Carlos Castillo Peraza: Volverás

“¿Qué han hecho con mi paraíso?”

Fragmento de novela inédita

Carlos Castillo Peraza

“Si Graham Greene volviera al Tabasco de hoy,
hallaría puentes que no pasan sobre
nada ni llegan a parte alguna”

Añejos recuerdos familiares, viejas impresiones desgajadas de la historia tribal, narraciones inéditas de viajes peligrosos por tierra o por agua dibujan en la memoria y la imaginación el Tabasco de los años veinte y treinta. Aquéllos que describió Graham Greene en su novela El poder y la gloria.

De allí vino dos veces a Mérida un tío abuelo tostado por el sol y enrojecido por los alcoholes fuertes, que llenó la casa patriarcal con loros -en el primer viaje- y con tortugas en el segundo. Soñó vender los unos y las otras en la vecina provincia árida -capital Mérida- y así hacerse rico de la manera más rápida y contundente.

Hacia Tabasco había marchado el bisabuelo materno en busca de fortuna, de libertad y sabe Dios cuántas cosas más. Encontró esposa. De ahí viajó a Yucatán la bisabuela Ignacia sin marido, con doce hijos -dos pares de gemelos- y las crecientes del Grijalva en la mirada. El tío abuelo de los pájaros parlanchines y los lentos quelonios regresó a tierras tabasqueñas, años más tarde, con ganas de quedarse. El hambre, pero sobre todo su insaciable sed, lo hizo intentar sin buen éxito el comercio de animales más o menos exóticos. No sé dónde murió el hombre. O tal vez lo supe, pero no lo recuerdo.

La bisabuela nos dejó una herencia para mí borrosa, pero cruzada de colores brillantes e hilvanada con palabras que casi sólo nosotros, entre los yucatecos, conocíamos. Mi madre llamaba jicoteas a las tortugas; mi abuela suspiraba por el ignoto dulce de tornolargo y sus hermanas por el sabor del totoposte. A los 35 años pude por fin conocer la consistencia de la carne de un pez de agua dulce -sin duda miniatura de algún animal prediluviano-, cuyo nombre inquietó mis sueños infantiles: el pejelagarto.

Doña Ignacia Ortiz Calderón murió en Mérida más que centenaria. La velamos en una casa con jardín interior por el que vagaban impávidas dos de aquellas tortugas. Mi madre me explicó el hecho con cinco palabras: “Se la llevaron los ángeles”. Todavía recuerdo a esa anciana tabasqueña de rostro impenetrable, que fue enterrada donde no nació. La veo sentada en un sillón, silenciosa y eternamente armada de un bastón rústico, nudoso, casi amenazante.

También conocí a su hermano, el tío Evaristo, cuya cabeza no asimiló jamás el traslado definitivo de Villahermosa a Mérida a que hubimos de someterlo, dado su estado de salud. El salía cotidianamente a buscar su río, creyendo que aún vivía en la acuosa y antigua San Juan Bautista. Piadosas manos lo traían de nuevo a casa. El se dejaba ayudar, pero jamás convencer de que en la capital yucateca no había vías de agua. Su conclusión diaria era irrebatible: “Los americanos se robaron el Grijalva”. El murió de cuerpo y alma presentes en Villahermosa. Nómada constreñido por la materia, sedentario libre por el espíritu.

A pesar de que por el rumbo quedaban parientes, yo viajé por primera vez a Tabasco en la segunda mitad de la década de los 50. Fui en un tren lentísimo pero cómodo que salió de Campeche y nos dejó en Teapa. Mis padres habían emigrado en busca de mejores ingresos, junto con otros yucatecos que se integraron a la obra de unir por tierra el aislado sureste mexicano. A mí me dejaron en Mérida bajo la tutela de todos los abuelos y tíos abuelos al alcance de la mano. La razón era, por lo demás, obvia: en la capital tabasqueña no había una sola escuela católica para varones. Así que me tocaba pasar en Villahermosa únicamente las vacaciones.

La ciudad era entonces un lodazal trotado por caballos bien montados y chapoteado por todo tipo de cuadrúpedos. No era raro que se inundase. Todavía me tocó ver peleas a machetazos en plena calle. De los diarios locales recuerdo un titular voceado por una garganta infantil enronquecida, aullante y transportada por un par de pies descalzos: “¡Un hombre murió a balazos y otro a garrotazos!”.

De los grifos brotaba un líquido color café, malo para lavar ropa o trastes, e imposible de beber. Un obispo católico enérgico y jovial recuperaba entonces, palmo a palmo, el terreno perdido en decenios de persecución, jacobinismo militante premiado con cargos públicos y abandono resignado de muchos bautizados. El prelado era capaz de entenderse a insolencias e ingenio con cualquiera que agradiese a su iglesia, e incluso a liarse a golpes con los burlones. Lo respetaban y lo querían. No tenía miedo de nada y acabó por convertirse en interlocutor y amigo del gobernador Carlos Madrazo. Este hizo tirar el palacio municipal de su ciudad capital para complacer al clérigo que deseaba para la plaza urbana el señorío del templo. Y era el de “La Conchita”, aquél que los sinarquistas encabezados por Salvador Abascal defendieron con sus vidas en el último capítulo sangriento de la persecución religiosa en Tabasco. Finalmente, pudo más la bonhomía de solideo rojo y sotana negra que las pasiones del camisa roja de guayabera blanca. El obispo tenía la mirada puesta en la eternidad. El político en el futuro.

Villahermosa fue para mí selva verde y agua achocolatada, calor agobiante, moscos en número infinito, mujeres vestidas de rojo, un museo arqueológico prodigioso, mariposas en la plaza principal, flores como incendios, un mercado que era laberinto de aromas y todavía, en el ambiente -sobre todo masculino- algo de temor de entrar en los templos que, de todos modos, bullían de gente, de motetes y de sudor los domingos.

Conversaciones oídas desde el silencio impuesto por los mayores, o desde la hamaca donde se suponía dormido al menor, me informaron de los tiempos en que las barcazas naufragaban al tratar de salir del río al mar; de los días en que los niños debían romper una imagen pía -o escupirla o pisotearla- para ser admitidos en las escuelas públicas.

Supe de primera mano de la caída del gobernador Manuel Bartlett Bautista por obra de unas agresivas huestes que acamparon en la Plaza de Armas, apedrearon a aquel digno ex ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que tuvo el valor de resistirse a los caprichos de don Adolfo Ruiz Cortines -quien quiso imponerle secretario general de gobierno-, y se declaraban madracistas. Después, supe también de la consiguiente, inmediata subida del Gral. Orrico de los Llanos; muchos años más tarde vine a enterarme de la forma en que el hijo de aquel gobernador depuesto -también Manuel de nombre- pidió la diputación federal por Tabasco al verdugo de su padre, antes de acabar en gobernador ¡de Puebla!

Fui testigo de algunos desbordamientos menores del Grijalva; conocí con las manos el cacao; oí freír el plátano; olí el nance -que es la fruta más aromática- y probé la guanábana -que es la más aristocrática-. Asimismo, seguí los difíciles pasos de la carretera que avanzaba sobre imposibles fangos en dirección al sur, ayudada en algo por el trabajo de mi padre.

Si hoy, más de medio siglo después de dar a la prensa su novela, Graham Greene volviera a aquellas latitudes, le pasaría tal vez lo que me sucede cada vez que atravieso el Tabasco de hoy. Hallaría puentes completos y orgullosos, tanto como puentes que no pasan sobre nada ni llegan a parte alguna; encontraría avenidas donde hubo barro y charcos; vería erguirse sobre el suelo cenagoso decenas de tubos coronados de llamas en las que se desperdician o sencillamente se queman los gases que ascienden de los veneros del diablo; comprobaría que los sacerdotes católicos siguen siendo pocos y que ya no hay mártires; oiría atónito las charlas entre viejos anticlericales y jóvenes más que devotos; se indignaría por los precios llevados a las nubes por los sueldos de los petroleros, inimaginables para los campesinos de El poder y la gloria; se alarmaría frente a los lodos ayer fecundos, en los que hoy se asfixian peces, se envenenan pastos y se agotan tallos.

Quizá no encontraría el escritor inglés en estos tropicales pagos -tan distintos de su templado, estudiantil Oxford- sacerdotes como el héroe de su novela tabasqueña, atormentados por sus propias debilidades pero conscientes de que la gracia puede florecer en el pecado, como alzan el vuelo y el trino los pájaros a pesar de las alas pegajosas, o como caminan las gallinolas no obstante las arenas embetunadas por las grasas que, desde los años 70, son uno de los frutos de los yacimientos de hidrocarburos en playas, fondos y aguas del Golfo de México.

El aceite modernizó a Tabasco. Lo atiborró de hombres venidos de otros climas, otros aromas y otros colores. Lo hizo saltar de la jungla al asfalto, de los techos urdidos con palma a las techumbres endurecidas de concreto, de la religiosidad como raíz invisible de la vida al espectáculo litúrgico dominical. Antes -cuando fue escrito El poder y la gloria- decir en aquella tierra religión era hablar de la Santa Cruz -que se celebra aún el 3 de mayo bajo un sol asesino- y del Señor de Tabasco a cuyos pies se lloraba y se cantaba entre humo de veladoras. Hoy, confundidas con helechos, platanales, cacaotales y torres metálicas ennegrecidas por el auge que devino letal, brotan como burbujas capillas limpias que exhiben nombres inverosímiles en los lejanos años veinte: “Estrella de Betsheda”, “Templo verdadero de Gedeón”, “Paz de Israel”…

Graham Greene se tropezaría con ministros de cultos innumerables, armados de biblias y aprovisionados de dólares, entusiastas y cantadores, dispuestos a ofrecer a los más pobres, cielos nuevos y tierras viejas. Podría tal vez entrar en un estadio vibrante de aleluyas y anuncios del fin del mundo, o llegar a una ciudad tomada por centenares de peregrinos de algún movimiento carismático. Tendría quizá que asistir a una Escuela de la Cruz a cargo de Misioneros del Espíritu Santo, para recordar que todavía quedan quienes creen que el sufrimiento es la materia prima de la redención y quedaría probablemente pasmado al escuchar por la radio la voz del obispo católico de Villahermosa.

Húmedo de vapores y transpiraciones, Greene se asombraría con el tránsito de jeeps, pickups, rangers, vans, similares y análogas, sustitutas de los caballos y las carretas; con los cilindros de gas que alimentan estufas de las que la leña fue proscrita para siempre; con los insecticidas que dejaron atrás el humo de las cáscaras de coco ardientes como defensa contra los mosquitos. No sería extraño que se topara con poblaciones mayoritariamente protestantes, con comunidades de base activas y politizadas por jesuitas o por laicos, inspiradas en alguna de las vertientes de la teología de la liberación. Hasta podría encontrarse a perseguidos de antaño convertidos en perseguidores de hogaño. Su Tabasco, en fin, de cabeza, irreconocible.

El escritor nos contaría cómo retrocedió la selva y el pejelagarto pasó de alimento popular a manjar de privilegiados. Se le impregnaría la piel de peste a gasolina y la camisa del tufo químico del chocolate industrializado. ¿Se hospedaría en hotel de cinco estrellas en lugar de choza con vista al cielo? Lloraría por las garzas blancas batidas de oro negro. Y, si Greene lo inmovilizara una bala, lo más probable es que el tiro no saliese de la carabina de un rabioso comecuras, sino de la metralla de un sicario del sindicato petrolero, del “cuerno de chivo” de un protector de la delincuencia, de la escuadra de un guardián del fraude electoral o del fusil de un redentor blanco y barbado de indígenas prietos y lampiños. Seguramente el súbdito de Su Majestad no entendería por qué se obstaculiza el paso a los obreros que van a trabajar a los pozos, ni cómo ni a qué precio finalmente se consigue que el camino a la labor quede libre. Irremisible, inexorablemente, habría de repensar la gloria y redefinir el poder.

Tal vez como el barón Von Humboldt en su segundo viaje por el Nuevo Continente, en el Tabasco de hoy Graham Greene imprecaría: “¿Qué han hecho con mi paraíso?”. No el jardín de las delicias que nos evoca el Génesis o nos anuncian los comisarios de la historia, sino el espacio cruel en que la naturaleza inclemente y el hombre que actúa con ruindad parecen deafiar con buen éxito al trabajo y a la creatura que necesita saberse redimida. Extrañado, recordaría aquel edén adolorido en que los aparentemente peores sabían hacer germinar las semillas de la gracia y la misericordia divinas sobre el humus de las llagas y la crueldad humanas. Estupefacto, posiblemente iniciaría otra novela en la que inventara cómo hacer frutecer las maravillas del perdón y la generosidad en las tierras y en los tiempos del ímpio, despiadado, pródigo, mafioso y descreído boom petrolero.

Tiempos y tierras, por cierto, en los que ni siquiera soñar habría podido la bisabuela Ignacia antes de que los ángeles se la llevaran lejos, muy lejos de su sillón y de sus jicoteas; lejísimos sin duda del poder, pero seguramente cerca, muy cerca de la gloria

http://www.etcetera.com.mx/2000/398/ccp398.html

El día de hoy me gustaría saber que pensaría Castillo Peraza de lo que pasa con este “Boom petrolero” que queremos convertir en un bien para unos pocos.

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One response to “Carlos Castillo Peraza: Volverás

  1. Interesante, aunque es novela, pues hay que aclarar que la iglesia de La Conchita no la hicieron derribando un palacio municipal, pues esa iglesia data del siglo 1800´s, hasta donde yo se. Como sea también creí que Carlos Castillo Peraza era yucateco 100% o sigue siendo parte de la novela?… En fin, siempre he querido leer El poder y la gloria x/ pero no lo encuentro x/, sabes donde podría conseguirlo?… al leer este fragmento de novela, que me gustó, más ganas me dan de leer a Green, y creo que si se preguntaría ¿Qué han hecho con mi paraíso?.

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