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Lorenzo Meyer: La decadencia de la vida política

Un pensador como Huntington, quien tanto estudió a México, podría encuadrar al país como un caso de gobierno que no gobierna por el decaimiento del poder

Concepto

Para explicar la tragedia política de muchas sociedades postcoloniales -guerra civil, golpes militares, dictaduras, cleptocracia, etcétera-, el politólogo norteamericano Samuel Huntington recurrió hace 40 años al viejo concepto de “decaimiento político”, usado por los griegos. Con el correr del tiempo, decían los clásicos, cualquier tipo de régimen político exitoso pierde su esencia y se corrompe hasta convertirse en una versión perversa del original.

Algo relacionado con esta concepción clásica del proceso político pareciera estar sucediendo en México: en vez de superar el autoritarismo mediante la instauración de la democracia, como se supuso en el 2000, lo que estamos experimentando es un descenso a un tipo de vida pública aún por definir pero caracterizado por un espectacular colapso de la estructura de autoridad, por el predominio ilegítimo de ciertos intereses particulares -los de las grandes concentraciones de capital o los del narco, por ejemplo- por sobre los de la comunidad.

Huntington explicó la decadencia de un sistema político como resultado de la debilidad institucional -producto de la corrupción- frente al aumento en la movilización social y en el número de actores significativos y sus demandas. En estas condiciones, las fuerzas disruptivas -de nuevo, los monopolios o el narcotráfico, por ejemplo- terminan por imponerse y el resultado final es el envilecimiento e ineficacia de la vida pública.

En su propio terreno

El desastre en que se ha convertido el proceso político mexicano actual puede examinarse desde varias perspectivas, pero una por demás interesante es la elaborada por la derecha inteligente. Dentro de esta categoría, uno de los enfoques más sugestivos es el propuesto por Huntington, el famoso profesor de Harvard que murió el año pasado. Fue éste un politólogo tan conservador como brillante que no se conformó con dominar y moverse dentro de la ciencia política sino que para su análisis del fenómeno del poder no tuvo empacho en tomar ideas y conceptos de la historia, la sociología, la economía, la antropología, el derecho e incluso la literatura.

Los trabajos más conocidos y controvertidos de Huntington fueron los últimos: El choque de civilizaciones de 1996, donde reemplazó al conflicto ideológico de la Guerra Fría con otro que estaba naciendo entre Estados Unidos y el Islam. En ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad estadounidense (2004), el politólogo harvardiano vio en la falta de asimilación de los latinos en Estados Unidos, en particular de los mexicanos, un peligro para el mantenimiento de la ética puritana que, según él, es el corazón del éxito norteamericano. En un notable artículo de Jane S. Jaquette y Abraham F. Lowenthal sobre este académico y que será publicado por Política Externa en Brasil, se señala y con razón que fue el segundo libro del autor en cuestión y que apareció en el emblemático 1968, El orden político en las sociedades en cambio (New Haven: Yale University Press), su trabajo teórico más original y el que más influencia y permanencia ha tenido.

Es ahí donde se encuentra el núcleo de una explicación de lo que hoy más nos preocupa y nos afecta directa y negativamente a los mexicanos: el fracaso de las estructuras institucionales del Estado y la involución de nuestro desarrollo político, económico e incluso cultural.

Orden y cambio

No obstante la atmósfera dominante de Guerra Fría, Huntington propuso que la mayor diferencia entre las naciones no era su estructura económica -capitalista o socialista- o su forma de gobierno -democracia o dictadura- sino su “grado de gobierno”. Desde esta perspectiva, el conjunto de los países puede dividirse siempre en dos categorías. Por un lado, están aquellos cuyas políticas se caracterizan por el consenso, sentido de comunidad, legitimidad, organización, eficacia y estabilidad; por otro, los que fallan en esas áreas. Desde esta perspectiva, los países líderes de dos bloques entonces antagónicos, Estados Unidos y la Unión Soviética, estaban en la misma categoría vis ˆ vis la mayoría de los países de Asia, África y América Latina, que correspondían a otra. Para Huntington lo que unía a sistemas políticos antagónicos como el norteamericano y el soviético era que en ambos “el gobierno gobierna”. En los dos, sus estructuras de gobierno contaban con la lealtad de sus ciudadanos, tenían la capacidad de imponerles y recabar impuestos, de reclutarlos y de llevar a cabo las decisiones políticas tomadas. En contraste, en la mayoría de los países en desarrollo -casi todos afectados por sus experiencias coloniales- sucedía lo contrario.

En los países periféricos, lo prevalente era que el cambio social rápido desembocase en la movilización de nuevos actores y que el resultado final fuera la emergencia de un tipo de demandas que por su forma, contenido y volumen, convertían a las instituciones en incapaces de procesarlas de manera eficiente. El resultado era la “decadencia política”. Sin embargo, Huntington vio en ese mundo periférico excepciones y una de ellas fue precisamente México.

En las 461 páginas de la edición original de El orden político, México viene citado 29 veces; la Revolución Mexicana, 22, y el PRI, 6. En realidad, salvo por Estados Unidos y Gran Bretaña, México es el país más citado en el índice analítico. En el capítulo cinco se aborda el tema de las revoluciones, y no obstante su orientación ideológica, Huntington hace aparecer a la mexicana bajo muy buena luz al compararla con otras. En el caso de México, dice “su revolución fue muy exitosa por lo que al desarrollo político se refiere porque fue capaz de dar forma a organizaciones y procedimientos complejos, autónomos, coherentes y adaptables, y tuvo un éxito razonable en su modernización política, es decir, en la centralización del poder necesario para llevar a cabo la reforma social y la expansión de poder necesaria para la asimilación de los grupos”. La estabilidad que la Revolución dio a México era excepcional. En un libro que Huntington editó poco después -Política autoritaria en las sociedades modernas (1970)- México fue puesto como un modelo a seguir por los autoritarismos socialistas de Europa del Este, que al autor le parecieron menos avanzados que el mexicano.

La gran falla

Si Huntington, un conservador -no hay que olvidar que en 1968, justo cuando salió El orden político, fungió como consejero de su gobierno, y entre lo que aconsejó fue el bombardeo de las zonas rurales de Vietnam del Sur para forzar a las masas de campesinos a emigrar a las ciudades, donde se les podía controlar y alejar del Vietcong-, vio con buenos ojos a la Revolución Mexicana fue precisamente por su autoritarismo eficiente, por su capacidad de crear poder político, afirmar la estructura de autoridad y producir estabilidad. Y es que, según él, la democracia -la limitación institucional del ejercicio de la autoridad por la vía de la división de poderes- sólo podía intentarse con seriedad después de que se hubiesen creado y estuviesen funcionando aceptablemente las instituciones del Estado. Lo que la teoría de Huntington ya no previó fue que el Estado autoritario mexicano, aparentemente tan fuerte, simplemente empezara a desmoronarse en cuanto intentó cambiar su naturaleza antidemocrática pero sin llevar a cabo un pacto explícito entre los grandes actores políticos para intentar una necesaria e indispensable reforma de su Estado.

En realidad, tanto en la Unión Soviética -otro Estado no democrático pero que había pasado la prueba huntingtoniana del orden- como en México, el alto grado de autoridad no democrática estaba limitado por el control de todos los actores aceptados por el pequeño grupo en posesión del aparato estatal, pero al intentarse el paso al pluralismo democrático todo se desmadejó. Y es que las instituciones políticas, legales, económicas y culturales estaban carcomidas por una corrupción endémica y en la coyuntura crítica, quienes encabezaron el cambio no se atrevieron a llevar a cabo la tarea de reformarlas y lo que parecía tan fuerte no supo, no pudo y no quiso ponerse al día.

El acuerdo implícito PRI-PAN, que surgió tras el fraude de 1988, se fincó en el compromiso de no interferir con los intereses creados. Sin embargo, al ocurrir el cambio del 2000, un entramado institucional no reformado simplemente fue incapaz de resistir las presiones. El choque directo de los intereses viejos y los nuevos, de los legítimos y los ilegítimos, desembocó en lo que temía Huntington: en un gobierno que no gobierna, en la fragmentación del poder y en su decaimiento.

Artículo Original: http://www.reforma.com/editoriales/nacional/486/971620/default.shtm (acceso restringido a suscriptores)

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Dilbertina: Lorenzo Meyer y Andrés Leonardo Gómez , gracias.


Hace unos días, tuve la fortuna de escuchar una plática del Dr. Lorenzo Meyer, historiador y analista político, conferencia titulada “La viabilidad Política”, antes de entrar en materia, he de confesar que iba como adolescente a ver a mi cantante preferido. Esto suena un poco pueril pero en verdad mi estado de ánimo era ese. Al llegar al recinto donde se presento el Doctor Meyer, vimos que no había muchas personas, y nos enteramos que un día antes se había presentado Alberto Aguilar, analista de finanzas, con poca participación de público, las dos conferencias eran gratuitas, auspiciadas por un periódico local y la Universidad de Guanajuato. Claro a los cinco o diez minutos de haber llegado, al auditorio de la universidad, escalando las terribles escaleras y sin ayuda de tanque de oxigeno, el auditorio quedo repleto de personas, jóvenes en su mayoría, arrastrados a fuerza por sus maestros de Filosofía y Letras.

El primer punto que toco la moderadora del evento, que fue pregunta expresa para el Doctor Meyer, fue si habría viabilidad política en México, el con su humor casi negro, contesto que la historia le había enseñado a no dar respuestas ante estas preguntas, no tiene una bola de cristal por supuesto. A continuación y para no perderme en las cifras que dio el Dr. Meyer transcribo lo que se público al día siguiente de la conferencia:

Martín Fuentes:Democracia mexicana, en rumbo equivocado

Lorenzo Meyer, historiador y académico, comentó que no sabe para dónde vamos en este país, “pero sí sé que no vamos por donde deberíamos ir”. La democracia mexicana está en riesgo de retroceder si no va a fondo, dijo y agregó que “la mediocridad del proceso político de estos años es inaceptable porque está abriendo las puertas para regresar, no para progresar”.

El también columnista dijo, ante un abarrotado auditorio general de la Universidad de Guanajuato, que la transición más o menos pacífica del 2000 generó expectativas de que tenía que ir mejor, pero que, ahorita, puede decirse que esa oportunidad histórica, única, sin precedentes, “no la estamos usando bien”.

Al dictar la conferencia “La viabilidad política” de “El México que puede ser”, organizada por correo en colaboración con la UG, para conmemorar una década de existencia, el analista fue claro al señalar que debemos modernizarnos para exigir que la transición se convierta realmente en una consolidación y no en lo que está pasando ahora, (porque) “la mediocridad del proceso político de estos años es inaceptable porque está abriendo las puertas para regresar, no para progresar”

Meyer, quien aclaró que en las Ciencias Sociales y en la Ciencia Política “los indicadores no permiten hacer predicciones”, subrayó que los mexicanos “estamos metidos en un problema de mucho fondo” y que “no queda más remedio que hacer un diagnóstico realista y ver que no estamos aprovechando el potencial histórico que nosotros mismos nos abrimos” con la alternancia política que se dio en el 2000.

También advirtió que “no tiene sentido ponerle buena cara a nuestro proceso político”.

“Porque si no somos críticos a fondo de lo que está pasando, no podemos esperar que esto se modifique, que las tendencias negativas por donde vamos cambien a un signo positivo”, y remarcó que si aun siendo críticos, probablemente las cosas de todas maneras no marchen bien, sí hacemos lo que dicen que hacen las avestruces, “pues peor tantito”.

En ese sentido, sugirió que es obligación (pasar) “el trago amargo de estar bien concientes de que vamos más mal que bien”, aunque matizó al anotar que el potencial de ir por un buen desarrollo político para llegar a un desarrollo económico y finalmente a un desarrollo social, “sí se puede”, pero –precisó- con una conciencia bien clara por parte de los ciudadanos.

“Y que, en los momentos claves, tomemos las decisiones en función de un conocimiento de la estructura política y no dejarse guiar por inercias o eslogan de campaña”, completó Meyer, a quien dieron un recibimiento caluroso quienes asistieron al Auditorio General de la Universidad de Guanajuato.

Esa fue la conclusión a que llegó Meyer al final de su conferencia, en la que se apoyó en indicadores para pintar un panorama de la realidad del país, después de precisar que “sólo Dios” sabe a dónde va el país.

Así, respaldado con resultados de encuestas de opinión, el doctor en Relaciones Internacionales por el Colegio de México expuso por ejemplo que, en mayo de este año, sólo el 16 por ciento de los mexicanos cree que se gobierna para beneficio de todos, aunque recordó que “la separación entre gobernantes y gobernados viene de la época de la Colonia”.

Y que “algunas veces o nunca” confían en el gobierno el 76 por ciento de la población, lo que consideró “terrible”, así como que cuando se dio el salto a la democracia, menos de la mitad la apoyaban como sistema político, además de que el 88 por ciento de los ciudadanos tienen poco o nada de interés en la política, por lo que podría decirse “que la mayoría decide, pero la mayoría no sabe nada” del “día a día del juego del poder”.

Meyer Cosío, quien definió al régimen priista como “el sistema autoritario más exitoso del siglo 20″, también habló del papel de los medios, sobre todo de la televisión, “que no ha cambiado desde que nació como la secretaría de propaganda del PRI” y con la que más se informan los ciudadanos, a pesar de que el análisis de la realidad mexicana está más en la prensa escrita.

Las elecciones de 2006 y sus consecuencias no quedaron al margen y ante alumnos y profesores y público en general, así como políticos de diversas tendencias y funcionarios públicos, expuso que en agosto de ese año el 51 por ciento dijo que no sabía si vivía en democracia y en junio de este año el 36 por ciento de la población consideró que en esos comicios hubo fraude.

“Para que una democracia funcione, el ciento por ciento debe decir que no hubo”, apuntó, y quien también curso estudios de posgrado en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Chicago subrayó además que “para que el sistema funcione el perdedor debe aceptar que perdió”, en alusión a la postura que ha mantenido desde entonces Andrés Manuel López Obrador.

Subrayó que el gasto que se invirtió en las elecciones fue “enorme” y “pobre” el resultado desde esa óptica, todo “un desastre en términos de mercado” que imputó al Instituto Federal Electoral.

También incluyó en su disertación la credibilidad en las instituciones y subrayó que la mayoría de los mexicanos creen más en las de corte autoritario: universidades, Iglesia y Ejército, que datan de la época colonial, y no en las que tienen qué ver con la democracia, como partidos políticos y el IFE que resulta “tan caro”.

Arrancó un espontáneo aplauso entre muchos de los asistentes al manifestar que “cuando alguien dijo ‘al diablo con sus instituciones’, es que ya se fueron al diablo…hace tiempo, no hay confianza en ello (y) no es que lo diga yo, lo dicen las cifras, salvo que Mitofsky mienta”.

A continuación expuso, también respaldado en indicadores, que en agosto del 2006 el 26 por ciento de la población estimó que las leyes en México se usan como pretexto para cometer arbitrariedades, mientras que un mayor porcentaje consideró que “para defender los intereses de la gente con poder”.

Reconoció que sí existe actualmente pluralismo político, y que los ciudadanos aceptan autodefinirse como de izquierda, derecha o de centro en el espectro político, aunque insistió en que no tienen relación con la clase política porque incluso ni a nivel estatal –sin exceptuar a esta entidad– tienen idea de cómo se llama quien los gobierna.

El autor de “El cactus y el olivo” también mostró indicadores que reflejan la desigualdad social del país que también se manifiesta por regiones, y expuso que eso, y la falta de dinamismo en la economía, constituyen un obstáculo para la democracia y formuló una pregunta para la que dijo no tener respuesta: “¿Hasta dónde aguanta la desigualdad política a la desigualdad social?” en un país donde vive el segundo o tercer hombre más rico del planeta, Carlos Slim.

Puntualizó que existen otros obstáculos, como la corrupción, rubro en el que México “está entre Ghana y Panamá” con un 3.5 en una escala de 10 puntos como máximo, y la inseguridad, renglón en el que destacó que las ejecuciones pasaron de 667 en el 2004 a 2 mil 275 el año pasado, mientras que en éste suman ya 3 mil 400.

Al concluir la conferencia, llovieron preguntas a Meyer para conocer su opinión en torno a temas vigentes como la necesidad de una nueva cultura ciudadana, la participación del Ejército “para cuidarnos”, la cual, advirtió Meyer, “va a cobrar” en su momento esa institución que “siempre ha sostenido al régimen”, incluido el actual.

Recordó que sacar el Ejército a las calles fue una de las primeras acciones de Felipe Calderón, quien se puso “ese uniforme rarísimo, esa mezcla de civil con uniforme” con el que “estéticamente quedó derrotado”.

Los contrapesos políticos y el papel de la sociedad para suplir a los partidos, inmersos “en una crisis de representatividad”, fueron otras preguntas que se plantearon a Meyer, a quien también pidieron opinar si el mexicano es un Estado Fallido, y tras definir que es aquel “que no tiene capacidad para cumplir con sus obligaciones mínimas, como la defensa de la vida, la integridad física de los ciudadanos y su propiedad”, sostuvo que “diría que en esa parte ya es un Estado Fallido”.

http://www.correo-gto.com.mx/notas.asp?id=87127

Al ver como se iban haciendo pequeños, las autoridades presentes, tanto de la Universidad como del Estado, me quedaron varías inquietudes, la primera, Lorenzo Meyer ha pasado toda su vida en la Universidad, como estudiante, catedrático e investigador, dijo que si la Universidad la conociéramos por dentro dejaría por mucho de ser una institución creíble, ahí las autoridades presentes con todo y rector se hicieron pequeños.

Mi siguiente reflexión es el papel que jugamos ahora los que nos atrevemos a leer un blog o a cometer el pecado de escribir en ellos, para hacer un poco de conciencia en los lectores despistados que pasan por aquí, si bien el lo dijo mejor que yo, no somos buenos ciudadanos, el ir a votar y sentirnos que hemos cumplido con nuestra obligación no nos hace ser buenos ciudadanos, lo que nos haría ser buenos ciudadanos es exigir a las autoridades que cumplan con lo que han prometido, que cumplamos con decirle al vecino, al compañero, al amigo que se interese por los asuntos políticos, no dejemos que la televisión y el spot decida por nosotros. Pensemos y exijamos todos los días desde abajo para que nuestro voto sea verdaderamente valido.

Y vuelvo a retomar el tema de Germán Martínez, al decir “guanajuatizar” el país, bueno Guanajuato es el penúltimo estado de la república mexicana que conoce el nombre de su Gobernador, lo que quiere decir que bien poco nos interesa la política, o el perfil del Gobernador es tan bajo porqué no hace nada. Así que si de Guanajuatizar se trata al país, es no conocer ni al mismo Presidente de México o al menos al que se ostenta como tal, lo cual en este momento sería muy bueno para él y su equipo, Germán Martínez ha dicho lo correcto, guanajuatizar es olvidar por quien votaron algunos, hacer más grises a los gobernantes del PAN, lamentablemente para mi salud, yo no me olvido de Caldeón ni de su equipo. Quiero puntualizar algo que en el periódico no han anotado, una de las gráficas que presento Lorenzo Meyer, fue el número de votos con los cuales habían ganado la presidencia de la República desde los tiempos de López Portillo hasta el 2006, sin dejar de poner en amarillo, al final de la tabla, el nombre del que miles de personas consideramos el presidente legitimo de México, Andrés Manuel López Obrador, ¿Humor negro o una realidad? Al final el Doctor Meyer, lo pone en la tabla….bien Doctor por considerarlo también como actor político de este México.

Al salir de la conferencia, el aire de octubre azotaba nuestras caras, salí con ánimos de hablar cada día de lo que veo en este país y en mi estado, ups, todo muy bien hasta que llegamos al final de las escalinatas, y ver lleno de guaruras toda la plaza principal, y un automóvil blindado del ejército, que pasa en México, para llegar a esto, si el procurador o los diputados tienen amenazas, ¿No es mejor, que lo vean por circuito interior, en la comodidad de la sala de su casa? Para no exponernos a nosotros los ciudadanos. Y recordamos lo que había dicho el Doctor, Calderón saco al ejercito a las calles, ¿qué costo político, exigirá este llamado ejército Mexicano, en el futuro por sacarlo a combatir a las calles?

Del viernes al sábado en todo el país se vivió de nueva cuenta una ola de violencia, 42 muertos en todo el país, si esto no es guerra que me digan que no pasa nada… también quiero extender mi felicitación al joven Andrés Leonardo Gómez Emilsson y a sus valientes padres, primero por el premio que recibió, con justo merecimiento, por no haber dado la mano al presidente espurio, tal y como lo increpo el joven en el acto donde fue entregado el reconocimiento, es una pena que Calderón se ponga a hablar de libertad de expresión y el estado mayor se lleve a dos jóvenes al juzgado, y que el magnánimo FECAL, diga que no presentarán cargos contra ellos ¿Qué cargos pueden fincarle ante la verdad dicha? Seguramente deberemos aprendernos este nombre, confió en que la juventud de este país tenga líderes formándose, Andrés Leonardo es para mí uno de esos jóvenes.

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Lorenzo Meyer: El verdadero peligro para México

Desviar la atención. El auténtico peligro para la viabilidad de México ha estado a la vista de todos y desde hace mucho tiempo: la profunda corrupción de sus instituciones públicas.

Vicente Fox y la alianza conservadora que él encabezó encontraron muy útil concentrar el grueso de la energía y recursos del gobierno y sus aliados —medios de difusión, organizaciones empresariales, iglesias, el viejo corporativismo, etcétera— en difundir la idea de que el gran peligro para México eran la oposición electoral de izquierda y su proyecto. A estas alturas ya debiera de haber quedado claro que el auténtico enemigo de la sociedad mexicana ha sido otro: la gran corrupción pública y su inseparable acompañante, la impunidad.

Ambos factores, aunados a la falta de dinamismo de la economía y a la muy injusta estructura social, son las razones principales de que el crimen organizado haya alcanzado la posición dominante que hoy ejerce. Y lo peor es que quienes se supone que encabezan la lucha contra las organizaciones criminales son los que antes engañaron con el falso diagnóstico, pero que hoy se alarman porque la descomposición del entramado institucional ha llegado al punto de que ya apareció el terrorismo incipiente.

Una definición. Una forma de empezar a entender las razones de un fenómeno complejo es formular una definición adecuada, y la profesora Cindy C. Combs propone una particularmente útil del terrorismo: “Una síntesis de guerra y teatro, una dramatización de la violencia más condenable —la que se perpetra contra gente inocente— que se desarrolla frente a una audiencia con la intención de crear un clima de miedo con objetivos políticos”, (Terrorism in the Twenty-First Century: Universidad de Carolina del Norte, 2003, p. 10).

Lo ocurrido el pasado 15 de septiembre en la celebración de la Independencia nacional en Morelia —el estallido de dos granadas lanzadas deliberadamente sobre una multitud que celebraba un aniversario más de la independencia—, se corresponde con la definición de Combs: una brutal puesta en escena de la peor de las violencias, aunque ya no para crear sino para exacerbar el miedo colectivo. A partir de ese atentado quedó claro que nadie se debe considerar a salvo de la violencia criminal: ni pobres ni ricos, ni niños ni ancianos, ni los comprometidos ni los indiferentes, ni los de izquierda ni los de derecha. Obviamente, el objetivo final de quienes actuaron en Morelia es político: mandar un mensaje a los responsables de formular e implementar la política estatal contra el crimen organizado para que no interfieran con su actividad.

En principio, la acción en Morelia pareciera diseñada para demostrar a todos que, no obstante la movilización militar ordenada por Felipe Calderón desde diciembre de 2006, su gobierno no es capaz de cumplir su función básica y razón de ser: proteger la vida y bienes de los ciudadanos.

¿Quién exactamente decidió poner en evidencia la incapacidad de las autoridades mediante un ataque a gente absolutamente al margen de cualquier acción contra las bandas criminales? No lo sabemos aún, pero queda claro que esa acción es simplemente el eslabón más reciente de una cadena que empezó con el reguero público de cadáveres de narcotraficantes rivales, policías e incluso de algunos militares (¡más de 3,300 en lo que va de este año!). Esa mezcla de teatro y guerra subió de tono con las mutilaciones y decapitaciones de algunas de las víctimas, con los mensajes a las autoridades en sitios públicos y dio un paso más con las ostentosas matanzas colectivas, como las recientes en Yucatán y en La Marquesa —de una docena pasaron a dos docenas de ejecutados en una sola acción y sin que quede claro por qué se les ejecutó— para concluir con lo ocurrido el pasado día 15: el asesinato de ocho inocentes frente al gobernador del Estado, en una plaza supuestamente vigilada y en la tierra natal de quien está al frente del Poder Ejecutivo. Hasta ahora seguimos sin saber quién fue responsable del salto cualitativo en la inseguridad ni el motivo preciso de la acción.

El crimen organizado es una fuerza dominante en muchos municipios del país, pero recurrir al terrorismo es retar no sólo a un gobierno local, sino al federal y a sus poderosos aliados (a empresarios, a Washington, a la iglesia). ¿Para qué el desplante? ¿Se quiso dejar en claro ante todos que los criminales pueden imponer sus agendas por sobre las del resto de los actores políticos? ¿Buscaron cobrar el rompimiento de acuerdos ya pactados o inducir a buscar uno nuevo? Se pueden formular éstas y otras preguntas similares o diferentes —por ejemplo, ¿pudiera ser una acción llevada a cabo por algún grupo político para crear un clima de mano dura?—, pero de momento no hay respuesta. Sin embargo, la falta de información no impide abordar otros aspectos del fenómeno violento.

¿Un pago diferido? El régimen autoritario que caracterizó la vida política mexicana de casi todo el siglo XX presumió de haber construido el sistema de poder más sólido de América Latina y uno de los más estables del mundo. Pero esa estabilidad no democrática tuvo un costo muy alto que hoy seguimos pagando todos. Parte central de ese costo fue la institucionalización de la corrupción y de la impunidad y hasta hoy nada efectivo se ha hecho por poner fin a esa herencia infame.

En la etapa clásica del dominio del PRI sólo el presidente podía llamar a cuentas a los grandes corruptos. En las pocas ocasiones en que se puso a uno de ellos ante un juez, la acción poco o nada tuvo que ver con la justicia real y sí mucho con la “justicia selectiva”, tan útil al poder presidencial para mantener la disciplina entre la clase política; un buen ejemplo fue el encarcelamiento del líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, “La Quina”, por Carlos Salinas.

Sin embargo, frente a cada “quinazo” hubo centenas de casos conspicuos de impunidad. Manuel Ávila Camacho, por ejemplo, dejó hacer y deshacer a Maximino, su hermano; el círculo íntimo de Miguel Alemán empleó a fondo sus posibilidades de corrupción sin límites; Carlos Hank González se convirtió en símbolo de cómo un político pobre se transformaba en lo opuesto gracias a la protección presidencial. Arturo Durazo Moreno hizo de su amistad con José López Portillo la palanca para convertir a la policía capitalina en una estructura del crimen organizado. Las cuentas suizas de Raúl Salinas o la buena fortuna de los hijos de Marta Sahagún no se explican sin una relación directa entre poder presidencial y negocios privados. La lista de casos se podría extender hasta dar forma a un volumen similar al directorio telefónico.

Como no hay crimen organizado exitoso —y el mexicano vaya que lo es— sin algún tipo de complicidad entre criminales y autoridades, el ambiente de corrupción generado por el sistema autoritario del siglo XX resultó un excelente caldo de cultivo para que nacieran y prosperaran las organizaciones criminales hasta llegar a convertirse, de marginales y subordinadas, en rivales de la clase política. Lo anterior fue posible por la combinación de corrupción institucional con la cercanía geográfica del gran mercado norteamericano de las drogas. Como bien lo señalara Luis Astorga en su historia del narcotráfico mexicano —El siglo de las drogas, (México: Espasa Calpe, 1996)— esa actividad empezó a echar raíces en México hace ya más de medio siglo, protegida por algunos gobernadores y militares en el norte del país pero, con las condiciones propicias descritas, esa actividad creció hasta salirse del control del poder político e imponer sus propias reglas, que es la situación actual.

¿Qué hacer? No hay respuesta fácil, pero cualquier intento por romper el círculo vicioso requiere abrir varios frentes de lucha contra los auténticos enemigos de México. Hay que empezar por la difícil pero indispensable tarea de crear una policía auténtica. Perseguir seriamente no sólo a los narcotraficantes de base, sino a sus socios indispensables y que además de los policías corruptos es toda la red de empresas y empresarios lavadores de dinero y los miembros de la clase política que dan protección al crimen organizado: presidentes municipales, gobernadores, altos funcionarios del aparato de seguridad. Y finalmente, abrir oportunidades reales de trabajo a los jóvenes. Miguel de la Madrid anunció pero nunca se llevó a cabo la renovación moral de la política mexicana y desde 1982 la economía no tiene vitalidad.

En suma, que el verdadero enemigo de México es la combinación de corrupción pública con una economía formal sin brío. Si ambos problemas no se enfrentan con inteligencia y voluntad, no es imposible el retorno del Estado fallido del siglo XIX.

http://www.yucatan.com.mx/noticia.asp?cx=9$2900000000$3918131&f=20080925

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Lorenzo Meyer: Un proyecto con más de 60 años

Camino al estado fallido. Este artículo estaba hecho cuando ocurrió el atentado terrorista en Morelia, un asunto tan grave que debe abordarse de inmediato. Lo ocurrido este 15 de septiembre significa el temido salto cualitativo en la cadena de fracasos de las instituciones públicas. La raíz de tales fracasos es la corrupción e impunidad que la clase política ha tolerado, fomentado y aprovechado de tiempo atrás. Finalmente se ha perdido el control. La responsabilidad de lo que acontece es de la minoría dirigente pero las consecuencias afectan a todos y todos tenemos que responder, aunque sin pretender que las diferencias sobre cuál es el interés nacional con relación al petróleo y asuntos similares se haya borrado.

El neoalemanismo. En más de un sentido, el panismo hoy es un nuevo alemanismo. El gobierno de Miguel Alemán (1946-1952) fue el triunfo de la derecha posrevolucionaria sobre lo que quedaba del cardenismo. El panismo del 2000 a la fecha es el triunfo de la derecha no priista sobre los herederos del cardenismo. Sin embargo, y aunque en la práctica el grupo que se supone que hoy controla al Gobierno Federal es una derecha tan dura y corrupta como la alemanista, hay diferencias: ésta es menos eficaz, más torpe que aquélla.

Las semejanzas entre el proyecto de Alemán y el del gobierno actual se da en varios campos, entre otros en el petrolero. Las fuentes para sostener tal argumento son muchas, pero hay una particularmente significativa: los archivos del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Veamos algunos de sus numerosos documentos.

Desencuentro. En un memorando del 20 de agosto de 1948, el entonces primer secretario de la embajada norteamericana en México, Harry R. Turkel, informó sobre los pormenores de una conversación reciente con Jorge Viesca, secretario del presidente Alemán. El meollo de lo discutido se puede resumir así: desde la perspectiva alemanista, los serios problemas en los que entonces atravesaba la economía y la política mexicanas –déficit en el intercambio con el exterior, devaluación del 75 por ciento, inflación, carestía, descontento popular e incluso rumores de golpe militar- se podrían haber evitado o disminuido si Washington hubiera respondido positivamente a su petición de un préstamo sustantivo para llevar a cabo un programa acelerado de exploración y explotación petrolera en gran escala. Como el préstamo no se otorgó, el resultado fue la devaluación del peso con su consiguiente cauda de efectos negativos.

En los círculos del poder mexicanos se sospechaba –y con razón- que a pesar de las buenas relaciones de “Mr. Amigo” con el presidente Harry Truman, éste le había negado el préstamo para obligarle a cimentar su programa de expansión petrolera en la única otra fuente disponible: en las empresas petroleras de Estados Unidos. De esa manera, y desde la perspectiva norteamericana, así se matarían varios pájaros con la misma piedra: se marginaría a Pemex del plan de expansión, se abría de nuevo la puerta mexicana a las empresas petroleras privadas norteamericanas y se aumentarían las reservas cercanas de combustible, tan necesarias en caso de un nuevo conflicto mundial. En dicha reunión, el lado norteamericano se defendió y argumentó que el préstamo se había negado no como forma de presión, sino simplemente porque el Gobierno no había presentado bien su solicitud, (Archivo del Departamento de Estado. Asuntos Internos de México, 812.00/8-2048). Obviamente esa razón “diplomática” no debió de haber convencido ni a quien la formuló.

El proyecto. Del documento citado se desprenden varias conclusiones. En primer lugar, que hace ya sesenta años un gobierno tan conservador como el actual buscaba solucionar sus problemas económicos –entre otros, la baja recaudación fiscal- por la misma vía fácil que hoy se pretende volver a recorrer: invitar al capital externo a extraer para luego exportar el recurso natural no renovable más valioso del país y así superar sin resolver dificultades económicas y políticas. Alemán asumía la conducta propia del político y no del estadista: posponer o evitar la solución de fondo, buscar una temporal –la exportación de petróleo- y seguir adelante.

Para entonces, la embajada norteamericana ya tenía clara conciencia de que su lucha por reabrir la puerta del petróleo mexicano a sus empresas tenía como principal obstáculo no a Alemán y a su grupo de alegres explotadores del poder en beneficio personal, sino al ex presidente Lázaro Cárdenas y lo que quedaba del verdadero nacionalismo revolucionario. Durante la II Guerra Mundial y en los años siguientes, México había pedido una serie de préstamos al Export-Import Bank de Estados Unidos (Eximbank) para actividades de infraestructura y desarrollo económico y, en términos generales, había obtenido respuestas positivas, pero no en el caso del petróleo.

Desde julio de 1944 el propio presidente norteamericano, Franklin D. Roosevelt, le había hecho saber al secretario de Relaciones de México, Ezequiel Padilla, que si el gobierno mexicano necesitaba recursos para aumentar su producción petrolera, debía recurrir al capital privado norteamericano, aunque más adelante se matizó la posición: Washington podría interesarse en ayudar a Pemex a localizar nuevos depósitos pero a condición de que éstos se consideraran como reservas estratégicas para la defensa continental, (Foreign Relations of the United States, 1945, Vol. IX, Washington, Departamento de Estado, 1969).

Cuando Alemán asumió el poder, el gobierno norteamericano estaba al tanto de cuál era la posición del ex presidente Cárdenas. En un memorando fechado el 12 de agosto de 1948, el embajador norteamericano, de nuevo basándose en conversaciones entre Turkel y otro político mexicano –con Manuel Germán Parra, profesor y economista que se movía a sus anchas lo mismo entre alemanistas que entre cardenistas-, señalaba que Cárdenas se oponía a usar el petróleo como la salida fácil a los problemas económicos del Gobierno. Para el general michoacano, México no debería volver a ser un gran exportador de petróleo; se debería colocar en el exterior apenas el crudo necesario para compensar las importaciones de derivados del petróleo que México se viera obligado a hacer. Según Parra, para el ex presidente que había nacionalizado el petróleo sólo una emergencia internacional justificaría exportaciones irrestrictas de hidrocarburos, es decir, únicamente si ocurría algo semejante a lo sucedido durante la II Guerra Mundial y Estados Unidos necesitara el combustible. En todo caso, sería una medida temporal pues los recursos estratégicos y no renovables del país no se deberían poner nunca en el mercado internacional como si fueran una materia prima cualquiera.

Por lo que respecta a la decisión de volver a admitir empresas privadas extranjeras al sector petrolero, Cárdenas era partidario de evitarlo. Sin embargo, el ex presidente estaba dispuesto a pasar el trago amargo de volver a recibir empresas petroleras norteamericanas si ésa era la única manera de evitar el desabasto interno, pero siempre y cuando no se admitiera al principal enemigo de la expropiación de 1938 –a la poderosa Standard Oil- ni se firmaran “contratos riesgo”, es decir, que a las empresas que se contratara para trabajar en campos mexicano se les debería pagara por su labor con una suma pactada de antemano pero nunca con una proporción del petróleo que encontraran, pues ya se hablaba de entregarles el 20 por ciento del valor de lo que extrajeran, (archivo citado, 812.00/8-1248).

Como bien sabemos, al final Alemán se impuso sobre el ex presidente Cárdenas y entre 1949 y 1951 firmó cinco “contratos riesgo” con otras tantas empresas norteamericanas aunque se cuidó de no hacerlo con la Standard Oil. De manera indirecta, pero clara, Cárdenas manifestó su oposición a lo que consideró una política contraria al interés nacional mexicano en materia de petróleo. Lo hizo, entre otras maneras, vía la publicación de una serie de artículos críticos de un legislador michoacano, Natalio Vázquez Pallares. Finalmente, en los 1960 esos contratos se cancelaron, aunque México debió de indemnizar a las empresas petroleras afectadas.

Un capítulo histórico que no concluye. La lucha por el control del petróleo mexicano se inició hace prácticamente un siglo, con el maderismo, y no ha cesado. Es cierto que ha habido periodos de tregua más o menos prolongada, pero nada más. Cada vez que la economía mexicana entra en dificultades la presión externa por recuperar algún grado de control sobre nuestro combustible ha renacido. Debemos resistir la tentación de la solución fácil en aras del auténtico interés colectivo de largo plazo.

http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/181885.un-proyecto-con-mas-de-60-anos.html

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Lorenzo Meyer: El informe que aún falta

El informe de los que verdaderamente mandan es el que necesitamos pero es el que no se dará

¿Y qué tal marcha el proyecto?

El tiempo del II Informe presidencial del sexenio es una buena ocasión para pedir a “los que mandan”, a la derecha mexicana, un informe sobre el estado que guarda su gran proyecto, ese echado a andar a fines del siglo pasado y reafirmado en el 2006.

Es una lástima que esa derecha que hoy por hoy lleva las riendas del poder económico y político -en la medida en que este último existe- y que mayor beneficio obtiene del statu quo prevaleciente, no tenga una cabeza evidente a la que se pueda pedir cuentas. Felipe Calderón (FC) y su grupo ocupan los puestos formales del mando político, pero no es claro que efectivamente sean ellos quienes toman las decisiones que cuentan. FC fue el eje de la compleja negociación que logró mantener la Presidencia del país en manos del PAN pese al rotundo fracaso del gobierno anterior, pero el michoacano mismo no tenía las bases políticas, sociales o económicas para comandar los enormes recursos que se pusieron en juego hace dos años para lograr ese 35.89 por ciento de los votos que se supone que le dieron la victoria en las urnas. Esos recursos los reunieron y manejaron otros: la cúpula de la derecha militante.

La derecha

La derecha mexicana es todo un arco iris que lo mismo abarca a las pequeñas pero poderosas clases altas, que a las “buenas conciencias” de la clase media, así como a un buen número de miembros de las clases populares que desde generaciones atrás han asumido como propias algunas de las fórmulas que han servido a los grupos conservadores para interpretar el mundo.

Sin embargo, la derecha a la que realmente se le deben hacer las preguntas pertinentes y pedirle cuentas es esa minoría activa formada, entre otros, por las cúpulas empresariales (Consejo Coordinador Empresarial, Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, etcétera), la jerarquía católica, los dueños de los grandes medios masivos de información, la alta burocracia, los dirigentes de los grandes sindicatos, esa parte del PRI que negoció su apoyo a FC, las dirigencias de los partidos creados ex profeso para restar votos a la izquierda e incluso esa parte formalmente de izquierda pero que, en la práctica, se conforma con unirse “a los que mandan”.

Las cuestiones

Una vez que en el 2005 falló la maniobra para eliminar a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) como el candidato presidencial del PRD mediante su desafuero, la siguiente línea de ataque de la derecha fue presentar a AMLO como el gran “peligro para México”. Pues bien, entonces hoy la primera cuestión que deberían responder los arquitectos de la derrota del tabasqueño “haiga sido como haiga sido” es ¿por qué la derrota del “Chávez mexicano” y la casi segura derrota del PRD en las elecciones por venir (examínense al respecto los resultados de la encuesta de julio pasado de la empresa Mitofsky) no ha sido seguida por una sensación generalizada de euforia, tranquilidad y liberación del presente y el futuro? Las encuestas sobre la confianza del consumidor mexicano, por ejemplo, señalan que ésta va a la baja, y que aumenta el déficit de seguridad en torno al porvenir, ¿cómo explican esto los que ganaron?

Con el predominio político indiscutible de los intereses de la gran empresa combinados con los extraordinariamente altos precios del petróleo, ¿cómo explicar que la economía siga teniendo un comportamiento tan infame? En estos días, y desde el gobierno, se pronostica que el crecimiento esperado del PIB este año apenas será de un mísero 2.4 por ciento, la tasa más baja de crecimiento en los últimos cinco años. Y es que en realidad seguimos tan empantanados como lo hemos estado en el último cuarto de siglo. Desde los cuarteles de la derecha tiene que explicarse cómo es que, pese a nuestra unión económica con Estados Unidos y a que acabamos de tener con Vicente Fox un gobierno que se definió “de empresarios y para empresarios”, no logramos avances como los de Corea, India, Brasil o Chile y seguimos perdiendo el tiempo. ¿Acaso todo se bebe a que aún no se privatiza Pemex?

FC se definió como un “Presidente del empleo” pero, ¿cuál? En México sigue dominado el empleo informal. Santiago Levy, que de esto sabe, da cifras: de los 44.5 millones de mexicanos que forman la población económicamente activa, 25.7 millones se encuentran en la economía informal, es decir, ¡el 57.7 por ciento! La emigración a Estados Unidos sigue jugando el papel de solución para los mexicanos sin oportunidades, sólo que hoy la economía norteamericana se encuentra en dificultades serias, al punto que el desempleo es ya uno de los temas centrales de su contienda presidencial y unas de las primeras víctimas están siendo ya los trabajadores indocumentados. En esas condiciones, ¿cuál es la respuesta de la derecha? ¿Y la pobreza misma? ¿Qué respuesta le están dando “los que mandan” más allá de emplear parte de la renta petrolera en administrarla por la vía de los programas sociales pero sin combatirla?

Corea del Sur, entre otros, ha mostrado que una forma de acabar con la maldición de la pobreza es un crecimiento material basado en la inversión en una educación de calidad. Sin embargo, ¿qué calidad se puede esperar de un sistema de educación pública cuya dirección no está en manos de auténticos educadores? En el México de hoy los hilos de ese sistema educativo ni siquiera se encuentran en la Secretaría de Educación Pública sino en el sindicato de maestros. En manos de un SNTE que de tiempo atrás no tiene como función primordial educar, sino servir de pilar político del gobierno y régimen en turno. Las pruebas internacionales aplicadas a los estudiantes así lo demuestran. ¿Qué ha hecho la derecha al respecto? Nada, seguir dependiendo de su alianza política con esa corporación dirigida por Elba Esther Gordillo.

Desde luego el problema del crimen organizado es uno que hoy tiene, literalmente, secuestrada a toda la sociedad mexicana. FC encontró oportuno enfrentar ese problema con una espectacular movilización militar y últimamente con una alianza con el gobierno norteamericano vía la llamada “Iniciativa Mérida”. Sin embargo, ¿cuál ha sido hasta ahora el resultado? Este año aún no termina y ya acumuló más de 3 mil 100 asesinatos atribuidos al narcotráfico. ¿Y qué decir de la industria del secuestro donde México tiene la deshonrosa distinción de estar entre los primeros lugares mundiales de tal actividad? Al gobierno y a la derecha no se les ha ocurrido otra solución que proponer el aumento de las penas y del presupuesto -39 por ciento para el año próximo- en los ramos de seguridad y justicia. Pero, ¿a qué instituciones de seguridad y justicia se le va a dar más dinero? Por lo menos desde la época del “general de policía” Arturo Durazo Moreno las instituciones policiacas están penetradas hasta la médula por el crimen organizado y se han vuelto el crimen organizado mismo. Y, ¿qué decir del Ministerio Público y del conjunto de las instituciones judiciales? Asignar más dinero a policías, MPs o jueces sin antes proceder a reformarlos de raíz es dar un subsidio a los enemigos de la sociedad. ¿Qué ha hecho la derecha para efectivamente revertir las tendencias de fenómenos como los enunciados y que son, ésos sí, el auténtico peligro para México?

Y es que, ¿cómo se puede combatir de manera seria y efectiva al crimen en la base de la sociedad si la impunidad y la corrupción persisten como los rasgos dominantes en las cúpulas del poder? El supuesto cambio de régimen no logró, porque no quiso, llamar a cuentas a ningún “pez gordo”. Nadie ha sido castigado como responsable de los crímenes y corrupción en el México de arriba: ningún ex Presidente, secretario o subsecretario responsable de tráfico de influencias o enriquecimiento inexplicable está en la cárcel, apenas un ex gobernador; ningún ministro responsable de corromper a la justicia o un gran empresario defraudador ha sido puesto delante de un juez y castigado. La cúpula sigue impermeable al llamado a cuentas. ¿Quién realmente tiene voluntad y capacidad para fincar responsabilidades a quién dentro del sistema de complicidades mutuas que es la estructura de poder en México? ¿Quién puede limpiar ese establo del rey que es la estructura policiaca mexicana?

En fin

A las preguntas enumeradas se pueden agregar otras más: ¿por qué no se ha hecho una verdadera reforma fiscal como las circunstancias han demandado desde los 1960? ¿Cómo reparar el enorme daño que se hizo en 2006 al IFE y al TEPJF? Pero no hay quien las responda -desde luego no el II Informe de FC- pues los que realmente mandan han mostrado un sorprendente sentido de irresponsabilidad social e histórica …y es ahí donde desde hace mucho anida el verdadero peligro para México.

Artículo Original: http://www.reforma.com/editoriales/nacional/461/920653/default.shtm (acceso mediante suscripción pagada)

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José Agustín Ortiz Pinchetti: El Despertar

Dos homenajes a don Lorenzo

Lorenzo Meyer, historiador y articulista, puso el dedo en la llaga: los científicos sociales son parcialmente responsables de la decadencia que sufre el país, a pesar de que el origen de nuestros problemas fue previsible, para quien quería verlos, prefirieron no ejercer la crítica a plenitud, por no afectar al poder y a los poderosos. Al ser designado profesor emérito del Colegio de México (Colmex), en donde ha trabajado casi toda su vida profesional, improvisó un discurso bastante ácido.

Meyer puso de relieve una contradicción: las instituciones públicas de alta cultura tienen la obligación de criticar al poder, pero de él reciben los recursos con los que viven. En los compactos y elegantes discursos que precedieron al de Meyer, no sólo se hizo reseña de sus méritos que incluyen un reconocimiento internacional y nacional a sus investigaciones, sino la aportación que ha hecho al periodismo. Meyer es, sin duda, el continuador del periodismo crítico de Daniel Cosío Villegas, uno de los fundadores del Colmex.

Yo creo que los intelectuales como clase han preferido, y prefieren, la simulación, el disimulo, las medias verdades cuando se trata de denunciar los grandes problemas de México. No por candor, sino por conveniencia. Decir la verdad y toda la verdad implicaría malquistarse con quienes les pueden autorizar ventajas. Entre nuestra “inteligencia” se practica la coquetería y se vive un ambiente cortesano, como en la época del PRI, del porfiriato y del virreinato. Y es lógico: del poder se derivan no sólo subsidios, sino becas, acceso a medios electrónicos, anuncios para las revistas culturales, designaciones opulentas, etcétera. Hoy como ayer, para los políticos en funciones son música celestial los elogios de los grandes pensadores. Muníficos los compensan con dinero público (nunca con el suyo).

En contraste, Meyer está recibiendo otros homenajes por su independencia feroz. Uno insólito es el que le tributan en centenares de municipios de todo el país grupos opositores compuestos por gente sencilla, de clase media y media baja, distante de los grandes salones. Reciben, copian, distribuyen y discuten sus artículos. La conciencia y la información están cambiando rápidamente y este cambio cambiará al país.

Moraleja: al final de cuentas ser crítico independiente y honesto tiene sus compensaciones.

Artículo Original: La Jornada

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Lorenzo Meyer: Agenda Equivocada

Ironía histórica: la izquierda, no la derecha, sería la mejor equipada para reformar a Pemex

Ironías de la historia

Es sólo una hipótesis. El tema de la reforma al marco jurídico que rige a la industria petrolera apareció en la agenda del actor político equivocado. Si alguien hubiera podido proponer al país un cambio, cubierto con legitimidad y que implicara alguna forma de relación de Pemex con otras empresas para mejorar su eficiencia, esa fuerza es la izquierda, no la derecha. A esta última le hubiera correspondido llevar adelante un cambio muy diferente: una reforma fiscal de fondo, tema pospuesto por medio siglo en la agenda nacional.

Las iniciativas de Felipe Calderón para modificar la Ley Reglamentaria del Artículo 27 en el Ramo del Petróleo y ampliar el espacio a la empresa privada nacional y extranjera son unas que, de entrada, se prestan a sospecha y rechazo por venir de quien vienen. Si alguien hubiera podido proponer que nuestra empresa petrolera estatal se asociara con alguna foránea en algunos de sus campos, sin despertar sospecha sobre sus intenciones -hacer negocios privados a la sombra del interés público-, era la izquierda. Y no cualquier izquierda, sino una con sus credenciales nacionalistas en orden.

El agente idóneo y el inadecuado

Es posible argumentar que en el urgente tema de modernizar y hacer eficiente a la industria petrolera mexicana una posibilidad sería una asociación de Pemex con otra empresa petrolera estatal con buena experiencia y reputación, como sería StatoilHydro de Noruega. Sin embargo, ese argumento pierde su fuerza cuando lo expone el gobierno actual, uno que no supo siquiera separar los intereses públicos de los privados de algunos de sus cuadros prominentes.

Por un momento, el gobierno de Felipe Calderón pretendió hacer de un miembro de su círculo íntimo un “zar del petróleo” (Proceso, 20 de enero, 2008). En efecto, Juan Camilo Mouriño -un joven cuya familia, española de origen, está dedicada al negocio del transporte de productos petroleros, de las gasolineras y otros similares- ascendió sorprendentemente rápido en los círculos del poder del gobierno federal. En un acto de insensibilidad política, por llamarlo de alguna manera, Calderón no sólo nombró a Mouriño secretario de Gobernación -una de las antesalas históricas a la candidatura presidencial- sino que pretendió que, desde ahí, el empresario se encargara de negociar la aprobación de su reforma petrolera en el Congreso. La movilización política y social, que encabezó Andrés Manuel López Obrador en contra, desdibujó el papel de Mouriño y obligó, entre otras cosas, a organizar un debate formal sobre las iniciativas de reforma a la ley reglamentaria del petróleo, que originalmente se pretendían aprobar sólo como resultado de una negociación en la cúpula.

Un buen ejemplo

Y justamente en ese debate el presidente del PAN, Germán Martínez, buscó cerrar una larga tirada de adjetivos contra quienes se oponen a la privatización parcial de la industria petrolera, sacando de su manga lo que consideró un as histórico: el proyecto de ley reglamentaria del petróleo de diciembre de 1939. En ese documento, firmado por el mismísimo presidente Lázaro Cárdenas, se asegura que el mantener la explotación petrolera como actividad propia del Estado “no implica que la nación abandone la posibilidad de admitir la colaboración de la iniciativa privada”. De esta manera se pretendió colocar a Cárdenas en la misma trinchera que su enemigo histórico: el PAN.

Sin negarle imaginación a Germán Martínez, al intentar probar que el propio artífice de la nacionalización petrolera no pensó en cerrar las puertas a la empresa privada en esa industria, hay que hacer un par de observaciones fundamentales al argumento.

En primer lugar, las circunstancias. El boicot de los intereses extranjeros contra el petróleo mexicano en 1939 era brutal pero hoy Pemex tiene ganancias espectaculares y quienes buscan debilitarlo están dentro, no fuera. En 39 Cárdenas simplemente buscó echar mano de cualquier ayuda posible que salvara lo esencial. Fue por ello que su gobierno incluso negoció vender petróleo a sus peores enemigos ideológicos: a los gobiernos de Hitler y Mussolini. En esas condiciones, buscar la colaboración de la empresa privada era un mal menor.

Sin embargo, la observación más importante, y que avala la tesis que aquí se presenta, es que sólo Cárdenas y nadie más podía proponer con legitimidad abrir un lugar al capital privado en la industria petrolera estatal. Y es que el entonces Presidente era el mexicano más libre de sospecha de pretender minar el carácter público de la actividad petrolera.

En contraste con la propuesta de ley reglamentaria enviada por Cárdenas hace casi 70 años al Congreso federal, quienes hoy proponen la privatización parcial de la actividad petrolera con otra ley reglamentaria son la antítesis de Cárdenas y su proyecto. El PAN nació justamente en 1939 como un opositor declarado de todo el programa que impulsó Lázaro Cárdenas, incluida la expropiación del petróleo y de los latifundios.

Otro ejemplo

En la biografía política del general Cárdenas puede volver a encontrarse otro ejemplo que sirve para ilustrar cómo en circunstancias que obligan al gobierno a tomar decisiones políticas muy delicadas, y que tienden a despertar sospechas sobre sus verdaderos motivos, lo mejor es encomendar esas tareas a actores cuya ideología y conducta hayan demostrado que no serán ellos los que saquen provecho personal o de partido de la situación.

Cuando en 1942 México entró a la Segunda Guerra Mundial como aliado de los norteamericanos, el recuerdo de los graves conflictos con Estados Unidos estaba aún muy vivo en la conciencia colectiva de los mexicanos. La opinión pública sospechaba de los motivos para entrar a una guerra que veía como ajena y a colaborar con Estados Unidos, al punto que se rumoraba que los buques mexicanos, cuyo hundimiento se atribuía a submarinos alemanes, y razón por la cual México se había declarado en “Estado de Guerra” con El Eje, en realidad habían sido torpedeados por los norteamericanos. Sin embargo, para el gobierno de Ávila Camacho las circunstancias hacían inevitable la cooperación no sólo política y económica sino militar con la potencia vecina del norte.

En esas condiciones el Presidente consideró, y con razón, que la mejor manera de hacer aceptable una alianza formal entre México y Estados Unidos era poner al frente de la colaboración militar a un general del que nadie pudiera poner en duda su antifascismo pero tampoco su voluntad de resistir cualquier demanda norteamericana contraria al interés nacional. Ese general era Lázaro Cárdenas. Sólo él, que se había enfrentado a los intereses norteamericanos sin titubear, podía ser garantía de una relación con la potencia del norte que no fuera sospechosa de subordinación.

En 1942 la tarea y el responsable embonaron a la perfección. Cárdenas primero quedó al mando de toda la zona del Pacífico -se temía el ataque de Japón- y poco después se hizo cargo de la propia Secretaría de Defensa. Cárdenas negociaría la instalación de radares norteamericanos en México -siempre a cargo de un equipo binacional- y la modernización del Ejército, pero sus condiciones hicieron inaceptable para los norteamericanos la construcción de bases navales o aéreas en México. En suma, sólo un nacionalista probado podía encabezar la colaboración militar con el país cuyas acciones habían alimentado ese nacionalismo defensivo de México.

Misiones

Todos concuerdan en que la estructura administrativa y financiera de Pemex es inadecuada. La empresa necesita rediseñar su estructura administrativa -es absurdo que de siete subdirecciones que tenía en 1992 se haya pasado a 58 en la actualidad- y política -hay que enfrentar los abusos del sindicato. También debe detenerse el crecimiento galopante de la importación de refinados, debe lograrse un aprovechamiento óptimo de todas las áreas que ha sido impedido por el énfasis desmedido en la producción, las reservas han disminuido de manera alarmante y los ductos han envejecido de igual manera, el financiamiento vía Pidiregas es costoso y, sobre todo, la carga fiscal de Pemex es excesiva. En suma, es mucho lo que debe de cambiarse en Pemex, pero no es la derecha la fuerza idónea para la misión.

La raíz principal, que no la única, de los males de la actividad petrolera y de muchas otras cosas es de origen fiscal. Desde hace al menos 40 años que se viene posponiendo una verdadera reforma en ese campo. Es ahí, en la negociación a fondo de las cargas impositivas, donde un gobierno identificado con los empresarios y el capital, como es el actual, debería estar al frente. Ésa sería la honrosa misión histórica de la derecha, no el desmantelamiento de Pemex.

Artículo Original:
Reforma – Agenda Equivocada
[Link con acceso por pago]

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