

*La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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