Monthly Archives: November 2008

J. Enrique Olivera Arce: Obama, más amenaza que esperanza para México

En Perspectiva

        • “Espero que el próximo gobierno de Estados Unidos que encabezará el demócrata Barack Obama, tenga suficiente talento y sentido común y no cometa el error de renegociar el Tratado de Libre Comercio para América del Norte”

        • Felipe Calderón Hinojosa

Si de algo tenemos que estar convencidos es de que los Estados Unidos de América no tienen amigos, tienen intereses. La designación de Hillary Clinton en el Departamento de Estado y la confirmación de Robert Gates, secretario de defensa de la administración Bush, no hace sino ratificar lo anterior, mostrando la intención de Barack Obama de mantener una política exterior agresiva, con el objetivo de restaurar el hoy desquebrajado dominio del imperialismo norteamericano en el mundo.

No podía esperarse otra cosa. Más allá de una política interna llamada a fortalecer el aparato productivo, la capacidad de consumo de las clases medias, y la seguridad social destinada a las capas más desprotegidas de la sociedad norteamericana, tendiente a recobrar confianza, credibilidad y margen de maniobra política frente a la crisis global, el imperialismo no puede renunciar a su hegemonía económica y militar en el resto del mundo; so pena, como afirman prestigiados analistas, de ceder iniciativa geopolítica, energética y comercial frente a China, Rusia, o la India, potencia emergente a considerar.

De ahí que resulte ingenuo esperar que el imperialismo renuncie a sus intereses en México, en nombre de una mal entendida amistad. Como resulta no sólo ingenuo, también ceguera política, el que el Sr. Calderón Hinojosa tratara en Lima, Perú, de enmendarle la plana a Barack Obama, oponiéndose a la revisión de un Tratado de Libre Comercio que ya no le es funcional a los Estados Unidos. Por elemental lógica habría que considerar las prioridades de nuestro vecino en materia de política interna y exterior y no las propias, a partir de los déficits –comercial, fiscal, de inversión, climático, de valores, de igualdad y de responsabilidad- que según el premio Nobel, Joseph Stiglitz, frente a la actual crisis acusa la nación más poderosa del planeta. Subsanarlos y obtener el equilibrio deseable, exige un gran esfuerzo hacia adentro pero también en lo externo, y en ello va por delante el interés nacional por sobre amistad y buena vecindad.

Inversión, empleo, fortalecimiento del mercado interno, y reactivación de los procesos de expoliación imperial  de la riqueza en el resto del mundo bajo su hegemonía, a través de una política monetaria y comercial agresiva con el respaldo de la bota militar, dicta la lógica. Bajo este supuesto, es de considerarse que la inversión productiva y las políticas de empleo se concentren en territorio nacional, beneficiando a sus connacionales a costa de la reducción de flujos de capital al exterior y de la mano de obra proveniente del extranjero. En tanto que en el mundo subdesarrollado bajo su dominio, sacarán raja de los demoledores efectos de la crisis global, haciéndose de  recursos naturales de países empobrecidos en beneficio del imperio.

México, atrapado entre el coloso del norte y los países emergentes de América Latina que vinculándose a China y Rusia, vienen construyendo su propio espacio frente a los Estados Unidos, con Tratado de Libre Comercio con América del Norte, o sin este, seguirá condenado a repetir su historia de país dependiente, expoliado, de rodillas en un permanente estado de subdesarrollo, víctima de sus propias contradicciones internas y la ceguera y corrupción de sus gobernantes.

Bajo esta óptica, la administración de Barack Obama, es más amenaza que esperanza para México. O aprendemos a rascarnos con nuestras propias uñas, rescatando con honestidad, trabajo y defensa de lo más caro de nuestros intereses nacionales, a un país que se hunde más cada día, o seguiremos atados a nuestro destino manifiesto hasta que se reviente el hilo por lo más delgado.

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Jorge Camil: ¿Y la revolución, apá?

Durante el siglo priísta era anatema dar un paso sin mencionar la palabra “revolución”; fue leitmotiv del partido oficial, inspiración de presidentes y el ingrediente que jamás faltaba en los discursos oficiales; un ingenioso pegamento que mantuvo viva la santa unión entre gobernantes, obreros, campesinos y las llamadas “organizaciones populares”. Hoy los gobernantes han dejado de ser “revolucionarios”. Quizá jamás lo fueron (al menos después de José López Portillo, un “revolucionario” pintoresco que entraba a los pueblos a caballo, vestido de chinaco, y ocasionó una verdadera “revolución” al nacionalizar el sistema financiero en los últimos días de su gobierno). Cuando desapareció de la retórica oficial la palabra “revolución” surgieron como fuerzas inspiradoras de la política nacional otras menos iluminadas: “solidaridad”, que en el vocabulario salinista llegó acompañada de su propia secretaría de Estado, y de un “movimiento” apócrifo que pretendió en algún momento sustituir al partido oficial. Después se imprimieron frases como “liberalismo social”, la nebulosa doctrina con la que Salinas pretendió sustituir al “nacionalismo revolucionario” de Miguel de la Madrid, y “democracia”, utilizada hasta el cansancio por un confundido Vicente Fox, que teniéndola en mano jamás comprendió su verdadero significado.

Y puestos a buscar palabras llamativas llegamos a la “globalización”, término por el que, no obstante la debacle mundial, aún vive y muere Ernesto Zedillo, el último presidente del “partido revolucionario”. Hoy, frente a la tumba de la Revolución Mexicana, debemos reconocer que jamás fuimos solidarios (basta observar la cada vez más honda división entre ricos y pobres) y que el liberalismo social salinista únicamente nos condujo al capitalismo salvaje, ahora denunciado por economistas honrados con el Nobel, como Joseph Stiglitz y Paul Samuelson.

¿Democracia? Seguimos buscándola afanosamente, sin encontrarla. Aunque ésta constituya hoy en día el verdadero sustituto de la mística “revolucionaria”. “Democracia” es un término más ingenioso, más acorde con el siglo XXI, y más prometedor. Significa, o pretende significar, que hemos abandonado las luchas fratricidas (aunque hoy se derrame más sangre que en 1910) y que los mexicanos, de cara al futuro, hemos encontrado finalmente el medio para dirimir nuestras profundas diferencias y asumir el control de nuestro propio destino.

Lejos de alcanzar la modernidad que alguna vez vislumbramos, asomándonos al desarrollo económico sostenido que prometía el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, estamos en el umbral de una república bananera, dependientes, como siempre, de la magnanimidad estadunidense, e inmersos en la inseguridad, la violencia, el narcotráfico y las estériles luchas partidistas. Jamás abandonamos el tercer mundo, no obstante las promesas de Carlos Salinas, el primer presidente prianista, cuando apareció orgulloso en la portada de Time mirando al cielo: Mexico looks up (México ve hacia arriba), se tituló un artículo que pecaba de optimismo, porque aseguró que estábamos en la antesala de los países desarrollados, cuando en realidad caíamos estrepitosamente, víctimas de una administración que no se preocupó por los derechos humanos. (“Primero la economía y después la política”, solía decir Salinas, dejándonos al final sin ninguna de las dos.)

Es indudable que el 20 de noviembre, una fecha como cualquiera otra en una nación llena de fechas históricas, fue el ancla a la que se aferró el antiguo partido oficial para justificar en parte la esquizofrenia de su nombre (“revolucionario” e “institucional”: ¡la Revolución hecha gobierno!), al tiempo que escondía su falta de ideología y mostraba, al menos en papel, una nebulosa voluntad de velar por los pobres y los desheredados.

Después de Lázaro Cárdenas cuesta trabajo encontrar un presidente verdaderamente “revolucionario”: ¿Miguel Alemán, el Mister Amigo de los negocios multimillonarios? ¿Gustavo Díaz Ordaz, el mandatario intransigente que mantuvo la integridad de un sistema que se caía a pedazos desatando la masacre de Tlatelolco? ¿Luis Echeverría, verdadero artífice de Tlatelolco y autor del jueves de Corpus? Quizá por esa hipocresía Vicente Fox descontinuó la celebración de un evento que le recordaba el despojo sufrido por su abuelo estadunidense; el fantasma de los “hombres armados” que aparece obsesivamente en sus memorias.

Para mi sorpresa, en pleno siglo panista, el nuevo secretario de Gobernación reivindicó la bandera de la Revolución. El acto me recordó a Juan José Millás hablando de la fiesta nacional española, que desde el franquismo hasta hoy ha sido llamada Día de la Patria, Día de las Fuerzas Armadas, Día de la Hispanidad y Día de la Raza, “siempre con desfile, que sirven lo mismo para un roto que para un descocido”. Para Fernando Gómez Mont, en un acto destinado a dar atole con el dedo a sus aliados políticos, el 20 de noviembre se convirtió en “día de la guerra contra el narcotráfico”. Francisco Villa y Emiliano Zapata deben estar revolcándose en la tumba

Artículo Original: La Jornada

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Nicholas D. Kristof: Giving Thanks to Heroes

This is a column to give thanks to you, the reader. You don’t know it, but some of you are keeping women like Sajida Bibi alive here in this remote Pakistani village. And that is a far grander reason to celebrate Thanksgiving than even the plumpest turkey.

Sajida is a 29-year-old college-educated woman from a Christian family here (and a reminder that oppressive values in Pakistan are not rooted just in Islam). She scandalized her family by marrying a man she chose herself — and then becoming pregnant.

The next step was brutal: Several women held Sajida down as a midwife conducted an abortion, while she struggled and wept.

Then her brothers weighed what to do next. Sajida’s eldest brother wanted to sell her to a trafficker who offered $1,200, presumably intending to imprison her inside a brothel. Two other brothers just wanted to kill her.

The brothers fought for days over this question. So Sajida ground up sleeping tablets and baked the powder into chapati bread that she fed her brothers for dinner — and then sneaked out as they slept.

Sajida made her way to Mukhtar Mai, one of my heroes, and that is why this is a Thanksgiving column. For years, I’ve written about Mukhtar, an illiterate woman who used compensation money after being gang-raped to build a small school in which she herself enrolled.

Readers responded to the columns by flooding Mukhtar, who then used a variant of her name, Mukhtaran Bibi, with more than $290,000 in donations, funneled through Mercy Corps, an international aid group based in the U.S.

With that financial support, Mukhtar now runs four schools with 900 students. She also operates an ambulance service, a school bus, a women’s shelter, a legal clinic, and a telephone hot line and women’s crisis center — all in this remote village in the southern Punjab. (For information about how to help, go to my blog.

Sajida is now safe in Mukhtar’s shelter, while hoping to rescue her 14-year-old sister, Shafaq. Her brothers have forced Shafaq to drop out of school and may now be trying to sell her to a trafficker. When Sajida and I managed to contact Shafaq, she balked at fleeing — fearing that if her brothers caught her, they would kill her.

These women in Mukhtar’s shelter are extraordinary, partly because in a culture where women are supposed to be weak, they are indomitable. These aren’t victims. These are superheroes.

Another of those whom Mukhtar is helping is Shahnaz Bibi (Bibi is a second name used by many young Pakistani women; none of these women are related). Shahnaz is short, frail and wears a traditional full veil on the street — and is as courageous a person as I’ve ever met.

Shahnaz was kidnapped when she was taking her 10th-grade examinations, then gang-raped for two months by her kidnappers (including a policeman and a cousin) and, eventually, sold for $2,500 to be the third wife of a 65-year-old businessman. After being locked up for two years in a windowless room, Shahnaz was finally rescued by her family.

Her father begged her to drop the matter, for otherwise word would spread that she was not a virgin — utterly dishonoring her entire family. Yet Shahnaz insisted on prosecuting her kidnappers.

The police refused to act, so Shahnaz sought out Mukhtar, who paid for a good lawyer. The case is now proceeding. As a result, the kidnapping ring is using its police connections to try to force Shahnaz to withdraw charges, according to Mukhtar and Shahnaz.

The mayor himself has threatened Shahnaz and ordered her to drop the case, she says. The police chief called in Shahnaz and her family, slapped her and threatened to throw the entire family in prison for life unless she signed a paper withdrawing the charges. Then the police tortured Shahnaz’s father and brother in front of her until they gushed blood, demanding that she sign the document, according to her account and her brother’s.

The brother pleaded with her to sign. She refused.

“After what I endured for two years, I refuse to give up,” she said. Shahnaz keeps getting death threats, but she keeps pushing ahead. “I strongly believe in God and the power of truth,” she said.

(Note to President Asif Ali Zardari: The mayor is from your political party, so expel him before he discredits you. And, to the mayor and police chief, a Thanksgiving pledge: If anything happens to Shahnaz, I’m coming after you, armed with my notebook.)

So how about a Thanksgiving toast: Let’s give thanks for the courage of these magnificent women, and to those readers who had the faith to send checks to an illiterate rape victim in a remote Pakistani village.

Artículo Original: NYTimes

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José Rigane: El Titanic se hunde, la orquesta sigue tocando y el capitán reparte salvavidas a las clases pudientes…

La historia del capitalismo enseña que la sangre, el sudor y las lágrimas para salir de las crisis, siempre son de los trabajadores y de los sectores populares.

Los grupos económicos despiden personal para armarse un paraguas que les permita pasar el chubasco sin resignar ganancias.

No asumamos como propio el discurso del enemigo. Hoy más que nunca se hace imprescindible y necesario aumentar la organización de los sectores populares y no abandonar la puja redistributiva.

En Argentina no tendría que existir una legislación que permita el despido sin causa, como lo permite hoy, donde ningún trabajador tiene estabilidad y el trabajo no es garantía, ni de presente, ni de futuro. De esta manera, la permanencia laboral se convierte en un instrumento de hostigamiento y presión en manos del empresario. Por eso no es ninguna solución ponerle precio al despido.

Todos sabemos qué pasa desde que existe el capitalismo: quieren que los costos de sus crisis estén a cargo, siempre, de los trabajadores y los sectores populares”.

El Titanic se hunde, la orquesta continúa tocando, mientras el Capitán reparte salvavidas sólo entre la clase pudiente. Los grupos económicos, las multinacionales y los empresarios, aprovechan la coyuntura para producir todos los ajustes necesarios tendientes a lograr que la crisis la paguemos quienes no la provocamos.

Este escenario de despojo de la clase trabajadora trae aparejado que traten de poner freno al desarrollo organizativo sindical.

En este escenario de crisis internacional, generado por el capital financiero, es decir por el capitalismo, los grupos económicos quieren aprovechar esta circunstancia para avanzar en su objetivo estratégico de destruir, o en todo caso hacer retroceder, la organización y el poder de los trabajadores organizados.

Cuando algunos dirigentes dejaron el pedido de un premio de 500 pesos para fin de año, diciendo que había que parar los despidos, en realidad estaban facilitando que las cesantías y suspensiones comenzaran a producirse.

Debemos ser lo más creativos posible, no asumir como propio el discurso del enemigo, que causó y desarrolló esta crisis fenomenal: es mentira que debemos renunciar a nuestros derechos y poder adquisitivo. Darle la razón al enemigo es admitir que este mundo no puede existir sin más pobres, hambrientos, desocupados, víctimas de la crisis social: la riqueza está, el problema es cómo se la distribuye.

El Estado debe dejar de ser el socio bobo de los grupos económicos concentrados, para ponerse al servicio de la gente.

Todo eso será imposible si no nacionalizamos el Estado, como primer paso; y segundo, si no recuperamos los resortes estratégicos y fundamentales, como el patrimonio energético y los recursos naturales, hoy TODOS en manos de los monopolios extranjeros.

José Rigane es Secretario de Organización de la CTA Nacional.

Artículo Original: Argenpress

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Ángel Guerra Cabrera: Sí pero sí, ganó (otra vez) el chavismo

Los resultados de las elecciones venezolanas del 23 de noviembre han sido presentados como una debacle de la revolución bolivariana por la máquina (des)informativa del imperio. Desde días antes nos lo sugerían sibilinamente CNN, El País, cipayos de la Sociedad Interamericana de Prensa y sus agencias electrónicas y escritas de Venezuela. Pero faltaba cinismo por ver. Cuando el prestigioso Consejo Nacional Electoral publicó los transparentes datos de la votación, los acomodaron a sus vaticinios previos, disparando sin pausa lugares comunes de supuestos expertos, carentes de la más elemental idea de la potencialidad de una revolución popular de veras.

Con una afluencia electoral récord de 65 por ciento, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) obtuvo 5 millones 600 mil votos contra 4 millones 100 mil, un millón 500 mil más que sus contrincantes. Ganó las gobernaciones de 17 de 22 estados en pugna, casi todos por amplio margen, y 80 por ciento de las alcaldías, entre ellas y de modo contundente el municipio Libertador, corazón de Caracas. Conclusión: el chavismo y Hugo Chávez conservan el respaldo sólido de una holgada mayoría de venezolanos.

No obstante, la oposición retuvo la gobernación de Zulia y la alcaldía de Maracaibo, estratégico estado petrolero bastión del golpismo separatista, fronterizo con Colombia como Táchira, perdido también por el chavismo, y capturó por estrecho margen el industrial Carabobo. También desplazó al chavismo de la gobernación del estado Miranda y la Alcaldía Metropolitana de Caracas, instancia coordinadora que agrupa cinco municipios de la capital y de aquel estado. Pero vamos por partes. En Zulia el PSUV recuperó ocho y retuvo cinco alcaldías más una donde no tocaba realizar comicios, domina ahora en 14 de las 19; entre ellas, San Francisco, segunda en población electoral después de Maracaibo, y todas las fronterizas; en Carabobo ganó 11 de 13 alcaldías y mayoría de legisladores estadales.

En Caracas, aunque perdió la alcaldía metropolitana conservó rotundamente el apoyo de las parroquias populares. Es falso que “los pobres ya no votan por Chávez”. Aristóbulo Iztúriz, el candidato bolivariano a la alcaldía metropolitana, al igual que Jesse Chacón, su homólogo del estado de Miranda, ganaron en las barriadas pobres y marginales, en la capital y en ese estado, incluido el populoso Petare. La derrota allí se debe al voto de castigo por una gestión claramente insatisfactoria de algunas alcaldías chavistas del Gran Caracas, muy bien aprovechada por la oposición de derecha, que consiguió sacar masivamente de sus casas a la clase media y media baja a sufragar contra el chavismo. Igualmente, al cambio de táctica y discurso de los golpistas, que adiestrados y financiados por las fundaciones y ONG fachadas de la CIA aplicaron, perfeccionada, hasta en barrios populares, la demagógica mercadotecnia de las “revoluciones” de colores, ya experimentada exitosamente en Servia, Ucrania y Georgia.

Es evidente que el chavismo subestimó el desastre urbano de Caracas, ocasionado sí por la cuarta república, que las agravó con las políticas neoliberales, pero no atacado a fondo por los munícipes bolivarianos; también que el PSUV no ha logrado diseñar una estrategia que incluya explícitamente en su propuesta socialista a sectores de clase media y descontentos. Por lo pronto, sus candidatos no electos manifiestan la resolución de liderar la oposición en las regiones y municipios ganados por la derecha y ya han anunciado que profundizarán en ellos la participación y el poder popular en los consejos comunales y vigilarán el buen funcionamiento de las misiones sociales. Al PSUV le sobran moral y argumentos para ganar en todas partes la batalla de las ideas apoyada por una buena gestión de sus gobernadores y alcaldes, y la acción resuelta de sus legisladores donde gobernará la oposición. Es perfectamente posible crear el clima político para teñir de rojo las legislativas de 2010 y revocar por el camino a los gobernantes opositores.

En la larga lucha entre revolución y contrarrevolución el desenlace no lo decide ninguna ley objetiva, sino la creación de obra y conciencia socialista, la audacia, creatividad y entrega total de los revolucionarios al pueblo.

Artículo Original: La Jornada

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Konstantin Kavafis: “El Dios abandona a Antonio”

Cuando a medianoche se escuche
pasar una invisible comparsa
con música maravillosa y grandes voces,
tu suerte que declina, tus obras fracasadas
los planes de tu vida que resultaron errados
no llores vanamente.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
di tu adiós a Alejandría, que se aleja.
No te engañes
no digas que fue un sueño.
No aceptes tan vanas esperanzas.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
como corresponde a quien de tal ciudad fue digno
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción -no con lamentos
ni ruegos de débiles- como último placer,
los sones, los maravillosos instrumentos de la
comparsa misteriosa
y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.

Konstantin Kavafis, El dios abandona a Antonio

http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/euro/cavafis/diosaban.htm

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Bernardo Barranco V.: Los laicos frente al clericalismo

Históricamente, cuando la Iglesia está en crisis o se siente amenazada, invoca en estado de alerta la actitud misionera y evangelizadora, e igualmente demanda con urgencia mayor intervención de los laicos en la propia misión de la Iglesia.

Hace unas semanas se realizó la 86 asamblea ordinaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), con la particularidad de que en dicho acto participaron más de 180 laicos –por cierto, muy pocas laicas– provenientes de todo el país. Sin duda es un hecho novedoso, inducido por el presidente de la CEM, Carlos Aguiar Retes, quien se ha empeñado en poner en práctica las principales intuiciones de Aparecida en México.

En su mensaje final reconocen con realismo: “En ocasiones, el clericalismo se ha extendido tanto en laicos como en clérigos, dificultando que la identidad laical sea realmente reivindicada y proyectada en todos los ámbitos de la vida social. Por esa razón… los fieles laicos han de ver en la participación política un camino arduo, pero privilegiado para su propia santificación”.

Coincidentemente en Roma, casi al mismo tiempo, el papa Benedicto XVI recibió en audiencia a los participantes en la 23 asamblea plenaria del Consejo Pontificio para los Laicos con el tema Veinte años de la Christifideles laici: memoria, desarrollo, nuevos desafíos y tareas.

Es interesante constatar que en su discurso resaltó “la necesidad y la urgencia de la formación evangélica y del acompañamiento pastoral de una nueva generación de católicos comprometidos en la política, coherentes con la fe profesada, que tengan rigor moral, capacidad de juicio cultural, competencia profesional y pasión de servicio hacia el bien común”.

Sin duda, el pontífice expresa también preocupación por la creciente clericalización de los laicos europeos que suplen la ausencia y envejecimiento del presbiterio. Me impresiona el caso alemán, en el que por cada 100 sacerdotes en activo hay 60 laicos, certificados y bien remunerados por el episcopado, con encomiendas pastorales. Mientras que en América Latina, ante el temor de la politización, desde los años 70 los laicos fueron sometidos a la disciplina, al centralismo autoritario de las jerarquías, o a la exclusión.

En México, históricamente la presencia de los laicos ha apoyado e impulsado a la Iglesia en periodos críticos. Recordemos cómo en el contexto del porfiriato, en el ocaso del siglo XIX, a través de los círculos de estudio jesuitas, la obra católica en hospitales, en la educación y la asistencia fueron posicionando nuevamente a la estructura eclesiástica que había quedado muy minada a partir de la guerra de Reforma.

La Acción Católica fue sin duda el instrumento más valioso que la Iglesia encontró para articular, concentrar y disciplinar la fuerza de los fieles.

Acción Católica tiene sus raíces en el siglo XIX, pero es formalizada en 1922 por el papa Pío XI; fue la organización de tejidos vivos que permitió a la estructura católica sobrevivir a la hecatombe político-militar que dejó la guerra cristera, por las siguientes razones: 1) La reagrupación de todas las fuerzas laicas del catolicismo significa su recomposición ante el desgaste que sufrieron durante el conflicto que fue de 1926 a 1929. 2) La centralización del catolicismo en una sola organización asegura mayor control bajo la conducción doctrinal de la jerarquía a la acción social, política y pastoral del laicado. 3) La actividad pastoral mantiene intactos los planteamientos intransigentes del catolicismo social: instaurar “el reino de Cristo”. En los años 50, la Acción Católica llegó a tener una membresía que rebasaba medio millón de militantes; de ahí surgieron cientos de vocaciones y el PAN no puede explicar su existencia sin esta plataforma organizativa.

En este inicio del siglo XXI, la reunión de Aparecida 2007 pone sobre la mesa la crisis cultural de la Iglesia católica. Ante los cambios culturales, la Iglesia juega al autismo civilizatorio encerrándose en sus verdades tradicionales. Sin capacidad de réplica, amenazada como nunca por nuevos movimientos religiosos que avanzan inexorablemente por audiencias, especialmente populares, que cimbran el histórico monopolio católico. Ante la crisis de la Acción Católica, la Iglesia no ha encontrado fórmulas pastorales efectivas ni claras hipótesis de evangelización, y más bien ha venido sumando propuestas prometedoras que pronto quedan en el camino y en el fracaso.

Quedan temas candentes, para empezar el creciente papel de la mujer en la sociedad, incluyendo su ministerialidad tan temida; por otra parte, el lugar que debe darse a los diáconos laicos en el seno de las comunidades cristianas; recuérdese la penosa negativa del Vaticano a la ordenación de diáconos indígenas. Igualmente, la necesidad de una pastoral de la inteligencia que sacuda la desesperante mediocridad de los pensantes que se contentan con repetir las fórmulas y los lugares comunes gastados de la doctrina católica y que están lejos de responder a una realidad en permanente mutación.

El título del artículo de Felipe Arizmendi, obispo de San Cristóbal, “Sin laicos no se puede”, ilustra la preocupación de los altos prelados por encontrar nuevas rutas y certeras presencias en la sociedad. Muchos obispos esperan nuevas y duraderas “síntesis pastorales”; sin embargo, la cambiante realidad tecnológica y de mercado complica las más audaces hipótesis religiosas.

Los jóvenes, a pesar de las grandes movilizaciones provocadas por los papas, sienten poco atractiva la oferta católica. Gran parte de los fieles laicos prefieren las ONG y las organizaciones de la asistencia privada que participar en el rancio asociacionismo católico. Juan Pablo II se equivocó: su centralismo clerical y su favoritismo por movimientos de elite, como Comunión y Liberación, Opus Dei, Focolares y Legionarios, que terminaron por encerrarse en herméticas burbujas de clase con escaso impacto social, han provocado, en parte, esta debacle pastoral y que la cuerda debilitada hacia los laicos se esté consumiendo.

Artículo Original: La Jornada

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Arnoldo Kraus: Los tiempos de la enfermedad

La enfermedad interminable, sin adelante y sin atrás, sin respuestas, sin muerte. La enfermedad que arrasa y sigue, que impide y es presencia. La que borra. La que hace que los significados del tiempo sean distintos a los de los sanos, se convierte en narrativa, cuando los pacientes, desesperados, desesperanzados, desarropados, buscan atenuar el dolor por medio de palabras.

Algunos las escriben, otros las dicen. Algunos las comparten, otros no. Hay quienes escriben “Ya no soy yo” para comprender su nueva forma de estar. Otros lo hacen para confrontar, desde otra perspectiva, la en ocasiones pequeña, en ocasiones grande, dosis de suicidio que supone la patología que sigue y sigue hasta mermar o agotar el deseo de vivir.

Muchos tejen palabras como antídoto contra sus males. Para muchos es terapéutico escribir. La escritura es una forma de darle sentido a la esperanza y esperanza al desasosiego. Otros, desde las honduras de sus males, resignifican el sentido de las palabras y las humanizan. La patología aviva rincones que suelen estar ocultos cuando se es sano. Quienes padecen enfermedades interminables entienden, de otra forma, con otro tiempo, con otra sabiduría el mapa de la vida.

Hace algunos años, un paciente que sufría una enfermedad crónica, y que ya estaba cansado, tanto por el tiempo que requería para mejorar sus condiciones como por el dolor que producían el mal y los procedimientos a los que tenía que someterse, comentó que además ahora pensaba que su persona se había modificado profundamente.

El paciente era una persona en la quinta década de la vida y había estado enfermo los últimos 20 años. Sólo había terminado la preparatoria, pero había tenido una maestra sui generis: la enfermedad.

–Ya no soy yo –me dijo después de haber sido sometido a varias transfusiones y muchas hemodiálisis.

–¿Cómo es eso? –pregunté.

–Un día te sacan tu sangre y te la regresan después de pasarla por una máquina; otro día te ponen sangre de otras personas que ni siquiera conoces. Tiempo después te hospitalizan porque tu estado general se agravó y pasas dos o tres días inconsciente. Cuando preguntas qué día es te das cuenta de que transcurrieron varios días sin que te hayas percatado de ello. Es decir, te borras. Estás sin haber estado. Transcurre el tiempo y tú no estás.

“Ya no soy yo” sintetiza el mundo, el nuevo mundo que ahora gira en otra dirección, en otro eje, con otra inclinación, y que muchas veces desoye lo que desea la persona. Ese sentir, esa certeza de ser “un otro dentro del antiguo yo”, exige mirar el mundo y el tiempo de la vida desde otro lugar, desde otro cuerpo. Con una mirada que escruta las palabras con filos y reglas distintas. “Ya no soy yo” no es dejar de ser. Es ser de otro modo. Es vivir desde las entrañas la fugacidad de la vida.

El enfermo tiene razón cuando afirma que la sangre de otra persona modificó su ser; las transfusiones, al igual que otros procedimientos médicos, exponen la vulnerabilidad del ser humano y lo confrontan con su propia finitud. Por eso está en lo correcto cuando dice “ya no soy yo”. Por eso nos acompañamos cuando le digo que en ocasiones se escribe para alejarse del mundo. Tiene también razón, porque quizás, en contra de lo que afirman los médicos, sí es probable que la hemoglobina transporte algunas porciones del alma y de la libido. Poco importa que la ciencia no crea en esa posibilidad. En el lenguaje de la enfermedad, y en la narrativa que de sus males hacen los enfermos, es correcto pensar que la hemoglobina acarrea, junto con el oxígeno, un pedazo de alma. Lo mismo sucede, me imagino, cuando a un paciente que perdió la cara le trasplantan la cara de una persona que murió.

“Ya no soy yo” es la mirada del yo original deformado por la anemia, por el dolor, por las pérdidas y por la incertidumbre que siembra la enfermedad. Esa expresión, aunada a la sensación de que la patología se convierte en una sombra que persigue y que ahonda el vacío, es lo que determina que algunos enfermos busquen, por medio de sus palabras, agrandar el lenguaje para entender, por medio de otras armas, su enfermedad. Ese sentir exige que quienes escuchan le den el mismo peso a las palabras que a los exámenes de laboratorio o de rayos X.

“Una cuestión de lenguaje. Eso parece ser la vida humana”, escribe Emilio Lledó en un pequeño y delicioso ensayo, La palabra más libre, donde reflexiona acerca de la importancia de leer poesía. “Mirar las palabras”, dice Lledó, es una forma de “… ilustrar la inteligencia.”

Desde su trinchera eso hacen los enfermos. Miran la enfermedad por medio de palabras, desmenuzan la vida y la muerte recargándose en el lenguaje del cuerpo modificado, y recrean, por medio del papel y de los lápices, el dolor que implica entender que “ya no soy yo”.

Artículo Original: La Jornada

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José Steinsleger: Venezuela: costos de la revolución

Paradoja uno. Los bolivarianos y el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), que en los comicios regionales del domingo pasado obtuvieron 17 de 22 gobernaciones y 81 por ciento de las alcaldías, andan desanimados porque los antichavistas entendieron que la democracia (o lo que ellos entiendan por tal) no se defiende desde Miami. El PSUV recuperó dos gobernaciones, sumó 5 millones y medio de votos, y la oposición disminuyó su porcentaje de votos en 10 por ciento en relación con los comicios pasados.

Paradoja dos. La “democracia sin adjetivos” (preciado sofisma de la dominación oligárquico-imperialista) sufrió un nuevo revés en Venezuela. Por duodécima ocasión en 10 años, el gobierno de Hugo Chávez se dio el lujo de celebrar elecciones limpias en las que participaron todos, incluyendo las fuerzas políticas que buscan desestabilizarlo.

Paradoja tres. Ambas paradojas (valga la redundancia) representan un poderoso termómetro para saber, con relativa exactitud, lo que el uno y el otro bando tienen: un pueblo con profundos sentimientos de patria y nación, y una sociedad que, al decir de Marx en el prólogo al primer tomo de El capital, “… en los países ricos ve el espejo de su propio porvenir”.

Recurrente y exasperante error del clasismo izquierdista, la revolución bolivariana sólo cuenta con proyectos, programas y propuestas para los primeros. No está mal. El problema es que si una revolución social le da las espaldas políticas a los sectores medios, y sólo busca el apoyo de “las masas”, se echa la soga al cuello.

Pobreza más injusticias, miseria más privilegios, no son iguales a revolución. Tales flagelos podrían ser también el caldo de cultivo de la contrarrevolución. O sea, la que en Venezuela está en marcha, conducida por una derecha aún desorganizada, pero que empieza a ensayar una estrategia de poder distinta a la imbecilidad golpista de abril de 2002.

Cuantitativamente, no hay discusión: el pueblo necesitado de la revolución es aplastante mayoría. En cambio, cualitativamente, sí la hay. No se entiende bien por qué, en un mundo donde los medios son auténticas “armas de destrucción masiva”, el gobierno de Chávez ha venido mezclando los conceptos de información y comunicación con los de ideología y propaganda. ¿Sorprende entonces que por aquí empiece a recibir los primeros “jonrones” o goles de la oposición?

Es increíble que con ingentes recursos económicos, y en el país pionero en el gran debate del nuevo orden informativo mundial, la revolución bolivariana carezca de un periódico nacional, o que se dé por hecho que el pueblo es “como el Che” y Bolívar, o se crea que Telesur llega a “50 millones” de personas y que sus noticieros sólo se concentren en el acontecer de los países más progresistas del continente.

¿Necesidad de “revolución permanente”? Puede ser. Mas cuidado con las tautologías funcionales a voluntarismos de tipo ideológico y político. Nada es permanente, y ya en el siglo pasado asistimos a la proyección de varias películas que trataron el tema. En asuntos de revolución social, la experiencia histórica sugiere que a más de lo económico y político hay que incluir el estado real de la sicología, nivel cultural, sentimientos y emociones de los pueblos.

Aspectos que los medios de comunicación hegemónica trabajan con sesgada y perversa excelencia profesional. Inclusive, ha crecido la calidad del discurso progre en sectores intelectuales y académicos que tuercen y retuercen los propósitos del proyecto revolucionario. Frente a esto, es hora de que la izquierda anticapitalista se ponga a revisar, “por abajo” y “por arriba”, si los referentes sociológicos del siglo XIX europeo (y en particular el purismo ideológico) cuadran con el “socialismo del siglo XXI”.

En adelante, el antichavismo deberá redoblar sus esfuerzos para seguir sosteniendo que en Venezuela hay “dictadura”, o que no existe un sistema democrático regido por las reglas que ellos mismos defienden.

No es grave que un líder hable demasiado. Un líder debe hablar y mucho. Aunque si le concediese espacio a otros dirigentes, la revolución se lo agradecería. Hablar menos para demostrar que todo liderazgo es circunstancial, y para que el pueblo conozca mejor las causas por las que se perdieron bastiones electorales estratégicos: alcaldía de la capital (Caracas, mas no el municipio) y los estados de Zulia, Táchira, Miranda, Carabobo y la populosa barriada de Petare (800 mil habitantes).

Toquemos madera. Pero, en caso de que se produzca el magnicidio de Chávez (opción que el imperio y la oposición “democrática” continúan acariciando), sobre la dirigencia bolivariana recaerá la conducción política del proceso de emancipación social, al que le urge organización cívico-popular, disciplina política y comunicación efectiva.

Artículo Original: La Jornada

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Javier Flores: Ciudad del conocimiento

El viernes pasado se entregaron los premios Heberto Castillo a un grupo de científicos y tecnólogos mexicanos que se han destacado en diferentes campos del saber. La existencia de este reconocimiento es en sí misma significativa, pues lleva el nombre de quien fue no solamente un incansable promotor de la transformación del país, sino un gran ingeniero mexicano, creador de la tridilosa, técnica que todavía se emplea en las construcciones. Algunos recordamos que aún en el final de su vida Castillo dedicaba su talento a imaginar soluciones para el grave problema de la contaminación en la ciudad de México… Molinos de viento de un creativo luchador solitario.

El premio lo otorga el Gobierno del Distrito Federal, por medio del Instituto de Ciencia y Tecnología (ICTDF) de esta entidad, y correspondió este año merecidamente a las doctoras María Elena Álvarez Buylla, Ana Flisser Steimbruch y Ana María López Colomé. También a los doctores Luis Esteva Maraboto, Luis Herrera Estrella, Luis Leñero Otero, Carlos Martínez Assad, Ranulfo Romo Trujillo y Feliciano Sánchez Sinencio.

Reconocer el trabajo de estos creadores de conocimientos es muy importante, pues significa que su esfuerzo no es ignorado por la sociedad. Pero, además, forma parte de una estrategia que no tiene precedente, en la que una entidad federativa en nuestro país entiende con claridad el papel de la ciencia y la tecnología en el desarrollo nacional y mundial, y emprende consecuentemente el impulso de estas tareas con las que muy pocos gobiernos en México –empezando por el federal– se comprometen.

El jefe del Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, se ha planteado una pregunta interesante: ¿por qué en los pasados 20 años, a pesar del Tratado de Libre Comercio, México no ha crecido? La respuesta que él mismo da es que “…en todo este tiempo no hemos sido capaces de generar ciencia y tecnología”. Así, se han emprendido acciones a escala local e internacional. En el primer caso, por medio del ICTDF, que dirige la doctora Esther Orozco, en busca de incorporar a los investigadores y a las instituciones científicas del país, en especial las que se encuentran en la ciudad de México, en la solución de los problemas de la capital; otorgando financiamientos, becas y estímulos, y emprendiendo una ambiciosa campaña de difusión científica entre sus habitantes. Por otra parte, buscando alianzas con la comunidad científica internacional, lo que implica convocar a los expertos foráneos al análisis de los temas cruciales de nuestra ciudad y buscar fuentes alternativas de financiamiento.

Uno de los proyectos principales es el de las ciudades del conocimiento, cuyo objetivo consiste, de acuerdo con Ebrard, en “… llevar a cabo la transformación económica y tecnológica como motor de una nueva economía y una mejor calidad de vida para los capitalinos”. Este proyecto consiste en transformar a la ciudad de México en una ciudad del conocimiento en América Latina, con polos de desarrollo en los que participarán instituciones científicas y empresas, nacionales y extranjeras, que se ocuparán de temas como salud, energía y finanzas, y estarán dotados con la más alta tecnología.

Es la primera vez que un mandatario se propone metas tan ambiciosas con el concurso de la ciencia y la tecnología. El Gobierno del Distrito Federal se ve sometido continuamente a distintas presiones políticas y presupuestarias que, en mi opinión, son una afrenta para todos los capitalinos. Yo sé que muchas personas desde la derecha desean el fracaso del gobierno de la capital, y también que a algunos de la izquierda no les gusta el jefe de Gobierno, pero a mí me parece que, independientemente de las preferencias políticas y personales, los programas del Distrito Federal en las áreas de la educación, salud, ciencia y tecnología son inéditos y merecen el firme respaldo de todos los habitantes de la ciudad de México.

Convertir al Distrito Federal en una sociedad del conocimiento es un propósito que requiere del apoyo de quienes que se encuentran comprometidos con el desarrollo de la educación y la ciencia y merece el mayor de los éxitos, pues constituiría, sin duda, un modelo para el país entero.

Artículo Original: La Jornada

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