April 21, 2008...8:27 am

Jorge Gómez Barata: Dinero y liberalismo

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El trastorno de las finanzas mundiales no es causa sino consecuencia de deformaciones estructurales que afectan no a un país o un grupo de países, sino al modo de producción en su conjunto. Aunque de naturaleza genética, tales imperfecciones son agravadas por un funcionamiento que impone rangos y ritmos insostenibles para el sistema. Crecer e innovar constantemente en todas las esferas, sostener la sociedad de consumo y despilfarro, cubrir la carrera de armamentos y financiar costosas guerras, son elementos estresantes que amenazan con colapsar al capitalismo.

Los economistas clásicos, Carlos Marx entre ellos, identificaron al mundo con Europa y tomaron sus procesos económicos como referencia para formular sus teorías y elaborar sus conclusiones. No obstante sus certezas, por el contenido y la escala, sus reflexiones no podían intuir las magnitudes, las realidades y las deformaciones introducidas en la economía mundial, por fenómenos como el imperialismo.

Del mismo modo que Adam Smith percibió que la “mano invisible del mercado”, en un ambiente de completa desregulación económica, llevaría a un crecimiento económico constante y a posibilidades de bienestar individual ilimitadas, Carlos Marx advirtió que el despliegue de aquella filosofía conduciría a la anarquía y la anarquía a la crisis.

A pesar de que los razonamientos de aquellos talentos fueron suficientemente generales como para abarcar toda la Era Moderna; ninguno alcanzó a percibir el significado del colonialismo y del saqueo de las riquezas de tres continentes en beneficio de Europa, no tuvieron oportunidad de medir el ritmo a que aquellos recursos eran dilapidados y naturalmente no se hicieron idea de a dónde podía conducir la hegemonía de un país.

Aquellos hombres que percibieron el progreso en el humo de las chimeneas de la industrialización, no les fue posible intuir gigantescas economías basadas no en la producción, sino en los servicios, países avanzados donde todos los ciudadanos están endeudados y nunca imaginaron que la economía liberal pudiera funcionar con dinero falso, billetes creados de la nada.

La economía europea y norteamericana de los siglos XVIII y XIX se levantó sobre una circulación mercantil realizada por intermedio de monedas de oro y plata y más tarde por papel moneda respaldado por reservas de aquellos minerales y otros valores tangibles. Entonces, los gobiernos liberales que no poseen otros ingresos que la recaudación de impuestos y cuyos gastos son regulados por leyes, estaban obligados a la austeridad, sus necesidades de efectivo eran razonables y podían ser cubiertas con dinero real.

Todo se complicó cuando los gobiernos burgueses y oligárquicos maniobraron para escapar al control social y en lugar de servir a la sociedad, prevalecieron sobre ella y pactaron con la banca para crear y manejar dinero. Los primeros pasos fueron pasar del patrón oro a la plata y un poco después, suprimir toda garantía tangible suplantándola por la “confianza”; una trampa semejante como aquella en la que incurre un policía que sustituye evidencias por suposiciones.

Como quiera que todo el desarrollo de los Estados Unidos, incluidas la colonización y la expansión territorial, aunque lanzadas, estimuladas y protegidas por el gobierno, fueron empresas privadas y que excepciones como las compras de Florida, Luisiana y Alaska y la guerra contra México significaron erogaciones insignificantes, el gobierno norteamericano nunca se enfrentó a gastos excepcionales.

El primero fue Lincoln, que para financiar la guerra necesitó cantidades de dinero que no podía cubrir con las monedas de oro y plata en circulación y necesitó papel, a los que concedió escaso respaldo y que convirtió en obligaciones del Estado. Exactamente lo mismo aunque en una escala incomparablemente mayor le ocurrió a Richard Nixon, que durante la guerra de Vietnam suprimió toda relación del dólar con el oro. Liberada de tales obligaciones, la Reserva Federal norteamericana puede imprimir cualquier cantidad de dinero sin ofrecer ninguna garantía real.

Esa circunstancia origina una permanente crisis sistémica que hasta ahora ha podido sortearse mediante la aplicación de medidas coyunturales, sin que nada asegure que siempre podrán encontrarse paliativos. Tal vez ahora se ha llegado a un punto sin retorno.

* Argenpress
* http://www.argenpress.info/nota.asp?num=054200&Parte=0

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